/ martes 23 de julio de 2019

La calidad humana en la familia

La familia es un centro muy valioso de aportaciones para el ejercicio de la calidad humana. Cada miembro tiene los mismos derechos que los demás, esto debe quedar bien claro y, a cada derecho corresponde una responsabilidad.

Muchas veces se dan críticas irrespetuosas al interior de las familias, lo que debilita los lazos amorosos y los erosiona con el tiempo. ¿Dónde se aprende la paz y la armonía, el respeto y el ser uno mismo si no es con la familia? No hay género, edad, lugar de hermano mayor o menor; todos por igual necesitan pensar que cualquier persona tiene necesidades y el derecho a comunicarlas, siempre y cuando sea sin agredir a los demás.

Como humanos y más aún como familia tenemos el derecho a pedir, exigir respeto; a titubear, dudar, enojarnos, llorar, preguntar, decir que no o decir que sí, calmarnos y tomar tiempo para pensar, cambiar de opinión y elegir nuestros posibles gustos; en cambio, no tenemos derecho a imponer a los demás nuestros deseos.

En relación con la educación para la familia, muchos abusos se justifican esgrimiendo el criterio de que: “es mi hijo” o “es mi hermana”, como si fuera una ley pero que en verdad no está escrita en ningún lado y que se acomoda solo para la conveniencia de quien abusa de su poder. ¿Cómo es posible que, como sociedad, no garanticemos una secuencia educativa en donde el amor y el compromiso sean los principales constructores de la personalidad? ¿Por qué avalamos un aprendizaje técnico y omitimos la seguridad para la enseñanza del corazón? ¿Por qué no se hace con los educandos una demostración de competencias humanas más importante que deben manifestar y que tendrá una gran influencia para su vida adulta?

Sin embargo, el odio tiene muchos seguidores. Violencia vemos por todos lados, tanto verbal como físicamente, atropellos ni se diga y, este enemigo del amor se aprende como cualquier otro idioma, se conjuga como cualquier otro aprendizaje. Esta es una característica de la disociación de las funciones psíquicas de la sociedad en que vivimos. Queremos paz, desterramos la agresión, pero damos ingredientes demasiado débiles para contrarrestar tragedias que se repiten por todos lados. Y no hacemos nada en realidad a fin de sembrar y fertilizar a una sociedad más humana.

Esta debilidad de tratamiento y de escasez de alternativas para el amor, no debe prevalecer más. La mayor prueba de que el odio y la violencia son generados por ausencia de una debida educación y no por nacimiento, es que generalmente cualquier estímulo es pretexto para la agresión.

Claro que también encontramos personas centradas en el perdón y el entrenamiento, para cambiar la violencia y el odio, echando mano del razonamiento y basados en la defensa de sus derechos. Hay personas que han sabido perdonar hasta los agravios más extremos. Sólo que hay lentitud para generar los buenos aprendizajes en toda sociedad y, una de las principales causas es la carencia de amor.

Todos en la familia merecemos crecer al máximo, por medio del amor, el equilibrio y el entendimiento. La familia debe ser la primera en desplegar la calidad humana porque es la primera escuela de la vida y, la buena o mala formación en el hogar es tan decisiva que los resultados saltan a la vista en cualquier ser humano. Seguida del hogar tenemos la comunidad educativa, constituida por maestros, directivos, alumnos y padres de familia, que también tienen en sus manos un verdadero tesoro de oportunidades para ejercer con dignidad la calidad humana.

Es conveniente y asequible para toda la familia, el hecho de no contaminar con nuestros problemas el entorno o la paz de quienes nos rodean. Claro que no es fácil, pues se supone que la familia es el medio por excelencia en donde podemos ser nosotros mismos y descargar nuestras emociones y formas naturales de actuar. Haciendo eco a una cultura de responsabilidad debemos entender que, cada uno de nosotros, como adultos, elegimos a diario el uso de nuestra libertad, de nuestra felicidad o nuestra tristeza. Seguimos nuestros hábitos y tomamos nuestras decisiones con el nivel de conciencia que tenemos en el momento. Todos en la familia cumplimos por deber, con respeto los unos a los otros como a nosotros mismos. Puede decirse que en casa, no hay culpables, lo que hay son responsabilidades como padres y como hijos, fomentando la calidad humana en la familia.

Una de las arterias principales para el adecuado ejercicio de dicha calidad en el hogar es la comunicación sana entre padres y los hijos. Todo sentimiento es factible de expresarse, nada es fuera de lo normal, y, si se siente así es parte de lo natural; llevando la comunicación hacia el amor, el equilibrio y el entendimiento.

Con respecto a esta relación en la familia, es dable señalar que, dada la impericia para hablar y regañar de padres, surgen muchos problemas sicológicos en los hijos. Hay pequeños que, 40 años después, se lamen las heridas causadas por lo que sus papás les decían, aunque no los golpearan físicamente. La boca de los padres debe ser un armario de oro, de piedras preciosas, de estrellas de esperanza, de melodías de sensatez y amor. De su boca se desprende la oportunidad del corazón que sus hijos tendrán; por lo que, la cultura de la palabra oportuna y agradable debe brillar en cada familia.

La comunicación positiva es el elemento clave para conservar la salud física y la paz mental. Regula las tensiones, prevé los problemas, la drogadicción y otras afectaciones de la adolescencia. Es factor definitivo en la disolución de conflictos, en la felicidad de las personas, en la capacidad de entablar amistades y crear redes sociales que coadyuven al desarrollo del potencial personal, el éxito en el liderazgo y, en la ejecución del trabajo.

