/ sábado 30 de noviembre de 2019

EPISCOPEO

Hoy, día 1 de diciembre, no sólo damos comienzo al Adviento sino también al nuevo Año litúrgico. Y ya sabemos todos que el primer mensaje que brota de ambos es la invitación a preparar la conmemoración de la primera venida del Hijo de Dios hecho hombre; al mismo tiempo se nos quiere recordar que habrá segunda venida de Él mismo en poder y gloria al fin de los tiempos. Y todo ello sin perder la perspectiva del tiempo presente en el que tiene lugar la continua y misteriosa presencia de Dios en los acontecimientos diarios de la historia personal y comunitaria.

Las lecturas nos hablan elocuentemente de todo ello. Así, el profeta Isaías nos hace descubrir a Dios en medio de los hombres, a los que quiere reunir en la paz de su Reino. Caminemos -dice el profeta- a la luz del Señor (Is 2, 5). A su vez, el apóstol san Pablo nos apremia a dejar las obras de las tinieblas y a revestirnos del Señor Jesucristo (Rom 13, 12.14). Disposiciones éstas que se hacen más apremiantes aún con lo que el Señor nos dice hoy en el evangelio, hablando de la incertidumbre de la hora y la sorpresa de la segunda venida que, para cada uno de nosotros, tiene su preludio con el final de nuestra propia vida.

Quizás esta doble perspectiva puede llevarnos al desasosiego e, incluso, a la angustia, cuando el Adviento es, sobre todo, tiempo de esperanza por encima de todo. No otra fue la intención del Concilio Vaticano II, al regalarnos la Constitución Gaudium et Spes (Gozo y Esperanza). En efecto, estos sentimientos son los que el cristiano tiene que alimentar siempre y de manera muy especial en este tiempo litúrgico que iniciamos, camino de la Navidad y del fin del Año civil, cuya celebración nos debe preparar una feliz entrada en el Nuevo Año. Les ofrezco un breve pasaje del documento conciliar en relación con el deseo que todos abrigamos de conseguir una felicidad verdadera:

La semilla de eternidad que el hombre lleva en sí, por ser irreductible a la sola materia, se levanta contra la muerte. Todas las comodidades de la técnica, aunque utilísimas, no son capaces de calmar la ansiedad del hombre, pues ninguna prolongación de la longevidad biológica es capaz de satisfacer aquel deseo de una vida ulterior que radica ineluctablemente en su corazón” (GS 18).

Efectivamente, el hombre que investiga el espacio y la materia se pierde en su propio misterio. Se considera a sí mismo como una contradicción entre sus aspiraciones y limitaciones: el ansia de vivir y el límite de la muerte; sueños de grandeza y realidad de la pequeñez y el anonimato; necesidad de altura y lastre de la materia; voluntad de infinito y limitación en todo… Pues bien, sólo la esperanza cristiana, especialmente presente en el Adviento, nos asegura que Dios, viene, que estamos en un estadio de marcha hacia la dicha y la patria, que Dios nos va a salvar y nos elevará, que es lo mismo que hacer realidad nuestras aspiraciones de grandeza y felicidad. Por supuesto que esta esperanza no puede ahorrar nuestro esfuerzo; lo que sí aportará es añadirle valor para hacerlo eficaz.

En este recorrido del Adviento sabemos que el propio Jesús se hace compañero de camino, puesto que su promesa es irreversible: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos (Mt 28,21). Pero estas cuatro semanas del Adviento nos acompañarán también tres importantísimas figuras que nos van a decir cómo prepararon ellas la venida del Hijo de Dios y nos enseñarán a prepararla nosotros. Sin duda que las conocemos: el profeta Isaías, Juan el Bautista y la Santísima Virgen María. El profeta lo anunció a pueblo judío allá por el año 740 antes de Cristo y hoy hemos escuchado su palabra: Caminemos a la luz del Señor (Is 2,5). El Bautista nos dirá más adelante: Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos (Mt 3, 2). La Santísima Virgen María es la Madre del Mesías esperado.

Ahí está su hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38); es la respuesta a lo que le pide el Señor: ser Madre de Dios. Sus palabras nos invitan a cumplir siempre la voluntad de Dios. Ante la escena de la Anunciación san Agustín posaba su mirada contemplativa en María y acababa diciéndose a sí mismo: “Contempla esta sierva casta, virgen y madre; allí tomó (el Verbo) la forma de esclavo, allí se despojó de sus riquezas, allí nos enriqueció” (Enarr. in Ps, 101, s. I, 1). Contemplemos a María y hagamos nuestra la reflexión del Santo. La fiesta de la Inmaculada Concepción que celebraremos el próximo domingo nos invitará a vivir en su compañía a lo largo del Adviento.

El Adviento, en fin, no es tanto cuestión de calendario –unas semanas de preparación para la Navidad–, cuanto una actitud espiritual que deberá durar todo el año, sólo que en estos días la intensificamos de un modo especial; es ésta una actitud de atención, de vigilancia, de espera activa. Igual que la Pascua, que tampoco puede quedar reducida a un espacio de siete semanas, sino una convicción que nos impulsa a tenerla presente todo el año, aunque en esos cincuenta días la celebremos con mayor intensidad.

La Eucaristía dominical que celebramos, escuchando la Palabra de Dios y recibiendo en la comunión a Cristo Jesús, alimento de vida, es la mejor manera de dar consistencia a lo que a continuación debemos manifestar en nuestra actuación donde quiera que nos encontremos: que estemos atentos a ese Dios que quiso llamarse y ser Dios-con-nosotros.

