/ sábado 9 de marzo de 2019

Episcopeo

En este primer domingo de Cuaresma nos encontramos con un tema que es común a las tres lecturas que hemos proclamado: la fe. Efectivamente, en la primera lectura vemos que el buen judío, cuando iba al templo a ofrecer las primicias de la cosecha, hacía “la profesión histórica de su fe” y agradecía al Señor sus bienes; en la segunda lectura san Pablo dice a los romanos, destinatarios de su carta: si profesas con tus labios que Jesús es el Señor y crees que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo (Rom 10, 9). Por su parte, Jesús en el pasaje del evangelio responderá al tentador que le ofrecía todo género de bienes, con sólo doblar su rodilla ante él: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto (Lc 4, 8).

Cumplidos los treinta años, Jesús va a dar inicio a la misión que el Padre le había encomendado: nada menos que la creación del nuevo Israel. El autor de la Carta a los Hebreos nos presenta al Hijo de Dios, dirigiéndose al Padre y haciendo suyas las palabras del salmista: Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo… Entonces yo dije: He aquí que vengo para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad (Heb 10, 6-7). Una misión que culminaría con su condena a morir crucificado, misión que debía ser continuada por quienes habían sido sus apóstoles y discípulos y que llega hasta nosotros; sólo que desde hace siglos ya no somos solos los especialmente consagrados, sino todos los cristianos los llamados a ser continuadores de esta misión, comenzando por llevar una vida ejemplar.

Precisamente, en todo lo que Jesús hizo y vivió, lo primero que descubrimos es el modelo a seguir. Por supuesto que también quiere mostrarse como ejemplo para nosotros en su retiro al desierto donde, en medio del silencio y la oración, experimentó la tentación y salió victorioso. También nosotros somos invitados, sino a ir a un lugar apartado, sí a dejar de lado tantas cosas que pueden estar sobrando en nuestra vida e impiden una relación mejor con Dios; en ese empeño, e incluso con las mejores disposiciones, no estaremos exentos de las numerosas tentaciones contra las que tendremos que luchar. El propio Jesús nos enseñará y nos ayudará a vencerlas.

La liturgia en este primer domingo de Cuaresma nos ofrece el pasaje de las tentaciones de Jesús, como si quisiera advertirnos de que tampoco a nosotros nos van a faltar, pero que también podemos salir victoriosos, como Jesús. Tres fueron las tentaciones, por las que Él pasó; en ellas el Diablo le invitó a aprovecharse de su posible condición mesiánica y su filiación divina; y de hecho, ahí está la invitación: Si eres hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan. Ya sabéis la respuesta. Atrevida la segunda tentación: el diablo le ofrecerá todo lo que quiera, si dobla la rodilla y lo adora; a ello le responderá Jesús: al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto. Finalmente en la tercera le invita a lanzarse al vacío desde el pináculo del templo; no le pasará nada y ganará prestigio ante la gente. No tentarás al Señor, tu Dios, será la respuesta de Jesús.

Vengamos ahora a nosotros: son muchas las tentaciones que nos pueden impulsar a buscar el camino fácil, egoísta, materialista, el de las cosas placenteras; todo ello impedirá abrirnos a lo verdaderamente importante. La tentación puede llevar varios nombres: ambición, hambre, exhibición, como eran las tentaciones que le presentó a Jesús el espíritu del mal. Pero, en realidad, no se trata más que de una sola cosa: establecer de una vez quién ha de ser el señor de nuestra vida y a quién debemos servir. Sin duda alguna sabemos que, si la respuesta supone una ruptura total con nuestra fe cristiana, pasamos a ser súbditos desde ese mismo instante. Y no podemos ser menos exigentes ante tentaciones menos graves. Compromiso que debemos asumir al comenzar la Cuaresma.

En toda tentación hay siempre una invitación a decir no a Dios; en su aceptación está el pecado. Responder sí a la tentación de convertir las piedras en pan habría sido dejar de lado la voluntad de Dios. La tentación de adorar al diablo, aceptando su oferta de tantos bienes materiales, significaba olvidar que Dios es el único Señor. Finalmente la tentación de lanzarse desde lo alto del templo, confiando que Dios haría el milagro de no sufrir lesión alguna; con ello podría gloriarse y conseguir prestigio ante los que presenciasen el portento; el pecado era doble: soberbia y presunción. La verdad es que toda tentación acaba siendo una invitación a evitar el propio destino, o mejor dicho, el abandono de la misión encomendada por Dios.

Hay que añadir que, además del significado de las tentacionesexperimentadas por Jesús y representen todas las que nosotros podernos sentir,lo más importante del relato es el ejemplo de fortaleza y la enseñanza que Élnos muestra en nuestra lucha contra el mal. Ahí está, efectivamente, el detallede apoyarse en la palabra de Dios, haciendo uso de un pasaje de la Escritura pararechazar y vencer la tentación.

