/ sábado 13 de julio de 2019

EPISCOPEO

La primera lectura de la misa de hoy está tomada del Deuteronomio, que es el último libro del Pentateuco; Deuteronomio significa “segunda ley”, y en él Moisés invita a su pueblo a cumplir la Alianza que habían pactado con Dios al comienzo de la travesía del desierto, tras haber salido de Egipto. El pasaje leído nos recuerda que la ley antigua, promulgada por Moisés y cuyo compendio son los diez mandamientos, no sólo continuaba vigente, sino que Jesús la completa y perfecciona, como podemos ver en el evangelio. Dios, a través de Moisés había dado a pueblo unas normas de vida, una “ley”, de la que se afirma que está muy cercana, “en tu corazón y en tu boca”. Sólo hace falta una cosa: “cumplirla”.

Esta ciencia de la voluntad de Dios, manifestada en los preceptos, no viene importada de lejos; bajó del cielo encarnada en la Persona divina que se hizo hombre. Efectivamente, a nosotros, cristianos, se nos ha acercado mucho más esta Palabra viva de Dios que es Cristo Jesús. Él, que es imagen de Dios invisible, dice la última palabra a la hora de determinar la conducta moral del hombre, al afirmar: No creáis que he venido a abolir la ley y los Profetas; no he venido a abolir, sino a darle plenitud (Mt 5, 17). Esta plenitud la encontramos muy concretamente cuando nos dice que todos los preceptos se resumen en el precepto del amor, en su doble dimensión: amor a Dios y al prójimo.

Este prójimo viene gráficamente expresado hoy en la parábola del Buen Samaritano, que hemos escuchado con atención. Un maestro de la ley se acerca a Jesús y le pregunta por el camino de la salvación; y lo primero que hace Jesús es remitirle a la ley antigua, para que responda él mismo: ¿qué está escrito en la ley? Y ésta fue su respuesta: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo. Jesús le dice: Haz esto y tendrás la vida (Mt 10, 26-28). A la nueva pregunta del maestro de la ley sobre quién es ese prójimo, al que hay que amar; Jesús le contará la parábola del Buen Samaritano, que constituye la más elocuente lección sobre el amor al prójimo.

Pero antes de que este buen hombre se acerque al herido han pasado otros personajes que son antiprójimos por su comportamiento: dos representantes de la vida religiosa del pueblo de Israel que, no tanto porque fueran indiferentes ante el que yacía malherido, sino porque seguían una ley, que prohibía tocar un cadáver por temor a contaminarse. El grave error está en que antepusieran la letra de la norma a la necesidad del prójimo malherido que está por encima de la ley. Sin embargo, por allí acertó a pasar un samaritano, un hombre perteneciente a aquella raza despreciada por el pueblo judío, y ya sabemos todo lo que hizo: curó sus heridas, lo cargó en su jumento, lo llevó a la posada, encargándole al posadero que cuidase de él y a la vuelta le pagaría los gastos.

La denuncia de Jesús iba dirigida principalmente a aquellos que, por su condición religiosa, estaban más obligados a acercarse a quienes necesitaban su ayuda, pero hoy nos la está dirigiendo a todos sus seguidores, si de veras lo somos. Por lo mismo, no podemos menos de plantearnos estas preguntas: ¿En cuál de los personajes que pasan junto al herido nos vemos retratados cada uno de nosotros?, ¿en los que pasan de largo, dando un rodeo, porque acaso piensen que tienen cosas muy importantes que hacer? o ¿en el que se toma la molestia de gastar tiempo y dinero atendiendo a uno que ni siquiera conocía?

Es ésta una llamada a unir el mandamiento del amor a Dios con el del amor al prójimo (al “próximo”, al más cercano), al hermano (como hijos de Dios que somos), sobre todo a ése que está sufriendo, víctima de tantas violencias, o de los fracasos de la vida, un anciano que se siente solo, un joven que no encuentra trabajo, un hijo o una hija en edad difícil o con problemas, un enfermo a quien nadie visita y tantas otras personas que están necesitando sencillamente un simple gesto, una palabra ante una necesidad que tú has sabido descubrir. Seguro que te lo agradecerá y, en todo caso, tu Padre que está en el cielo te lo tendrá muy en cuenta. Ya nos lo decía Jesús al hablar de la evaluación o examen final: “venid porque me disteis de comer… me visitasteis”. Anda y haz tú lo mismo (Lc 10, 37).

Por supuesto que en la Iglesia Católica y también en otras iglesias cristianas, hubo, desde siempre, numerosos portadores entusiastas del mensaje samaritano: ordenados “in sacris”, religiosos y religiosas, laicos y laicas que, cual buenos samaritanos y samaritanas, respondieron generosamente a la llamada del Señor y hoy continúan respondiendo a esa misma llamada. Conscientes siempre de que con harta frecuencia, quizá hoy más que nunca, de que pueden pagar con su vida su generosa entrega. Bien recientes son los últimos casos en diversos países.

