/ sábado 7 de septiembre de 2019

EPISCOPEO

La lectura del libro de la Sabiduría, enseña que Dios hizo al mundo sabiamente y puso en él al hombre, dejándolo en manos de su libre albedrío, para que lo administrara. Para ello, necesita la sabiduría, a fin de regirlo según la mente de Dios, que lo hace partícipe de su espíritu de inteligencia, si se lo pide, una inteligencia que sobrepasa el conocimiento natural.

En el fragmento de la breve carta de san Pablo a Filemón, el autor le dice que le devuelve a su esclavo huido, Onésimo -a quien convirtió en la prisión-, no ya como esclavo, sino como hermano en Cristo, y le pide que lo reciba como tal.

El evangelio de Lucas recoge una enseñanza de Jesús a sus discípulos, en la que les inculca que seguirlo a Él comporta gran exigencia, pues requiere anteponerlo a Él (habla de su persona, no del reino) a todo lo demás: sus discípulos han de seguirlo llevando su cruz.

Normalmente la segunda lectura propone la lección continuada de las cartas apostólicas, por lo que sólo casualmente guarda relación con el tema principal de la palabra de Dios del domingo, propuesto por el evangelio. El tema de este domingo se centra en lo comprometido que es el seguimiento de Jesús. Por eso, a pesar de la introducción que hace Lucas, de que mucha gente acompañaba a Jesús, parece razonable pensar que Jesús habla para los discípulos declarados. La segunda lectura no conecta con el tema del seguimiento de Jesús. En cambio, la primera lectura presenta un leve contacto con el evangelio por la parte de la sabiduría o prudencia con que el hombre debe conducirse en la vida, para agradar al Señor, actuando con santidad y justicia (Sab 9,3). De forma semejante, el discípulo de Jesús ha de proceder con prudencia al plantearse seguir a Jesús.

Nos centramos, pues, en la enseñanza del evangelio. Llama la atención la radicalidad con que Jesús plantea a sus discípulos el asunto de su seguimiento, diciéndoles que deben de anteponerlo a Él frente a sus seres más queridos (en el capítulo 12 del evangelio de Lucas, advierte de que su mensaje causará la división en las mismas familias). Si examinamos la cuestión de cerca, convendremos en que hay situaciones extremas en las que una elección disyuntiva (o por Cristo o contra Cristo) es ineludible, pues “no hay otro camino para la vida eterna que seguir a Jesús” (Schmid, El evangelio según san Lucas, Herder, 356). Como dicen Pedro y Juan al Sanedrín de Jerusalén, es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 4,19). En este caso, se ha de estar dispuesto al martirio por Cristo, es decir, a tomar la cruz en pos de Cristo (aquí el tomar la cruz alude claramente al destino de muerte de Jesús). Si bien, el llevar la cruz admite también una interpretación más general, en la que cabe entender la carga de los sacrificios que acarrea la vida cristiana.

Cuando Jesús exige a sus discípulos que han de ponerlo por delante de sus seres queridos, no está anulando el cuarto mandamiento, que, por otra parte, reconoce de manera expresa: Honra a tu padre y a tu madre (Lc 18,20; cf. Mc 9,19; 7,10-12), sino exigiendo la radical decisión de “posponer todos los lazos naturales humanos al vínculo que une con Jesús” (Schmid, 357) (Lc 8,19-21; 9,59-62). Pero ésta es una opción que no se plantea a todos los discípulos, sino sólo a algunos.

Tal es la intención de las dos parábolas que propone Jesús, inculcando la sensatez con que se ha de optar por un discipulado radical. El discípulo que se lanza inconscientemente a un compromiso total con Jesús se parece al que emprende una construcción sin haber echado cuentas, o al rey que acomete una guerra sin reparar en sus posibilidades de éxito; uno y otro terminan en un fracaso ridículo o estrepitoso. El compromiso es serio y requiere reflexión: si no está dispuesto a renunciar a todos sus bienes, mejor que no se comprometa a un seguimiento de Jesús más de cerca, bien en la vida religiosa o en el sacerdocio o en la misión de anunciar el Evangelio (Lc 12,33; 18,22). Eso no quita que todos los que han recibido el anuncio de la buena noticia del Evangelio deban seguir a Jesús, adoptando en su vida lo esencial de su mensaje.

¿Quiere esto decir que los que pretendemos seguir a Jesús de un modo más radical, desprendidos de los bienes materiales y renunciando a formar una familia y a la libre disposición de nuestro albedrío estamos dotados de una fuerza extraordinaria? Yo, al menos, no soy consciente de ello. Lo que sí creo es que, a quien Dios hace esa llamada especial, le da la gracia de seguirla, de forma espontánea.

Dado que la Iglesia precisa de cristianos que comprometan su vida de forma radical en la tarea de la difusión e instauración del Reino de Dios, pidamos al Señor que suscite estas vocaciones en su Iglesia.

