/ viernes 3 de abril de 2020

El daño que ocasionan las incongruencias

Hace como tres años, observando que en el bulevar “Del Castillo Franco” a la altura del puente de la Normal, se habían cambiado las paletas que señalaban la circulación de los vehículos, de una velocidad de 60 kilómetros a 40 kilómetros por hora.

Me permití señalar en mi columna, que este prestigiado diario me hace favor de publicar, indicando la falta de congruencia entre lo que se solicita y lo que es la realidad y, no obstante que, la entonces jefa de Policía de Vialidad realizó explicaciones del cambio, también fueron incongruentes.

Pero en aquel entonces se volvieron a colocar las paletas señalando como velocidad máxima los 60 kilómetros por hora, pues era de sobra conocido que mientras se señalaba la máxima velocidad a 40 kilómetros por hora, del otro lado se encontraba ya el mordelón para pedir el moche o levantar la infracción, que, puede ser que en esta ocasión se esté pensando de la misma manera.

Pues ahora lo volvieron a realizar, quizás con la esperanza de allegarse más fondos en el municipio o so pretexto de poder ‘morder’, perdón, levantar las infracciones a granel de quien se deje.

Lo mismo sucede en el puente a la salida a la carretera a Mazatlán, en donde se marca que la máxima velocidad permitida es de 40 kilómetros por hora, que no creo que ni el más lento de la localidad lo respete.

Lo que se considera sumamente grave y peligroso, es que cada vez nos llenamos más de incongruencias los ciudadanos y llego a la conclusión de que ignoramos los beneficios de ser congruentes para poder “coincidir”, “convenir”, “encontrarse”, y ser coherentes con una relación lógica o correspondencia que se establece entre distintas cosas, entre lo que hablamos y lo que hacemos para actuar razonablemente.

Las explicaciones que me daba un policía vial, al señalarle que no creía que hubiera algún mortal que respetara la máxima velocidad obligada en los anuncios (40 kilómetros), me indicaba que era para que la gente pudiera ir entonces a 60 kilómetros por hora y no a más.

Misma incongruencia que nos representa aquello de las invitaciones a los eventos oficiales que, indican a las once horas, pero descaradamente lo señalan así, previniendo que es para empezar a las doce horas. Lo que ya se hizo tradición.

En la actualidad muchos creyeron en el candidato que acabaría con la corrupción, aunque no se señalara congruentemente cómo. Ahora que no se ha acabado el pretexto es que todo está mal debido a la corrupción anterior, pero sí se ha dicho que vivimos en un estado de Derecho, que implica un gobierno que protege en la vida cotidiana, no sólo en las leyes escritas, los derechos fundamentales de todos: Vida, propiedad y libertad, entonces ¿cuál es el motivo por el que no se denuncian las violaciones, corruptelas y demás para que se castigue a quienes hayan violado las normas fundamentales del Estado de derecho?

Es muy fácil decir que otro tiene la culpa de todo, pero si no denuncio y pruebo lo que estoy afirmando NO EXISTE CONGRUENCIA, sino por el contrario estoy en complicidad con el corrupto al no denunciarlo. Y, por el contrario, cuando un gobierno protege los derechos de unos y permite su violación a otros por su posición social, ideológica, raza, grupo político, no hay Estado de derecho.

Es por ello que, me atrevo a señalar como peligroso, aceptar lo que es incongruente, acarreando por consiguiente aceptarlo, como lo hacemos con las horas de la cita: Señalamos a las seis para empezar a las siete. Se cae en la incongruencia cuando se pregona o se hace algo diferente, o que carece de sentido o coherencia, que es contradictorio e ilógico.

Sin el afán de molestar a nadie, sobre todo a tantos que no desean reconocer o abrir los ojos para ver la realidad con relación a las incongruencias que dice y hace el Presidente, sabemos que él no acepta que apoda, etiqueta, degrada, desprecia con sus irónicas expresiones a muchas personas, entre políticos, periodistas, empresarios y demás, pero sí lo hace cotidianamente, aunque nunca lo reconocerá quizás por algún problema de carácter sicológico que tal vez ya se le haya diagnosticado.

