/ viernes 11 de octubre de 2019

En Cartera

¿Posible terminar con la corrupción?

El articulista y escritor Mario Luis Fuentes afirma que las “teorías del desarrollo institucional advierten que el voluntarismo no es suficiente para tener gobiernos honestos”, es bajo el imperio de la ley y del fortalecimiento institucional como puede lograrse el control de la corrupción y el uso faccioso de los recursos ciudadanos.

La Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre la Seguridad Pública (ENVIPE, 2019) presentados por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), difunde cifras que invitan a la reflexión y a la confirmación de la percepción de la mayoría de los ciudadanos mayores de 18 años: 53.4% desconfían en las policías de tránsito; 46.3% desconfían en las policías preventivas municipales; 42.8% desconfía de los ministerios públicos; 44.1% desconfía de las policías ministeriales, y 42% desconfía de las policías estatales. Sólo el Ejército y la Marina gozan de buena reputación, ya que menos del 10% desconfía de esas instituciones.

Hay que coadyuvar en todo lo que podamos en la lucha contra la corrupción que realiza el Presidente de los mexicanos, como una de sus principales banderas y compromisos, al igual que el saqueo de la nación, lo que no imaginábamos hasta dónde llegaba (más lo que se acumule): Pemex, CFE, Sector Salud, Guarderías Infantiles, evasión y condonación de impuestos, programas sociales, estafa maestra, Suprema Corte de Justicia, el negocio de trata y de migrantes, los carteles hasta la médula en todas las corporaciones policiales actuando impunemente ante la inoperancia de la Guardia Nacional, y ante la marcha de los vándalos la pasividad de las policías.

Es vergonzoso la actitud del gobierno capitalino que ha abdicado a su principal responsabilidad dentro del pacto social: velar por la seguridad y los bienes de los gobernados, enredado en su propio discurso sobre la libertad de manifestación, ha optado por la retirada, por no hacer cumplir la legalidad ante la ridiculez de los “cinturones de paz” cuando los civiles no están entrenados para hacer labores policiacas; y peor aún: ante el robo por estudiantes normalistas de 92 unidades de transporte se entregan 84 plazas para maestros, que ya tienen sin evaluación alguna el pase automático, tal como se pretende para todo el que se inscriba a una universidad pública…

Desde la toma de las vías férreas de Lázaro Cárdenas y que levantaron las obstrucciones hasta que lograron la totalidad de su pliego petitorio, siguen hasta la fecha las tomas, las arbitrariedades, los abusos, los destrozos a edificios públicos y privados. Todo para la SNTE y los estudiantes normalistas y para la universidad pública mexicana nada, “porque entonces caeríamos en el chantaje”, dice AMLO.

Los hechos: les elimina el cobro de cuotas de inscripción y de servicios y que se dé cabida a todos los que se inscriban para ingresar pero no incrementa el subsidio para poder no cobrar las inscripciones y para crear mayor infraestructura y contratar más docentes ante una demanda que no es posible atender en las condiciones actuales.

Un doble discurso que no se entiende.

Mientras tanto, para “Ripley”, nuestro presidente llama al crimen organizado “fúchila”, “guácala” y a los sujetos encapuchados que han causado actos vandálicos, el presidente Andrés Manuel López Obrador advirtió a estos sujetos a tener cuidado, ya que podría acusarlos con sus padres y hasta con sus abuelos, quienes los verían como “malcriados”.

Vaya manera de combatir la violencia con el argumento que su gobierno no hará uso de la fuerza para resolver problemas. Mientras el crimen organizado incrementa sus asesinatos en forma impune. ¿Hasta cuándo? ¿Para qué la Guardia Nacional?

Hay cosas que enderezar con firmeza, desde los pillos que gozan de cabal salud por el “perdón y olvido” de los exfuncionarios que saquearon a la nación al igual que los hombres de cuello blanco que evadían y evaden impuestos o se los condenaban tras acuerdos oscuritos al grado que existen todavía cientos de beneficiarios que se han amparado para que no se dé a conocer sus nombres de defraudadores al fisco (bien por la separación del poder político del poder económico), hasta poner un alto a los actos vandálicos no como represión sino como un principio de respeto y autoridad al Estado y a los ciudadanos.

