/ sábado 16 de marzo de 2019

EPISCOPEO

La Cuaresma es un tiempo ideal para medir la autenticidad de nuestra vida cristiana. El pasaje de la transfiguración, que hoy leemos en S. Lucas, se entiende mejor si tenemos en cuenta la pregunta clave que encontramos en uno de los versículos anteriores de este mismo capítulo: ¿Quién es este? (v.9). Es la pregunta que unos y otros se hacían al ver y escuchar a Jesús. El mismo Jesús pregunta a los discípulos: ¿Quién dice la gente que soy? (v.18). Tras la contestación de los discípulos, les interpela nuevamente: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? (v.20). Aprovecha la respuesta de Pedro: El Mesías de Dios (v.21), para manifestarles su destino. Por primera vez les anuncia su muerte y resurrección. Les dice que tiene que sufrir mucho y que al tercer día resucitará (cfr.22); es decir, que su glorificación y resurrección tiene que pasar antes por el sufrimiento y por la muerte, y que quien quiera seguirle no puede pretender otro camino (9,23). La cruz y muerte de Jesús son un episodio clave en su vida.

Como queriendo unir cronológicamente lo anterior con la transfiguración, el evangelista nos dice que unos ocho días después Jesús subió al monte para orar (v.28), subió con Pedro, Juan y Santiago, los tres discípulos de confianza que ya habían sido testigos de escenas especiales y que lo serán también de su agonía en el Huerto de los Olivos, y orando ocurrieron grandes cosas: el rostro de Jesús se transforma, sus vestidos brillaban de resplandor (v.29). De repente aparecen Moisés y Elías. Son las dos figuras centrales del Antiguo Testamento, los dos pilares sobre los que se asentaba la religiosidad del pueblo judío, el uno representaba a la Ley y el otro, a los profetas. Hablan con Jesús de su partida, de su muerte, que habría de tener lugar en Jerusalén (v.31), con lo cual confirman el mensaje que Jesús acababa de dirigir a los discípulos y señalan que el sufrimiento y la muerte entran en los planes salvíficos de Dios. Por un lado corrigen las expectativas desmedidas acerca del Mesías y por otro, quieren dejar en claro que a los sufrimientos seguirá la exaltación del Elegido de Dios.

Pedro fascinado por la experiencia divina, le pide al Maestro la posibilidad de quedarse allí y levantar tres tiendas para poder seguir disfrutando de aquella vivencia. Mientras Pedro estaba hablando, una nube los cubre con su sombra, produciéndoles temor, y al tiempo se oye la voz del Padre que dice: Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo (v.35). Es la voz del Padre que ordena escuchen el mensaje de Jesús sobre su muerte y resurrección como verdadero y la necesidad de compartirlo. A la pregunta ¿quién es este? -que veíamos más arribaDios da la respuesta definitiva: Jesucristo es el Elegido a quien hay que escuchar. En la transfiguración se revela realmente quién es Jesús como Hijo de Dios. Jesús se transfigura para arrancar de sus discípulos el escándalo de la cruz y para ayudarles a sobrellevar los momentos oscuros de su Pasión. Cruz y gloria están íntimamente unidas.

Apartir de aquí hay tomar una decisión: quien se decide por Jesús y lo sigue, sedecide por Dios. La oración, el sufrimiento y la cruz son caminos que Lucas nospropone a los seguidores de Jesús para llegar a la gloria. Quien ora comoJesús, experimentará la gloria de Dios y su protección, pero debemosescucharlo. Escuchar la palabra de Jesús nos compromete a configurar nuestromodo de pensar y obrar de acuerdo con esta palabra, palabra que nos llevará aaceptar el sacrificio y dejar que sus enseñanzas divinicen nuestra vida diaria.Somos amados del Padre y por ser amados del Padre, nuestra responsabilidad esoír, en el sentido de hacer, todo lo que el Señor Jesús nos ordene. ¿Lo estamoshaciendo? Todos esperaban al mesías. ¿Cuál es el mesías que yo espero? La condición para seguir a Jesús es la cruz. ¿Cómo me sitúo ante lascruces de la vida diaria? Todos hallamos que es fácil profesar la fe, y muydifícil vivirla. Sólo anclados firmemente en Cristo podremos ser auténticoscristianos.

