/ viernes 5 de junio de 2020

En cartera

La importancia de nuestra cultura nacional ante la globalización


Vivimos tiempos de cambio rápido, provocados por las impetuosas tecnologías de los países más poderosos. Es muy importante en esta época globalizadora conocer la historia.

Nuestra cultura nacional que comprende historia, tradiciones, costumbres, ideales, formas de valoración, sufre ya los embates de intereses extranjeros que intentan imponer nuevas pautas de conducta, pretendiendo introducir en el seno de nuestro pueblo, los nuevos paradigmas del capitalismo internacional. Y con ello, crecen los riesgos para nuestra identidad y patrimonio cultural, para nuestra mexicanidad y durangueñeidad.

Ante la penetración ideológica urge vigorizar la nacionalidad. Esta penetración ideológica busca la sujeción de nuestro pueblo a los intereses económicos del imperio. Nuestra identidad de mexicanos, no es un bien que está en venta, que se preste o alquile. El nacionalismo, la educación y el quehacer político de un pueblo continúan siendo los mejores instrumentos para preservar la soberanía y la independencia política.

Es un reto culturizar a nuestra población, recatar nuestras tradiciones, para integrarlas y robustecer el contenido más sólido de nuestra identidad. Culturizar la sociedad es integrarla, fortalecerla, prevenirla y consolidarla. De ahí la gran responsabilidad de los comunicadores que son los pedagogos de multitudes.

Para amar a México, hay que conocerlo porque no se puede amar lo que no se conoce. La razón, el derecho, la educación, las artes, la ciencia, la preservación de las costumbres y tradiciones son, al final de cuentas, el mejor seguro para cuidar la patria. La cultura nacional es la más sólida muralla de nuestra soberanía y al mismo tiempo, el más firme testimonio de una grandeza que supera con mucho la adversidad.

Ahora, la religión es una nueva arma política del imperio, que sin cortapisa alguna cruza nuestra frontera para manipular nuestra idiosincrasia y los particulares valores culturales, sociales, políticos y religiosos de los pueblos latinoamericanos. Es innegable, que en nuestro país, y en nuestro estado figure una creciente estrategia que promueve la multiplicación de sectas religiosas que no respetan la Bandera Mexicana, no cantan el Himno Nacional y en cambio promueven la desobediencia civil y el nulo respeto a los símbolos patrios.

Para los mexicanos es un peligro la penetración extranjera a través de diversos medios y formas, portadora de modelos subyugantes que es preciso detectar, denunciar y precisar el tipo de equipamiento necesario para hacerle frente a esa penetración. En tanto exista una sólida conciencia de lo que somos y de los que nos proponemos lograr, estaremos mayormente capacitados para sortear con éxito los frecuentes intentos de avasallamiento que suelen manifestarse inicialmente por medio de influencias culturales, de credo y sociales, a las que luego siguen influencias de otra índole.

Si no existe una idea clara de lo que significa la nacionalidad, a lo cual se llega por medio de todos los elementos que conforman la cultura, lo mismo en sus manifestaciones primigenias que en las que brotan de su dinámica actual, difícilmente habrá una clara conciencia de lo que se defiende ante la penetración ideológica extranjera.

Nunca como ahora se había hecho tan notoria la necesidad de que educadores, humanistas, comunicadores y políticos, busquen y difundan con emoción profunda las peculiaridades de la cultura de cada región y provincia de nuestra patria grande que es México.

De acuerdo con la tesis de la “durangueñeidad” de Héctor Palencia Alonso, bueno es hablar de esta tierra nuestra como si tuviera una especie de espíritu, de la cultura durangueña elaborada en el rodar de los años, y reflexionar sobre ella como identidad y vínculo social y fundamento de una esperanza colectiva.

La experiencia citadina o la vivencia urbana aparece como una emoción forjada por acumulación.

Contemplar un viejo edificio, una calle, una plaza, un parque, nos impresionan dualmente: por la contundencia de su materialidad y por lo que no vemos pero sentimos fluir por sus antiguos muros, sus árboles añosos, sus rincones que han sido parte de una infinidad de vidas pasadas, como lo son ahora de nosotros y lo serán de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos.

Las ciudades entonces, son un ámbito que amalgama el pasado, el presente y el futuro. Por eso, si existe algo que significa la modernidad y al hombre como especie de la construcción y la memoria, es la ciudad, esa totalidad fragmentada, tejida por los decenios y los siglos, por generaciones de 457 años (1563-2020) que han forjado su pasado y presente y construyen el futuro.