Hoy, día 1 de diciembre, no sólo damos comienzo al Adviento sino también al nuevo Año litúrgico. Y ya sabemos todos que el primer mensaje que brota de ambos es la invitación a preparar la conmemoración de la primera venida del Hijo de Dios hecho hombre; al mismo tiempo se nos quiere recordar que habrá segunda venida de Él mismo en poder y gloria al fin de los tiempos. Y todo ello sin perder la perspectiva del tiempo presente en el que tiene lugar la continua y misteriosa presencia de Dios en los acontecimientos diarios de la historia personal y comunitaria.

Las lecturas nos hablan elocuentemente de todo ello. Así, el profeta Isaías nos hace descubrir a Dios en medio de los hombres, a los que quiere reunir en la paz de su Reino. Caminemos -dice el profeta- a la luz del Señor (Is 2, 5). A su vez, el apóstol san Pablo nos apremia a dejar las obras de las tinieblas y a revestirnos del Señor Jesucristo (Rom 13, 12.14). Disposiciones éstas que se hacen más apremiantes aún con lo que el Señor nos dice hoy en el evangelio, hablando de la incertidumbre de la hora y la sorpresa de la segunda venida que, para cada uno de nosotros, tiene su preludio con el final de nuestra propia vida.

Quizás esta doble perspectiva puede llevarnos al desasosiego e, incluso, a la angustia, cuando el Adviento es, sobre todo, tiempo de esperanza por encima de todo. No otra fue la intención del Concilio Vaticano II, al regalarnos la Constitución Gaudium et Spes (Gozo y Esperanza). En efecto, estos sentimientos son los que el cristiano tiene que alimentar siempre y de manera muy especial en este tiempo litúrgico que iniciamos, camino de la Navidad y del fin del Año civil, cuya celebración nos debe preparar una feliz entrada en el Nuevo Año. Les ofrezco un breve pasaje del documento conciliar en relación con el deseo que todos abrigamos de conseguir una felicidad verdadera:

La semilla de eternidad que el hombre lleva en sí, por ser irreductible a la sola materia, se levanta contra la muerte. Todas las comodidades de la técnica, aunque utilísimas, no son capaces de calmar la ansiedad del hombre, pues ninguna prolongación de la longevidad biológica es capaz de satisfacer aquel deseo de una vida ulterior que radica ineluctablemente en su corazón” (GS 18).

Efectivamente, el hombre que investiga el espacio y la materia se pierde en su propio misterio. Se considera a sí mismo como una contradicción entre sus aspiraciones y limitaciones: el ansia de vivir y el límite de la muerte; sueños de grandeza y realidad de la pequeñez y el anonimato; necesidad de altura y lastre de la materia; voluntad de infinito y limitación en todo… Pues bien, sólo la esperanza cristiana, especialmente presente en el Adviento, nos asegura que Dios, viene, que estamos en un estadio de marcha hacia la dicha y la patria, que Dios nos va a salvar y nos elevará, que es lo mismo que hacer realidad nuestras aspiraciones de grandeza y felicidad. Por supuesto que esta esperanza no puede ahorrar nuestro esfuerzo; lo que sí aportará es añadirle valor para hacerlo eficaz.

En este recorrido del Adviento sabemos que el propio Jesús se hace compañero de camino, puesto que su promesa es irreversible: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos (Mt 28,21). Pero estas cuatro semanas del Adviento nos acompañarán también tres importantísimas figuras que nos van a decir cómo prepararon ellas la venida del Hijo de Dios y nos enseñarán a prepararla nosotros. Sin duda que las conocemos: el profeta Isaías, Juan el Bautista y la Santísima Virgen María. El profeta lo anunció a pueblo judío allá por el año 740 antes de Cristo y hoy hemos escuchado su palabra: Caminemos a la luz del Señor (Is 2,5). El Bautista nos dirá más adelante: Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos (Mt 3, 2). La Santísima Virgen María es la Madre del Mesías esperado.

Ahí está su hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38); es la respuesta a lo que le pide el Señor: ser Madre de Dios. Sus palabras nos invitan a cumplir siempre la voluntad de Dios. Ante la escena de la Anunciación san Agustín posaba su mirada contemplativa en María y acababa diciéndose a sí mismo: “Contempla esta sierva casta, virgen y madre; allí tomó (el Verbo) la forma de esclavo, allí se despojó de sus riquezas, allí nos enriqueció” (Enarr. in Ps, 101, s. I, 1). Contemplemos a María y hagamos nuestra la reflexión del Santo. La fiesta de la Inmaculada Concepción que celebraremos el próximo domingo nos invitará a vivir en su compañía a lo largo del Adviento.

El Adviento, en fin, no es tanto cuestión de calendario –unas semanas de preparación para la Navidad–, cuanto una actitud espiritual que deberá durar todo el año, sólo que en estos días la intensificamos de un modo especial; es ésta una actitud de atención, de vigilancia, de espera activa. Igual que la Pascua, que tampoco puede quedar reducida a un espacio de siete semanas, sino una convicción que nos impulsa a tenerla presente todo el año, aunque en esos cincuenta días la celebremos con mayor intensidad.

La Eucaristía dominical que celebramos, escuchando la Palabra de Dios y recibiendo en la comunión a Cristo Jesús, alimento de vida, es la mejor manera de dar consistencia a lo que a continuación debemos manifestar en nuestra actuación donde quiera que nos encontremos: que estemos atentos a ese Dios que quiso llamarse y ser Dios-con-nosotros.

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