/ domingo 2 de diciembre de 2018

El 94 de Enrique Peña Nieto

No es lugar aquí para hacer un balance de ese reformismo, cuyas implicaciones no dependen solamente de su aplicación, ésta en la mayoría de los casos deficiente, sino de otros factores imposibles de resumir.

La frase se convirtió ya en un lugar común. A razón de cualquier tema encaja y aunque no tenga mucho que ver con el asunto aludido, la consigna de Marx sirve como mínimo para abrir un texto. No íbamos a ser nosotros la excepción.

Pues bien: La historia se repite dos veces. La primera como tragedia, la segunda, como farsa. La estridencia de la izquierda sobre el peñanietismo visto como un salinato restaurado distrae sobre el legítimo contraste que puede hacerse de ambos periodos. Y no sólo porque algunos funcionarios del gabinete de Salinas lo fueron también este sexenio o porque la sobrina del innombrable sea cercana a Peña Nieto, sino porque hay una serie de elementos que los hermanan.

Me interesa señalar dos. Primero, la fe en la tecnocracia. Ambos gobiernos orientaron sus políticas públicas siguiendo los dictados del modelo neoliberal impuesto desde las universidades de élite donde se formó gran parte de los respectivos gabinetes. La convicción de que la técnica resolverá eventualmente los grandes problemas de nuestro país, condujo a la miopía de la clase gobernante sobre la bárbara realidad que no se ajusta a las fórmulas de los especialistas.

El segundo elemento de coincidencia, inevitablemente ligado al primero, es la desaforada retorica triunfalista en torno al reformismo. Si el principal villano de la política mexicana moderna prometía la entrada al primer mundo con las privatizaciones, pero principalmente con la joya de la corona, el TLC, ese mismo ánimo marcó el discurso del sexenio saliente con las reformas estructurales emanadas del Pacto por México. El estrepitoso lenguaje del México moderno que auguraban las modificaciones a un supuesto entramado legal anacrónico, tuvo en los primeros años un consenso ensordecedor, algo rabioso y bastante ingenuo.

No es lugar aquí para hacer un balance de ese reformismo, cuyas implicaciones no dependen solamente de su aplicación, ésta en la mayoría de los casos deficiente, sino de otros factores imposibles de resumir aquí. Diremos solamente que la extrapolación marcó el debate público este tiempo: los que creían que México se vendía sin más a los extranjeros, y aquellos que tachaban de anti modernos a quienes no aceptaran la salvación a la que conducían las reformas estructurales.

Pero la resaca llegó pronto. La arrogancia del aplastante pacto político exitoso pronto se vio opacada por la otra cara de la realidad. Fue el año 2014 cuando se acabó el sexenio de Peña Nieto.

Primero, por supuesto, por los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa. Yo no creo que deba equipararse la tragedia de Iguala con la masacre de Tlatelolco. Lo ocurrido hace 50 años fue un crimen perpetuado por órdenes del presidente de la república. Un crimen de Estado. Lo de Guerrero se enmarca en una cotidianidad del pacto entre gobernantes y narcotraficantes, lo cual no le resta, por supuesto, gravedad al suceso. Pero obedece a otra realidad.

Más cercano, creo yo, es el paralelismo entre lo ocurrido esa noche trágica del 26 de septiembre con el alzamiento del EZLN, acaecida el primero de enero de 1994. Y lo es no por una equivalencia de hechos, que son marcadamente distantes, sino por el carácter simbólico de lo que significaron en la vida pública del país. La historia es bien conocida: El primer día del último año del mandato de Carlos Salinas entraba en vigor el aludido TLC. Los encapuchados que tomaron algunas cabeceras municipales de Chiapas mostraban ese otro México de marginación y desigualdad.

Y lo mismo significó la tragedia de Iguala: más allá de la retórica triunfalista de las reformas estructurales, está ese otro México que es un infierno de violencia, impunidad, barbarie. Un par de meses después se reveló el escándalo de ‘La Casa Blanca’ que, de nuevo sin restarle importancia, bien puede ser tomado como el emblema de la corrupción endémica del sexenio y el sello particular del partido en el poder.

Por eso hay algo que hermana ese 2014 con el fatídico 94, al que además del alzamiento zapatista hay que agregar el asesinato de Colosio y Ruiz Massieu, y la fuerte crisis económica. Veinte años después, en nuestro calendario circular, con todo y alternancia de poder, la historia se repitió en esa gran farsa sexenal que nos mostró el 94 de Enrique Peña Nieto.


