/ lunes 3 de diciembre de 2018

El sol en perspectiva

No sólo los hombres en el gobierno y las instituciones políticas encargadas de administrar.- que no dirigir, porque eso lo hacen los poderes fácticos-, las funciones de la autoridad, cambiarán en el nuevo ciclo que ha empezado ya.

Dijo alguna vez, Don Jaime Torres Bodet,- espléndido educador mexicano-, algo que viene muy a modo para la ocasión ciudadana que estamos viviendo con motivo del presente cambio de poderes que muchos esperamos sea efectivamente, un cambio de régimen y no sólo de los hombres en los puestos de mando.

Nos atrevemos a pensar que es definitivamente cierta la versión que ha sostenido una gran mayoría de los observadores y comentaristas de nuestra vida pública, en el sentido de que a partir de este primero de diciembre, la historia de nuestro país comenzará a presentar una serie de innovaciones y prácticas en el ejercicio de sus procedimientos y estilos para hacer y entender la actividad política de carácter general, y no sólo la política del gobierno.

En la medida en la que, desde el pasado día primero de julio, la participación ciudadana en el ámbito de las propiedades jurídicas que corresponden a la decisión de los destinos generales, por la vía pacífica,- en éste caso, la oportunidad electoral, mostró con toda claridad y evidencia que las acciones colectivas, cuándo se llevan a cabo, con sentido de utilidad común, pueden determinar el rumbo y la naturaleza de los actos de autoridad.

No sólo los hombres en el gobierno y las instituciones políticas encargadas de administrar.- que no dirigir, porque eso lo hacen los poderes fácticos-, las funciones de la autoridad, cambiarán en el nuevo ciclo que ha empezado ya. Han cambiado también, - y lo han hecho de modo fundamental- la conciencia ciudadana y la cultura de la convivencia social, en las que habitamos, en lo que corresponde a la percepción que ahora se tiene en muy grandes espacios de nuestra opinión pública, para estimar de un modo nuevo, la contribución moral y el sentido de responsabilidad política que a todos nos impone la realidad histórica en la que vivimos, la cual, por encima de todas las diferencias y más allá de todos los sectarismos, reclama la necesidad de inscribirnos en un mismo deseo y en una misma intención solidaria: el respeto por la persona humana.

Dijo alguna vez, don Jaime Torres Bodet,- espléndido educador mexicano-, algo que viene muy a modo para la ocasión ciudadana que estamos viviendo con motivo del presente cambio de poderes que muchos esperamos sea efectivamente, un cambio de régimen y no sólo de los hombres en los puestos de mando.

Citamos: “Mientras limitemos la historia a un esquema en el que cada acontecimiento de la vida de un pueblo permanezca desvinculado de los principales hechos de la existencia de los demás, no podremos comprenderla perfectamente, como no podríamos apreciar una sinfonía sí, desde su iniciación hasta su término, siguiéramos solamente, con el oído, la partitura de un solo instrumento”.

Y es que, no podremos nunca aspirar a iniciar etapas nuevas en nuestra civilización, o en nuestro tiempo sí somos capaces de no substituir un “yo” o un “tú”, por un “nosotros”. Sí es que en verdad, gobernados y gobernantes,- pues estos últimos no podrán nada, sin los primeros-ambicionamos crear y organizar, “una cuarta transformación del país”, nos convendrá tener en cuenta lo que decían los antiguos preceptores griegos,- inventores de la democracia-. “Si deseamos un futuro sin amenazas, es necesario que tengamos un pasado sin remordimientos”.

Ciertamente que la dinámica de los cambios que son precisos para la organización de esta “nueva etapa” en la historia de nuestro país, no será nada fácil ni cómoda para los hombres en el poder. Las expectativas creadas por los antecedentes políticos de la nueva administración federal hace que los hechos, en los casos de errores u omisiones, aumenten la sanción pública de sus culpas, sí las hay.

La gran legitimidad obtenida por el nuevo titular del Poder Ejecutivo Federal, Andrés Manuel López Obrador, no es incondicional ni desinteresada. Es la esperanza de un gran contingente de ciudadanos para una vida mejor, y es la expectativa de un gran número de seres humanos con medios y oportunidades de vida, inequitativos y desiguales, que constituyen los factores principales de la incomprensión, la inconformidad y la injusticia.

El problema principal es la miseria de espíritu de los privilegiados, los poderosos y los indiferentes. Las virtudes y las excelencias morales, jurídicas y políticas del poder, que tienen su fuente y su origen en la sociedad, tardan mucho en volver a la sociedad, convertidas en leyes y en políticas de bienestar efectivas y reales. Hacer menos lento este tránsito, será la victoria más importante, sin duda alguna, de la muy esperada, “nueva etapa”. De no ser así…


No sólo los hombres en el gobierno y las instituciones políticas encargadas de administrar.- que no dirigir, porque eso lo hacen los poderes fácticos-, las funciones de la autoridad, cambiarán en el nuevo ciclo que ha empezado ya.

