/ domingo 9 de agosto de 2020

Jóvenes volver a pensar

Racionalismo abatido

Seguramente, todos tengamos la experiencia de un cambio más o menos profundo en nuestro pensamiento o, lo que es lo mismo, en nuestra forma de contemplar la realidad, a partir de una interesante charla, algún viaje o la lectura de un viejo libro.

Mi caso es el último, si bien, un buen amigo me sigue susurrando que más que un cambio, ha sido un redescubrimiento. Pues bien, con el permiso del lector, con el que empiezo a familiarizarme, y, no sin un cierto rubor, por el pudor que se siente al descubrir algo de sí mismo, el causante de este meditar ha sido el libro "Reflexiones sobre la Revolución Francesa", de Edmun Burke. A este autor y pensador inglés se le ha tenido como uno de los padres del conservadurismo ideológico, nacido en oposición frontal a los intereses y contravalores de la Revolución Francesa.

Burke at his best is England at his best, se ha llegado a decir en el prólogo de una de sus obras, y, ciertamente, si lo mejor de Inglaterra se daba con lo mejor de Burke, no deja de ser una obra imprescindible en la biblioteca del pensador y politólogo. Frente al racionalismo ilustrado, basado en la duda cartesiana, que viene a decirnos que no hay conocimiento cierto si no son evidentes y constatables todos y cada uno de sus elementos, Burke, de la mano de la tradición, la experiencia de nuestros mayores y todavía sin complejos ni oscuros miedos -hoy, por cierto, tan explícitos y asentados en esa duda racionalista- nos presenta el prejuicio como una forma de conocimiento, sabiduría sin reflexión recibido como herencia de nuestros antepasados que compromete previamente a nuestra inteligencia y siempre será un elemento de rápida aplicación en los casos de urgencia.

Pero no sólo una forma de conocimiento -apostilla R. Nisbert- sino de entendimiento y de sentir, diseñado para oponerse al gnosticismo y contra el racionalismo puro a través de la alabanza del inconsciente, de lo prerracional y lo tradicional. En definitiva, un capital común acumulado por las naciones y los siglos en cuya aceptación reside una gran seguridad, por la certeza de que la inteligencia y lo inteligido individualmente, siempre será inferior a la inteligencia colectiva.

Así, las instituciones tradicionales de una nación o de una sociedad como la monarquía, la iglesia, la familia o la patria, no tendrán que estar en permanente estado de justificación, el sufragio universal de los siglos, como me gusta decir, sirve de base para su aceptación, si bien no quita, para que tenga otras y más importantes características legitimadoras, como también veremos. Lo que Burke llama prejuicio, Ortega lo denominaba creencia, Hayek superstición, en su sentido más positivo.

El que no debamos creer en nada cuya falsedad se haya demostrado, no significa que debamos tan sólo creer en aquello cuya verdad se ha evidenciado. Son de este último autor citado, F. Hayek, paladín por cierto, del liberalismo en nuestro siglo, estas sensacionales palabras que, quizá por ser evidente su contenido, no menos falta nos haga meditarlas pero antes hablábamos de otros caracteres que hacían valiosas las instituciones tradicionales y, por tanto, su antigüedad y nuestro apropiamento: “Son nuestras”, decimos: nuestra tierra, nuestra cultura, nuestra bandera, nuestra religión, y así somos.

Pero, y siguiendo de nuevo al liberal austríaco, son valiosas en tanto que convienen y apuntan hacia aquellos objetivos que deseamos conseguir. Y uno de esos objetivos irrenunciables por ser intrínsecos a cualquier cuerpo social es el de su unidad. Esta vez será Alexis de Tocqueville quien nos diga que las creencias comunes son elementos constitutivos y necesarios de una acción común, a través de la cual se articula una sociedad.

Así, pues, esta forma de conocer, de entender y de sentir, prerracional hemos dicho, proviene de la voluntad, es la voz de nuestro corazón, que quiere, que venera, que ama y, no podemos ni debemos acallarla, pues nada puramente racional empujaría al abrazo entre dos amigos, el compromiso eterno de los amantes, a la defensa heroica de su bandera por el soldado o al sacrificio penitente del místico por su Dios.

Desatemos a nuestro acordonado corazón y dejemos expresarse también proyectado hacia los demás, abandonando los estrictos complejos racionalistas de los que pretenden deshumanizar nuestras voluntades, aceptando sociedades toscas de sentimientos y hombres calculadoramente fríos, fácilmente manejables por la verborrea y demagogia de charlatanes como la del actual presidente, encumbrados interesadamente sobre la cima de la intelectualidad. Empecemos también, entonces, a pensar con nuestro corazón y a querer con la inteligencia. Qui totum vult totum perdit. Quien quiere todo lo pierde todo.

Las instituciones tradicionales de una nación o de una sociedad como la monarquía, la iglesia, la familia o la patria, no tendrán que estar en permanente estado de justificación, el sufragio universal de los siglos, como me gusta decir, sirve de base para su aceptación, si bien no quita, para que tenga otras y más importantes características legitimadoras, como también veremos.

