/ viernes 10 de julio de 2020

La creatividad nos hace más humanos

En los palcos, los artistas, tocando sus instrumentos y cantando de pie. En el escenario, el público, disfrutando el concierto.

¿Se imagina la escena? Esto fue lo que ocurrió la semana pasada en el Teatro de la Ópera de Niza. ¿Quién iba a pensar que el aforo de un teatro sería utilizado a la inversa? ¡Es sorprendente la capacidad que tiene el ser humano para ser creativo! ¿De dónde nos viene la misma? ¿De dónde sacamos tantas ideas?

Algunos dicen que provenimos de la evolución de una ameba; que somos la versión mejorada de los monos. Para empezar, no ofendamos a los monos, ellos no hacen las maldades de las que nosotros somos capaces. Pero tampoco me imagino a un chimpancé, diseñando una aplicación virtual para comunicarse con su clan de primates. Las otras especies tienen instinto pero sólo el ser humano tiene creatividad.

A lo largo de la historia, los científicos más respetados, incluyendo al mismo Albert Einstein, coincidieron en que el universo no es producto del azar, sino de un “diseño inteligente”, como ellos lo llaman, porque su prejuicio intelectual les impide llamarle “Dios creador”.

El primer libro de la Biblia afirma que Dios nos creó a Su imagen y semejanza. Así que toda la capacidad creativa que tiene el ser humano, proviene de Dios. La creatividad, está marcada a fuego en el ADN de la raza humana.

Al comienzo de esta contingencia por el coronavirus hablamos de que esta crisis podría convertirse en una gran oportunidad; todo dependería de cómo, y con qué actitud la íbamos a encarar.

Después de casi cuatro meses podemos decir que todos, en algún punto nos volvimos más creativos: Los empresarios, apelaron a la creatividad para sostener la nómina con ingresos reducidos; los trabajadores para producir desde sus casas; los docentes para que sus alumnos aprendan por medio de plataformas virtuales; los padres con niños pequeños para contener a sus hijos las veinticuatro horas del día en la casa; los obispos y pastores para llevar adelante los programas eclesiásticos prescindiendo de los cultos tradicionales.

¡Por favor! ¡No perdamos lo que hemos ganado! No dejemos que la “nueva normalidad” apague nuestra creatividad y sobre todo, caigamos en la cuenta que al ser más creativos, también somos “más humanos”.

En los palcos, los artistas, tocando sus instrumentos y cantando de pie. En el escenario, el público, disfrutando el concierto.

¿Se imagina la escena? Esto fue lo que ocurrió la semana pasada en el Teatro de la Ópera de Niza. ¿Quién iba a pensar que el aforo de un teatro sería utilizado a la inversa? ¡Es sorprendente la capacidad que tiene el ser humano para ser creativo! ¿De dónde nos viene la misma? ¿De dónde sacamos tantas ideas?

Algunos dicen que provenimos de la evolución de una ameba; que somos la versión mejorada de los monos. Para empezar, no ofendamos a los monos, ellos no hacen las maldades de las que nosotros somos capaces. Pero tampoco me imagino a un chimpancé, diseñando una aplicación virtual para comunicarse con su clan de primates. Las otras especies tienen instinto pero sólo el ser humano tiene creatividad.

A lo largo de la historia, los científicos más respetados, incluyendo al mismo Albert Einstein, coincidieron en que el universo no es producto del azar, sino de un “diseño inteligente”, como ellos lo llaman, porque su prejuicio intelectual les impide llamarle “Dios creador”.

El primer libro de la Biblia afirma que Dios nos creó a Su imagen y semejanza. Así que toda la capacidad creativa que tiene el ser humano, proviene de Dios. La creatividad, está marcada a fuego en el ADN de la raza humana.

Al comienzo de esta contingencia por el coronavirus hablamos de que esta crisis podría convertirse en una gran oportunidad; todo dependería de cómo, y con qué actitud la íbamos a encarar.

Después de casi cuatro meses podemos decir que todos, en algún punto nos volvimos más creativos: Los empresarios, apelaron a la creatividad para sostener la nómina con ingresos reducidos; los trabajadores para producir desde sus casas; los docentes para que sus alumnos aprendan por medio de plataformas virtuales; los padres con niños pequeños para contener a sus hijos las veinticuatro horas del día en la casa; los obispos y pastores para llevar adelante los programas eclesiásticos prescindiendo de los cultos tradicionales.

¡Por favor! ¡No perdamos lo que hemos ganado! No dejemos que la “nueva normalidad” apague nuestra creatividad y sobre todo, caigamos en la cuenta que al ser más creativos, también somos “más humanos”.