Hay un mundo espiritual que blasona a los hijos de Durango, y es la razón de ser del más sano provincialismo. Un provincialismo por inclusión y no por exclusión que incorpore ideas, sentimientos, aspiraciones, pero conserve sus ondas y viejas raíces en el campo de la historia y en la tierra con espíritu.

Quizá el secreto de la más venturosa incorporación a un mundo cambiante, se halla en seguir siendo, a través de los cambios rápidos y brutales, los lugareños –durangueños- que nos afirmamos en la tradición, los durangueños de raíz –raíz quiere decir penetración a la tierra- inmersos en el seno de esta bella provincia nuestra.

“Durangueñeidad” –dice su autor- no quiere decir oposición a la modernidad. Es conservar los logros distintivos de nuestra comunidad, y como toda cultura se encuentra en movimiento, la “durangueñeidad” exige incorporar las ideas de modernidad, sí, pero recibir dicha modernidad a través de nuestra propia cultura, para que raíz y conciencia posibiliten nuestra incorporación a la vida contemporánea. Cualquier cambio valedero tiene que ser inseparable de nuestra vertebración cultural.

“Lo durangueño como solución”, ha dicho el maestro en filosofía René Barbier al comentar, o más bien fundamentar la “Durangueñeidad”. Esta doctrina, escribe, “apunta a la revelación constante e insistente del hecho de que la sociedad durangueña, como tal, no sólo tiene afinidades y semejanzas externas, inesenciales, frívolas y transitorias, sino que posee identidades irreductibles y últimas; identidades de espíritu y de conciencia; de aproximaciones de almas y no sólo de instintos, que tiene combinaciones de esencias permanentes, invariables, consistentes, capaces de circular con sentido de fecundación, por todas las arterias de nuestra vida en común y con la relatividad de aquello que siendo de todos por ser tan extenso y a la vez tan profundo, no es a la postre de nadie en particular: justamente como la excelsitud del arte”.

Mantengamos vivo el amor por Durango, lo durangueño, que ha dado estilo y rumbo a esta ciudad provincial, fantásticamente protegida por San Jorge traspasando al dragón mitológico, donde el azul de su cielo y sus crepúsculos que son, como acuarela de dorados, de lilas y de castaños, señalan el centro espiritual de una tierra que tiene en el mapa la espléndida forma de un gran corazón.

La importancia de nuestra cultura nacional ante la globalización


Vivimos tiempos de cambio rápido, provocados por las impetuosas tecnologías de los países más poderosos. Es muy importante en esta época globalizadora conocer la historia.

Nuestra cultura nacional que comprende historia, tradiciones, costumbres, ideales, formas de valoración, sufre ya los embates de intereses extranjeros que intentan imponer nuevas pautas de conducta, pretendiendo introducir en el seno de nuestro pueblo, los nuevos paradigmas del capitalismo internacional. Y con ello, crecen los riesgos para nuestra identidad y patrimonio cultural, para nuestra mexicanidad y durangueñeidad.

Ante la penetración ideológica urge vigorizar la nacionalidad. Esta penetración ideológica busca la sujeción de nuestro pueblo a los intereses económicos del imperio. Nuestra identidad de mexicanos, no es un bien que está en venta, que se preste o alquile. El nacionalismo, la educación y el quehacer político de un pueblo continúan siendo los mejores instrumentos para preservar la soberanía y la independencia política.

Es un reto culturizar a nuestra población, recatar nuestras tradiciones, para integrarlas y robustecer el contenido más sólido de nuestra identidad. Culturizar la sociedad es integrarla, fortalecerla, prevenirla y consolidarla. De ahí la gran responsabilidad de los comunicadores que son los pedagogos de multitudes.

Para amar a México, hay que conocerlo porque no se puede amar lo que no se conoce. La razón, el derecho, la educación, las artes, la ciencia, la preservación de las costumbres y tradiciones son, al final de cuentas, el mejor seguro para cuidar la patria. La cultura nacional es la más sólida muralla de nuestra soberanía y al mismo tiempo, el más firme testimonio de una grandeza que supera con mucho la adversidad.

Ahora, la religión es una nueva arma política del imperio, que sin cortapisa alguna cruza nuestra frontera para manipular nuestra idiosincrasia y los particulares valores culturales, sociales, políticos y religiosos de los pueblos latinoamericanos. Es innegable, que en nuestro país, y en nuestro estado figure una creciente estrategia que promueve la multiplicación de sectas religiosas que no respetan la Bandera Mexicana, no cantan el Himno Nacional y en cambio promueven la desobediencia civil y el nulo respeto a los símbolos patrios.

