/ sábado 23 de enero de 2021

Bajemos la guardia

Me encuentro en el día número cinco de mi cuarta cuarentena. Primero fue uno de mis hijos, luego el otro. Pasaron un par de meses, y mi esposa dio positivo, a los pocos días comencé con algunos síntomas.

Es difícil ver la enfermedad a través de los ojos del otro. Todos hemos tenido alguna vez una gripe y sabemos que los síntomas de fiebre y “cuerpo cortado” no se los deseamos a nadie. Pero cuando me decían que la comida no sabía a nada o que los receptores del olfato no distinguían los olores, me parecía difícil de entender. No quiero pensar en lo que significa la falta de oxígeno, cuando todo tu cuerpo y mente se concentran sólo en respirar.

Es impresionante pensar que en pleno siglo XXI, donde la agenda del ser humano se extiende a conquistar otros planetas, nos hayamos tenido que postrar delante de un microscópico virus, que hasta de bacteria se jacta, misterioso en su origen, caprichoso en su desarrollo clínico, letal en su máxima expresión. ¡Vaya que resultaron premonitorias las novelas de Ray Bradbury a las que era afecto un compañero de la secundaria: “Nuestros avances científicos se convertirían en nuestra trampa!”.

¿Cómo algo que comenzó en lugar tan aislado pronto se convirtió en pandemia? La respuesta es sencilla: La globalización se convirtió en el mayor aliado del virus quien fue capaz de recorrer todo el mundo en tan sólo un par de meses. Otra vez, no estoy en contra de los avances científicos. Al contrario. Pensemos en esto; la misma especie de aeronave que llevó el virus de un extremo del mundo al otro, transportó la semana pasada un concentrado que, primero Dios, hará posible que más de 74 millones de mexicanos accedan a la tan codiciada vacuna.

Muchas veces me ha tocado ir a un hospital a orar por un enfermo declaradamente ateo. Generalmente, suceden dos cosas en ese momento: En primer lugar, el amor manifestado en la visita baja todas las barreras del corazón humano; en segundo lugar; la necesidad de creer derriba todos los argumentos intelectuales y éticos, que antes nos separaban en el terreno de la fe.

Hoy te quiero invitar a que “bajemos la guardia”. Que abandonemos esa actitud arrogante que nos ha separado del Creador y nos ha hecho cada vez más vulnerables a la enfermedad y a la maldad del hombre. Pidamos humildemente a Jesús que nos reconcilie con el Padre y que sane todas nuestras enfermedades, comenzando por aquella que la vacuna no puede sanar.

Te invito a hacer tuyas las palabras del profeta: “Pero él fue traspasado por nuestras rebeliones y aplastado por nuestros pecados. Fue golpeado para que nosotros estuviéramos en paz; fue azotado para que pudiéramos ser sanados. Todos nosotros nos hemos extraviado como ovejas; hemos dejado los caminos de Dios para seguir los nuestros. Sin embargo, el Señor puso sobre él los pecados de todos nosotros. (Isaías 53.5,6 NTV)

Me encuentro en el día número cinco de mi cuarta cuarentena. Primero fue uno de mis hijos, luego el otro. Pasaron un par de meses, y mi esposa dio positivo, a los pocos días comencé con algunos síntomas.

Es difícil ver la enfermedad a través de los ojos del otro. Todos hemos tenido alguna vez una gripe y sabemos que los síntomas de fiebre y “cuerpo cortado” no se los deseamos a nadie. Pero cuando me decían que la comida no sabía a nada o que los receptores del olfato no distinguían los olores, me parecía difícil de entender. No quiero pensar en lo que significa la falta de oxígeno, cuando todo tu cuerpo y mente se concentran sólo en respirar.

Es impresionante pensar que en pleno siglo XXI, donde la agenda del ser humano se extiende a conquistar otros planetas, nos hayamos tenido que postrar delante de un microscópico virus, que hasta de bacteria se jacta, misterioso en su origen, caprichoso en su desarrollo clínico, letal en su máxima expresión. ¡Vaya que resultaron premonitorias las novelas de Ray Bradbury a las que era afecto un compañero de la secundaria: “Nuestros avances científicos se convertirían en nuestra trampa!”.

¿Cómo algo que comenzó en lugar tan aislado pronto se convirtió en pandemia? La respuesta es sencilla: La globalización se convirtió en el mayor aliado del virus quien fue capaz de recorrer todo el mundo en tan sólo un par de meses. Otra vez, no estoy en contra de los avances científicos. Al contrario. Pensemos en esto; la misma especie de aeronave que llevó el virus de un extremo del mundo al otro, transportó la semana pasada un concentrado que, primero Dios, hará posible que más de 74 millones de mexicanos accedan a la tan codiciada vacuna.

Muchas veces me ha tocado ir a un hospital a orar por un enfermo declaradamente ateo. Generalmente, suceden dos cosas en ese momento: En primer lugar, el amor manifestado en la visita baja todas las barreras del corazón humano; en segundo lugar; la necesidad de creer derriba todos los argumentos intelectuales y éticos, que antes nos separaban en el terreno de la fe.

Hoy te quiero invitar a que “bajemos la guardia”. Que abandonemos esa actitud arrogante que nos ha separado del Creador y nos ha hecho cada vez más vulnerables a la enfermedad y a la maldad del hombre. Pidamos humildemente a Jesús que nos reconcilie con el Padre y que sane todas nuestras enfermedades, comenzando por aquella que la vacuna no puede sanar.

Te invito a hacer tuyas las palabras del profeta: “Pero él fue traspasado por nuestras rebeliones y aplastado por nuestros pecados. Fue golpeado para que nosotros estuviéramos en paz; fue azotado para que pudiéramos ser sanados. Todos nosotros nos hemos extraviado como ovejas; hemos dejado los caminos de Dios para seguir los nuestros. Sin embargo, el Señor puso sobre él los pecados de todos nosotros. (Isaías 53.5,6 NTV)