No es lugar aquí para hacer un balance de ese reformismo, cuyas implicaciones no dependen solamente de su aplicación, ésta en la mayoría de los casos deficiente, sino de otros factores imposibles de resumir.

La frase se convirtió ya en un lugar común. A razón de cualquier tema encaja y aunque no tenga mucho que ver con el asunto aludido, la consigna de Marx sirve como mínimo para abrir un texto. No íbamos a ser nosotros la excepción.

Pues bien: La historia se repite dos veces. La primera como tragedia, la segunda, como farsa. La estridencia de la izquierda sobre el peñanietismo visto como un salinato restaurado distrae sobre el legítimo contraste que puede hacerse de ambos periodos. Y no sólo porque algunos funcionarios del gabinete de Salinas lo fueron también este sexenio o porque la sobrina del innombrable sea cercana a Peña Nieto, sino porque hay una serie de elementos que los hermanan.

Me interesa señalar dos. Primero, la fe en la tecnocracia. Ambos gobiernos orientaron sus políticas públicas siguiendo los dictados del modelo neoliberal impuesto desde las universidades de élite donde se formó gran parte de los respectivos gabinetes. La convicción de que la técnica resolverá eventualmente los grandes problemas de nuestro país, condujo a la miopía de la clase gobernante sobre la bárbara realidad que no se ajusta a las fórmulas de los especialistas.

El segundo elemento de coincidencia, inevitablemente ligado al primero, es la desaforada retorica triunfalista en torno al reformismo. Si el principal villano de la política mexicana moderna prometía la entrada al primer mundo con las privatizaciones, pero principalmente con la joya de la corona, el TLC, ese mismo ánimo marcó el discurso del sexenio saliente con las reformas estructurales emanadas del Pacto por México. El estrepitoso lenguaje del México moderno que auguraban las modificaciones a un supuesto entramado legal anacrónico, tuvo en los primeros años un consenso ensordecedor, algo rabioso y bastante ingenuo.

No es lugar aquí para hacer un balance de ese reformismo, cuyas implicaciones no dependen solamente de su aplicación, ésta en la mayoría de los casos deficiente, sino de otros factores imposibles de resumir aquí. Diremos solamente que la extrapolación marcó el debate público este tiempo: los que creían que México se vendía sin más a los extranjeros, y aquellos que tachaban de anti modernos a quienes no aceptaran la salvación a la que conducían las reformas estructurales.

Pero la resaca llegó pronto. La arrogancia del aplastante pacto político exitoso pronto se vio opacada por la otra cara de la realidad. Fue el año 2014 cuando se acabó el sexenio de Peña Nieto.

Primero, por supuesto, por los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa. Yo no creo que deba equipararse la tragedia de Iguala con la masacre de Tlatelolco. Lo ocurrido hace 50 años fue un crimen perpetuado por órdenes del presidente de la república. Un crimen de Estado. Lo de Guerrero se enmarca en una cotidianidad del pacto entre gobernantes y narcotraficantes, lo cual no le resta, por supuesto, gravedad al suceso. Pero obedece a otra realidad.

Más cercano, creo yo, es el paralelismo entre lo ocurrido esa noche trágica del 26 de septiembre con el alzamiento del EZLN, acaecida el primero de enero de 1994. Y lo es no por una equivalencia de hechos, que son marcadamente distantes, sino por el carácter simbólico de lo que significaron en la vida pública del país. La historia es bien conocida: El primer día del último año del mandato de Carlos Salinas entraba en vigor el aludido TLC. Los encapuchados que tomaron algunas cabeceras municipales de Chiapas mostraban ese otro México de marginación y desigualdad.

Y lo mismo significó la tragedia de Iguala: más allá de la retórica triunfalista de las reformas estructurales, está ese otro México que es un infierno de violencia, impunidad, barbarie. Un par de meses después se reveló el escándalo de ‘La Casa Blanca’ que, de nuevo sin restarle importancia, bien puede ser tomado como el emblema de la corrupción endémica del sexenio y el sello particular del partido en el poder.

Por eso hay algo que hermana ese 2014 con el fatídico 94, al que además del alzamiento zapatista hay que agregar el asesinato de Colosio y Ruiz Massieu, y la fuerte crisis económica. Veinte años después, en nuestro calendario circular, con todo y alternancia de poder, la historia se repitió en esa gran farsa sexenal que nos mostró el 94 de Enrique Peña Nieto.


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