Para los mexicanos es un peligro la penetración extranjera a través de diversos medios y formas, portadora de modelos subyugantes que es preciso detectar, denunciar y precisar el tipo de equipamiento necesario para hacerle frente a esa penetración. En tanto exista una sólida conciencia de lo que somos y de los que nos proponemos lograr, estaremos mayormente capacitados para sortear con éxito los frecuentes intentos de avasallamiento que suelen manifestarse inicialmente por medio de influencias culturales, de credo y sociales, a las que luego siguen influencias de otra índole.

Si no existe una idea clara de lo que significa la nacionalidad, a lo cual se llega por medio de todos los elementos que conforman la cultura, lo mismo en sus manifestaciones primigenias que en las que brotan de su dinámica actual, difícilmente habrá una clara conciencia de lo que se defiende ante la penetración ideológica extranjera.

Nunca como ahora se había hecho tan notoria la necesidad de que educadores, humanistas, comunicadores y políticos, busquen y difundan con emoción profunda las peculiaridades de la cultura de cada región y provincia de nuestra patria grande que es México.

De acuerdo con la tesis de la “durangueñeidad” de Héctor Palencia Alonso, bueno es hablar de esta tierra nuestra como si tuviera una especie de espíritu, de la cultura durangueña elaborada en el rodar de los años, y reflexionar sobre ella como identidad y vínculo social y fundamento de una esperanza colectiva.

La experiencia citadina o la vivencia urbana aparece como una emoción forjada por acumulación.

Contemplar un viejo edificio, una calle, una plaza, un parque, nos impresionan dualmente: por la contundencia de su materialidad y por lo que no vemos pero sentimos fluir por sus antiguos muros, sus árboles añosos, sus rincones que han sido parte de una infinidad de vidas pasadas, como lo son ahora de nosotros y lo serán de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos.

Las ciudades entonces, son un ámbito que amalgama el pasado, el presente y el futuro. Por eso, si existe algo que significa la modernidad y al hombre como especie de la construcción y la memoria, es la ciudad, esa totalidad fragmentada, tejida por los decenios y los siglos, por generaciones de 457 años (1563-2020) que han forjado su pasado y presente y construyen el futuro.

Hay un mundo espiritual que blasona a los hijos de Durango, y es la razón de ser del más sano provincialismo. Un provincialismo por inclusión y no por exclusión que incorpore ideas, sentimientos, aspiraciones, pero conserve sus ondas y viejas raíces en el campo de la historia y en la tierra con espíritu.

Quizá el secreto de la más venturosa incorporación a un mundo cambiante, se halla en seguir siendo, a través de los cambios rápidos y brutales, los lugareños –durangueños- que nos afirmamos en la tradición, los durangueños de raíz –raíz quiere decir penetración a la tierra- inmersos en el seno de esta bella provincia nuestra.

“Durangueñeidad” –dice su autor- no quiere decir oposición a la modernidad. Es conservar los logros distintivos de nuestra comunidad, y como toda cultura se encuentra en movimiento, la “durangueñeidad” exige incorporar las ideas de modernidad, sí, pero recibir dicha modernidad a través de nuestra propia cultura, para que raíz y conciencia posibiliten nuestra incorporación a la vida contemporánea. Cualquier cambio valedero tiene que ser inseparable de nuestra vertebración cultural.

“Lo durangueño como solución”, ha dicho el maestro en filosofía René Barbier al comentar, o más bien fundamentar la “Durangueñeidad”. Esta doctrina, escribe, “apunta a la revelación constante e insistente del hecho de que la sociedad durangueña, como tal, no sólo tiene afinidades y semejanzas externas, inesenciales, frívolas y transitorias, sino que posee identidades irreductibles y últimas; identidades de espíritu y de conciencia; de aproximaciones de almas y no sólo de instintos, que tiene combinaciones de esencias permanentes, invariables, consistentes, capaces de circular con sentido de fecundación, por todas las arterias de nuestra vida en común y con la relatividad de aquello que siendo de todos por ser tan extenso y a la vez tan profundo, no es a la postre de nadie en particular: justamente como la excelsitud del arte”.

Mantengamos vivo el amor por Durango, lo durangueño, que ha dado estilo y rumbo a esta ciudad provincial, fantásticamente protegida por San Jorge traspasando al dragón mitológico, donde el azul de su cielo y sus crepúsculos que son, como acuarela de dorados, de lilas y de castaños, señalan el centro espiritual de una tierra que tiene en el mapa la espléndida forma de un gran corazón.