/ martes 15 de junio de 2021

Jóvenes volver a pensar

He aquí una pregunta práctica y algo irrespetuoso, de esas que parece que está mal hacerse cuando se trata de asuntos prominentes. ¿Acaso tiene que servir la Patria para algo?.., Tengo la impresión, a veces, de colocar a la Patria apenas un escalón por debajo de lo divino, y no es así como pienso.

Es cierto que afirmo que México, como algunos juramentos, imprime carácter, y que es el único camino para comunicarnos con nuestros semejantes y comprendernos. También insisto en que la Patria no se puede desviar ya de su destino: Sólo se puede engrandecer o perjudicar. Pero la Patria es obra de los hombres; de muchísimos hombres que han ido acumulando en ella su fe, sus experiencias, su angustia y su voluntad. Pero obra de los hombres. De los de antes y de los de ahora, y rara vez hacen los hombres las cosas sin motivo, incluso los poetas y los locos.

Por eso hay que preguntarse por qué los hombres empezaron a hacer México y como. ¿Con qué objetivos? ¿Para cuánto tiempo? Y más aún: ¿para qué la hicieron? México debe de tener una utilidad, se reconozca o no. México existe para cubrir unos objetivos, para solucionar unas necesidades. Y consta que esas necesidades, por ser de hombres, son a la vez espirituales y materiales, que tienen que ver con lo que muere y con lo que sobrevive del hombre.

Desde mi realidad de hombre libre, me pregunto para qué me sirve a mí la Patria. México está ahí: Es anterior a mí y será posterior.

Por el afluente de mi vida individual, llego y aumento el caudal de México, pues acabo sabiendo hacia dónde voy y conozco las marcas con que el tiempo ha señalado la edad que me tocará recorrer. Mucha filosofía extranjera suele aturdirse por este problema, por el miedo del hombre a solas en el mundo, que no sabe muy bien de dónde viene e ignora adónde va. Esa dice que es la clave de la angustia. Y he aquí que México me protege de ella como una madre comprensiva.


Me dice a veces bronco y a veces amable de dónde vengo desde el fondo de los tiempos y me enseña un futuro amplio en una dirección que conozco y no me preocupa. Luego, claro, me carga con parte del peso: A dónde voy, no voy solo pero tampoco descargado: Más de doscientos años de ilusiones pesan, precisamente porque México me lleva de lo particular a lo universal, de lo pequeño a lo grande, de lo incomprensible a lo comprendido, mientras me quita las dudas más graves: Sé de dónde vengo y quiero ir a dónde voy.

Noli obsecro istum disturbare.

He aquí una pregunta práctica y algo irrespetuoso, de esas que parece que está mal hacerse cuando se trata de asuntos prominentes. ¿Acaso tiene que servir la Patria para algo?.., Tengo la impresión, a veces, de colocar a la Patria apenas un escalón por debajo de lo divino, y no es así como pienso.

Es cierto que afirmo que México, como algunos juramentos, imprime carácter, y que es el único camino para comunicarnos con nuestros semejantes y comprendernos. También insisto en que la Patria no se puede desviar ya de su destino: Sólo se puede engrandecer o perjudicar. Pero la Patria es obra de los hombres; de muchísimos hombres que han ido acumulando en ella su fe, sus experiencias, su angustia y su voluntad. Pero obra de los hombres. De los de antes y de los de ahora, y rara vez hacen los hombres las cosas sin motivo, incluso los poetas y los locos.

Por eso hay que preguntarse por qué los hombres empezaron a hacer México y como. ¿Con qué objetivos? ¿Para cuánto tiempo? Y más aún: ¿para qué la hicieron? México debe de tener una utilidad, se reconozca o no. México existe para cubrir unos objetivos, para solucionar unas necesidades. Y consta que esas necesidades, por ser de hombres, son a la vez espirituales y materiales, que tienen que ver con lo que muere y con lo que sobrevive del hombre.

Desde mi realidad de hombre libre, me pregunto para qué me sirve a mí la Patria. México está ahí: Es anterior a mí y será posterior.

Por el afluente de mi vida individual, llego y aumento el caudal de México, pues acabo sabiendo hacia dónde voy y conozco las marcas con que el tiempo ha señalado la edad que me tocará recorrer. Mucha filosofía extranjera suele aturdirse por este problema, por el miedo del hombre a solas en el mundo, que no sabe muy bien de dónde viene e ignora adónde va. Esa dice que es la clave de la angustia. Y he aquí que México me protege de ella como una madre comprensiva.


Me dice a veces bronco y a veces amable de dónde vengo desde el fondo de los tiempos y me enseña un futuro amplio en una dirección que conozco y no me preocupa. Luego, claro, me carga con parte del peso: A dónde voy, no voy solo pero tampoco descargado: Más de doscientos años de ilusiones pesan, precisamente porque México me lleva de lo particular a lo universal, de lo pequeño a lo grande, de lo incomprensible a lo comprendido, mientras me quita las dudas más graves: Sé de dónde vengo y quiero ir a dónde voy.

Noli obsecro istum disturbare.

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