/ martes 28 de enero de 2020

El sol en perspectiva

La política y el poder

Entre los teóricos e investigadores que se ocupan de este tipo de temas, o entre los personajes que se dedican a estos quehaceres u oficios, no son pocos quienes consideran que la teoría o la práctica de “la política”, es una tarea académica o un ejercicio profesional que deben atender, exclusivamente, a la preocupación por el análisis, o a la ejecución de las acciones que tienen como fin y propósito fundamental, la conquista y la conservación del poder público desde las instancias y funciones del gobierno.

Algunos de quienes así lo suponen, suelen estimar también que el “poder político” es la capacidad que una persona o un grupo de personas tienen para imponer su voluntad sobre otras, desde las posiciones que las primeras detentan o tienen en razón del ejercicio de las funciones administrativas de carácter público. Se asocia así, la idea del poder, a los conceptos de fuerza, jerarquía, imperio y posibilidad para influir en el comportamiento de otros o hacer que las cosas sucedan en el sentido que se desea.

Lejos están estas nociones de los significados originales que los creadores de la filosofía política y de la teoría del Estado, -los viejos pensadores griegos- dieron a la función pública y a los deberes del gobierno, estimando a dichas actividades (la política y la práctica del poder), como una de las competencias y de las responsabilidades humanas del más alto contenido moral y ético, en atención al propósito fundamental que anima la naturaleza del hombre,-y en consecuencia-determina también los fines esenciales de la vida en común- que no es otro que el de lograr y asegurar mejores condiciones de vida y más justos niveles de convivencia.

De acuerdo, entonces, con el pensamiento clásico proveniente de la ancestral cultura griega y vinculado con el espíritu constitucional de los estados modernos, se puede decir, entonces, que la política no sólo es una idea o una práctica relacionadas solamente con las técnicas relativas a la obtención o a la conservación del poder, sino que son además, de ello, un saber qué hacer con el quehacer político y con la administración del poder. La política no será entonces, solamente, “un qué del poder; sino que es más bien, y fundamentalmente, “un para qué del poder”.

Y este “para que” del poder, lo expresó muy concreta y claramente el indispensable Aristóteles, afirmando que “la política es el arte del bien común”. Y en efecto, sí “la política”, tanto como especulación teórica como actividad práctica se entiende en este sentido, el “poder” en consecuencia,- que sólo es función de la política-deberá quedar subordinado, como concepto y como ejercicio, al principio de la utilidad pública y de la ética individual y social por cuánto que el “poder” en sí mismo sólo podrá tener valor, sentido y legitimidad, en la medida en la que sea empleado para la realización y conquista de bienes y provechos que sean objeto del interés colectivo.

Rasgo distintivo de la naturaleza humana es el hecho claro y sensible de que los miembros de esta especie tenemos la capacidad de dar y conferir a nuestras acciones y comportamientos, una finalidad consciente. Siempre tenemos la oportunidad de reflexionar acerca de las necesidades y los deseos que nos afectan y de los medios o procedimientos que debamos emplear para satisfacerlos. Tenemos frente a nosotros, siempre, la ocasión para decidir el comportamiento que deberemos observar frente a cada circunstancia de nuestra vida y aún para escoger nuestra forma de reacción frente a los hechos o a los acontecimientos que se producen a nuestro alrededor al margen o por encima de nuestra voluntad. En eso consiste la libertad humana; en la posibilidad de elegir.

De este modo, “la política” y el “poder”, en su calidad de productos de la cultura y de la experiencia histórica de la convivencia humana, como teoría y práctica, tienen su origen, su principio y su manantial, en el hecho fundamental de la libertad del hombre ya que éste es quién ha elegido proporcionado voluntariamente a tales producciones culturales, sus finalidades, objetivos y valores; el bien común entre los principales.

Cuesta trabajo entender, entonces, los enunciados y las afirmaciones de quienes sostienen que la política y su noción complementaria, el poder, no se definen ni se orientan por la voluntad y el imperativo de la libertad humanas, sino que la política y el poder están regidos y gobernados por “las leyes del mercado”, -concluyendo que así debe ser-.

Al sustituir en la idea y en la práctica de la política el ideal ético por los fines económicos y por “las leyes del mercado”, se ha despojado a la política de su principal razón de ser: El humanismo trascendente y su preocupación por el destino del hombre. Y es que los seres humanos no sólo mantienen y desarrollan entre sí relaciones económicas, pues las hay de diversos tipos según son los distintos planos y órdenes de la vida en comunidad, ni la política se asocia con el poder, únicamente por el poder mismo, sino que lo hace en atención a un poder considerado como instrumento fundamental útil para la salvaguarda, protección y garantía de las libertades humanas, mediante el ejercicio del Derecho.

En efecto, la distante y lejana relación entre la ética y la política, es el problema de nuestro tiempo.


