/ sábado 18 de mayo de 2019

EPISCOPEO

Ser testigos de la resurrección de Jesucristo implica necesariamente compartir esta alegría con otros y con otras comunidades, así como manifestar las maravillas obradas por Dios a través nuestro. Es el ejemplo que nos narra la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles. Se trata de la primera correría misionera a tierras paganas. Pablo y Bernabé desandan el camino para volver a visitar a las comunidades que habían formado a la ida. Vuelven a anunciar la Buena Noticia, las animan y exhortan a perseverar en la fe (v.22), al tiempo que les predicen las muchas calamidades que tendrían que pasar para permanecer fieles al Señor (v.22). No les doraron la píldora y tampoco era una broma de mal gusto. Los nuevos cristianos debían saber lo que conllevaba este nombre para no llevarse a engaños. Las mismas comunidades pudieron comprobar cómo Pablo y Bernabé sufrían como misioneros, tanto en el día a día como en la persecución desatada contra ellos.

No era fácil ser creyente en una ciudad pagana, como tampoco lo es hoy. Por eso hacía falta la exhortación a permanecer enraizados en la fe cristiana. Estas visitas sirvieron también a Pablo y Bernabé para ir organizando estas comunidades: elegían presbíteros en cada iglesia (23a). Y lo hacían de una manera muy seria: oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en quien habían creído (v.23b). Dejan las iglesias en manos del Señor, a su cuidado, son su propiedad. ¡Con qué razón crecen estas comunidades! Este es el ejemplo que debemos seguir. Lo importante no son nuestros trabajos, estrategias u organización, sino nuestra calidad de evangelizadores, nuestra confianza en el Señor y la capacidad de sufrir para ser fieles a lo que predicamos, al Señor. ¡Cuántas lecciones tenemos que aprender!

Seguir a Jesucristo se traduce en amor al hermano, se nos dice en el evangelio; es el amor lo que mueve a los apóstoles a jugarse la vida por los demás. Jesucristo, como el padre consciente de vivir los últimos momentos de su vida, nos deja su última voluntad, antes de iniciar su pasión: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como yo os he amado (v.34). En la Iglesia es importante la doctrina, la organización, la liturgia, etc. Todas esas cosas tienen una validez, cuando expresan lo que sentimos, pero si no tenemos amor, como nos dice S. Pablo, aunque tengamos todo lo que queramos, no somos nada (1Cor 13,2). El amor es la clave, es la marca de fábrica, el distintivo del verdadero cristiano. El distintivo fundamental de los cristianos no es la cruz -así lo aprendimos en el catecismo- que hacemos al santiguarnos o la cruz que portamos o tenemos colgada en nuestras casas o que vemos en las calles, aunque también tenga su importancia. Lo que realmente distingue al cristiano es el amor. El mandamiento del amor ya estaba promulgado en el Antiguo Testamento, pero la novedad que añade Jesucristo es que amemos como como él nos ha amado (34b). Jesús con su ejemplo nos dice que el amor es servicio al hermano y lo vemos lavando los pies a los apóstoles; nos dice que el amor se extiende a todos, incluso al enemigo (Judas) y lo hace a costa de la propia vida. En esto conocerán que sois mis discípulos (v.35). Solamente los demás creerán en lo que decimos creer y les decimos, si somos capaces de contagiarlos con el amor, porque el amor es contagioso, no hay ningún signo tan convincente como el amor. Es frecuente en la Iglesia la queja porque el número de católicos disminuye, porque nuestras iglesias están medio vacías, porque los jóvenes cada vez se distancian más de ella, los padres sufren porque sus hijos no viven la fe, etc. etc. Y si somos sinceros, ¿Qué ven en cada uno de nosotros? ¿Amamos como Jesucristo?… Probablemente todos los mayores recordemos el entierro de la Madre Teresa de Calcuta, (hoy santa Teresa de Calcuta). Allí confluyeron un montón de fieles pertenecientes a distintas religiones: mahometanos, budistas, católicos… La causa ¿sería las enseñanzas que aprendieron de ella o el amor y entrega que habían visto y recibo de la santa? Gracias a Dios no es un caso aislado, son muchas las vidas entregadas silenciosamente en un hospital, en una escuela, en ambientes hostiles a la fe cristiana, etc.: en esto conocerán que sois mis discípulos (v.35).

Ciertamente nuestras fuerzas son limitadas, encontramos siempre la resistencia al amor, florecen en nosotros las divisiones, los rencores y resentimientos, pero el Señor nos ha prometido estar con nosotros y nos ofrece su ayuda, especialmente a través de la eucaristía, para vencer todos los obstáculos y ofrecer un amor generoso. El Señor, como nos decía el Apocalipsis, puede hacer que donde nosotros vemos imposibilidad, -como imposible era para todos los santos-, surja en nosotros una vida nueva. ¿Por qué no se puede decir de nosotros lo que decían los paganos de los primeros cristianos: mirad cómo se aman.

