/ sábado 30 de marzo de 2019

Episcopeo

En el pasaje evangélico que acabamos de escuchar encontramos el mejor retrato de ese Dios en quien creemos y queremos también. La ocasión se la brindaron a Jesús los fariseos y letrados que se escandalizaban y murmuraban porque acogía a los publicados y pecadores y comía con ellos. La lección, por tanto, iba para quienes no tenían misericordia. La parábola es una obra maestra, contada con exquisitos toques de sicología y ciertamente constituye el más perfecto retrato de Dios; al tiempo que en ella se nos muestra el camino para retornar, si nos hemos alejado de Él: Dios es un Padre misericordioso que tiene siempre sus brazos abiertos para recibirnos.

Es sólo recordar la llamada que encontramos en el evangelio –seréis perfectos como el Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48)–, para darnos cuenta de lo mucho que nos falta; en todos nosotros hay, efectivamente, un poco o un mucho de hijos pródigos. Y si todo tiempo es bueno para reflexionar y descubrir nuestros fallos y carencias, la cuaresma es el tiempo más indicado para hacerlo, acercándonos, así, a ese Padre bondadoso y decirle como el joven del evangelio: Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti (Lc 15, 18). Dios, por su parte, quiere hacer llegar su perdón a través del sacramento de la penitencia. Nos lo dice hoy san Pablo en su carta a los Corintios: Dios nos encargó el ministerio de la reconciliación (2Cor, 5, 18). Y antes se lo había dicho Jesús a los apóstoles: A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados (Jn 20, 23).

Centremos ahora nuestra reflexión sobre los tres personajes protagonistas de la parábola: el hijo menor, el padre, y el hijo mayor. En ella Jesús nos estaría invitando a pensar en cuál de los tres estamos reflejados y decidir después con cuál querríamos identificarnos. Sin duda, que el comportamiento de los dos hermanos antes de reconocer su penosa situación (quizá el hermano mayor también se convertiría después de la reconvención paterna), puede parecerse un mucho a nuestra situación personal. Pues bien, ese Padre bondadoso (identificado por Jesús con Dios-Padre), ha querido perdonar los extravíos del hijo pequeño y el desapego y la escasa participación de mayor en la vida familiar.

Comencemos por el hijo pequeño: inexperto él, se lanza a la aventura; quiere gozar libremente de su herencia. Y pasó lo que tenía que pasar: malgastada toda su fortuna, quedó sumido en la miseria y en la desesperación, al punto de tener que dedicarse a cuidar puercos, el trabajo más humillante en aquel tiempo, para no morir de hambre. Reflexionó y tomó una decisión: regresar a la casa paterna. Se reconoce culpable y prepara el “acto de contrición”, que, llegado el momento, no se lo dejará terminar su padre. Así era aquel padre de la parábola, imagen en pequeño de lo que Dios es para nosotros, un Padre, rico en clemencia y misericordia. También Él nos espera a nosotros con los brazos abiertos para celebrar con gozo la Pascua y aumentarnos las fuerzas que necesitamos para renovar nuestra vida.

Sobre el padre del hijo pródigo, aunque previese lo que podía pasar, accedió a darle la parte de la herencia, respeta su libertad y lo deja salir de casa. Y porque lo conoce bien, queda esperando su vuelta. El detalle de verlo de lejos nos estaría indicando que aquel anciano padre salía todos los días, esperando verlo venir por aquel camino en que lo había visto desaparecer. Y, en efecto, un buen día lo vio de lejos y fue a su encuentro, lo abraza y le prepara una fiesta. Probablemente nuestra reacción primera habrá sido la del hijo mayor y no a la que Jesús ha pretendido ofrecernos en el retrato de Dios con el pecador el modelo a seguir. ¿Es así como nos portamos nosotros con los demás? ¿Somos tolerantes, capaces de perdonar?

El tercer personaje es el hijo mayor; en él Jesús retrata a los fariseos, que jamás aceptarían participar en una fiesta en honra de quien no podía recibir perdón alguno, según ellos. El padre no puede menos que salir de casa para invitar al hijo mayor a que entre a participar en la fiesta y perdone a su hermano también. Pero él no quiere saber nada de su hermano: ese hijo tuyo, le dice… Y el padre responde: ese hermano tuyo… Y nosotros, ¿nos vemos quizá retratados en este hermano mayor, tan “justo” y seguro de sí mismo? ¿Tenemos un corazón tan mezquino como el suyo, que no quiere facilitar a su hermano la rehabilitación? ¿Qué nos sale más espontáneo a nosotros: ser fiscales y acusadores de los demás, o perdonarlos con facilidad, como hace el padre de la parábola y como hace Dios?

Pues bien, queridos hermanos, aquí tenemos un buen programa para llevar a cabo nuestra conversión pascual. Tendremos que aprender a tener un corazón tan abierto y tolerante como el de Dios como el que Jesús mostró siempre. Podemos recordar aquella escena en la que escribas y fariseos le presentan a la mujer adúltera para que Jesús se pronuncie sobre si había que apedrearla. Les dice Jesús: El que esté sin pecado que le tire la primera piedra (Jn 8, 7). Y tras esperar, en vano, la respuesta de ellos, porque se habían marchado, Jesús preguntó a la mujer: ¿Ninguno te ha condenado? Ella contestó: ninguno, Señor. Jesús dijo: Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más (Jn 8, 11-12).

Oremos con amor y confianza: “Hoy, Señor, queremos comprometernos a desandar el camino, como el hijo pródigo, para descansar al fin en tus brazos, dejándonos querer por ti; y, así rehabilitados, podremos sentarnos a tu mesa con todos los hermanos. Amén.”

