/ miércoles 21 de agosto de 2019

La tragedia de Ucrania, según Vargas Llosa

En Ucrania, durante 1932 y 1933 se registró una hambruna terrible, misma que fue premeditada por Stalin para someter a la población, frenar todo intento de nacionalismo y liquidar a las organizaciones que se resistían a integrarla a la URSS, lo que fue descrito por Anne Applebaum.

Hace unas semanas, el Premio Nobel Mario Vargas Llosa alzó su voz para mantener vivo el rechazo de las atrocidades escalofriantes de este régimen que provocó el Holodomor en Ucrania de 1932-1933 y refiriéndose al libro de Anne Applebaum “Hambruna roja. La guerra de Stalin contra Ucrania” advierte que “no es cosa del pasado”, por lo que pudiera repetirse una vez más una hambruna como la que provocó entonces varios millones de muertos y escalofriantes escenas de suicidios, asesinatos de niños, saqueos y canibalismo.

De acuerdo con el escritor peruano, al referirse al texto destaca que en 1928, José Stalin – en ese entonces el nuevo líder soviético había derrotado a sus adversarios dentro del Partido Comunista y era ya el amo supremo de la URSS- hizo un viaje por Siberia que duró tres semanas, en un periodo en el que en esa región comenzaban a escasear los cereales.

Según lo señaló el propio dirigente soviético, la culpa la tenían los campesinos retrógrados, que, gracias a la expropiación de los latifundios y la liquidación de los Kulaks, habían pasado a ser pequeños propietarios, por lo que la solución fue obligarlos a ceder sus granjas y dominios e incorporarse a la granjas colectivas que harían de ellos proletarios, la fuerza pujante y renovadora que reemplazaría su mentalidad burguesa por el fervor solidario de los bolcheviques.

En 1929 se pone en marcha la disolución de las pequeñas propiedades agrícolas a fin de incorporarlas a las granjas colectivas y los campesinos, que habían visto con simpatía la revolución, se resisten a entregar sus tierras y ganados, y asociarse a las enormes empresas colectivas, que dirigidas por burócratas del partido, suelen ser poco eficientes.

Esa resistencia sólo puede provenir de los enemigos de clase que quieren acabar con el socialismo y debe ser aplastada sin misericordia por los revolucionarios, por la que las brigadas comunistas recorren los campos, confiscando propiedades, ganados, aperos, semillas y enviando a prisión a quienes no colaboran.

Las cosechas se reducen, y los robos y ocultamiento de alimentos se multiplican por doquier, por lo que el régimen insiste en que el partido debe ser implacable en su lucha contra los saboteadores de la revolución y el hambre hace su aparición con sus terribles secuelas: robo, asesinatos, suicidios, aldeas que desaparecen porque sus habitantes han huido a las ciudades con la esperanza de encontrar en ellas trabajo y alimentos, y los cadáveres son ya tan numerosos que quedan tendidos en las calles y caminos porque no hay gente suficiente para enterrarlos.

En esta situación, hay padres que matan a sus hijos con sus manos para que no sufran más y, los más desesperados, para alimentarse con ellos, porque ya se han comido todos los perros, caballos, cerdos, gatos, y hasta ratas y ratones, y los comunicados que llegan a Ucrania de Moscú son cada día más apremiantes; negar la hambruna y, sobre todo, el canibalismo y los suicidios, y castigar sin complejos a los verdaderos causantes de esta catástrofe; los enemigos de clase, los fascistas, los kulaks, verdaderos responsables de las calamidades que se abaten sobre Ucrania.

Se estima que murieron en ese entonces unos cinco millones de ucranianos, por lo menos, pero para Vargas Llosa no hay manera de saberlo con exactitud, porque las estadísticas estaban fraguadas por la disciplina partidaria que lo exigía o por el miedo de los burócratas del partido a ser castigados como responsables de la hambruna.

Así los testimonios que reúne Anne Applebaum son desgarradores, la investigación que la autora lleva a cabo revela al mundo, en su apocalíptica dimensión, u acontecimiento que, por lo menos en sus características reales, había sido ocultado por la censura estalinista, pero que ahora, con la independencia de Ucrania, los documentos y testimonios relativos a aquel holocausto han podido ser consultados y datos a conocer.

Este es el origen, según Anne Applebaum, de su extraordinario libro “Hambruna roja. La guerra de Stalin” contra Ucrania, y de la caída en picada de la agricultura en todos los dominios de la URSS, donde según ella, la hambruna fue premeditada por Stalin y su cortejo de cómplices para someter esta región y frenar todo intento de nacionalismo en su seno y liquidar a las organizaciones que se resistían a integrarla a la URSS.

Este es un ejemplo de los extremos a que puede conducir el fanatismo ideológico, la ceguera y la imbecilidad que lo acompañan, y la irremediable violencia que es, a la corta o a la larga, su consecuencia.

De esta manera, la hambruna y las muertes en Ucrania ayudan a entender mejor el terrorismo yihadista y la bestialidad irracional que consiste en convertirse en una bomba humana y hacerse volar en un supermercado o en una iglesia, pulverizando a decenas de inocentes, como sucedió este Domingo de Resurrección en Sri Lanka.

Como lo dice el propio Vargas Llosa, “ocurrió hace casi un siglo allá en Ucrania, pero no nos engañemos; no es cosa del pasado, sigue ocurriendo, está a nuestro alrededor” y a veces, no queremos verlo.

