/ martes 7 de mayo de 2019

La guerra de las generaciones

El asunto de las generaciones tiene interés para diversas ramas del saber. Se aborda principalmente en las ciencias sociales para agrupar a un grupo de individuos que han nacido en determinado periodo histórico.

Seguramente habrá un extenso debate sobre los parámetros que habrán de seguirse a la hora de clasificar a un conjunto de personas cuya única afinidad sería, en ese caso, el año de su nacimiento. Después de hacer eso, el problema se agiganta todavía más.

Bien, dejando de lado la querella disciplinar, habría que hablar sobre el cada vez más arbitrario uso de la taxonomía generacional para dar explicaciones sobre cualquier clase de problema.

En cuanto a la generación que está de moda, los millennials, se habla tanto de ella que es difícil no encontrar todos los días alguna nota referente a ese grupo de individuos del que, como ya dijimos, no existe un consenso absoluto sobre su encuadre y definición. Al encontrar variaciones sobre el periodo que agrupa a los millennials, me parece más útil quedarme en los 15 años que separan cada generación, como proponía Ortega y Gasset y definirlos como aquellos individuos nacidos entre 1985 y el año 2000.

Pareciera una necedad advertir que hablar en abstracto de un conjunto seres concretos tiene una función explicativa específica (económica, política, sociológica) y cuyos límites conceptuales no deberían ir más allá de donde la propia clasificación puede llegar. Es decir, que a un individuo de carne y hueso no habría de adjudicarle gratuitamente todos los prejuicios a favor o en contra que se tienen sobre la generación a la que pertenece.

Esa contingencia, la de haber nacido en un año y no en otro, es un atributo más de ese individuo, que si bien puede dar cuenta de algunas condiciones reales del sujeto, no es explicación unívoca de lo que ese individuo es.

Esto que expongo parece una obviedad, insisto, pero luego uno se encuentra con toda clase de reducciones simplonas, y en una charla o un diálogo o una discusión, no falta la muletilla de apelar a la condición generacional del rival que no es más que una variante de la falacia ad hominem (atacar al hombre y no al argumento).

Y no es que no exista un cierto condicionamiento externo de la época en la que le toca vivir a uno. Hay factores temporales decisivos que influyen en el desarrollo de cualquier persona, claro está. Pero debe procurarse andar con cuidado, porque en las entretenidas pero casi siempre ridículas disputas intergeneracionales, hay temas de relevancia que se toman a la ligera.

Se ha llegado a delirar tanto en torno a le generación millennial que se le atribuye la degeneración del mundo, por un lado, y por el otro, a partir de figuras eminentes del mundo de la tecnología pertenecientes a esa generación, se les toma por los transformadores del planeta.

Se les echa en cara un excesivo apego a los dispositivos electrónicos cuando ese vicio parece no reparar en edades (gran ironía: generaciones anteriores utilizando redes sociales para externar su añoranza de una época de oro sin las tecnologías diabólicas). Se reprocha inestabilidad laboral cuando, las cifras no mienten, es la generación más preparada y peor pagada de los últimos tiempos.

Ni siquiera tiene uno que apelar a categorías marxistas para entender que si esas condiciones económicas son menos favorables a una generación, eso dará como resultado la modificación de las circunstancias en prácticas como el matrimonio o la planificación familiar. Raya en lo absurdo aquella tendencia a juzgar históricamente a la generación posterior a la propia. Siempre se cree que después de nosotros lo que sigue es pura decadencia.

Pero, a modo de autocrítica, diré que los millennials cometemos el mismo pecado. Creemos que el mundo ya está dado como tal y no somos capaces de dimensionar lo que ha costado llegar hasta aquí. Época privilegiada en muchos sentidos, no tenemos sentido de la gradualidad de las transformaciones y exigimos con desmesura, cuando no con estridencia. En sociedades cuya natural imperfección ha costado sangre, tomamos unas condiciones antes impensables como una concesión más bien defectuosa y siempre propensa al fácil reproche.

Sobre todo, me alarma cierto conservadurismo en algunas ideas disfrazadas de progresistas. En el afán de criticarlo todo, de objetarlo todo, la moralina más ramplona hace de algunas ideas discutibles dogmas sustentados en falso progreso moral.

Ante un presente caótico y un futuro que se vislumbra inquietante, baby boomers, generación X y millennials pretenden encontrar en la generación rival la causa del deterioro de nuestras sociedades, empresa carente de sentido pero atractiva por la simpleza de la explicación.

Cierro con una cita del sociólogo francés Gilles Lipovetsky en su libro La era del vacío: “No intentemos liberarnos de un asunto de civilización recurriendo a las generaciones”.