La primera lectura de la misa de hoy está tomada del Deuteronomio, que es el último libro del Pentateuco; Deuteronomio significa “segunda ley”, y en él Moisés invita a su pueblo a cumplir la Alianza que habían pactado con Dios al comienzo de la travesía del desierto, tras haber salido de Egipto. El pasaje leído nos recuerda que la ley antigua, promulgada por Moisés y cuyo compendio son los diez mandamientos, no sólo continuaba vigente, sino que Jesús la completa y perfecciona, como podemos ver en el evangelio. Dios, a través de Moisés había dado a pueblo unas normas de vida, una “ley”, de la que se afirma que está muy cercana, “en tu corazón y en tu boca”. Sólo hace falta una cosa: “cumplirla”.

Esta ciencia de la voluntad de Dios, manifestada en los preceptos, no viene importada de lejos; bajó del cielo encarnada en la Persona divina que se hizo hombre. Efectivamente, a nosotros, cristianos, se nos ha acercado mucho más esta Palabra viva de Dios que es Cristo Jesús. Él, que es imagen de Dios invisible, dice la última palabra a la hora de determinar la conducta moral del hombre, al afirmar: No creáis que he venido a abolir la ley y los Profetas; no he venido a abolir, sino a darle plenitud (Mt 5, 17). Esta plenitud la encontramos muy concretamente cuando nos dice que todos los preceptos se resumen en el precepto del amor, en su doble dimensión: amor a Dios y al prójimo.

Este prójimo viene gráficamente expresado hoy en la parábola del Buen Samaritano, que hemos escuchado con atención. Un maestro de la ley se acerca a Jesús y le pregunta por el camino de la salvación; y lo primero que hace Jesús es remitirle a la ley antigua, para que responda él mismo: ¿qué está escrito en la ley? Y ésta fue su respuesta: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo. Jesús le dice: Haz esto y tendrás la vida (Mt 10, 26-28). A la nueva pregunta del maestro de la ley sobre quién es ese prójimo, al que hay que amar; Jesús le contará la parábola del Buen Samaritano, que constituye la más elocuente lección sobre el amor al prójimo.

Pero antes de que este buen hombre se acerque al herido han pasado otros personajes que son antiprójimos por su comportamiento: dos representantes de la vida religiosa del pueblo de Israel que, no tanto porque fueran indiferentes ante el que yacía malherido, sino porque seguían una ley, que prohibía tocar un cadáver por temor a contaminarse. El grave error está en que antepusieran la letra de la norma a la necesidad del prójimo malherido que está por encima de la ley. Sin embargo, por allí acertó a pasar un samaritano, un hombre perteneciente a aquella raza despreciada por el pueblo judío, y ya sabemos todo lo que hizo: curó sus heridas, lo cargó en su jumento, lo llevó a la posada, encargándole al posadero que cuidase de él y a la vuelta le pagaría los gastos.

La denuncia de Jesús iba dirigida principalmente a aquellos que, por su condición religiosa, estaban más obligados a acercarse a quienes necesitaban su ayuda, pero hoy nos la está dirigiendo a todos sus seguidores, si de veras lo somos. Por lo mismo, no podemos menos de plantearnos estas preguntas: ¿En cuál de los personajes que pasan junto al herido nos vemos retratados cada uno de nosotros?, ¿en los que pasan de largo, dando un rodeo, porque acaso piensen que tienen cosas muy importantes que hacer? o ¿en el que se toma la molestia de gastar tiempo y dinero atendiendo a uno que ni siquiera conocía?

Es ésta una llamada a unir el mandamiento del amor a Dios con el del amor al prójimo (al “próximo”, al más cercano), al hermano (como hijos de Dios que somos), sobre todo a ése que está sufriendo, víctima de tantas violencias, o de los fracasos de la vida, un anciano que se siente solo, un joven que no encuentra trabajo, un hijo o una hija en edad difícil o con problemas, un enfermo a quien nadie visita y tantas otras personas que están necesitando sencillamente un simple gesto, una palabra ante una necesidad que tú has sabido descubrir. Seguro que te lo agradecerá y, en todo caso, tu Padre que está en el cielo te lo tendrá muy en cuenta. Ya nos lo decía Jesús al hablar de la evaluación o examen final: “venid porque me disteis de comer… me visitasteis”. Anda y haz tú lo mismo (Lc 10, 37).

Por supuesto que en la Iglesia Católica y también en otras iglesias cristianas, hubo, desde siempre, numerosos portadores entusiastas del mensaje samaritano: ordenados “in sacris”, religiosos y religiosas, laicos y laicas que, cual buenos samaritanos y samaritanas, respondieron generosamente a la llamada del Señor y hoy continúan respondiendo a esa misma llamada. Conscientes siempre de que con harta frecuencia, quizá hoy más que nunca, de que pueden pagar con su vida su generosa entrega. Bien recientes son los últimos casos en diversos países.

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