Incongruencias son haber incitado a los ciudadanos a abrazarse en esta época de emergencia sanitaria, contrario a lo que su propio Subsecretario de Salud pedía, pero ante el ridículo que estaba causando su actitud en los demás países, cambió radicalmente en algunas de sus actuaciones, no así en continuar con sus viajes, apareciendo aquí y allá, como si eso fuera gobernar, supervisando un camino en los lugares más radicales y escabrosos en donde sólo el narcotráfico impera, como si en realidad fuera perito en la construcción de los mismos.

Sube a los aviones de líneas comerciales, analiza obras, da discursos ante diez personas (como sucedió en Oaxaca este miércoles pasado), pues al parecer para él es el mayor éxtasis y encuentra en sus lentas divagaciones su realización, su plenitud, la culminación de su ser, cuando habla de sí mismo, de su humildad y echa culpas a diestra y siniestra de todo lo malo y que, supuestamente hoy ya no se hace, dando explicaciones que nadie le solicita.

Mientras que una persona no tenga coherencia de lo que dice con lo que hace, carecerá de congruencia y es la mejor firma de deshonestidad, pues la congruencia es la armonía entre nuestras emociones, pensamientos y conducta. Somos congruentes a medida que tenemos conciencia de lo que actuamos con lo que sentimos y pensamos.

Cuando actuamos con incongruencias y aceptamos las de otro u otros, la pérdida de valores es inevitable, señalan los expertos que, los síntomas pueden ir desde el agotamiento emocional, el predominio de trastornos mentales y conductuales, e incluso un menor rendimiento laboral derivado de las actitudes y comportamientos negativos, y señalan que en gran medida aparece un aumento de actitudes agresivas, arrebatos de tristeza e incluso depresión.

Pero así se manifiestan las incongruencias que solo nos estarán dañando irremediablemente.

Hace como tres años, observando que en el bulevar “Del Castillo Franco” a la altura del puente de la Normal, se habían cambiado las paletas que señalaban la circulación de los vehículos, de una velocidad de 60 kilómetros a 40 kilómetros por hora.

Me permití señalar en mi columna, que este prestigiado diario me hace favor de publicar, indicando la falta de congruencia entre lo que se solicita y lo que es la realidad y, no obstante que, la entonces jefa de Policía de Vialidad realizó explicaciones del cambio, también fueron incongruentes.

Pero en aquel entonces se volvieron a colocar las paletas señalando como velocidad máxima los 60 kilómetros por hora, pues era de sobra conocido que mientras se señalaba la máxima velocidad a 40 kilómetros por hora, del otro lado se encontraba ya el mordelón para pedir el moche o levantar la infracción, que, puede ser que en esta ocasión se esté pensando de la misma manera.

Pues ahora lo volvieron a realizar, quizás con la esperanza de allegarse más fondos en el municipio o so pretexto de poder ‘morder’, perdón, levantar las infracciones a granel de quien se deje.

Lo mismo sucede en el puente a la salida a la carretera a Mazatlán, en donde se marca que la máxima velocidad permitida es de 40 kilómetros por hora, que no creo que ni el más lento de la localidad lo respete.

Lo que se considera sumamente grave y peligroso, es que cada vez nos llenamos más de incongruencias los ciudadanos y llego a la conclusión de que ignoramos los beneficios de ser congruentes para poder “coincidir”, “convenir”, “encontrarse”, y ser coherentes con una relación lógica o correspondencia que se establece entre distintas cosas, entre lo que hablamos y lo que hacemos para actuar razonablemente.

Las explicaciones que me daba un policía vial, al señalarle que no creía que hubiera algún mortal que respetara la máxima velocidad obligada en los anuncios (40 kilómetros), me indicaba que era para que la gente pudiera ir entonces a 60 kilómetros por hora y no a más.

