/ sábado 29 de junio de 2019

EPISCOPEO

Con el texto evangélico de hoy iniciamos la lectura de la sección central del evangelio de S. Lucas, conocido como el camino hacia Jerusalén. S. Lucas –sirviéndose de un artificio literario– dedica casi diez capítulos a esta narración, indicándonos de manera gráfica, la importancia de la ciudad de Jerusalén en la Historia de la Salvación.

Comienza el evangelio diciéndonos que cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén (v.51). Es una frase crucial porque nos indica que Jesús inició el viaje conscientemente, porque nos habla de su ascensión a los cielos con la que termina su vida mortal, y porque apunta también que la vida de Jesús no tiene como destino definitivo la muerte, sino la resurrección. También alude a la libertad de Jesucristo, que sabe que en Jerusalén le espera la muerte de cruz, pero obediente al Padre se entrega por amor.

Comienza el camino hacia Jerusalén con un rechazo, anticipo y advertencia de lo que le espera. Los vecinos de una aldea samaritana se niegan a darle alojamiento porque iba a Jerusalén. Los discípulos, Santiago y Juan, en venganza, quieren acabar con el pueblo y que caiga fuego sobre la aldea, pero Jesús los reprende y se dirige a otra aldea para seguir predicando (cfr.v.56), pues también los samaritanos estaban incluidos en el plan divino de salvación. Jesús vino para salvar a todos, no para perder ni condenar a nadie. Respeta siempre la decisión de quien no quiere seguirle. La enseñanza de Jesús es una lección no solo para los discípulos sino para cada uno de nosotros. No se puede imponer el Reino de Dios bajo ningún tipo de violencia o coacción. Pese a las enseñanzas de Jesús, los discípulos no han entendido que para ser sus seguidores hay que aceptar el sufrimiento y la persecución, no se trata de ser simplemente buenos, sino de caminar con él hasta compartir la resurrección pasando por la cruz.

Tras la experiencia del rechazo samaritano, Jesús sigue su camino hacia Jerusalén. El evangelista S. Lucas nos señala las condiciones para ser seguidores del Maestro. En la primera escena, podríamos decir que un espontáneo le dice a Jesús: te seguiré a donde quiera que vayas (v.57). Jesús le dice: Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tienen donde reclinar la cabeza (v. 58). El joven se ofrece para seguirle adondequiera, pero Jesús le invita a que se lo piense bien. Jesús pone como condición la renuncia. Quien le quiera seguir deberá llevar una vida como la de Jesús: austera, libre de todo tipo de equipaje que le impida el seguimiento.

En la segunda escena es Jesús mismo quien pide a otro: sígueme (v.59). El joven no se niega, pero le expone un motivo de dilación: el deber sagrado de enterrar a su padre. Prescindiendo de las distintas interpretaciones que pueda tener el enterrar a su padre, deber sagrado para cualquier persona y máxime para un judío, Jesús le está diciendo, como nos dice a nosotros, que su llamada tiene un valor absoluto, de manera que todo lo demás es relativo, por muy importante y sagrado que sea, como lo era el deber de enterrar a los muertos. Y sólo se sigue realmente a Jesús si él es el primero, por encima de cualquiera otra obligación, exigencia o afectos. Solamente así se podemos decir que Jesús es el Señor de nuestra vida. El evangelio no nos invita a romper con nuestros familiares, nos invita a caer en la cuenta de que ellos no son lo decisivo, lo fundamental, sino el Reino y sus valores.

Un tercero le dijo también: te seguiré, Señor, pero déjame primero despedirme de mi casa (v.61) Este pide un plazo, quiere despedirse de sus familiares como hemos escuchado en la primera lectura, pero Jesús es más exigente que Elías, y le responde: Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el Reino (v.62). Si quiere seguir a Jesús, debe ser sin condiciones, debe mirar hacia adelante como lo hace el labrador, si quiere que sus surcos salgan rectos y que no se rían sus paisanos de su trabajo.

Las tres escenas ocurren en el camino. Quienes quieran seguirlo realmente, primero tienen que considerar el costo, porque compartirán el sufrimiento de Cristo. No deben dar prioridad a ninguna otra cosa sobre Cristo, ni siquiera a las buenas cosas. (vv. 57-58) y deben hacerlo de una manera decidida. Solo así el Evangelio adquiere toda su radicalidad y se convierte en una buena noticia para personas y grupos; noticia que los poderes políticos, económicos y hasta religiosos –lo estamos viendo en el rechazo que sufre el papa en ciertos ambientes–rechazan y no quieren aceptar, y por ello diariamente preparan cruces para los seguidores y procuran tergiversarlo o manipularlo. La vida cristiana no es un plácido viaje de turismo. Siempre es el camino de cruz. El panorama que pinta Jesús en estas propuestas no se corresponde con la idea que nos suele acompañar en nuestra relación con Dios: frecuentemente acudimos a Dios para pedirle milagros, éxito, que nos toque la lotería y que a ser posible se cumpla siempre nuestra voluntad.

Buen evangelio para meditarlo detenidamente, para escuchar la voz del Señor y para preguntarnos en qué se parece nuestra vida cristiana a lo que Jesús pide en el evangelio de hoy.

Con el texto evangélico de hoy iniciamos la lectura de la sección central del evangelio de S. Lucas, conocido como el camino hacia Jerusalén. S. Lucas –sirviéndose de un artificio literario– dedica casi diez capítulos a esta narración, indicándonos de manera gráfica, la importancia de la ciudad de Jerusalén en la Historia de la Salvación.