En el pasaje evangélico que acabamos de escuchar encontramos el mejor retrato de ese Dios en quien creemos y queremos también. La ocasión se la brindaron a Jesús los fariseos y letrados que se escandalizaban y murmuraban porque acogía a los publicados y pecadores y comía con ellos. La lección, por tanto, iba para quienes no tenían misericordia. La parábola es una obra maestra, contada con exquisitos toques de sicología y ciertamente constituye el más perfecto retrato de Dios; al tiempo que en ella se nos muestra el camino para retornar, si nos hemos alejado de Él: Dios es un Padre misericordioso que tiene siempre sus brazos abiertos para recibirnos.

Es sólo recordar la llamada que encontramos en el evangelio –seréis perfectos como el Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48)–, para darnos cuenta de lo mucho que nos falta; en todos nosotros hay, efectivamente, un poco o un mucho de hijos pródigos. Y si todo tiempo es bueno para reflexionar y descubrir nuestros fallos y carencias, la cuaresma es el tiempo más indicado para hacerlo, acercándonos, así, a ese Padre bondadoso y decirle como el joven del evangelio: Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti (Lc 15, 18). Dios, por su parte, quiere hacer llegar su perdón a través del sacramento de la penitencia. Nos lo dice hoy san Pablo en su carta a los Corintios: Dios nos encargó el ministerio de la reconciliación (2Cor, 5, 18). Y antes se lo había dicho Jesús a los apóstoles: A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados (Jn 20, 23).

Centremos ahora nuestra reflexión sobre los tres personajes protagonistas de la parábola: el hijo menor, el padre, y el hijo mayor. En ella Jesús nos estaría invitando a pensar en cuál de los tres estamos reflejados y decidir después con cuál querríamos identificarnos. Sin duda, que el comportamiento de los dos hermanos antes de reconocer su penosa situación (quizá el hermano mayor también se convertiría después de la reconvención paterna), puede parecerse un mucho a nuestra situación personal. Pues bien, ese Padre bondadoso (identificado por Jesús con Dios-Padre), ha querido perdonar los extravíos del hijo pequeño y el desapego y la escasa participación de mayor en la vida familiar.

Comencemos por el hijo pequeño: inexperto él, se lanza a la aventura; quiere gozar libremente de su herencia. Y pasó lo que tenía que pasar: malgastada toda su fortuna, quedó sumido en la miseria y en la desesperación, al punto de tener que dedicarse a cuidar puercos, el trabajo más humillante en aquel tiempo, para no morir de hambre. Reflexionó y tomó una decisión: regresar a la casa paterna. Se reconoce culpable y prepara el “acto de contrición”, que, llegado el momento, no se lo dejará terminar su padre. Así era aquel padre de la parábola, imagen en pequeño de lo que Dios es para nosotros, un Padre, rico en clemencia y misericordia. También Él nos espera a nosotros con los brazos abiertos para celebrar con gozo la Pascua y aumentarnos las fuerzas que necesitamos para renovar nuestra vida.

Sobre el padre del hijo pródigo, aunque previese lo que podía pasar, accedió a darle la parte de la herencia, respeta su libertad y lo deja salir de casa. Y porque lo conoce bien, queda esperando su vuelta. El detalle de verlo de lejos nos estaría indicando que aquel anciano padre salía todos los días, esperando verlo venir por aquel camino en que lo había visto desaparecer. Y, en efecto, un buen día lo vio de lejos y fue a su encuentro, lo abraza y le prepara una fiesta. Probablemente nuestra reacción primera habrá sido la del hijo mayor y no a la que Jesús ha pretendido ofrecernos en el retrato de Dios con el pecador el modelo a seguir. ¿Es así como nos portamos nosotros con los demás? ¿Somos tolerantes, capaces de perdonar?

El tercer personaje es el hijo mayor; en él Jesús retrata a los fariseos, que jamás aceptarían participar en una fiesta en honra de quien no podía recibir perdón alguno, según ellos. El padre no puede menos que salir de casa para invitar al hijo mayor a que entre a participar en la fiesta y perdone a su hermano también. Pero él no quiere saber nada de su hermano: ese hijo tuyo, le dice… Y el padre responde: ese hermano tuyo… Y nosotros, ¿nos vemos quizá retratados en este hermano mayor, tan “justo” y seguro de sí mismo? ¿Tenemos un corazón tan mezquino como el suyo, que no quiere facilitar a su hermano la rehabilitación? ¿Qué nos sale más espontáneo a nosotros: ser fiscales y acusadores de los demás, o perdonarlos con facilidad, como hace el padre de la parábola y como hace Dios?

Pues bien, queridos hermanos, aquí tenemos un buen programa para llevar a cabo nuestra conversión pascual. Tendremos que aprender a tener un corazón tan abierto y tolerante como el de Dios como el que Jesús mostró siempre. Podemos recordar aquella escena en la que escribas y fariseos le presentan a la mujer adúltera para que Jesús se pronuncie sobre si había que apedrearla. Les dice Jesús: El que esté sin pecado que le tire la primera piedra (Jn 8, 7). Y tras esperar, en vano, la respuesta de ellos, porque se habían marchado, Jesús preguntó a la mujer: ¿Ninguno te ha condenado? Ella contestó: ninguno, Señor. Jesús dijo: Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más (Jn 8, 11-12).

Oremos con amor y confianza: “Hoy, Señor, queremos comprometernos a desandar el camino, como el hijo pródigo, para descansar al fin en tus brazos, dejándonos querer por ti; y, así rehabilitados, podremos sentarnos a tu mesa con todos los hermanos. Amén.”

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