Misma incongruencia que nos representa aquello de las invitaciones a los eventos oficiales que, indican a las once horas, pero descaradamente lo señalan así, previniendo que es para empezar a las doce horas. Lo que ya se hizo tradición.

En la actualidad muchos creyeron en el candidato que acabaría con la corrupción, aunque no se señalara congruentemente cómo. Ahora que no se ha acabado el pretexto es que todo está mal debido a la corrupción anterior, pero sí se ha dicho que vivimos en un estado de Derecho, que implica un gobierno que protege en la vida cotidiana, no sólo en las leyes escritas, los derechos fundamentales de todos: Vida, propiedad y libertad, entonces ¿cuál es el motivo por el que no se denuncian las violaciones, corruptelas y demás para que se castigue a quienes hayan violado las normas fundamentales del Estado de derecho?

Es muy fácil decir que otro tiene la culpa de todo, pero si no denuncio y pruebo lo que estoy afirmando NO EXISTE CONGRUENCIA, sino por el contrario estoy en complicidad con el corrupto al no denunciarlo. Y, por el contrario, cuando un gobierno protege los derechos de unos y permite su violación a otros por su posición social, ideológica, raza, grupo político, no hay Estado de derecho.

Es por ello que, me atrevo a señalar como peligroso, aceptar lo que es incongruente, acarreando por consiguiente aceptarlo, como lo hacemos con las horas de la cita: Señalamos a las seis para empezar a las siete. Se cae en la incongruencia cuando se pregona o se hace algo diferente, o que carece de sentido o coherencia, que es contradictorio e ilógico.

Sin el afán de molestar a nadie, sobre todo a tantos que no desean reconocer o abrir los ojos para ver la realidad con relación a las incongruencias que dice y hace el Presidente, sabemos que él no acepta que apoda, etiqueta, degrada, desprecia con sus irónicas expresiones a muchas personas, entre políticos, periodistas, empresarios y demás, pero sí lo hace cotidianamente, aunque nunca lo reconocerá quizás por algún problema de carácter sicológico que tal vez ya se le haya diagnosticado.

Incongruencias son haber incitado a los ciudadanos a abrazarse en esta época de emergencia sanitaria, contrario a lo que su propio Subsecretario de Salud pedía, pero ante el ridículo que estaba causando su actitud en los demás países, cambió radicalmente en algunas de sus actuaciones, no así en continuar con sus viajes, apareciendo aquí y allá, como si eso fuera gobernar, supervisando un camino en los lugares más radicales y escabrosos en donde sólo el narcotráfico impera, como si en realidad fuera perito en la construcción de los mismos.

Sube a los aviones de líneas comerciales, analiza obras, da discursos ante diez personas (como sucedió en Oaxaca este miércoles pasado), pues al parecer para él es el mayor éxtasis y encuentra en sus lentas divagaciones su realización, su plenitud, la culminación de su ser, cuando habla de sí mismo, de su humildad y echa culpas a diestra y siniestra de todo lo malo y que, supuestamente hoy ya no se hace, dando explicaciones que nadie le solicita.

Mientras que una persona no tenga coherencia de lo que dice con lo que hace, carecerá de congruencia y es la mejor firma de deshonestidad, pues la congruencia es la armonía entre nuestras emociones, pensamientos y conducta. Somos congruentes a medida que tenemos conciencia de lo que actuamos con lo que sentimos y pensamos.

Cuando actuamos con incongruencias y aceptamos las de otro u otros, la pérdida de valores es inevitable, señalan los expertos que, los síntomas pueden ir desde el agotamiento emocional, el predominio de trastornos mentales y conductuales, e incluso un menor rendimiento laboral derivado de las actitudes y comportamientos negativos, y señalan que en gran medida aparece un aumento de actitudes agresivas, arrebatos de tristeza e incluso depresión.

Pero así se manifiestan las incongruencias que solo nos estarán dañando irremediablemente.

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