Dijo alguna vez, Don Jaime Torres Bodet,- espléndido educador mexicano-, algo que viene muy a modo para la ocasión ciudadana que estamos viviendo con motivo del presente cambio de poderes que muchos esperamos sea efectivamente, un cambio de régimen y no sólo de los hombres en los puestos de mando.

Nos atrevemos a pensar que es definitivamente cierta la versión que ha sostenido una gran mayoría de los observadores y comentaristas de nuestra vida pública, en el sentido de que a partir de este primero de diciembre, la historia de nuestro país comenzará a presentar una serie de innovaciones y prácticas en el ejercicio de sus procedimientos y estilos para hacer y entender la actividad política de carácter general, y no sólo la política del gobierno.

En la medida en la que, desde el pasado día primero de julio, la participación ciudadana en el ámbito de las propiedades jurídicas que corresponden a la decisión de los destinos generales, por la vía pacífica,- en éste caso, la oportunidad electoral, mostró con toda claridad y evidencia que las acciones colectivas, cuándo se llevan a cabo, con sentido de utilidad común, pueden determinar el rumbo y la naturaleza de los actos de autoridad.

No sólo los hombres en el gobierno y las instituciones políticas encargadas de administrar.- que no dirigir, porque eso lo hacen los poderes fácticos-, las funciones de la autoridad, cambiarán en el nuevo ciclo que ha empezado ya. Han cambiado también, - y lo han hecho de modo fundamental- la conciencia ciudadana y la cultura de la convivencia social, en las que habitamos, en lo que corresponde a la percepción que ahora se tiene en muy grandes espacios de nuestra opinión pública, para estimar de un modo nuevo, la contribución moral y el sentido de responsabilidad política que a todos nos impone la realidad histórica en la que vivimos, la cual, por encima de todas las diferencias y más allá de todos los sectarismos, reclama la necesidad de inscribirnos en un mismo deseo y en una misma intención solidaria: el respeto por la persona humana.

Dijo alguna vez, don Jaime Torres Bodet,- espléndido educador mexicano-, algo que viene muy a modo para la ocasión ciudadana que estamos viviendo con motivo del presente cambio de poderes que muchos esperamos sea efectivamente, un cambio de régimen y no sólo de los hombres en los puestos de mando.

Citamos: “Mientras limitemos la historia a un esquema en el que cada acontecimiento de la vida de un pueblo permanezca desvinculado de los principales hechos de la existencia de los demás, no podremos comprenderla perfectamente, como no podríamos apreciar una sinfonía sí, desde su iniciación hasta su término, siguiéramos solamente, con el oído, la partitura de un solo instrumento”.

Y es que, no podremos nunca aspirar a iniciar etapas nuevas en nuestra civilización, o en nuestro tiempo sí somos capaces de no substituir un “yo” o un “tú”, por un “nosotros”. Sí es que en verdad, gobernados y gobernantes,- pues estos últimos no podrán nada, sin los primeros-ambicionamos crear y organizar, “una cuarta transformación del país”, nos convendrá tener en cuenta lo que decían los antiguos preceptores griegos,- inventores de la democracia-. “Si deseamos un futuro sin amenazas, es necesario que tengamos un pasado sin remordimientos”.

Ciertamente que la dinámica de los cambios que son precisos para la organización de esta “nueva etapa” en la historia de nuestro país, no será nada fácil ni cómoda para los hombres en el poder. Las expectativas creadas por los antecedentes políticos de la nueva administración federal hace que los hechos, en los casos de errores u omisiones, aumenten la sanción pública de sus culpas, sí las hay.

La gran legitimidad obtenida por el nuevo titular del Poder Ejecutivo Federal, Andrés Manuel López Obrador, no es incondicional ni desinteresada. Es la esperanza de un gran contingente de ciudadanos para una vida mejor, y es la expectativa de un gran número de seres humanos con medios y oportunidades de vida, inequitativos y desiguales, que constituyen los factores principales de la incomprensión, la inconformidad y la injusticia.

El problema principal es la miseria de espíritu de los privilegiados, los poderosos y los indiferentes. Las virtudes y las excelencias morales, jurídicas y políticas del poder, que tienen su fuente y su origen en la sociedad, tardan mucho en volver a la sociedad, convertidas en leyes y en políticas de bienestar efectivas y reales. Hacer menos lento este tránsito, será la victoria más importante, sin duda alguna, de la muy esperada, “nueva etapa”. De no ser así…


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