En la revista “La Otra”, el prestigiado poeta y literato durangueño José Ángel Leyva (bienvenido a la Primera Feria Universitaria del Libro UJED que se realizará del 14 al 18 de octubre con motivo del 40 aniversario del Instituto de Investigaciones Históricas, donde impartirá una magistral conferencia), en la presentación de la revista con el título “La cultura y la corrupción”, afirma que el mexicano es un Estado corrupto, procreado por gobiernos corruptos y por una sociedad que aprendió a sobrevivir no sólo en la corrupción sino en la ceguera.

El priismo fue y ha sido el espíritu de ese Estado corrupto que tiene como principio varias sentencias, por ejemplo: “un político pobre es un pobre político”, “el que no transa no avanza”, “a un jefe no se le rebasa ni por la izquierda”, “pegar con la izquierda, cobrar con la derecha”, “el PRI nunca pierde, y cuando pierde arrebata”, “robar y repartir”, “vivir fuera del presupuesto, es vivir en el error”, “ni nos perjudica, ni nos beneficia, sino todo lo contrario”, “defenderé el peso como un perro”, “la pobreza en México es un mito”, “el que se mueve no sale en la foto”, “ni los veo, ni los oigo”, “mátalos en caliente”, “la moral es un árbol que da moras”, “este gallo quiere maíz”.

Efectivamente, el priismo, esa forma de pensar y actuar, más allá del mismo PRI, ha tenido carta de naturalización en la mayoría de las organizaciones políticas y en los políticos, quienes ven la política como un negocio lucrativo, como un instrumento de poder para obtener ganancias de diversa índole.

El priismo es una esencia cultural que se enquistó en la sociedad mexicana y significó un aprendizaje en la simulación y el engaño, no gana quien más sabe, sino quien más puede, no se valora la sabiduría sino la audacia, no vale más un hombre de virtudes sino quien califica esas virtudes, no avanza más una sociedad de leyes y principios sino la que sepa evadir la justicia, o sepa aplicarla de manera selectiva contra enemigos e incautos.

El priismo no cree y no desea una sociedad de ciudadanos, sino de borregos y cobardes. En todas las masacres perpetuadas en la sociedad civil está la mano del Estado y de los partidos políticos, en todas ha prevalecidos el espíritu priista. Por supuesto que han existido y existen priistas de todo respeto, con sólidos valores morales y de servicio, con sobrada sensibilidad social y política.

Hace un año apenas que la sociedad votó de manera apabullante por la opción que representa no un partido, ni una comunidad, sino un hombre que contra viento y marea se mantuvo firme en la lucha electoral. Un hombre que concita lo mismo admiración que enconos, pero que aún mantiene un índice del 68% de apoyo entre la población. Como sea, ese hombre que dice escuchar pero toma solo las decisiones, es la esperanza de cambios que nos aleje de la cultura del chanchullo, de la simulación, de la trampa, del engaño, del robo a diestra y siniestra.

Para muchos, como yo, este gobierno únicamente representa la posibilidad de crear las condiciones de una transición política, que ya sería en sí una verdadera transformación porque significaría el inicio de una época de instituciones creíbles, de leyes, de procesos electorales limpios, de generación de ciudadanía.

Quiero decir que el Estado no ha dejado de ser corrupto, pero está en la mira de este hombre, que nos gobierna, y que se ha impuesto una lucha a muerte contra la corrupción, aunque lo sabemos, mucha gente de su administración no es precisamente la de mayor solvencia moral. Si se cumple con esa premisa, yo me doy por bien servido, porque México tendría la posibilidad de incinerar y enterrar la mentalidad priista que nos devastó por dentro y por fuera.

Si en verdad no se le da tregua a la corrupción hay esperanza de construir un futuro, de legislar sobre el espacio público, de no desconfiar de las policías que es de quienes más se desconfía, de desarraigar la práctica de la mordida, de comenzar la construcción de un país de leyes. Eso se daría con el simple hecho de pavimentar el camino de la transición.

Termina el editor José Ángel Leyva, señalando que “México es un país cuya cultura es mucho mayor que su territorio y sus sexenios, su historia nos rebasa, porque a la cultura priista sólo la ha podido frenar el ejemplo de hombres y mujeres que nos hacen sentir que vale la pena haber nacido en este país, que palian la vergüenza de la corrupción. Pero insisto, si la lucha contra este mal rinde sus frutos, podremos decir que la cultura habrá ganado, y mucho”.

