/ domingo 31 de marzo de 2019

El mundo que nos cuestiona

Al hablar de la situación de la Iglesia es esencial preguntarnos en qué mundo vivimos. Puesto que los cristianos vivimos en el mundo y estamos sometidos a muchas influencias culturales que no son compatibles con nuestra fe y con las exigencias de nuestra vida.

Lo que ocurre en nuestra Iglesia, en buena parte depende de nosotros, pero depende también de lo que está ocurriendo en nuestra sociedad. Y viceversa, iglesia y sociedad nos influimos mutuamente para bien y para mal, pues estamos unidos en la coincidencia de muchas personas y en los lazos de una estrecha comunicación y convivencia.

Para nosotros nunca puede ser indiferente la situación espiritual y cultural de la sociedad y de nuestros conciudadanos, pues la primera exigencia que tenemos como cristianos es la de anunciar el Evangelio de Jesús a nuestro mundo, tal como es, con más o menos dificultades, con más o menos aceptación, pero siempre con mucho amor, sincera lealtad y humilde perseverancia.

En la descripción de la situación actual, por lo que se refiere a la Iglesia, es obligado reconocer que el rechazo particularmente en algunos sectores de la sociedad que hoy padecemos, no tiene un origen exclusivamente político. Las posturas antirreligiosas se están convirtiendo en un uso culturalmente “correcto”, perfectamente “normalizado”.

En este rechazo actual a la iglesia, o en este desinterés hacia todo lo que es religioso, hay muchos elementos, por ejemplo, la ignorancia que hoy permea a muchas personas, a muchas familias en los contenidos de la fe que profesan; la resistencia popular que sigue siendo utilizada como anzuelo por mentalidades indignadas e intolerantes, y que manipulan a los sectores de la juventud desinformada, poniéndola de frente a una “iglesia poderosa”, reflejado en el dicho cervantino “con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho”, este sentimiento subsiste por transmisión, incluso en estas generaciones de jóvenes que nunca han conocido una Iglesia políticamente influyente.

Existe también un rechazo real de la Iglesia en muchos cristianos, o por lo menos una connivencia con los rechazos provenientes de los no cristianos, que comparten el reconocimiento de los criterios de la cultura dominante y piensan que la Iglesia tendría que cambiar para acomodarse a los postulados de la modernidad, en sus pronunciamientos doctrinales y sobre todo en sus enseñanzas morales. Se oye muchas veces “la Iglesia tiene que cambiar”.

En el fondo con ello se quiere decir que tiene que acomodar sus enseñanzas morales a lo que es uso común en la sociedad actual, en temas de moral sexual, divorcio, familia, control de la fertilidad, bioética, etc. ¿Por qué no aceptar también el aborto, la eutanasia, las mentiras y estafas tan frecuentes, las mil injusticias económicas existentes, la impunidad, la corrupción, etc.? Así se acabarían los conflictos. Y también se acabaría la verdad del cristianismo.

No nos dejemos engañar. Lo que hoy está en juego no es un rechazo del integrismo o del fundamentalismo religioso, no son unas determinadas cuestiones morales discutibles. Lo que estamos viviendo, quizás sin darnos cuenta de ello, es un rechazo de la religión en cuanto tal, y más en concreto de la Iglesia católica y del mismo cristianismo.

Se da por supuesto que la Iglesia del papa y de los obispos, la Iglesia católica en cuanto tal, es esencialmente fundamentalista, gruñona, irracional e intransigente, contraria a la ciencia y a la libertad, y por eso mismo anacrónica, incompatible con la democracia y con el verdadero progreso de la humanidad, por lo cual, por métodos más o menos tolerables, se quiere disminuir la influencia de la Iglesia en la vida social y por eso mismo desprestigiarla y debilitarla numéricamente y espiritualmente.

En realidad, lo que estamos viviendo es un enfrentamiento mucho más radical entre una concepción religiosa y una concepción atea de la sociedad y de la vida. Lo que está en debate es la decisión a favor de una cultura deísta previamente existente o de una cultura innovadora integralmente y consecuentemente atea.

En el fondo y en buena parte en el origen de las divergencias en la valoración y en la interpretación de la realidad histórica mexicana, así como en el deseo de construir una nueva sociedad y quizá un México nuevo, que requiere la mutación y hasta la quiebra institucional y cultural del concepto de patria tradicional. No hay que permitirlo.

