/ viernes 16 de julio de 2021

La masacre de Allende

De Allende era y de Allende se despidió, con veintiún años cabales, gratos recuerdos dejó al pueblo y a los rurales. De diez, puedo asegurar que ocho han escuchado el corrido de Arnulfo González, de la autoría de Narciso Zapata Torres e inmortalizado por Eulalio González “Piporro”; Pedro Yerena y Juan Montoya, entre muchos otros.

Narra la historia de un rural con grado de teniente y el allendense, quienes se enfrentaron a balazos y ahí quedaron; aunque en la canción se destaca la braveza del civil, que no se dejó amedrentar por las baladronadas de quien se suponía era el señor autoridad, que estaba para garantizar y preservar la tranquilidad en el pueblo y no para desestabilizar la paz.

Oscar Barrón Zulaica, junto con sus hermanos Joaquín y Esteban como vocalistas, Jorge Alberto Sánchez Balandrán, tecladista formó el conjunto “Sabor”, de los hermanos Barrón allá en Allende, Coahuila. Si todavía no ubica a la agrupación le contaré que don Oscar además de ser un extraordinario saxofonista era prolijo compositor.

De él fueron: El hijo de su, Pancho López, El Viborón entre muchísimas más festivas, aunque también las hubo rancheras y románticas; grabadas por muchísimos conjuntos, tanto norteños como cumbieros. Y digo más, de Allende, es el señor ingeniero Juan José González Domínguez, actualmente radicado en Saltillo, que por muchos años se afincó en esta ciudad como alto funcionario de la entonces Delegación Estatal de la Secretaría de Educación Pública.

No se diga entonces que Allende, Coahuila, es un pueblo perdido en el desierto o en la frontera con los Estados Unidos. Es pintoresco, rodeado de bellos parajes, arboledas, lomas, laderas, cerros que a lo lejos resaltan su belleza. Sus calles están urbanizadas, y adornadas con modernas fincas de diversos tipos; en fin es una ciudad que aunque pequeña va con la modernidad.

Es por lo tanto absurdo, inverosímil, que a Felipe Calderón y sus fuerzas del orden les haya “pasado de noche”, lo ahí sucedido y ha sido motivo de artículos, reportajes y recientemente de una miniserie televisiva filmada casi en su totalidad aquí en Durango, con actores improvisados que no por eso desempeñaron sus papeles como profesionales, titulada “Somos”.

Osiel Cárdenas Guillén, heredero del Cartel de Golfo, creado por Juan N. Guerra, tuvo la idea de blindarse por un grupo de sicarios y fue así como en 1999 fundó “Los Zetas”, encabezándolos Arturo Guzmán Decena; quien luego invitara a Heriberto Lazcano Lazcano y a los hermanos Miguel Ángel y Omar Treviño González. Su nomenclatura era Z1 y se iban bautizando en el orden que se incorporaran. A Miguel Ángel le fue asignado el número cuarenta y a Omar el número cuarenta y dos.

Los Treviño consideraron Allende como una población estratégica para el tráfico de droga rumbo a los Estados Unidos. Ya separados de la banda, se atrincheraron en ese lugar, donde localizaron a Héctor Moreno, que se encargaba de comprar los teléfonos celulares periódicamente, para cambiarlos y evitar fueran rastreados. Un hermano de éste, que recién llegó a su comunidad en calidad de desempleado, fue comisionado para trasladar un cargamento a Dallas, Texas y de regreso debía traer efectivo.

Sólo que el contacto en la localidad texana, José Vázquez, más conocido como “El Diablo”, era perseguido ya por Richard Martínez, aguerrido agente que detectó las operaciones y lo condujeron a confiscar los valores que transportaba el mexicano.

El detenido se sostuvo al principio y no delató a sus cómplices, por lo cual Richard cambió de estrategia y contactó al hermano Héctor Moreno a quién ofreció un buen trato, de tal forma que la pena que se impusiera no fuera tan drástica y recuperara su libertad en un tiempo corto. A cambio le solicitó los teléfonos de los hermanos Treviño para monitorearlos y saber sus movimientos para lograr su localización.

Richard por su parte mantenía en secreto las investigaciones, no obstante fue obligado por los superiores para que les diera los pormenores, lo que hizo a condición de no comunicar los avances a las autoridades mexicanas porque el trabajo se vendría abajo.

Desgraciadamente el superior de Richard, fue lo primero que hizo y participó de las indagaciones las autoridades federales mexicanas, que chismosas y corruptas como son, de inmediato lo filtraron a los Treviño y a manera de escarmiento llegaron, algunos dicen que 40, otros que 50 vehículos con más de 200 pistoleros.

Casa por casa, sacaron a los habitantes que luego asesinaron: niños, adolescentes, hombres, mujeres, ancianos. Asimismo con maquinaria pesada y armas de fuego destruyeron más de 40 construcciones que todavía aparecen destruidas.

Como la policía local estaba infiltrada por los delincuentes y el propio presidente municipal, nadie informó absolutamente nada. Tres años después fue cuando empezaron tímidamente a salir informes de lo acontecido. El Gobierno Federal a regañadientes aceptó los hechos, manifestando que el saldo de los masacrados era de cuarenta, cuando en realidad fueron aproximadamente trescientos, cuyos cuerpos fueron sepultados, descuartizados con trascabos y otras máquinas.

La pregunta que revolotea no sólo en la región, sino en el país es, ¿si los hechos; como muchos otros, quedarán impunes?

