/ lunes 10 de diciembre de 2018

Intellego ut credam

La experiencia del Tepeyac va actualizándose en cada momento de la historia y en cada mexicano. Manifestación divina que dignifica por mucho a la mujer y que convierte al macehual en hijo y a todos nos hermana.

Diciembre es el mes más esperado y especial por sus tradicionales festejos. En nuestra Iglesia Mexicana lo es todavía más por todos los ingredientes que se han venido conjugando para que, como es costumbre cada año, en cada familia y en cada pueblo recrear los festejos guadalupanos más entusiastas en los que se involucran miles de creyentes.

Particularmente Nuestra Señora de Guadalupe es un signo de identidad y de unidad nacional. Su imagen se ve representada de mil modos, en diversos en cuadros, fotografías, esculturas, tallas, tejidos llenos de colorido, etc. Ninguna otra realidad como la Virgen de Guadalupe ha contribuido y contribuye en México a unir a los mexicanos de todas las clases y condiciones sociales, incluso fuera de sus fronteras nacionales. Se puede afirmar que hay todo un arte guadalupano, con su sello autóctono.

Pero por encima de todo, Guadalupe es un símbolo patrio querido por los hijos, fuera y dentro del país, y reconocido en todo el mundo como seña de identidad del mexicano, incluso independientemente de la fe religiosa que profese.

Por estos días las peregrinaciones a la virgen de Guadalupe en las principales calles de nuestros pueblos y ciudades están a su máximo esplendor, mientras, un buen número de comunidades organizan las carreras guadalupanas, saliendo desde los principales Santuarios a la Morenita del Tepeyac portando la Antorcha que simboliza la fe que arde en Cristo Jesús. En ellas participan sobre todo, miles de jóvenes entusiastas. Y es que esta hermosa tradición se está albergando fuertemente en el corazón y en la mente de los católicos de nuestra Iglesia.

Con una profunda raíz histórica se vive con inmensa alegría y latente expectativa en las comunidades. Es grato recordar, y reavivar la imagen que desde la infancia se queda para siempre grabada al contemplar la flama en su pebetero, alzada con mano firme y que simboliza la fuerza capital de nuestra fe, que se ilumina desde el rostro de Santa María de Guadalupe, se ve Así el esperanzador futuro que ilumina con la certeza de que la siempre virgen María es nuestra amada Madre, y ella se queda entre nosotros y nos muestra diligente a su Hijo el Salvador de nuestras vidas.

El pueblo con grande expectativa y emoción aguarda la llegada de la Antorcha Guadalupana. Hoy por hoy, es gratificante contemplar la actitud entusiasta de más miles de jóvenes. En una impresionante organización que, dicho sea de paso, impacta en casi todo nuestro territorio nacional, las carreteras y caminos se ven iluminados con este rio guadalupano que hace sentir su caudal cristiano, católico que sigue floreciendo en el corazón de todo México. ¡Virgen, ¡Virgen Morena, bajo tus plantas brotó un rosal tu mirada cual lucero del Tepeyac brota así mí patria fuerte y sin igual flor hermosa de hispanidad! ¡En pie... valor... luchar!

Ante la imagen excelsa de la guadalupana se pronuncian emotivas palabras que estremecen a los participantes, arengas bien preparadas que exaltan con decisión la grandeza de tan dulce señora, la bondad y el amor que distingue por mucho a la nación cuyo máximo signo es la ¡Virgen Madre de Guadalupe!

El 12 de diciembre, desde temprano, se ejecuta una tradición muy mexicana, muy nuestra que hay que valorar, que hay que vivir con intensidad, para seguir aprendiendo el mensaje que la virgencita nos da, su Hijo amado, nuestro hermano, pues Él es la buena nueva que alegre nos comunica.

Por eso es nuestra reina, nuestra gran emperatriz, nuestra dulce y abnegada madre, que siempre está atenta a nuestra necesidad. Por eso le cantamos, le veneramos con prontitud, por eso le mostramos la antorcha encendida de nuestra fe sincera, que ilumina la esperanza cierta de saber que ella nunca nos fallará.

Este ferviente amor a la Virgen de Guadalupe encontró un terreno fértil desde el mismo principio de la Evangelización de nuestros pueblos, la aceptación gozosa del salvador y de su mensaje, creándose así una extraordinaria comunión que nos identifica como un pueblo grande, motivado por la fe que se manifiesta tan rica y expresiva. La experiencia del Tepeyac va actualizándose en cada momento de la historia y en cada mexicano. Manifestación divina que dignifica por mucho a la mujer y que convierte al macehual en hijo y a todos nos hermana.

Esta renovada actitud hace propició el crecimiento en la fraternidad que hoy por hoy nos urge hacer valer. Ella pues, y todo su grandioso significado de fe, representa el magno acontecimiento de nuestra identidad nacional. Por eso le cantamos, le veneramos con prontitud, por eso le mostramos la antorcha encendida de nuestra fe sincera, que ilumina la esperanza cierta de saber que ella nunca nos dejará de su mano.