Al hablar de la situación de la Iglesia es esencial preguntarnos en qué mundo vivimos. Puesto que los cristianos vivimos en el mundo y estamos sometidos a muchas influencias culturales que no son compatibles con nuestra fe y con las exigencias de nuestra vida.

Lo que ocurre en nuestra Iglesia, en buena parte depende de nosotros, pero depende también de lo que está ocurriendo en nuestra sociedad. Y viceversa, iglesia y sociedad nos influimos mutuamente para bien y para mal, pues estamos unidos en la coincidencia de muchas personas y en los lazos de una estrecha comunicación y convivencia.

Para nosotros nunca puede ser indiferente la situación espiritual y cultural de la sociedad y de nuestros conciudadanos, pues la primera exigencia que tenemos como cristianos es la de anunciar el Evangelio de Jesús a nuestro mundo, tal como es, con más o menos dificultades, con más o menos aceptación, pero siempre con mucho amor, sincera lealtad y humilde perseverancia.

En la descripción de la situación actual, por lo que se refiere a la Iglesia, es obligado reconocer que el rechazo particularmente en algunos sectores de la sociedad que hoy padecemos, no tiene un origen exclusivamente político. Las posturas antirreligiosas se están convirtiendo en un uso culturalmente “correcto”, perfectamente “normalizado”.

En este rechazo actual a la iglesia, o en este desinterés hacia todo lo que es religioso, hay muchos elementos, por ejemplo, la ignorancia que hoy permea a muchas personas, a muchas familias en los contenidos de la fe que profesan; la resistencia popular que sigue siendo utilizada como anzuelo por mentalidades indignadas e intolerantes, y que manipulan a los sectores de la juventud desinformada, poniéndola de frente a una “iglesia poderosa”, reflejado en el dicho cervantino “con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho”, este sentimiento subsiste por transmisión, incluso en estas generaciones de jóvenes que nunca han conocido una Iglesia políticamente influyente.

Existe también un rechazo real de la Iglesia en muchos cristianos, o por lo menos una connivencia con los rechazos provenientes de los no cristianos, que comparten el reconocimiento de los criterios de la cultura dominante y piensan que la Iglesia tendría que cambiar para acomodarse a los postulados de la modernidad, en sus pronunciamientos doctrinales y sobre todo en sus enseñanzas morales. Se oye muchas veces “la Iglesia tiene que cambiar”.

En el fondo con ello se quiere decir que tiene que acomodar sus enseñanzas morales a lo que es uso común en la sociedad actual, en temas de moral sexual, divorcio, familia, control de la fertilidad, bioética, etc. ¿Por qué no aceptar también el aborto, la eutanasia, las mentiras y estafas tan frecuentes, las mil injusticias económicas existentes, la impunidad, la corrupción, etc.? Así se acabarían los conflictos. Y también se acabaría la verdad del cristianismo.

No nos dejemos engañar. Lo que hoy está en juego no es un rechazo del integrismo o del fundamentalismo religioso, no son unas determinadas cuestiones morales discutibles. Lo que estamos viviendo, quizás sin darnos cuenta de ello, es un rechazo de la religión en cuanto tal, y más en concreto de la Iglesia católica y del mismo cristianismo.

Se da por supuesto que la Iglesia del papa y de los obispos, la Iglesia católica en cuanto tal, es esencialmente fundamentalista, gruñona, irracional e intransigente, contraria a la ciencia y a la libertad, y por eso mismo anacrónica, incompatible con la democracia y con el verdadero progreso de la humanidad, por lo cual, por métodos más o menos tolerables, se quiere disminuir la influencia de la Iglesia en la vida social y por eso mismo desprestigiarla y debilitarla numéricamente y espiritualmente.

En realidad, lo que estamos viviendo es un enfrentamiento mucho más radical entre una concepción religiosa y una concepción atea de la sociedad y de la vida. Lo que está en debate es la decisión a favor de una cultura deísta previamente existente o de una cultura innovadora integralmente y consecuentemente atea.

En el fondo y en buena parte en el origen de las divergencias en la valoración y en la interpretación de la realidad histórica mexicana, así como en el deseo de construir una nueva sociedad y quizá un México nuevo, que requiere la mutación y hasta la quiebra institucional y cultural del concepto de patria tradicional. No hay que permitirlo.

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