/ miércoles 10 de julio de 2019

COLUMNA LIBERAL

Antes que nada queremos referirles un buen punto a favor de Jorge Salum del Palacio, quien ya como presidente municipal electo de Durango, lo encontramos haciendo fila como cualquier hijo de vecino para comprar un pollo asado.

Lo cortés no quita lo valiente y luego de saludarlo le advertimos que aunque no somos panistas ni votamos por él, que lo felicitábamos por su triunfo y a la vez le deseábamos suerte en su gestión y porque qué mejor que haya quedado él y no el Dr. Enríquez o un Otniel García Navarro. No se pueden mezclar el agua con el aceite, pero sí se pueden saludar, ¿o no?

A propósito del doctor Enríquez, al inicio de su gestión como presidente municipal, lo que primero se le ocurrió y por el mal consejo de sus súper asesores reaccionarios, fue el erigir una estatua al invasor Francisco de Ibarra, poniendo de manifiesto a la vez su aversión y desprecio por la raza indígena.

De ahí en adelante lo perseguiría la consecuente e inescapable reacción del fantasma de la maldición indígena lanzada ante la intromisión violenta de los españoles en su territorio, provocando según la leyenda mechica, el cierre energético positivo que reinaba en este lugar invirtiendo la polaridad magnética, desapareciendo el Valle de los Helechos, y originándose así la implantación del imperio de los alacranes donde reina la lucha interna que tanto nos desgasta e infecunda y en consecuencia la desunión y la desacreditación entre nosotros mismos que nos ha impedido progresar dignamente y en donde se debilitan los oriundos y hacen fortuna los foráneos.

Pues así, de tal manera y por ello, no se le dio al presidente municipal la reelección y por lo mismo, es decir al no cejar en su empeño de idolatrar a los invasores y criminales españoles tal cual quedó de manifiesto este lunes 8 pp. en la celebración de la fundación de la ciudad de Durango y donde fue José Ramón Enríquez a quemarle incienso a la estatua de Francisco de Ibarra, con ello selló su destino y fracaso político en el intento de erigirse en el futuro como gobernador de Durango. Ya se lo estaremos recordando llegado el momento, doctor.

Deseamos, si el respetable lector nos lo permite, plasmar un pensamiento de quien esto teclea y esperando llegue a su destino o destinatarios, para ser más exactos y que tiene que ver con la congruencia con que tiene que actuar todo ser humano, llámese en su ámbito familiar, grupal y socialmente en lo general.

“Si por alguna razón decidimos practicarnos la vasectomía, eso no valida para que egoístamente lo induzcamos a quienes vienen detrás de nosotros, castrándoles o privándoles injustamente su derecho a ser, a la realización de sus ideales, sueños, esperanzas, proyectos y hasta de sus fantasías”. Aquí hay un mensaje oculto y el que tenga oídos para oír que oiga y el que no, pos no, como lo dijo el filósofo de Güémez.

Hace unos años dábamos a conocer una leyenda sobre los orígenes de la ciudad de Durango documentada en legajos que nos obsequió el Q.H. Carlos Hebelio Díaz Cortés, q.e..p.d. conocido como Charly entre los grupos ecologistas de Durango y dependencias conectadas con la investigación científica del medio ambiente, del cual era él un férreo defensor.

En esta segunda leyenda y refiriéndose inicialmente al cerro de Mercado, se expresa: Montaña que la cubrió de biznagas toda su corteza, colocándole a cada cactáceas hermosas flores blancas para que de día también tuviera un aspecto blancuzco como la plata, pero que fueron cambiando a un color rosa óxido producto de la sangre inocente de todos los sacrificios de sus hijos, mezclada con las lágrimas de la luna. De la presente leyenda que narraremos “La Montaña de Plata” apareciendo como compilador Luis Benítez Enríquez.

El vikingo Erik el Rojo, noble irlandés desterrado de su patria buscó nuevas tierras instalándose en Groenlandia donde se estableció. De ahí su hijo Eríkson partió a descubrir las costas orientales de Norte América. El príncipe Madod (vikingo que descubrió Islandia) llegó a fines del siglo XII a las costas de Estados Unidos.

El pirata Sigurd el Velludo cuya galera de poderosos remos y mástil negro, partió de estas costas hacia el sur buscando sitios dónde fundar un pueblo para poder reinar absoluto. En su espaciosa nave, además de sus bárbaros marinos, iban varias mujeres de ojos claros y cabellos rubios.

