/ lunes 23 de noviembre de 2020

El hombre propone y Dios dispone

Dos mil veinte proponía un año soñado. Hasta sonaba prometedor: “veinte veinte”. Los propósitos de año nuevo auguraban innumerables metas por cumplir, viajes por hacer, negocios por comenzar, proyectos por realizar, invitaciones por aceptar.

Nuestras agendas estaban repletas de compromisos. De repente, casi en un abrir y cerrar de ojos, lo que parecía lejano comenzó a acercarse y sin pasar por migraciones se instaló en nuestro país. Con una mirada escéptica al poder del virus comenzamos a cancelar compromisos del mes de abril, luego mayo. Nos resistíamos a cancelar las vacaciones de verano. Las voces más prudentes vaticinaban regresar en octubre. No les creímos, hasta que la segunda ola de la pandemia nos confrontó con aquel proverbio casi olvidado por los habitantes de este siglo. Nos costó casi ocho meses pero lo entendimos: “El hombre propone y Dios dispone”.

Este refrán popular es tan antiguo como el libro de Proverbios (Prov 16.1). Máxima que recoge el apóstol Santiago y desarrolla en su epístola: “Presten atención ustedes que dicen ´hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad y nos quedaremos un año. Haremos negocios allí y ganaremos dinero´. ¿Cómo saben qué será de su vida el día de mañana? La vida de ustedes es como la neblina del amanecer: aparece un rato y luego se esfuma. Lo que deberían decir es: “Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello”. De lo contrario, están haciendo alarde de sus propios planes pretenciosos, y semejante jactancia es maligna” (Stgo 4.13-16) Disculpe el lector la transcripción total del texto pero no lo puedo decir de manera tan magistral. Lo primero que el apóstol Santiago nos hace ver es acerca del poder de nuestras palabras: “Presten atención ustedes que dicen” y “lo que deberían decir”.

“Ustedes que dicen” representa esa forma de hablar presuntuosa y jactanciosa que manifiesta la cosmovisión atea donde Dios, o bien no existe, o sencillamente, no tiene el poder, ni el interés de intervenir en la vida humana. O aquella otra forma de ver la realidad donde Dios es incluido en nuestro quehacer humano, bajo el lema “Dios primero”, pero a manera de fetiche. Una frase mágica que nos hace sentir bien, o quedar bien o con la “tradición”, pero que en el fondo niega la premisa de que Dios es realmente primero, que de verdad es el Señor, el Rey de Reyes y por ende el soberano, es decir que no sólo tiene el poder sino también el derecho de intervenir según crea conveniente en los destinos de la humanidad, incluyendo mi propia vida.

Mi interés de hoy es sólo hacernos una pregunta que demanda una respuesta honesta: ¿Tiene realmente Dios en tu vida el derecho de desbaratar tus planes? ¡Porque el poder vaya que nos dimos cuenta que lo tiene! Los planes son del hombre, la palabra final la tiene el Señor. (Versión DHH).

Dos mil veinte proponía un año soñado. Hasta sonaba prometedor: “veinte veinte”. Los propósitos de año nuevo auguraban innumerables metas por cumplir, viajes por hacer, negocios por comenzar, proyectos por realizar, invitaciones por aceptar.

Nuestras agendas estaban repletas de compromisos. De repente, casi en un abrir y cerrar de ojos, lo que parecía lejano comenzó a acercarse y sin pasar por migraciones se instaló en nuestro país. Con una mirada escéptica al poder del virus comenzamos a cancelar compromisos del mes de abril, luego mayo. Nos resistíamos a cancelar las vacaciones de verano. Las voces más prudentes vaticinaban regresar en octubre. No les creímos, hasta que la segunda ola de la pandemia nos confrontó con aquel proverbio casi olvidado por los habitantes de este siglo. Nos costó casi ocho meses pero lo entendimos: “El hombre propone y Dios dispone”.

Este refrán popular es tan antiguo como el libro de Proverbios (Prov 16.1). Máxima que recoge el apóstol Santiago y desarrolla en su epístola: “Presten atención ustedes que dicen ´hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad y nos quedaremos un año. Haremos negocios allí y ganaremos dinero´. ¿Cómo saben qué será de su vida el día de mañana? La vida de ustedes es como la neblina del amanecer: aparece un rato y luego se esfuma. Lo que deberían decir es: “Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello”. De lo contrario, están haciendo alarde de sus propios planes pretenciosos, y semejante jactancia es maligna” (Stgo 4.13-16) Disculpe el lector la transcripción total del texto pero no lo puedo decir de manera tan magistral. Lo primero que el apóstol Santiago nos hace ver es acerca del poder de nuestras palabras: “Presten atención ustedes que dicen” y “lo que deberían decir”.

“Ustedes que dicen” representa esa forma de hablar presuntuosa y jactanciosa que manifiesta la cosmovisión atea donde Dios, o bien no existe, o sencillamente, no tiene el poder, ni el interés de intervenir en la vida humana. O aquella otra forma de ver la realidad donde Dios es incluido en nuestro quehacer humano, bajo el lema “Dios primero”, pero a manera de fetiche. Una frase mágica que nos hace sentir bien, o quedar bien o con la “tradición”, pero que en el fondo niega la premisa de que Dios es realmente primero, que de verdad es el Señor, el Rey de Reyes y por ende el soberano, es decir que no sólo tiene el poder sino también el derecho de intervenir según crea conveniente en los destinos de la humanidad, incluyendo mi propia vida.

Mi interés de hoy es sólo hacernos una pregunta que demanda una respuesta honesta: ¿Tiene realmente Dios en tu vida el derecho de desbaratar tus planes? ¡Porque el poder vaya que nos dimos cuenta que lo tiene! Los planes son del hombre, la palabra final la tiene el Señor. (Versión DHH).