/ sábado 20 de julio de 2019

EPISCOPEO

Jesús continúa los encuentros con todo tipo de personas en su viaje hacia Jerusalén. El texto evangélico del pasado domingo nos presentaba a un doctor que le preguntaba sobre la vida eterna y quién era su prójimo. Jesús le expuso la conocida parábola del samaritano, y tanto al doctor como a nosotros nos decía que el camino para llegar a Dios es la atención a toda persona necesitada, y nos invitaba a hacer lo mismo que hizo el samaritano.

Y en este camino hacia Jerusalén, Jesús entra hoy en la casa de unos amigos. S. Lucas solamente nos dice que entró en una casa, donde viven dos hermanas, Marta y María. S. Juan nos da a entender que estas hermanas, juntamente con su hermano Lázaro eran amigas de Jesús (Jn 11,1-5). Marta, buena anfitriona, se preocupó de agasajar al Maestro, lo amaba y quería darle una acogida digna, que no le faltara nada, que pudiera recuperar fuerzas para seguir el camino, y en este menester emplea su tiempo y sus energías. Podemos imaginar la escena. En cambio su hermana María se despreocupa de estas ocupaciones y se limita a ponerse a sus pies y escuchar su palabra. Esta actitud incomoda a Marta y desde la confianza que muestra hacia Jesús, le dice, más bien le increpa: Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano (10,40). Pero el Señor le respondió: Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la mejor parte (v.41). Marta con su comportamiento da más importancia al servicio que a la escucha.

Es lícito preocuparse por la casa, el vestido, la comida, la educación, tantas cosas como necesitamos o que necesitan los más próximos a nosotros, pero afanarse no lo es. La actitud de Jesús hacia María más que de regaño es una invitación a que se centre, a que recupere lo esencial: la escucha del maestro. Le invita a escoger la mejor parte, y única. También nosotros, los cristianos, los religiosos y religiosas, los sacerdotes podemos caer en el activismo, en la misma trampa que Marta; podemos querer servir al Señor y no escucharlo; podemos pensar que nuestro trabajo es lo mejor y juzgar a los demás porque no actúan como nosotros. Podemos estar tan ocupados en hacer tantas cosas que nos olvidemos de lo más importante. De Marta aprendemos que la vida de fe no consiste sólo en servir, necesitamos también pasar tiempos con Cristo. Nuestro servicio debe brotar de un corazón rebosante de pasar tiempo con Jesús. Estamos llamados a dar (samaritano), pero antes debemos recibir para poder dar. Tanto nosotros como la comunidad crece si escuchamos y ponemos en práctica la Palabra de Dios.

María nos enseña la actitud del verdadero discípulo: sentarnos a los pies de Jesús para escuchar su palabra. María se sentó para escuchar, dio preferencia a lo que realmente merecía la pena: oír la palabra de vida eterna. María tuvo en sus manos el escoger entre ser partícipe de la preocupación de Marta o sentarse a los pies de Cristo y aprender del maestro. Con esta actitud nos habla de la importancia que da a Jesús. No hace nada, simplemente mira y escucha al Señor. El verdadero discípulo primero escucha a Jesús. La fuente del discipulado está en escuchar a Jesús; de esta escucha debe nacer todo lo demás. La marca de identidad del verdadero discípulo está en la escucha a Jesús, sin menospreciar la labor de Marta que también es necesaria. Invitándonos siempre al equilibrio entre la escucha de la Palabra, que se debe palpar en una acción de servicio. La mayor prioridad en nuestras vidas debe ser escoger la parte buena, como lo hizo María: aprender de Jesús para que podamos llegar a ser como Él. Si no hacemos esto, ¿cómo podemos seguirlo? Esta es la advertencia y el mensaje del texto, válido para toda persona, pues en la medida en que se deje iluminar por la luz de la palabra (Lc 8,16), podrá también ser ella luz del mundo (Mt 5,14), y dar testimonio de la acción de Dios en subida.

El texto se presta para que nos hagamos muchas preguntas sobre nuestra relación con el Señor. ¿Seguimos caminando con el Señor como discípulos de Jesús? Si Jesús entrara en nuestra casa, en mi casa, ¿qué postura tomaríamos, la de Marta o la de María? ¿Cómo es posible que tanta gente que se llama cristiana, no valore la Palabra de Dios y no le importe llegar tarde a la misa?