La política y el poder

Entre los teóricos e investigadores que se ocupan de este tipo de temas, o entre los personajes que se dedican a estos quehaceres u oficios, no son pocos quienes consideran que la teoría o la práctica de “la política”, es una tarea académica o un ejercicio profesional que deben atender, exclusivamente, a la preocupación por el análisis, o a la ejecución de las acciones que tienen como fin y propósito fundamental, la conquista y la conservación del poder público desde las instancias y funciones del gobierno.

Algunos de quienes así lo suponen, suelen estimar también que el “poder político” es la capacidad que una persona o un grupo de personas tienen para imponer su voluntad sobre otras, desde las posiciones que las primeras detentan o tienen en razón del ejercicio de las funciones administrativas de carácter público. Se asocia así, la idea del poder, a los conceptos de fuerza, jerarquía, imperio y posibilidad para influir en el comportamiento de otros o hacer que las cosas sucedan en el sentido que se desea.

Lejos están estas nociones de los significados originales que los creadores de la filosofía política y de la teoría del Estado, -los viejos pensadores griegos- dieron a la función pública y a los deberes del gobierno, estimando a dichas actividades (la política y la práctica del poder), como una de las competencias y de las responsabilidades humanas del más alto contenido moral y ético, en atención al propósito fundamental que anima la naturaleza del hombre,-y en consecuencia-determina también los fines esenciales de la vida en común- que no es otro que el de lograr y asegurar mejores condiciones de vida y más justos niveles de convivencia.

De acuerdo, entonces, con el pensamiento clásico proveniente de la ancestral cultura griega y vinculado con el espíritu constitucional de los estados modernos, se puede decir, entonces, que la política no sólo es una idea o una práctica relacionadas solamente con las técnicas relativas a la obtención o a la conservación del poder, sino que son además, de ello, un saber qué hacer con el quehacer político y con la administración del poder. La política no será entonces, solamente, “un qué del poder; sino que es más bien, y fundamentalmente, “un para qué del poder”.

Y este “para que” del poder, lo expresó muy concreta y claramente el indispensable Aristóteles, afirmando que “la política es el arte del bien común”. Y en efecto, sí “la política”, tanto como especulación teórica como actividad práctica se entiende en este sentido, el “poder” en consecuencia,- que sólo es función de la política-deberá quedar subordinado, como concepto y como ejercicio, al principio de la utilidad pública y de la ética individual y social por cuánto que el “poder” en sí mismo sólo podrá tener valor, sentido y legitimidad, en la medida en la que sea empleado para la realización y conquista de bienes y provechos que sean objeto del interés colectivo.

Rasgo distintivo de la naturaleza humana es el hecho claro y sensible de que los miembros de esta especie tenemos la capacidad de dar y conferir a nuestras acciones y comportamientos, una finalidad consciente. Siempre tenemos la oportunidad de reflexionar acerca de las necesidades y los deseos que nos afectan y de los medios o procedimientos que debamos emplear para satisfacerlos. Tenemos frente a nosotros, siempre, la ocasión para decidir el comportamiento que deberemos observar frente a cada circunstancia de nuestra vida y aún para escoger nuestra forma de reacción frente a los hechos o a los acontecimientos que se producen a nuestro alrededor al margen o por encima de nuestra voluntad. En eso consiste la libertad humana; en la posibilidad de elegir.

De este modo, “la política” y el “poder”, en su calidad de productos de la cultura y de la experiencia histórica de la convivencia humana, como teoría y práctica, tienen su origen, su principio y su manantial, en el hecho fundamental de la libertad del hombre ya que éste es quién ha elegido proporcionado voluntariamente a tales producciones culturales, sus finalidades, objetivos y valores; el bien común entre los principales.

Cuesta trabajo entender, entonces, los enunciados y las afirmaciones de quienes sostienen que la política y su noción complementaria, el poder, no se definen ni se orientan por la voluntad y el imperativo de la libertad humanas, sino que la política y el poder están regidos y gobernados por “las leyes del mercado”, -concluyendo que así debe ser-.

Al sustituir en la idea y en la práctica de la política el ideal ético por los fines económicos y por “las leyes del mercado”, se ha despojado a la política de su principal razón de ser: El humanismo trascendente y su preocupación por el destino del hombre. Y es que los seres humanos no sólo mantienen y desarrollan entre sí relaciones económicas, pues las hay de diversos tipos según son los distintos planos y órdenes de la vida en comunidad, ni la política se asocia con el poder, únicamente por el poder mismo, sino que lo hace en atención a un poder considerado como instrumento fundamental útil para la salvaguarda, protección y garantía de las libertades humanas, mediante el ejercicio del Derecho.

En efecto, la distante y lejana relación entre la ética y la política, es el problema de nuestro tiempo.


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