/ viernes 21 de diciembre de 2018

El sol en perspectiva

Es cierto que en muchas de las manifestaciones que caracterizan la pretendida modernidad de nuestra vida social, se olvidan las razones y los motivos fundamentales de las conmemoraciones decembrinas.

Se produce en el ánimo colectivo de nuestro durangueñismo civil, el consabido paréntesis de fin de año en el que el sentimiento interior con el cual solemos considerar las vicisitudes que nos ofrece la vida práctica de todos los días y su cotidiana angustia, deja el paso a pensamientos acaso menos mínimos y tal vez más profundos, -y por ello más propiamente humanos-, caracterizados por la espiritualidad que es propia de los días cristianos de la temporada.

La cultura tradicional de nuestra comunidad y nuestra forma de ver y de entender el mundo, pone en estos días decembrinos, frente a nuestro sentido social e histórico, la visión inmediata de un conjunto de caracteres religiosos y espirituales que en el ámbito de nuestras reflexiones personales y colectivas, exaltan las devociones, las esperanzas y la fe que compartimos, en potestades y providencias que residen mucho más allá de los limites mundanos y de las perecederas acciones y designios de los hombres. Es este, para nuestro Durango entrañable y perseverante, en efecto, un tiempo mayúsculo; son días de pensar en nosotros, y en los demás; en los presentes y en los ausentes, -en los que ya se han ido, y en los que están por venir-. Es tiempo de pensar en lo que somos, más que en lo que parecemos ser; tiempo de pensar en el lugar en que nos encontramos, pero también en el lugar al que deseamos ir.

En el fragmento anual de la vida que nos va correspondiendo representar al correr de los tiempos, corresponde a cada quién hacer las cuentas, en éstos días decembrinos, del recorrido efectuado y del camino andado a fin reconocer en ellos los beneficios que, según creemos, tenemos derecho a esperar, en términos de la reconciliación,-o no-, con nosotros mismos, según hayan sido los descubrimientos hechos por el análisis de conciencia que hayamos efectuado. Virtud esencial de nuestra cultura de diciembre y de nuestra tradición cristiana, es la de ponernos en comunicación con nosotros mismos en el plano de la libertad espiritual; que es la libertad que engendra y nutre, todas las demás libertades.

Percibir y darnos cuenta de nuestra temporalidad y de nuestra efímera y mutable estancia en la escena de la vida, es otra lección que nos dicta la reflexión decembrina que nos enseña así, a discernir los cambios y a procurar los progresos y los desarrollos, en lo de adentro y en lo de afuera; ha de tratarse de unir y armonizar lo interno con lo exterior para empatar y hacer congruente, la inteligencia con los sentidos a efecto de dar firmeza y dirección a nuestras propias, e íntimas verdades.

Es cierto que en muchas de las manifestaciones que caracterizan la pretendida modernidad de nuestra vida social, se olvidan las razones y los motivos fundamentales de las conmemoraciones decembrinas. Pero también es cierto que en el horizonte más amplio y generoso de la tradición durangueña, se mantiene vigente la dimensión cristiana de la solemnidad guadalupana y del nacimiento de Jesús de Nazaret, en la devoción colectiva que ha hecho perdurables ambos acontecimientos y mantiene vivas y encendidas sus doctrinas en las regiones más profundas de nuestra convicción social.

No sentirnos ajenos a la vida y a sus más altos intereses, como no sentirnos ajenos a la vida de los demás y a sus más legítimos derechos, es el sentimiento esencial que trasmite el espíritu de estos días con los que finaliza el año.

Se antoja así, reflexionar en el hecho de que, en la esfera de nuestras cosas materiales e inmediatos, en congruencia con la inspiración decembrina, tenemos frente a nosotros una nueva y magnífica oportunidad para la unidad política y social; tenemos al alcance, la ocasión para el diálogo y la conciliación; la circunstancia histórica propicia para la colaboración mutua, en función de nuestro destino individual… y colectivo.