La familia es un centro muy valioso de aportaciones para el ejercicio de la calidad humana. Cada miembro tiene los mismos derechos que los demás, esto debe quedar bien claro y, a cada derecho corresponde una responsabilidad.

Muchas veces se dan críticas irrespetuosas al interior de las familias, lo que debilita los lazos amorosos y los erosiona con el tiempo. ¿Dónde se aprende la paz y la armonía, el respeto y el ser uno mismo si no es con la familia? No hay género, edad, lugar de hermano mayor o menor; todos por igual necesitan pensar que cualquier persona tiene necesidades y el derecho a comunicarlas, siempre y cuando sea sin agredir a los demás.

Como humanos y más aún como familia tenemos el derecho a pedir, exigir respeto; a titubear, dudar, enojarnos, llorar, preguntar, decir que no o decir que sí, calmarnos y tomar tiempo para pensar, cambiar de opinión y elegir nuestros posibles gustos; en cambio, no tenemos derecho a imponer a los demás nuestros deseos.

En relación con la educación para la familia, muchos abusos se justifican esgrimiendo el criterio de que: “es mi hijo” o “es mi hermana”, como si fuera una ley pero que en verdad no está escrita en ningún lado y que se acomoda solo para la conveniencia de quien abusa de su poder. ¿Cómo es posible que, como sociedad, no garanticemos una secuencia educativa en donde el amor y el compromiso sean los principales constructores de la personalidad? ¿Por qué avalamos un aprendizaje técnico y omitimos la seguridad para la enseñanza del corazón? ¿Por qué no se hace con los educandos una demostración de competencias humanas más importante que deben manifestar y que tendrá una gran influencia para su vida adulta?

Sin embargo, el odio tiene muchos seguidores. Violencia vemos por todos lados, tanto verbal como físicamente, atropellos ni se diga y, este enemigo del amor se aprende como cualquier otro idioma, se conjuga como cualquier otro aprendizaje. Esta es una característica de la disociación de las funciones psíquicas de la sociedad en que vivimos. Queremos paz, desterramos la agresión, pero damos ingredientes demasiado débiles para contrarrestar tragedias que se repiten por todos lados. Y no hacemos nada en realidad a fin de sembrar y fertilizar a una sociedad más humana.

Esta debilidad de tratamiento y de escasez de alternativas para el amor, no debe prevalecer más. La mayor prueba de que el odio y la violencia son generados por ausencia de una debida educación y no por nacimiento, es que generalmente cualquier estímulo es pretexto para la agresión.

Claro que también encontramos personas centradas en el perdón y el entrenamiento, para cambiar la violencia y el odio, echando mano del razonamiento y basados en la defensa de sus derechos. Hay personas que han sabido perdonar hasta los agravios más extremos. Sólo que hay lentitud para generar los buenos aprendizajes en toda sociedad y, una de las principales causas es la carencia de amor.

Todos en la familia merecemos crecer al máximo, por medio del amor, el equilibrio y el entendimiento. La familia debe ser la primera en desplegar la calidad humana porque es la primera escuela de la vida y, la buena o mala formación en el hogar es tan decisiva que los resultados saltan a la vista en cualquier ser humano. Seguida del hogar tenemos la comunidad educativa, constituida por maestros, directivos, alumnos y padres de familia, que también tienen en sus manos un verdadero tesoro de oportunidades para ejercer con dignidad la calidad humana.

Es conveniente y asequible para toda la familia, el hecho de no contaminar con nuestros problemas el entorno o la paz de quienes nos rodean. Claro que no es fácil, pues se supone que la familia es el medio por excelencia en donde podemos ser nosotros mismos y descargar nuestras emociones y formas naturales de actuar. Haciendo eco a una cultura de responsabilidad debemos entender que, cada uno de nosotros, como adultos, elegimos a diario el uso de nuestra libertad, de nuestra felicidad o nuestra tristeza. Seguimos nuestros hábitos y tomamos nuestras decisiones con el nivel de conciencia que tenemos en el momento. Todos en la familia cumplimos por deber, con respeto los unos a los otros como a nosotros mismos. Puede decirse que en casa, no hay culpables, lo que hay son responsabilidades como padres y como hijos, fomentando la calidad humana en la familia.

Una de las arterias principales para el adecuado ejercicio de dicha calidad en el hogar es la comunicación sana entre padres y los hijos. Todo sentimiento es factible de expresarse, nada es fuera de lo normal, y, si se siente así es parte de lo natural; llevando la comunicación hacia el amor, el equilibrio y el entendimiento.

Con respecto a esta relación en la familia, es dable señalar que, dada la impericia para hablar y regañar de padres, surgen muchos problemas sicológicos en los hijos. Hay pequeños que, 40 años después, se lamen las heridas causadas por lo que sus papás les decían, aunque no los golpearan físicamente. La boca de los padres debe ser un armario de oro, de piedras preciosas, de estrellas de esperanza, de melodías de sensatez y amor. De su boca se desprende la oportunidad del corazón que sus hijos tendrán; por lo que, la cultura de la palabra oportuna y agradable debe brillar en cada familia.

La comunicación positiva es el elemento clave para conservar la salud física y la paz mental. Regula las tensiones, prevé los problemas, la drogadicción y otras afectaciones de la adolescencia. Es factor definitivo en la disolución de conflictos, en la felicidad de las personas, en la capacidad de entablar amistades y crear redes sociales que coadyuven al desarrollo del potencial personal, el éxito en el liderazgo y, en la ejecución del trabajo.