¿Posible terminar con la corrupción?

El articulista y escritor Mario Luis Fuentes afirma que las “teorías del desarrollo institucional advierten que el voluntarismo no es suficiente para tener gobiernos honestos”, es bajo el imperio de la ley y del fortalecimiento institucional como puede lograrse el control de la corrupción y el uso faccioso de los recursos ciudadanos.

La Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre la Seguridad Pública (ENVIPE, 2019) presentados por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), difunde cifras que invitan a la reflexión y a la confirmación de la percepción de la mayoría de los ciudadanos mayores de 18 años: 53.4% desconfían en las policías de tránsito; 46.3% desconfían en las policías preventivas municipales; 42.8% desconfía de los ministerios públicos; 44.1% desconfía de las policías ministeriales, y 42% desconfía de las policías estatales. Sólo el Ejército y la Marina gozan de buena reputación, ya que menos del 10% desconfía de esas instituciones.

Hay que coadyuvar en todo lo que podamos en la lucha contra la corrupción que realiza el Presidente de los mexicanos, como una de sus principales banderas y compromisos, al igual que el saqueo de la nación, lo que no imaginábamos hasta dónde llegaba (más lo que se acumule): Pemex, CFE, Sector Salud, Guarderías Infantiles, evasión y condonación de impuestos, programas sociales, estafa maestra, Suprema Corte de Justicia, el negocio de trata y de migrantes, los carteles hasta la médula en todas las corporaciones policiales actuando impunemente ante la inoperancia de la Guardia Nacional, y ante la marcha de los vándalos la pasividad de las policías.

Es vergonzoso la actitud del gobierno capitalino que ha abdicado a su principal responsabilidad dentro del pacto social: velar por la seguridad y los bienes de los gobernados, enredado en su propio discurso sobre la libertad de manifestación, ha optado por la retirada, por no hacer cumplir la legalidad ante la ridiculez de los “cinturones de paz” cuando los civiles no están entrenados para hacer labores policiacas; y peor aún: ante el robo por estudiantes normalistas de 92 unidades de transporte se entregan 84 plazas para maestros, que ya tienen sin evaluación alguna el pase automático, tal como se pretende para todo el que se inscriba a una universidad pública…

Desde la toma de las vías férreas de Lázaro Cárdenas y que levantaron las obstrucciones hasta que lograron la totalidad de su pliego petitorio, siguen hasta la fecha las tomas, las arbitrariedades, los abusos, los destrozos a edificios públicos y privados. Todo para la SNTE y los estudiantes normalistas y para la universidad pública mexicana nada, “porque entonces caeríamos en el chantaje”, dice AMLO.

Los hechos: les elimina el cobro de cuotas de inscripción y de servicios y que se dé cabida a todos los que se inscriban para ingresar pero no incrementa el subsidio para poder no cobrar las inscripciones y para crear mayor infraestructura y contratar más docentes ante una demanda que no es posible atender en las condiciones actuales.

Un doble discurso que no se entiende.

Mientras tanto, para “Ripley”, nuestro presidente llama al crimen organizado “fúchila”, “guácala” y a los sujetos encapuchados que han causado actos vandálicos, el presidente Andrés Manuel López Obrador advirtió a estos sujetos a tener cuidado, ya que podría acusarlos con sus padres y hasta con sus abuelos, quienes los verían como “malcriados”.

Vaya manera de combatir la violencia con el argumento que su gobierno no hará uso de la fuerza para resolver problemas. Mientras el crimen organizado incrementa sus asesinatos en forma impune. ¿Hasta cuándo? ¿Para qué la Guardia Nacional?

Hay cosas que enderezar con firmeza, desde los pillos que gozan de cabal salud por el “perdón y olvido” de los exfuncionarios que saquearon a la nación al igual que los hombres de cuello blanco que evadían y evaden impuestos o se los condenaban tras acuerdos oscuritos al grado que existen todavía cientos de beneficiarios que se han amparado para que no se dé a conocer sus nombres de defraudadores al fisco (bien por la separación del poder político del poder económico), hasta poner un alto a los actos vandálicos no como represión sino como un principio de respeto y autoridad al Estado y a los ciudadanos.