La experiencia del Tepeyac va actualizándose en cada momento de la historia y en cada mexicano. Manifestación divina que dignifica por mucho a la mujer y que convierte al macehual en hijo y a todos nos hermana.

Diciembre es el mes más esperado y especial por sus tradicionales festejos. En nuestra Iglesia Mexicana lo es todavía más por todos los ingredientes que se han venido conjugando para que, como es costumbre cada año, en cada familia y en cada pueblo recrear los festejos guadalupanos más entusiastas en los que se involucran miles de creyentes.

Particularmente Nuestra Señora de Guadalupe es un signo de identidad y de unidad nacional. Su imagen se ve representada de mil modos, en diversos en cuadros, fotografías, esculturas, tallas, tejidos llenos de colorido, etc. Ninguna otra realidad como la Virgen de Guadalupe ha contribuido y contribuye en México a unir a los mexicanos de todas las clases y condiciones sociales, incluso fuera de sus fronteras nacionales. Se puede afirmar que hay todo un arte guadalupano, con su sello autóctono.

Pero por encima de todo, Guadalupe es un símbolo patrio querido por los hijos, fuera y dentro del país, y reconocido en todo el mundo como seña de identidad del mexicano, incluso independientemente de la fe religiosa que profese.

Por estos días las peregrinaciones a la virgen de Guadalupe en las principales calles de nuestros pueblos y ciudades están a su máximo esplendor, mientras, un buen número de comunidades organizan las carreras guadalupanas, saliendo desde los principales Santuarios a la Morenita del Tepeyac portando la Antorcha que simboliza la fe que arde en Cristo Jesús. En ellas participan sobre todo, miles de jóvenes entusiastas. Y es que esta hermosa tradición se está albergando fuertemente en el corazón y en la mente de los católicos de nuestra Iglesia.

Con una profunda raíz histórica se vive con inmensa alegría y latente expectativa en las comunidades. Es grato recordar, y reavivar la imagen que desde la infancia se queda para siempre grabada al contemplar la flama en su pebetero, alzada con mano firme y que simboliza la fuerza capital de nuestra fe, que se ilumina desde el rostro de Santa María de Guadalupe, se ve Así el esperanzador futuro que ilumina con la certeza de que la siempre virgen María es nuestra amada Madre, y ella se queda entre nosotros y nos muestra diligente a su Hijo el Salvador de nuestras vidas.

El pueblo con grande expectativa y emoción aguarda la llegada de la Antorcha Guadalupana. Hoy por hoy, es gratificante contemplar la actitud entusiasta de más miles de jóvenes. En una impresionante organización que, dicho sea de paso, impacta en casi todo nuestro territorio nacional, las carreteras y caminos se ven iluminados con este rio guadalupano que hace sentir su caudal cristiano, católico que sigue floreciendo en el corazón de todo México. ¡Virgen, ¡Virgen Morena, bajo tus plantas brotó un rosal tu mirada cual lucero del Tepeyac brota así mí patria fuerte y sin igual flor hermosa de hispanidad! ¡En pie... valor... luchar!

Ante la imagen excelsa de la guadalupana se pronuncian emotivas palabras que estremecen a los participantes, arengas bien preparadas que exaltan con decisión la grandeza de tan dulce señora, la bondad y el amor que distingue por mucho a la nación cuyo máximo signo es la ¡Virgen Madre de Guadalupe!

El 12 de diciembre, desde temprano, se ejecuta una tradición muy mexicana, muy nuestra que hay que valorar, que hay que vivir con intensidad, para seguir aprendiendo el mensaje que la virgencita nos da, su Hijo amado, nuestro hermano, pues Él es la buena nueva que alegre nos comunica.

Por eso es nuestra reina, nuestra gran emperatriz, nuestra dulce y abnegada madre, que siempre está atenta a nuestra necesidad. Por eso le cantamos, le veneramos con prontitud, por eso le mostramos la antorcha encendida de nuestra fe sincera, que ilumina la esperanza cierta de saber que ella nunca nos fallará.

Este ferviente amor a la Virgen de Guadalupe encontró un terreno fértil desde el mismo principio de la Evangelización de nuestros pueblos, la aceptación gozosa del salvador y de su mensaje, creándose así una extraordinaria comunión que nos identifica como un pueblo grande, motivado por la fe que se manifiesta tan rica y expresiva. La experiencia del Tepeyac va actualizándose en cada momento de la historia y en cada mexicano. Manifestación divina que dignifica por mucho a la mujer y que convierte al macehual en hijo y a todos nos hermana.

Esta renovada actitud hace propició el crecimiento en la fraternidad que hoy por hoy nos urge hacer valer. Ella pues, y todo su grandioso significado de fe, representa el magno acontecimiento de nuestra identidad nacional. Por eso le cantamos, le veneramos con prontitud, por eso le mostramos la antorcha encendida de nuestra fe sincera, que ilumina la esperanza cierta de saber que ella nunca nos dejará de su mano.

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