La Cuaresma es un tiempo ideal para medir la autenticidad de nuestra vida cristiana. El pasaje de la transfiguración, que hoy leemos en S. Lucas, se entiende mejor si tenemos en cuenta la pregunta clave que encontramos en uno de los versículos anteriores de este mismo capítulo: ¿Quién es este? (v.9). Es la pregunta que unos y otros se hacían al ver y escuchar a Jesús. El mismo Jesús pregunta a los discípulos: ¿Quién dice la gente que soy? (v.18). Tras la contestación de los discípulos, les interpela nuevamente: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? (v.20). Aprovecha la respuesta de Pedro: El Mesías de Dios (v.21), para manifestarles su destino. Por primera vez les anuncia su muerte y resurrección. Les dice que tiene que sufrir mucho y que al tercer día resucitará (cfr.22); es decir, que su glorificación y resurrección tiene que pasar antes por el sufrimiento y por la muerte, y que quien quiera seguirle no puede pretender otro camino (9,23). La cruz y muerte de Jesús son un episodio clave en su vida.

Como queriendo unir cronológicamente lo anterior con la transfiguración, el evangelista nos dice que unos ocho días después Jesús subió al monte para orar (v.28), subió con Pedro, Juan y Santiago, los tres discípulos de confianza que ya habían sido testigos de escenas especiales y que lo serán también de su agonía en el Huerto de los Olivos, y orando ocurrieron grandes cosas: el rostro de Jesús se transforma, sus vestidos brillaban de resplandor (v.29). De repente aparecen Moisés y Elías. Son las dos figuras centrales del Antiguo Testamento, los dos pilares sobre los que se asentaba la religiosidad del pueblo judío, el uno representaba a la Ley y el otro, a los profetas. Hablan con Jesús de su partida, de su muerte, que habría de tener lugar en Jerusalén (v.31), con lo cual confirman el mensaje que Jesús acababa de dirigir a los discípulos y señalan que el sufrimiento y la muerte entran en los planes salvíficos de Dios. Por un lado corrigen las expectativas desmedidas acerca del Mesías y por otro, quieren dejar en claro que a los sufrimientos seguirá la exaltación del Elegido de Dios.

Pedro fascinado por la experiencia divina, le pide al Maestro la posibilidad de quedarse allí y levantar tres tiendas para poder seguir disfrutando de aquella vivencia. Mientras Pedro estaba hablando, una nube los cubre con su sombra, produciéndoles temor, y al tiempo se oye la voz del Padre que dice: Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo (v.35). Es la voz del Padre que ordena escuchen el mensaje de Jesús sobre su muerte y resurrección como verdadero y la necesidad de compartirlo. A la pregunta ¿quién es este? -que veíamos más arribaDios da la respuesta definitiva: Jesucristo es el Elegido a quien hay que escuchar. En la transfiguración se revela realmente quién es Jesús como Hijo de Dios. Jesús se transfigura para arrancar de sus discípulos el escándalo de la cruz y para ayudarles a sobrellevar los momentos oscuros de su Pasión. Cruz y gloria están íntimamente unidas.

Apartir de aquí hay tomar una decisión: quien se decide por Jesús y lo sigue, sedecide por Dios. La oración, el sufrimiento y la cruz son caminos que Lucas nospropone a los seguidores de Jesús para llegar a la gloria. Quien ora comoJesús, experimentará la gloria de Dios y su protección, pero debemosescucharlo. Escuchar la palabra de Jesús nos compromete a configurar nuestromodo de pensar y obrar de acuerdo con esta palabra, palabra que nos llevará aaceptar el sacrificio y dejar que sus enseñanzas divinicen nuestra vida diaria.Somos amados del Padre y por ser amados del Padre, nuestra responsabilidad esoír, en el sentido de hacer, todo lo que el Señor Jesús nos ordene. ¿Lo estamoshaciendo? Todos esperaban al mesías. ¿Cuál es el mesías que yo espero? La condición para seguir a Jesús es la cruz. ¿Cómo me sitúo ante lascruces de la vida diaria? Todos hallamos que es fácil profesar la fe, y muydifícil vivirla. Sólo anclados firmemente en Cristo podremos ser auténticoscristianos.

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