También iba un extraño personaje llamado Tomás, meditativo y místico que en vano trataba de suavizar los salvajes arrebatos de los feroces piratas predicándoles una religión opuesta a la sanguinaria de sus dioses.

Gran parte del pueblo normando, poco tiempo antes, había sido convertido al cristianismo por su rey Olaf pero la dulzura de la religión cristiana se avenía muy mal con la ferocidad de aquellos hombres de presa, rudos marinos, incansables cazadores, crueles guerreros.

Después de navegar muchos días y habiendo tocado varias pequeñas islas que no bastaban a las ambiciones de Sigurd, la embarcación fue azotada por violentas tempestades y arrastrada por las corrientes marinas y penetrando en el hoy llamado Golfo de México, fue a encallar en las playas del fondo del golfo, quedando la arrogante nave totalmente destruida.

Grande fue la cólera de Sigurd al verse detenido en su marcha, habiendo hendido la cabeza del piloto con un formidable golpe de su espada y estando a punto de sacrificar también al pacífico Tomás, quien tranquilo e inmutable procuraba calmar la espantosa ira del gigantesco pirata.

Pero si pudo escapar con vida, en cambio fue arrojado de la compañía de los náufragos, habiéndose dirigido a solo hacia el sur, donde entabló relaciones con los pueblos aborígenes, quienes le llamaron Quetzlacóatl, llegando a ser entre ellos profundamente venerado.

Una vez perdida la esperanza de reconstruir la nave, Sigurd y sus compañeros se dirigieron hacia el occidente, así caminaron muchos días y muchos meses escalando primero una cadena de montañas, llegando después a una inmensa planicie algo árida que dilataron mucho tiempo en cruzar, acercándose finalmente a otra cordillera que estaba aún más al oeste.

Después de tan larga caminata, llegaron a un amplio valle de templado clima, recorrido por un río que bajaba de las próximas serranías. Este sitio agradó a Sigurd que ordenó acampar cerca de la montaña (Cerro de Mercado).

Estimados lectores, como la leyenda es un poco más larga, nos vemos precisados a continuarla en nuestra próxima entrega, esperando nos favorezca con el seguimiento.

Antes que nada queremos referirles un buen punto a favor de Jorge Salum del Palacio, quien ya como presidente municipal electo de Durango, lo encontramos haciendo fila como cualquier hijo de vecino para comprar un pollo asado.

Lo cortés no quita lo valiente y luego de saludarlo le advertimos que aunque no somos panistas ni votamos por él, que lo felicitábamos por su triunfo y a la vez le deseábamos suerte en su gestión y porque qué mejor que haya quedado él y no el Dr. Enríquez o un Otniel García Navarro. No se pueden mezclar el agua con el aceite, pero sí se pueden saludar, ¿o no?

A propósito del doctor Enríquez, al inicio de su gestión como presidente municipal, lo que primero se le ocurrió y por el mal consejo de sus súper asesores reaccionarios, fue el erigir una estatua al invasor Francisco de Ibarra, poniendo de manifiesto a la vez su aversión y desprecio por la raza indígena.

De ahí en adelante lo perseguiría la consecuente e inescapable reacción del fantasma de la maldición indígena lanzada ante la intromisión violenta de los españoles en su territorio, provocando según la leyenda mechica, el cierre energético positivo que reinaba en este lugar invirtiendo la polaridad magnética, desapareciendo el Valle de los Helechos, y originándose así la implantación del imperio de los alacranes donde reina la lucha interna que tanto nos desgasta e infecunda y en consecuencia la desunión y la desacreditación entre nosotros mismos que nos ha impedido progresar dignamente y en donde se debilitan los oriundos y hacen fortuna los foráneos.

Pues así, de tal manera y por ello, no se le dio al presidente municipal la reelección y por lo mismo, es decir al no cejar en su empeño de idolatrar a los invasores y criminales españoles tal cual quedó de manifiesto este lunes 8 pp. en la celebración de la fundación de la ciudad de Durango y donde fue José Ramón Enríquez a quemarle incienso a la estatua de Francisco de Ibarra, con ello selló su destino y fracaso político en el intento de erigirse en el futuro como gobernador de Durango. Ya se lo estaremos recordando llegado el momento, doctor.