El asunto de las generaciones tiene interés para diversas ramas del saber. Se aborda principalmente en las ciencias sociales para agrupar a un grupo de individuos que han nacido en determinado periodo histórico.

Seguramente habrá un extenso debate sobre los parámetros que habrán de seguirse a la hora de clasificar a un conjunto de personas cuya única afinidad sería, en ese caso, el año de su nacimiento. Después de hacer eso, el problema se agiganta todavía más.

Bien, dejando de lado la querella disciplinar, habría que hablar sobre el cada vez más arbitrario uso de la taxonomía generacional para dar explicaciones sobre cualquier clase de problema.

En cuanto a la generación que está de moda, los millennials, se habla tanto de ella que es difícil no encontrar todos los días alguna nota referente a ese grupo de individuos del que, como ya dijimos, no existe un consenso absoluto sobre su encuadre y definición. Al encontrar variaciones sobre el periodo que agrupa a los millennials, me parece más útil quedarme en los 15 años que separan cada generación, como proponía Ortega y Gasset y definirlos como aquellos individuos nacidos entre 1985 y el año 2000.

Pareciera una necedad advertir que hablar en abstracto de un conjunto seres concretos tiene una función explicativa específica (económica, política, sociológica) y cuyos límites conceptuales no deberían ir más allá de donde la propia clasificación puede llegar. Es decir, que a un individuo de carne y hueso no habría de adjudicarle gratuitamente todos los prejuicios a favor o en contra que se tienen sobre la generación a la que pertenece.

Esa contingencia, la de haber nacido en un año y no en otro, es un atributo más de ese individuo, que si bien puede dar cuenta de algunas condiciones reales del sujeto, no es explicación unívoca de lo que ese individuo es.

Esto que expongo parece una obviedad, insisto, pero luego uno se encuentra con toda clase de reducciones simplonas, y en una charla o un diálogo o una discusión, no falta la muletilla de apelar a la condición generacional del rival que no es más que una variante de la falacia ad hominem (atacar al hombre y no al argumento).

Y no es que no exista un cierto condicionamiento externo de la época en la que le toca vivir a uno. Hay factores temporales decisivos que influyen en el desarrollo de cualquier persona, claro está. Pero debe procurarse andar con cuidado, porque en las entretenidas pero casi siempre ridículas disputas intergeneracionales, hay temas de relevancia que se toman a la ligera.

Se ha llegado a delirar tanto en torno a le generación millennial que se le atribuye la degeneración del mundo, por un lado, y por el otro, a partir de figuras eminentes del mundo de la tecnología pertenecientes a esa generación, se les toma por los transformadores del planeta.

Se les echa en cara un excesivo apego a los dispositivos electrónicos cuando ese vicio parece no reparar en edades (gran ironía: generaciones anteriores utilizando redes sociales para externar su añoranza de una época de oro sin las tecnologías diabólicas). Se reprocha inestabilidad laboral cuando, las cifras no mienten, es la generación más preparada y peor pagada de los últimos tiempos.

Ni siquiera tiene uno que apelar a categorías marxistas para entender que si esas condiciones económicas son menos favorables a una generación, eso dará como resultado la modificación de las circunstancias en prácticas como el matrimonio o la planificación familiar. Raya en lo absurdo aquella tendencia a juzgar históricamente a la generación posterior a la propia. Siempre se cree que después de nosotros lo que sigue es pura decadencia.

Pero, a modo de autocrítica, diré que los millennials cometemos el mismo pecado. Creemos que el mundo ya está dado como tal y no somos capaces de dimensionar lo que ha costado llegar hasta aquí. Época privilegiada en muchos sentidos, no tenemos sentido de la gradualidad de las transformaciones y exigimos con desmesura, cuando no con estridencia. En sociedades cuya natural imperfección ha costado sangre, tomamos unas condiciones antes impensables como una concesión más bien defectuosa y siempre propensa al fácil reproche.

Sobre todo, me alarma cierto conservadurismo en algunas ideas disfrazadas de progresistas. En el afán de criticarlo todo, de objetarlo todo, la moralina más ramplona hace de algunas ideas discutibles dogmas sustentados en falso progreso moral.

Ante un presente caótico y un futuro que se vislumbra inquietante, baby boomers, generación X y millennials pretenden encontrar en la generación rival la causa del deterioro de nuestras sociedades, empresa carente de sentido pero atractiva por la simpleza de la explicación.

Cierro con una cita del sociólogo francés Gilles Lipovetsky en su libro La era del vacío: “No intentemos liberarnos de un asunto de civilización recurriendo a las generaciones”.

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