En este primer domingo de Cuaresma nos encontramos con un tema que es común a las tres lecturas que hemos proclamado: la fe. Efectivamente, en la primera lectura vemos que el buen judío, cuando iba al templo a ofrecer las primicias de la cosecha, hacía “la profesión histórica de su fe” y agradecía al Señor sus bienes; en la segunda lectura san Pablo dice a los romanos, destinatarios de su carta: si profesas con tus labios que Jesús es el Señor y crees que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo (Rom 10, 9). Por su parte, Jesús en el pasaje del evangelio responderá al tentador que le ofrecía todo género de bienes, con sólo doblar su rodilla ante él: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto (Lc 4, 8).

Cumplidos los treinta años, Jesús va a dar inicio a la misión que el Padre le había encomendado: nada menos que la creación del nuevo Israel. El autor de la Carta a los Hebreos nos presenta al Hijo de Dios, dirigiéndose al Padre y haciendo suyas las palabras del salmista: Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo… Entonces yo dije: He aquí que vengo para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad (Heb 10, 6-7). Una misión que culminaría con su condena a morir crucificado, misión que debía ser continuada por quienes habían sido sus apóstoles y discípulos y que llega hasta nosotros; sólo que desde hace siglos ya no somos solos los especialmente consagrados, sino todos los cristianos los llamados a ser continuadores de esta misión, comenzando por llevar una vida ejemplar.

Precisamente, en todo lo que Jesús hizo y vivió, lo primero que descubrimos es el modelo a seguir. Por supuesto que también quiere mostrarse como ejemplo para nosotros en su retiro al desierto donde, en medio del silencio y la oración, experimentó la tentación y salió victorioso. También nosotros somos invitados, sino a ir a un lugar apartado, sí a dejar de lado tantas cosas que pueden estar sobrando en nuestra vida e impiden una relación mejor con Dios; en ese empeño, e incluso con las mejores disposiciones, no estaremos exentos de las numerosas tentaciones contra las que tendremos que luchar. El propio Jesús nos enseñará y nos ayudará a vencerlas.

La liturgia en este primer domingo de Cuaresma nos ofrece el pasaje de las tentaciones de Jesús, como si quisiera advertirnos de que tampoco a nosotros nos van a faltar, pero que también podemos salir victoriosos, como Jesús. Tres fueron las tentaciones, por las que Él pasó; en ellas el Diablo le invitó a aprovecharse de su posible condición mesiánica y su filiación divina; y de hecho, ahí está la invitación: Si eres hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan. Ya sabéis la respuesta. Atrevida la segunda tentación: el diablo le ofrecerá todo lo que quiera, si dobla la rodilla y lo adora; a ello le responderá Jesús: al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto. Finalmente en la tercera le invita a lanzarse al vacío desde el pináculo del templo; no le pasará nada y ganará prestigio ante la gente. No tentarás al Señor, tu Dios, será la respuesta de Jesús.

Vengamos ahora a nosotros: son muchas las tentaciones que nos pueden impulsar a buscar el camino fácil, egoísta, materialista, el de las cosas placenteras; todo ello impedirá abrirnos a lo verdaderamente importante. La tentación puede llevar varios nombres: ambición, hambre, exhibición, como eran las tentaciones que le presentó a Jesús el espíritu del mal. Pero, en realidad, no se trata más que de una sola cosa: establecer de una vez quién ha de ser el señor de nuestra vida y a quién debemos servir. Sin duda alguna sabemos que, si la respuesta supone una ruptura total con nuestra fe cristiana, pasamos a ser súbditos desde ese mismo instante. Y no podemos ser menos exigentes ante tentaciones menos graves. Compromiso que debemos asumir al comenzar la Cuaresma.

En toda tentación hay siempre una invitación a decir no a Dios; en su aceptación está el pecado. Responder sí a la tentación de convertir las piedras en pan habría sido dejar de lado la voluntad de Dios. La tentación de adorar al diablo, aceptando su oferta de tantos bienes materiales, significaba olvidar que Dios es el único Señor. Finalmente la tentación de lanzarse desde lo alto del templo, confiando que Dios haría el milagro de no sufrir lesión alguna; con ello podría gloriarse y conseguir prestigio ante los que presenciasen el portento; el pecado era doble: soberbia y presunción. La verdad es que toda tentación acaba siendo una invitación a evitar el propio destino, o mejor dicho, el abandono de la misión encomendada por Dios.

Hay que añadir que, además del significado de las tentacionesexperimentadas por Jesús y representen todas las que nosotros podernos sentir,lo más importante del relato es el ejemplo de fortaleza y la enseñanza que Élnos muestra en nuestra lucha contra el mal. Ahí está, efectivamente, el detallede apoyarse en la palabra de Dios, haciendo uso de un pasaje de la Escritura pararechazar y vencer la tentación.

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