Es cierto que en muchas de las manifestaciones que caracterizan la pretendida modernidad de nuestra vida social, se olvidan las razones y los motivos fundamentales de las conmemoraciones decembrinas.

Se produce en el ánimo colectivo de nuestro durangueñismo civil, el consabido paréntesis de fin de año en el que el sentimiento interior con el cual solemos considerar las vicisitudes que nos ofrece la vida práctica de todos los días y su cotidiana angustia, deja el paso a pensamientos acaso menos mínimos y tal vez más profundos, -y por ello más propiamente humanos-, caracterizados por la espiritualidad que es propia de los días cristianos de la temporada.

La cultura tradicional de nuestra comunidad y nuestra forma de ver y de entender el mundo, pone en estos días decembrinos, frente a nuestro sentido social e histórico, la visión inmediata de un conjunto de caracteres religiosos y espirituales que en el ámbito de nuestras reflexiones personales y colectivas, exaltan las devociones, las esperanzas y la fe que compartimos, en potestades y providencias que residen mucho más allá de los limites mundanos y de las perecederas acciones y designios de los hombres. Es este, para nuestro Durango entrañable y perseverante, en efecto, un tiempo mayúsculo; son días de pensar en nosotros, y en los demás; en los presentes y en los ausentes, -en los que ya se han ido, y en los que están por venir-. Es tiempo de pensar en lo que somos, más que en lo que parecemos ser; tiempo de pensar en el lugar en que nos encontramos, pero también en el lugar al que deseamos ir.

En el fragmento anual de la vida que nos va correspondiendo representar al correr de los tiempos, corresponde a cada quién hacer las cuentas, en éstos días decembrinos, del recorrido efectuado y del camino andado a fin reconocer en ellos los beneficios que, según creemos, tenemos derecho a esperar, en términos de la reconciliación,-o no-, con nosotros mismos, según hayan sido los descubrimientos hechos por el análisis de conciencia que hayamos efectuado. Virtud esencial de nuestra cultura de diciembre y de nuestra tradición cristiana, es la de ponernos en comunicación con nosotros mismos en el plano de la libertad espiritual; que es la libertad que engendra y nutre, todas las demás libertades.

Percibir y darnos cuenta de nuestra temporalidad y de nuestra efímera y mutable estancia en la escena de la vida, es otra lección que nos dicta la reflexión decembrina que nos enseña así, a discernir los cambios y a procurar los progresos y los desarrollos, en lo de adentro y en lo de afuera; ha de tratarse de unir y armonizar lo interno con lo exterior para empatar y hacer congruente, la inteligencia con los sentidos a efecto de dar firmeza y dirección a nuestras propias, e íntimas verdades.

Es cierto que en muchas de las manifestaciones que caracterizan la pretendida modernidad de nuestra vida social, se olvidan las razones y los motivos fundamentales de las conmemoraciones decembrinas. Pero también es cierto que en el horizonte más amplio y generoso de la tradición durangueña, se mantiene vigente la dimensión cristiana de la solemnidad guadalupana y del nacimiento de Jesús de Nazaret, en la devoción colectiva que ha hecho perdurables ambos acontecimientos y mantiene vivas y encendidas sus doctrinas en las regiones más profundas de nuestra convicción social.

No sentirnos ajenos a la vida y a sus más altos intereses, como no sentirnos ajenos a la vida de los demás y a sus más legítimos derechos, es el sentimiento esencial que trasmite el espíritu de estos días con los que finaliza el año.

Se antoja así, reflexionar en el hecho de que, en la esfera de nuestras cosas materiales e inmediatos, en congruencia con la inspiración decembrina, tenemos frente a nosotros una nueva y magnífica oportunidad para la unidad política y social; tenemos al alcance, la ocasión para el diálogo y la conciliación; la circunstancia histórica propicia para la colaboración mutua, en función de nuestro destino individual… y colectivo.

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