De Allende era y de Allende se despidió, con veintiún años cabales, gratos recuerdos dejó al pueblo y a los rurales. De diez, puedo asegurar que ocho han escuchado el corrido de Arnulfo González, de la autoría de Narciso Zapata Torres e inmortalizado por Eulalio González “Piporro”; Pedro Yerena y Juan Montoya, entre muchos otros.

Narra la historia de un rural con grado de teniente y el allendense, quienes se enfrentaron a balazos y ahí quedaron; aunque en la canción se destaca la braveza del civil, que no se dejó amedrentar por las baladronadas de quien se suponía era el señor autoridad, que estaba para garantizar y preservar la tranquilidad en el pueblo y no para desestabilizar la paz.

Oscar Barrón Zulaica, junto con sus hermanos Joaquín y Esteban como vocalistas, Jorge Alberto Sánchez Balandrán, tecladista formó el conjunto “Sabor”, de los hermanos Barrón allá en Allende, Coahuila. Si todavía no ubica a la agrupación le contaré que don Oscar además de ser un extraordinario saxofonista era prolijo compositor.

De él fueron: El hijo de su, Pancho López, El Viborón entre muchísimas más festivas, aunque también las hubo rancheras y románticas; grabadas por muchísimos conjuntos, tanto norteños como cumbieros. Y digo más, de Allende, es el señor ingeniero Juan José González Domínguez, actualmente radicado en Saltillo, que por muchos años se afincó en esta ciudad como alto funcionario de la entonces Delegación Estatal de la Secretaría de Educación Pública.

No se diga entonces que Allende, Coahuila, es un pueblo perdido en el desierto o en la frontera con los Estados Unidos. Es pintoresco, rodeado de bellos parajes, arboledas, lomas, laderas, cerros que a lo lejos resaltan su belleza. Sus calles están urbanizadas, y adornadas con modernas fincas de diversos tipos; en fin es una ciudad que aunque pequeña va con la modernidad.

Es por lo tanto absurdo, inverosímil, que a Felipe Calderón y sus fuerzas del orden les haya “pasado de noche”, lo ahí sucedido y ha sido motivo de artículos, reportajes y recientemente de una miniserie televisiva filmada casi en su totalidad aquí en Durango, con actores improvisados que no por eso desempeñaron sus papeles como profesionales, titulada “Somos”.

Osiel Cárdenas Guillén, heredero del Cartel de Golfo, creado por Juan N. Guerra, tuvo la idea de blindarse por un grupo de sicarios y fue así como en 1999 fundó “Los Zetas”, encabezándolos Arturo Guzmán Decena; quien luego invitara a Heriberto Lazcano Lazcano y a los hermanos Miguel Ángel y Omar Treviño González. Su nomenclatura era Z1 y se iban bautizando en el orden que se incorporaran. A Miguel Ángel le fue asignado el número cuarenta y a Omar el número cuarenta y dos.

Los Treviño consideraron Allende como una población estratégica para el tráfico de droga rumbo a los Estados Unidos. Ya separados de la banda, se atrincheraron en ese lugar, donde localizaron a Héctor Moreno, que se encargaba de comprar los teléfonos celulares periódicamente, para cambiarlos y evitar fueran rastreados. Un hermano de éste, que recién llegó a su comunidad en calidad de desempleado, fue comisionado para trasladar un cargamento a Dallas, Texas y de regreso debía traer efectivo.

Sólo que el contacto en la localidad texana, José Vázquez, más conocido como “El Diablo”, era perseguido ya por Richard Martínez, aguerrido agente que detectó las operaciones y lo condujeron a confiscar los valores que transportaba el mexicano.

El detenido se sostuvo al principio y no delató a sus cómplices, por lo cual Richard cambió de estrategia y contactó al hermano Héctor Moreno a quién ofreció un buen trato, de tal forma que la pena que se impusiera no fuera tan drástica y recuperara su libertad en un tiempo corto. A cambio le solicitó los teléfonos de los hermanos Treviño para monitorearlos y saber sus movimientos para lograr su localización.

Richard por su parte mantenía en secreto las investigaciones, no obstante fue obligado por los superiores para que les diera los pormenores, lo que hizo a condición de no comunicar los avances a las autoridades mexicanas porque el trabajo se vendría abajo.

Desgraciadamente el superior de Richard, fue lo primero que hizo y participó de las indagaciones las autoridades federales mexicanas, que chismosas y corruptas como son, de inmediato lo filtraron a los Treviño y a manera de escarmiento llegaron, algunos dicen que 40, otros que 50 vehículos con más de 200 pistoleros.

Casa por casa, sacaron a los habitantes que luego asesinaron: niños, adolescentes, hombres, mujeres, ancianos. Asimismo con maquinaria pesada y armas de fuego destruyeron más de 40 construcciones que todavía aparecen destruidas.

Como la policía local estaba infiltrada por los delincuentes y el propio presidente municipal, nadie informó absolutamente nada. Tres años después fue cuando empezaron tímidamente a salir informes de lo acontecido. El Gobierno Federal a regañadientes aceptó los hechos, manifestando que el saldo de los masacrados era de cuarenta, cuando en realidad fueron aproximadamente trescientos, cuyos cuerpos fueron sepultados, descuartizados con trascabos y otras máquinas.

La pregunta que revolotea no sólo en la región, sino en el país es, ¿si los hechos; como muchos otros, quedarán impunes?