En Ucrania, durante 1932 y 1933 se registró una hambruna terrible, misma que fue premeditada por Stalin para someter a la población, frenar todo intento de nacionalismo y liquidar a las organizaciones que se resistían a integrarla a la URSS, lo que fue descrito por Anne Applebaum.

Hace unas semanas, el Premio Nobel Mario Vargas Llosa alzó su voz para mantener vivo el rechazo de las atrocidades escalofriantes de este régimen que provocó el Holodomor en Ucrania de 1932-1933 y refiriéndose al libro de Anne Applebaum “Hambruna roja. La guerra de Stalin contra Ucrania” advierte que “no es cosa del pasado”, por lo que pudiera repetirse una vez más una hambruna como la que provocó entonces varios millones de muertos y escalofriantes escenas de suicidios, asesinatos de niños, saqueos y canibalismo.

De acuerdo con el escritor peruano, al referirse al texto destaca que en 1928, José Stalin – en ese entonces el nuevo líder soviético había derrotado a sus adversarios dentro del Partido Comunista y era ya el amo supremo de la URSS- hizo un viaje por Siberia que duró tres semanas, en un periodo en el que en esa región comenzaban a escasear los cereales.

Según lo señaló el propio dirigente soviético, la culpa la tenían los campesinos retrógrados, que, gracias a la expropiación de los latifundios y la liquidación de los Kulaks, habían pasado a ser pequeños propietarios, por lo que la solución fue obligarlos a ceder sus granjas y dominios e incorporarse a la granjas colectivas que harían de ellos proletarios, la fuerza pujante y renovadora que reemplazaría su mentalidad burguesa por el fervor solidario de los bolcheviques.

En 1929 se pone en marcha la disolución de las pequeñas propiedades agrícolas a fin de incorporarlas a las granjas colectivas y los campesinos, que habían visto con simpatía la revolución, se resisten a entregar sus tierras y ganados, y asociarse a las enormes empresas colectivas, que dirigidas por burócratas del partido, suelen ser poco eficientes.

Esa resistencia sólo puede provenir de los enemigos de clase que quieren acabar con el socialismo y debe ser aplastada sin misericordia por los revolucionarios, por la que las brigadas comunistas recorren los campos, confiscando propiedades, ganados, aperos, semillas y enviando a prisión a quienes no colaboran.

Las cosechas se reducen, y los robos y ocultamiento de alimentos se multiplican por doquier, por lo que el régimen insiste en que el partido debe ser implacable en su lucha contra los saboteadores de la revolución y el hambre hace su aparición con sus terribles secuelas: robo, asesinatos, suicidios, aldeas que desaparecen porque sus habitantes han huido a las ciudades con la esperanza de encontrar en ellas trabajo y alimentos, y los cadáveres son ya tan numerosos que quedan tendidos en las calles y caminos porque no hay gente suficiente para enterrarlos.

En esta situación, hay padres que matan a sus hijos con sus manos para que no sufran más y, los más desesperados, para alimentarse con ellos, porque ya se han comido todos los perros, caballos, cerdos, gatos, y hasta ratas y ratones, y los comunicados que llegan a Ucrania de Moscú son cada día más apremiantes; negar la hambruna y, sobre todo, el canibalismo y los suicidios, y castigar sin complejos a los verdaderos causantes de esta catástrofe; los enemigos de clase, los fascistas, los kulaks, verdaderos responsables de las calamidades que se abaten sobre Ucrania.

Se estima que murieron en ese entonces unos cinco millones de ucranianos, por lo menos, pero para Vargas Llosa no hay manera de saberlo con exactitud, porque las estadísticas estaban fraguadas por la disciplina partidaria que lo exigía o por el miedo de los burócratas del partido a ser castigados como responsables de la hambruna.

Así los testimonios que reúne Anne Applebaum son desgarradores, la investigación que la autora lleva a cabo revela al mundo, en su apocalíptica dimensión, u acontecimiento que, por lo menos en sus características reales, había sido ocultado por la censura estalinista, pero que ahora, con la independencia de Ucrania, los documentos y testimonios relativos a aquel holocausto han podido ser consultados y datos a conocer.

Este es el origen, según Anne Applebaum, de su extraordinario libro “Hambruna roja. La guerra de Stalin” contra Ucrania, y de la caída en picada de la agricultura en todos los dominios de la URSS, donde según ella, la hambruna fue premeditada por Stalin y su cortejo de cómplices para someter esta región y frenar todo intento de nacionalismo en su seno y liquidar a las organizaciones que se resistían a integrarla a la URSS.

Este es un ejemplo de los extremos a que puede conducir el fanatismo ideológico, la ceguera y la imbecilidad que lo acompañan, y la irremediable violencia que es, a la corta o a la larga, su consecuencia.

De esta manera, la hambruna y las muertes en Ucrania ayudan a entender mejor el terrorismo yihadista y la bestialidad irracional que consiste en convertirse en una bomba humana y hacerse volar en un supermercado o en una iglesia, pulverizando a decenas de inocentes, como sucedió este Domingo de Resurrección en Sri Lanka.

Como lo dice el propio Vargas Llosa, “ocurrió hace casi un siglo allá en Ucrania, pero no nos engañemos; no es cosa del pasado, sigue ocurriendo, está a nuestro alrededor” y a veces, no queremos verlo.

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