Jesús continúa los encuentros con todo tipo de personas en su viaje hacia Jerusalén. El texto evangélico del pasado domingo nos presentaba a un doctor que le preguntaba sobre la vida eterna y quién era su prójimo. Jesús le expuso la conocida parábola del samaritano, y tanto al doctor como a nosotros nos decía que el camino para llegar a Dios es la atención a toda persona necesitada, y nos invitaba a hacer lo mismo que hizo el samaritano.

Y en este camino hacia Jerusalén, Jesús entra hoy en la casa de unos amigos. S. Lucas solamente nos dice que entró en una casa, donde viven dos hermanas, Marta y María. S. Juan nos da a entender que estas hermanas, juntamente con su hermano Lázaro eran amigas de Jesús (Jn 11,1-5). Marta, buena anfitriona, se preocupó de agasajar al Maestro, lo amaba y quería darle una acogida digna, que no le faltara nada, que pudiera recuperar fuerzas para seguir el camino, y en este menester emplea su tiempo y sus energías. Podemos imaginar la escena. En cambio su hermana María se despreocupa de estas ocupaciones y se limita a ponerse a sus pies y escuchar su palabra. Esta actitud incomoda a Marta y desde la confianza que muestra hacia Jesús, le dice, más bien le increpa: Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano (10,40). Pero el Señor le respondió: Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la mejor parte (v.41). Marta con su comportamiento da más importancia al servicio que a la escucha.

Es lícito preocuparse por la casa, el vestido, la comida, la educación, tantas cosas como necesitamos o que necesitan los más próximos a nosotros, pero afanarse no lo es. La actitud de Jesús hacia María más que de regaño es una invitación a que se centre, a que recupere lo esencial: la escucha del maestro. Le invita a escoger la mejor parte, y única. También nosotros, los cristianos, los religiosos y religiosas, los sacerdotes podemos caer en el activismo, en la misma trampa que Marta; podemos querer servir al Señor y no escucharlo; podemos pensar que nuestro trabajo es lo mejor y juzgar a los demás porque no actúan como nosotros. Podemos estar tan ocupados en hacer tantas cosas que nos olvidemos de lo más importante. De Marta aprendemos que la vida de fe no consiste sólo en servir, necesitamos también pasar tiempos con Cristo. Nuestro servicio debe brotar de un corazón rebosante de pasar tiempo con Jesús. Estamos llamados a dar (samaritano), pero antes debemos recibir para poder dar. Tanto nosotros como la comunidad crece si escuchamos y ponemos en práctica la Palabra de Dios.

María nos enseña la actitud del verdadero discípulo: sentarnos a los pies de Jesús para escuchar su palabra. María se sentó para escuchar, dio preferencia a lo que realmente merecía la pena: oír la palabra de vida eterna. María tuvo en sus manos el escoger entre ser partícipe de la preocupación de Marta o sentarse a los pies de Cristo y aprender del maestro. Con esta actitud nos habla de la importancia que da a Jesús. No hace nada, simplemente mira y escucha al Señor. El verdadero discípulo primero escucha a Jesús. La fuente del discipulado está en escuchar a Jesús; de esta escucha debe nacer todo lo demás. La marca de identidad del verdadero discípulo está en la escucha a Jesús, sin menospreciar la labor de Marta que también es necesaria. Invitándonos siempre al equilibrio entre la escucha de la Palabra, que se debe palpar en una acción de servicio. La mayor prioridad en nuestras vidas debe ser escoger la parte buena, como lo hizo María: aprender de Jesús para que podamos llegar a ser como Él. Si no hacemos esto, ¿cómo podemos seguirlo? Esta es la advertencia y el mensaje del texto, válido para toda persona, pues en la medida en que se deje iluminar por la luz de la palabra (Lc 8,16), podrá también ser ella luz del mundo (Mt 5,14), y dar testimonio de la acción de Dios en subida.

El texto se presta para que nos hagamos muchas preguntas sobre nuestra relación con el Señor. ¿Seguimos caminando con el Señor como discípulos de Jesús? Si Jesús entrara en nuestra casa, en mi casa, ¿qué postura tomaríamos, la de Marta o la de María? ¿Cómo es posible que tanta gente que se llama cristiana, no valore la Palabra de Dios y no le importe llegar tarde a la misa?

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