En la revista “La Otra”, el prestigiado poeta y literato durangueño José Ángel Leyva (bienvenido a la Primera Feria Universitaria del Libro UJED que se realizará del 14 al 18 de octubre con motivo del 40 aniversario del Instituto de Investigaciones Históricas, donde impartirá una magistral conferencia), en la presentación de la revista con el título “La cultura y la corrupción”, afirma que el mexicano es un Estado corrupto, procreado por gobiernos corruptos y por una sociedad que aprendió a sobrevivir no sólo en la corrupción sino en la ceguera.

El priismo fue y ha sido el espíritu de ese Estado corrupto que tiene como principio varias sentencias, por ejemplo: “un político pobre es un pobre político”, “el que no transa no avanza”, “a un jefe no se le rebasa ni por la izquierda”, “pegar con la izquierda, cobrar con la derecha”, “el PRI nunca pierde, y cuando pierde arrebata”, “robar y repartir”, “vivir fuera del presupuesto, es vivir en el error”, “ni nos perjudica, ni nos beneficia, sino todo lo contrario”, “defenderé el peso como un perro”, “la pobreza en México es un mito”, “el que se mueve no sale en la foto”, “ni los veo, ni los oigo”, “mátalos en caliente”, “la moral es un árbol que da moras”, “este gallo quiere maíz”.

Efectivamente, el priismo, esa forma de pensar y actuar, más allá del mismo PRI, ha tenido carta de naturalización en la mayoría de las organizaciones políticas y en los políticos, quienes ven la política como un negocio lucrativo, como un instrumento de poder para obtener ganancias de diversa índole.

El priismo es una esencia cultural que se enquistó en la sociedad mexicana y significó un aprendizaje en la simulación y el engaño, no gana quien más sabe, sino quien más puede, no se valora la sabiduría sino la audacia, no vale más un hombre de virtudes sino quien califica esas virtudes, no avanza más una sociedad de leyes y principios sino la que sepa evadir la justicia, o sepa aplicarla de manera selectiva contra enemigos e incautos.

El priismo no cree y no desea una sociedad de ciudadanos, sino de borregos y cobardes. En todas las masacres perpetuadas en la sociedad civil está la mano del Estado y de los partidos políticos, en todas ha prevalecidos el espíritu priista. Por supuesto que han existido y existen priistas de todo respeto, con sólidos valores morales y de servicio, con sobrada sensibilidad social y política.

Hace un año apenas que la sociedad votó de manera apabullante por la opción que representa no un partido, ni una comunidad, sino un hombre que contra viento y marea se mantuvo firme en la lucha electoral. Un hombre que concita lo mismo admiración que enconos, pero que aún mantiene un índice del 68% de apoyo entre la población. Como sea, ese hombre que dice escuchar pero toma solo las decisiones, es la esperanza de cambios que nos aleje de la cultura del chanchullo, de la simulación, de la trampa, del engaño, del robo a diestra y siniestra.

Para muchos, como yo, este gobierno únicamente representa la posibilidad de crear las condiciones de una transición política, que ya sería en sí una verdadera transformación porque significaría el inicio de una época de instituciones creíbles, de leyes, de procesos electorales limpios, de generación de ciudadanía.

Quiero decir que el Estado no ha dejado de ser corrupto, pero está en la mira de este hombre, que nos gobierna, y que se ha impuesto una lucha a muerte contra la corrupción, aunque lo sabemos, mucha gente de su administración no es precisamente la de mayor solvencia moral. Si se cumple con esa premisa, yo me doy por bien servido, porque México tendría la posibilidad de incinerar y enterrar la mentalidad priista que nos devastó por dentro y por fuera.

Si en verdad no se le da tregua a la corrupción hay esperanza de construir un futuro, de legislar sobre el espacio público, de no desconfiar de las policías que es de quienes más se desconfía, de desarraigar la práctica de la mordida, de comenzar la construcción de un país de leyes. Eso se daría con el simple hecho de pavimentar el camino de la transición.

Termina el editor José Ángel Leyva, señalando que “México es un país cuya cultura es mucho mayor que su territorio y sus sexenios, su historia nos rebasa, porque a la cultura priista sólo la ha podido frenar el ejemplo de hombres y mujeres que nos hacen sentir que vale la pena haber nacido en este país, que palian la vergüenza de la corrupción. Pero insisto, si la lucha contra este mal rinde sus frutos, podremos decir que la cultura habrá ganado, y mucho”.

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