Comienza el evangelio diciéndonos que cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén (v.51). Es una frase crucial porque nos indica que Jesús inició el viaje conscientemente, porque nos habla de su ascensión a los cielos con la que termina su vida mortal, y porque apunta también que la vida de Jesús no tiene como destino definitivo la muerte, sino la resurrección. También alude a la libertad de Jesucristo, que sabe que en Jerusalén le espera la muerte de cruz, pero obediente al Padre se entrega por amor.

Comienza el camino hacia Jerusalén con un rechazo, anticipo y advertencia de lo que le espera. Los vecinos de una aldea samaritana se niegan a darle alojamiento porque iba a Jerusalén. Los discípulos, Santiago y Juan, en venganza, quieren acabar con el pueblo y que caiga fuego sobre la aldea, pero Jesús los reprende y se dirige a otra aldea para seguir predicando (cfr.v.56), pues también los samaritanos estaban incluidos en el plan divino de salvación. Jesús vino para salvar a todos, no para perder ni condenar a nadie. Respeta siempre la decisión de quien no quiere seguirle. La enseñanza de Jesús es una lección no solo para los discípulos sino para cada uno de nosotros. No se puede imponer el Reino de Dios bajo ningún tipo de violencia o coacción. Pese a las enseñanzas de Jesús, los discípulos no han entendido que para ser sus seguidores hay que aceptar el sufrimiento y la persecución, no se trata de ser simplemente buenos, sino de caminar con él hasta compartir la resurrección pasando por la cruz.

Tras la experiencia del rechazo samaritano, Jesús sigue su camino hacia Jerusalén. El evangelista S. Lucas nos señala las condiciones para ser seguidores del Maestro. En la primera escena, podríamos decir que un espontáneo le dice a Jesús: te seguiré a donde quiera que vayas (v.57). Jesús le dice: Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tienen donde reclinar la cabeza (v. 58). El joven se ofrece para seguirle adondequiera, pero Jesús le invita a que se lo piense bien. Jesús pone como condición la renuncia. Quien le quiera seguir deberá llevar una vida como la de Jesús: austera, libre de todo tipo de equipaje que le impida el seguimiento.

En la segunda escena es Jesús mismo quien pide a otro: sígueme (v.59). El joven no se niega, pero le expone un motivo de dilación: el deber sagrado de enterrar a su padre. Prescindiendo de las distintas interpretaciones que pueda tener el enterrar a su padre, deber sagrado para cualquier persona y máxime para un judío, Jesús le está diciendo, como nos dice a nosotros, que su llamada tiene un valor absoluto, de manera que todo lo demás es relativo, por muy importante y sagrado que sea, como lo era el deber de enterrar a los muertos. Y sólo se sigue realmente a Jesús si él es el primero, por encima de cualquiera otra obligación, exigencia o afectos. Solamente así se podemos decir que Jesús es el Señor de nuestra vida. El evangelio no nos invita a romper con nuestros familiares, nos invita a caer en la cuenta de que ellos no son lo decisivo, lo fundamental, sino el Reino y sus valores.

Un tercero le dijo también: te seguiré, Señor, pero déjame primero despedirme de mi casa (v.61) Este pide un plazo, quiere despedirse de sus familiares como hemos escuchado en la primera lectura, pero Jesús es más exigente que Elías, y le responde: Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el Reino (v.62). Si quiere seguir a Jesús, debe ser sin condiciones, debe mirar hacia adelante como lo hace el labrador, si quiere que sus surcos salgan rectos y que no se rían sus paisanos de su trabajo.

Las tres escenas ocurren en el camino. Quienes quieran seguirlo realmente, primero tienen que considerar el costo, porque compartirán el sufrimiento de Cristo. No deben dar prioridad a ninguna otra cosa sobre Cristo, ni siquiera a las buenas cosas. (vv. 57-58) y deben hacerlo de una manera decidida. Solo así el Evangelio adquiere toda su radicalidad y se convierte en una buena noticia para personas y grupos; noticia que los poderes políticos, económicos y hasta religiosos –lo estamos viendo en el rechazo que sufre el papa en ciertos ambientes–rechazan y no quieren aceptar, y por ello diariamente preparan cruces para los seguidores y procuran tergiversarlo o manipularlo. La vida cristiana no es un plácido viaje de turismo. Siempre es el camino de cruz. El panorama que pinta Jesús en estas propuestas no se corresponde con la idea que nos suele acompañar en nuestra relación con Dios: frecuentemente acudimos a Dios para pedirle milagros, éxito, que nos toque la lotería y que a ser posible se cumpla siempre nuestra voluntad.

Buen evangelio para meditarlo detenidamente, para escuchar la voz del Señor y para preguntarnos en qué se parece nuestra vida cristiana a lo que Jesús pide en el evangelio de hoy.

sábado 21 de septiembre de 2019

EPISCOPEO

sábado 14 de septiembre de 2019

EPISCOPEO

sábado 07 de septiembre de 2019

EPISCOPEO

sábado 31 de agosto de 2019

EPISCOPEO

sábado 24 de agosto de 2019

EPISCOPEO

sábado 17 de agosto de 2019

EPISCOPEO

sábado 10 de agosto de 2019

Episcopeo

sábado 03 de agosto de 2019

Episcopeo

sábado 27 de julio de 2019

EPISCOPEO

sábado 20 de julio de 2019

EPISCOPEO

Cargar Más