Racionalismo abatido

Seguramente, todos tengamos la experiencia de un cambio más o menos profundo en nuestro pensamiento o, lo que es lo mismo, en nuestra forma de contemplar la realidad, a partir de una interesante charla, algún viaje o la lectura de un viejo libro.

Mi caso es el último, si bien, un buen amigo me sigue susurrando que más que un cambio, ha sido un redescubrimiento. Pues bien, con el permiso del lector, con el que empiezo a familiarizarme, y, no sin un cierto rubor, por el pudor que se siente al descubrir algo de sí mismo, el causante de este meditar ha sido el libro "Reflexiones sobre la Revolución Francesa", de Edmun Burke. A este autor y pensador inglés se le ha tenido como uno de los padres del conservadurismo ideológico, nacido en oposición frontal a los intereses y contravalores de la Revolución Francesa.

Burke at his best is England at his best, se ha llegado a decir en el prólogo de una de sus obras, y, ciertamente, si lo mejor de Inglaterra se daba con lo mejor de Burke, no deja de ser una obra imprescindible en la biblioteca del pensador y politólogo. Frente al racionalismo ilustrado, basado en la duda cartesiana, que viene a decirnos que no hay conocimiento cierto si no son evidentes y constatables todos y cada uno de sus elementos, Burke, de la mano de la tradición, la experiencia de nuestros mayores y todavía sin complejos ni oscuros miedos -hoy, por cierto, tan explícitos y asentados en esa duda racionalista- nos presenta el prejuicio como una forma de conocimiento, sabiduría sin reflexión recibido como herencia de nuestros antepasados que compromete previamente a nuestra inteligencia y siempre será un elemento de rápida aplicación en los casos de urgencia.

Pero no sólo una forma de conocimiento -apostilla R. Nisbert- sino de entendimiento y de sentir, diseñado para oponerse al gnosticismo y contra el racionalismo puro a través de la alabanza del inconsciente, de lo prerracional y lo tradicional. En definitiva, un capital común acumulado por las naciones y los siglos en cuya aceptación reside una gran seguridad, por la certeza de que la inteligencia y lo inteligido individualmente, siempre será inferior a la inteligencia colectiva.

Así, las instituciones tradicionales de una nación o de una sociedad como la monarquía, la iglesia, la familia o la patria, no tendrán que estar en permanente estado de justificación, el sufragio universal de los siglos, como me gusta decir, sirve de base para su aceptación, si bien no quita, para que tenga otras y más importantes características legitimadoras, como también veremos. Lo que Burke llama prejuicio, Ortega lo denominaba creencia, Hayek superstición, en su sentido más positivo.

El que no debamos creer en nada cuya falsedad se haya demostrado, no significa que debamos tan sólo creer en aquello cuya verdad se ha evidenciado. Son de este último autor citado, F. Hayek, paladín por cierto, del liberalismo en nuestro siglo, estas sensacionales palabras que, quizá por ser evidente su contenido, no menos falta nos haga meditarlas pero antes hablábamos de otros caracteres que hacían valiosas las instituciones tradicionales y, por tanto, su antigüedad y nuestro apropiamento: “Son nuestras”, decimos: nuestra tierra, nuestra cultura, nuestra bandera, nuestra religión, y así somos.

Pero, y siguiendo de nuevo al liberal austríaco, son valiosas en tanto que convienen y apuntan hacia aquellos objetivos que deseamos conseguir. Y uno de esos objetivos irrenunciables por ser intrínsecos a cualquier cuerpo social es el de su unidad. Esta vez será Alexis de Tocqueville quien nos diga que las creencias comunes son elementos constitutivos y necesarios de una acción común, a través de la cual se articula una sociedad.

Así, pues, esta forma de conocer, de entender y de sentir, prerracional hemos dicho, proviene de la voluntad, es la voz de nuestro corazón, que quiere, que venera, que ama y, no podemos ni debemos acallarla, pues nada puramente racional empujaría al abrazo entre dos amigos, el compromiso eterno de los amantes, a la defensa heroica de su bandera por el soldado o al sacrificio penitente del místico por su Dios.

Desatemos a nuestro acordonado corazón y dejemos expresarse también proyectado hacia los demás, abandonando los estrictos complejos racionalistas de los que pretenden deshumanizar nuestras voluntades, aceptando sociedades toscas de sentimientos y hombres calculadoramente fríos, fácilmente manejables por la verborrea y demagogia de charlatanes como la del actual presidente, encumbrados interesadamente sobre la cima de la intelectualidad. Empecemos también, entonces, a pensar con nuestro corazón y a querer con la inteligencia. Qui totum vult totum perdit. Quien quiere todo lo pierde todo.

Las instituciones tradicionales de una nación o de una sociedad como la monarquía, la iglesia, la familia o la patria, no tendrán que estar en permanente estado de justificación, el sufragio universal de los siglos, como me gusta decir, sirve de base para su aceptación, si bien no quita, para que tenga otras y más importantes características legitimadoras, como también veremos.

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