La lectura del libro de la Sabiduría, enseña que Dios hizo al mundo sabiamente y puso en él al hombre, dejándolo en manos de su libre albedrío, para que lo administrara. Para ello, necesita la sabiduría, a fin de regirlo según la mente de Dios, que lo hace partícipe de su espíritu de inteligencia, si se lo pide, una inteligencia que sobrepasa el conocimiento natural.

En el fragmento de la breve carta de san Pablo a Filemón, el autor le dice que le devuelve a su esclavo huido, Onésimo -a quien convirtió en la prisión-, no ya como esclavo, sino como hermano en Cristo, y le pide que lo reciba como tal.

El evangelio de Lucas recoge una enseñanza de Jesús a sus discípulos, en la que les inculca que seguirlo a Él comporta gran exigencia, pues requiere anteponerlo a Él (habla de su persona, no del reino) a todo lo demás: sus discípulos han de seguirlo llevando su cruz.

Normalmente la segunda lectura propone la lección continuada de las cartas apostólicas, por lo que sólo casualmente guarda relación con el tema principal de la palabra de Dios del domingo, propuesto por el evangelio. El tema de este domingo se centra en lo comprometido que es el seguimiento de Jesús. Por eso, a pesar de la introducción que hace Lucas, de que mucha gente acompañaba a Jesús, parece razonable pensar que Jesús habla para los discípulos declarados. La segunda lectura no conecta con el tema del seguimiento de Jesús. En cambio, la primera lectura presenta un leve contacto con el evangelio por la parte de la sabiduría o prudencia con que el hombre debe conducirse en la vida, para agradar al Señor, actuando con santidad y justicia (Sab 9,3). De forma semejante, el discípulo de Jesús ha de proceder con prudencia al plantearse seguir a Jesús.

Nos centramos, pues, en la enseñanza del evangelio. Llama la atención la radicalidad con que Jesús plantea a sus discípulos el asunto de su seguimiento, diciéndoles que deben de anteponerlo a Él frente a sus seres más queridos (en el capítulo 12 del evangelio de Lucas, advierte de que su mensaje causará la división en las mismas familias). Si examinamos la cuestión de cerca, convendremos en que hay situaciones extremas en las que una elección disyuntiva (o por Cristo o contra Cristo) es ineludible, pues “no hay otro camino para la vida eterna que seguir a Jesús” (Schmid, El evangelio según san Lucas, Herder, 356). Como dicen Pedro y Juan al Sanedrín de Jerusalén, es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 4,19). En este caso, se ha de estar dispuesto al martirio por Cristo, es decir, a tomar la cruz en pos de Cristo (aquí el tomar la cruz alude claramente al destino de muerte de Jesús). Si bien, el llevar la cruz admite también una interpretación más general, en la que cabe entender la carga de los sacrificios que acarrea la vida cristiana.

Cuando Jesús exige a sus discípulos que han de ponerlo por delante de sus seres queridos, no está anulando el cuarto mandamiento, que, por otra parte, reconoce de manera expresa: Honra a tu padre y a tu madre (Lc 18,20; cf. Mc 9,19; 7,10-12), sino exigiendo la radical decisión de “posponer todos los lazos naturales humanos al vínculo que une con Jesús” (Schmid, 357) (Lc 8,19-21; 9,59-62). Pero ésta es una opción que no se plantea a todos los discípulos, sino sólo a algunos.

Tal es la intención de las dos parábolas que propone Jesús, inculcando la sensatez con que se ha de optar por un discipulado radical. El discípulo que se lanza inconscientemente a un compromiso total con Jesús se parece al que emprende una construcción sin haber echado cuentas, o al rey que acomete una guerra sin reparar en sus posibilidades de éxito; uno y otro terminan en un fracaso ridículo o estrepitoso. El compromiso es serio y requiere reflexión: si no está dispuesto a renunciar a todos sus bienes, mejor que no se comprometa a un seguimiento de Jesús más de cerca, bien en la vida religiosa o en el sacerdocio o en la misión de anunciar el Evangelio (Lc 12,33; 18,22). Eso no quita que todos los que han recibido el anuncio de la buena noticia del Evangelio deban seguir a Jesús, adoptando en su vida lo esencial de su mensaje.

¿Quiere esto decir que los que pretendemos seguir a Jesús de un modo más radical, desprendidos de los bienes materiales y renunciando a formar una familia y a la libre disposición de nuestro albedrío estamos dotados de una fuerza extraordinaria? Yo, al menos, no soy consciente de ello. Lo que sí creo es que, a quien Dios hace esa llamada especial, le da la gracia de seguirla, de forma espontánea.

Dado que la Iglesia precisa de cristianos que comprometan su vida de forma radical en la tarea de la difusión e instauración del Reino de Dios, pidamos al Señor que suscite estas vocaciones en su Iglesia.

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