Deseamos, si el respetable lector nos lo permite, plasmar un pensamiento de quien esto teclea y esperando llegue a su destino o destinatarios, para ser más exactos y que tiene que ver con la congruencia con que tiene que actuar todo ser humano, llámese en su ámbito familiar, grupal y socialmente en lo general.

“Si por alguna razón decidimos practicarnos la vasectomía, eso no valida para que egoístamente lo induzcamos a quienes vienen detrás de nosotros, castrándoles o privándoles injustamente su derecho a ser, a la realización de sus ideales, sueños, esperanzas, proyectos y hasta de sus fantasías”. Aquí hay un mensaje oculto y el que tenga oídos para oír que oiga y el que no, pos no, como lo dijo el filósofo de Güémez.

Hace unos años dábamos a conocer una leyenda sobre los orígenes de la ciudad de Durango documentada en legajos que nos obsequió el Q.H. Carlos Hebelio Díaz Cortés, q.e..p.d. conocido como Charly entre los grupos ecologistas de Durango y dependencias conectadas con la investigación científica del medio ambiente, del cual era él un férreo defensor.

En esta segunda leyenda y refiriéndose inicialmente al cerro de Mercado, se expresa: Montaña que la cubrió de biznagas toda su corteza, colocándole a cada cactáceas hermosas flores blancas para que de día también tuviera un aspecto blancuzco como la plata, pero que fueron cambiando a un color rosa óxido producto de la sangre inocente de todos los sacrificios de sus hijos, mezclada con las lágrimas de la luna. De la presente leyenda que narraremos “La Montaña de Plata” apareciendo como compilador Luis Benítez Enríquez.

El vikingo Erik el Rojo, noble irlandés desterrado de su patria buscó nuevas tierras instalándose en Groenlandia donde se estableció. De ahí su hijo Eríkson partió a descubrir las costas orientales de Norte América. El príncipe Madod (vikingo que descubrió Islandia) llegó a fines del siglo XII a las costas de Estados Unidos.

El pirata Sigurd el Velludo cuya galera de poderosos remos y mástil negro, partió de estas costas hacia el sur buscando sitios dónde fundar un pueblo para poder reinar absoluto. En su espaciosa nave, además de sus bárbaros marinos, iban varias mujeres de ojos claros y cabellos rubios.

También iba un extraño personaje llamado Tomás, meditativo y místico que en vano trataba de suavizar los salvajes arrebatos de los feroces piratas predicándoles una religión opuesta a la sanguinaria de sus dioses.

Gran parte del pueblo normando, poco tiempo antes, había sido convertido al cristianismo por su rey Olaf pero la dulzura de la religión cristiana se avenía muy mal con la ferocidad de aquellos hombres de presa, rudos marinos, incansables cazadores, crueles guerreros.

Después de navegar muchos días y habiendo tocado varias pequeñas islas que no bastaban a las ambiciones de Sigurd, la embarcación fue azotada por violentas tempestades y arrastrada por las corrientes marinas y penetrando en el hoy llamado Golfo de México, fue a encallar en las playas del fondo del golfo, quedando la arrogante nave totalmente destruida.

Grande fue la cólera de Sigurd al verse detenido en su marcha, habiendo hendido la cabeza del piloto con un formidable golpe de su espada y estando a punto de sacrificar también al pacífico Tomás, quien tranquilo e inmutable procuraba calmar la espantosa ira del gigantesco pirata.

Pero si pudo escapar con vida, en cambio fue arrojado de la compañía de los náufragos, habiéndose dirigido a solo hacia el sur, donde entabló relaciones con los pueblos aborígenes, quienes le llamaron Quetzlacóatl, llegando a ser entre ellos profundamente venerado.

Una vez perdida la esperanza de reconstruir la nave, Sigurd y sus compañeros se dirigieron hacia el occidente, así caminaron muchos días y muchos meses escalando primero una cadena de montañas, llegando después a una inmensa planicie algo árida que dilataron mucho tiempo en cruzar, acercándose finalmente a otra cordillera que estaba aún más al oeste.

Después de tan larga caminata, llegaron a un amplio valle de templado clima, recorrido por un río que bajaba de las próximas serranías. Este sitio agradó a Sigurd que ordenó acampar cerca de la montaña (Cerro de Mercado).

Estimados lectores, como la leyenda es un poco más larga, nos vemos precisados a continuarla en nuestra próxima entrega, esperando nos favorezca con el seguimiento.

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