Ser testigos de la resurrección de Jesucristo implica necesariamente compartir esta alegría con otros y con otras comunidades, así como manifestar las maravillas obradas por Dios a través nuestro. Es el ejemplo que nos narra la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles. Se trata de la primera correría misionera a tierras paganas. Pablo y Bernabé desandan el camino para volver a visitar a las comunidades que habían formado a la ida. Vuelven a anunciar la Buena Noticia, las animan y exhortan a perseverar en la fe (v.22), al tiempo que les predicen las muchas calamidades que tendrían que pasar para permanecer fieles al Señor (v.22). No les doraron la píldora y tampoco era una broma de mal gusto. Los nuevos cristianos debían saber lo que conllevaba este nombre para no llevarse a engaños. Las mismas comunidades pudieron comprobar cómo Pablo y Bernabé sufrían como misioneros, tanto en el día a día como en la persecución desatada contra ellos.

No era fácil ser creyente en una ciudad pagana, como tampoco lo es hoy. Por eso hacía falta la exhortación a permanecer enraizados en la fe cristiana. Estas visitas sirvieron también a Pablo y Bernabé para ir organizando estas comunidades: elegían presbíteros en cada iglesia (23a). Y lo hacían de una manera muy seria: oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en quien habían creído (v.23b). Dejan las iglesias en manos del Señor, a su cuidado, son su propiedad. ¡Con qué razón crecen estas comunidades! Este es el ejemplo que debemos seguir. Lo importante no son nuestros trabajos, estrategias u organización, sino nuestra calidad de evangelizadores, nuestra confianza en el Señor y la capacidad de sufrir para ser fieles a lo que predicamos, al Señor. ¡Cuántas lecciones tenemos que aprender!

Seguir a Jesucristo se traduce en amor al hermano, se nos dice en el evangelio; es el amor lo que mueve a los apóstoles a jugarse la vida por los demás. Jesucristo, como el padre consciente de vivir los últimos momentos de su vida, nos deja su última voluntad, antes de iniciar su pasión: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como yo os he amado (v.34). En la Iglesia es importante la doctrina, la organización, la liturgia, etc. Todas esas cosas tienen una validez, cuando expresan lo que sentimos, pero si no tenemos amor, como nos dice S. Pablo, aunque tengamos todo lo que queramos, no somos nada (1Cor 13,2). El amor es la clave, es la marca de fábrica, el distintivo del verdadero cristiano. El distintivo fundamental de los cristianos no es la cruz -así lo aprendimos en el catecismo- que hacemos al santiguarnos o la cruz que portamos o tenemos colgada en nuestras casas o que vemos en las calles, aunque también tenga su importancia. Lo que realmente distingue al cristiano es el amor. El mandamiento del amor ya estaba promulgado en el Antiguo Testamento, pero la novedad que añade Jesucristo es que amemos como como él nos ha amado (34b). Jesús con su ejemplo nos dice que el amor es servicio al hermano y lo vemos lavando los pies a los apóstoles; nos dice que el amor se extiende a todos, incluso al enemigo (Judas) y lo hace a costa de la propia vida. En esto conocerán que sois mis discípulos (v.35). Solamente los demás creerán en lo que decimos creer y les decimos, si somos capaces de contagiarlos con el amor, porque el amor es contagioso, no hay ningún signo tan convincente como el amor. Es frecuente en la Iglesia la queja porque el número de católicos disminuye, porque nuestras iglesias están medio vacías, porque los jóvenes cada vez se distancian más de ella, los padres sufren porque sus hijos no viven la fe, etc. etc. Y si somos sinceros, ¿Qué ven en cada uno de nosotros? ¿Amamos como Jesucristo?… Probablemente todos los mayores recordemos el entierro de la Madre Teresa de Calcuta, (hoy santa Teresa de Calcuta). Allí confluyeron un montón de fieles pertenecientes a distintas religiones: mahometanos, budistas, católicos… La causa ¿sería las enseñanzas que aprendieron de ella o el amor y entrega que habían visto y recibo de la santa? Gracias a Dios no es un caso aislado, son muchas las vidas entregadas silenciosamente en un hospital, en una escuela, en ambientes hostiles a la fe cristiana, etc.: en esto conocerán que sois mis discípulos (v.35).

Ciertamente nuestras fuerzas son limitadas, encontramos siempre la resistencia al amor, florecen en nosotros las divisiones, los rencores y resentimientos, pero el Señor nos ha prometido estar con nosotros y nos ofrece su ayuda, especialmente a través de la eucaristía, para vencer todos los obstáculos y ofrecer un amor generoso. El Señor, como nos decía el Apocalipsis, puede hacer que donde nosotros vemos imposibilidad, -como imposible era para todos los santos-, surja en nosotros una vida nueva. ¿Por qué no se puede decir de nosotros lo que decían los paganos de los primeros cristianos: mirad cómo se aman.

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