/ sábado 13 de julio de 2019

La transición democrática en México

Del 68 a la 4ª.T, vista en primera persona, la primera piedra de la transición (Parte 3 de 30)

El triunfo que la izquierda registró el primero de julio del 2018 en las urnas no se obtuvo de la noche a la mañana o por generación espontánea. Tampoco fue el resultado únicamente del trabajo político de AMLO y MORENA por muy arduo y consistente que este haya sido desde que en 1988, en su natal Macausana, Tabasco, abandonara las filas del priismo y un año después, en mayo de 1989, se convirtiera en uno de los fundadores del Partido de la Revolución Democrática (PRD) que fue cuando precisamente yo lo vi por primera vez, aunque fue hasta años después cuando lo traté personalmente.

Muy por el contrario, la victoria de Andrés Manuel y MORENA fue el resultado de un largo y sinuoso proceso de ascenso, descenso y consolidación de la izquierda mexicana cuyo punto de arranque o inflexión fue precisamente el Movimiento Estudiantil de 1968 y al que ahora le dedicaré varias partes de esta serie.

Por eso, la noche del domingo primero de julio, una vez más me quedaba perfectamente claro que gran parte de la victoria que ahora Andrés Manuel López Obrador estaba celebrando correspondía a la generación a la que orgullosamente pertenezco, a la de 1968, por ser ésta la que quiérase o no sembró la semilla con la que se empezó a gestar este largo y difícil proceso de democratización de la vida pública nacional y que medio siglo después al fin daba el fruto tan largamente esperado, coincidiendo precisamente con la serie de eventos conmemorativos del 50 aniversario del Movimiento Estudiantil-Popular de 1968 como un justo y merecido homenaje a nuestros compañeros muertos en aquel entonces y aún después como nuestro inolvidable Raúl Álvarez Garín, o la Tita Avendaño, o Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca y muchos otros que ya se nos adelantaron en ese viaje sin retorno.

Tras esta reflexión consideré que muy bien valía la pena ir al lugar exacto en donde justamente medio siglo antes un grupo de románticos preparatorianos de la UNAM, entre goyas universitarias y las llamas que estaban consumiendo un camión urbano frente a la antigua Librería Porrúa gritamos las primeras las consignas demandando justicia y democracia para México que días después también se escucharían en las aulas, explanadas, plazas y calles de la gran urbe. Coreando esas consignas, esa noche, en el viejo Barrio universitario de mí siempre tan querida Universidad Nacional Autónoma de México que me ha dado todo, se iniciaba el Movimiento Estudiantil de 1968 en México.

La primera piedra para la construcción de la transición democrática en México se puso en 1968 y la colocamos los estudiantes de aquel entonces en el viejo Barrio universitario. Por eso, la noche del primero de julio de 2018, inmediatamente después de haber escuchado en el Zócalo el discurso de Andrés Manuel, le pedí a René, mi hijo que me acompañara al ex Colegio de San Ildefonso, ubicado justamente a tres cuadras de distancia del Zócalo, en donde en la década de los sesenta estuvieron albergadas dos de las nueve planteles de la Escuela Nacional Preparatoria de la UNAM, esto es, la 1 y la 3, y donde a su vez la noche del viernes 26 de julio de 1968 se inició este largo y difícil peregrinar que por lo menos en una de sus fases culminó precisamente este primero de julio con el arribo de la izquierda al poder.

Una vez que ya estuvimos en la calle, justamente enfrente de la puerta principal de la que fue mi Preparatoria, de inmediato comenzaron a fluir sobre mi cabeza un sinfín de recuerdos sobre todo de aquel viernes 26 de julio, el día en que por una mera casualidad me metí a un terreno del que medio siglo después aún no he salido ni pienso abandonar el resto de mi vida y que no ha sido otra cosa más que la lucha por la democratización de la vida pública nacional.

De esta forma, la noche del domingo primero o, mejor dicho, la madrugada del lunes 2 de julio, mi memoria comenzó a trabajar por la ruta de los recuerdos tratando de construir como si fuese un rompe cabezas todo lo que desde entonces y hasta ahora he hecho, visto y oído para la construcción democrática de este país.

De esta manera, mi memoria comenzó a proyectar en la pantalla la película que se inició precisamente aquella hermosa noche del viernes 26 de julio de 1968. Aquel día en que no hacía frío ni calor ni tampoco llovía, no obstante encontrarnos en tiempo de lluvias.

Por lo menos hasta las ocho de la noche, en la Preparatoria 3 de La UNAM (en donde desde los primeros días del mes febrero de ese año yo cursaba el primer año del bachillerato, luego de haber pasado el difícil examen de admisión que cada año se hace en la UNAM) no había ocurrido absolutamente nada extraordinario.

Así, en esta mi Preparatoria en donde el Presidente de la Sociedad de Alumnos era un priista, el grueso de la comunidad estudiantil ignoraba totalmente que tanto la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos (FNET) como la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED), brazo político estudiantil del otrora Partido Comunista Mexicano (PCM), esa tarde habían convocado a sendas manifestaciones callejeras, cada uno por su lado y con objetivos diferentes.

En el mismo tenor, nadie estaba enterado de que esa tarde, en las calles de Palma y Madero, una zona relativamente lejana de nuestro plantel, una marcha de estudiantes politécnicos, conjuntamente con integrantes de la CNED, que se dirigía al Zócalo, una vez más ---como en muchas otras ocasiones ya había ocurrido en el transcurso de la década de los sesenta--- había sido interceptada y violentamente reprimida por los granaderos y miembros de la Dirección Federal de Seguridad.

Ese día y como todos los viernes, los alumnos del Grupo 413 de la Preparatoria en el que yo había quedado inscrito como alumno de la UNAM, conformado por hombres y mujeres de diferentes partes del país, esperábamos impacientes la que sería la última hora clase de la semana, esto es, la de matemáticas (algebra) que nos impartía un profesor de nombre Alberto “N” quien al parecer provenía de la milicia.

Se trataba de un profesor muy serio, responsable, capaz y disciplinado que nunca faltaba a clase. Sin embargo, ese día ya era muy tarde y aún no se hacía presente en el salón. En cambio, quien que sí llegó al aula, aunque mucho más tarde de lo que diariamente lo hacía, fue un compañero del grupo de nombre Facundo Loredo, quien durante la mañana trabajaba en una fábrica de cigarros que se localizaba en el municipio de Naucalpan, Estado de México y por la tarde-noche estudiaba en la Preparatoria. Diariamente Loredo llegaba con una bolsa de hule llena de cigarros, mismo que repartía entre los fumadores del grupo, entre los cuales en ese entonces me encontraba yo. Por eso todos los días esperábamos con ansia su llegada.

Sin embargo, en esta ocasión Loredo no traía la acostumbrada bolsa de cigarros para los fumadores del grupo. En cambio venía muy agitado y azorado como si hubiese visto al mismo diablo u otro personaje de la misma naturaleza. De inmediato lo increpamos para que nos dijera qué le había pasado y por qué traía esa cara de terror.

Ya un poco más tranquilo Loredo nos confesó que unos momentos antes, al atravesar el Zócalo, como diario lo hacía, se lo encontró lleno de patrullas, ambulancias, granaderos y policías vestidos de civil, quienes al verlo ahí lo habían correteado para agredirlo por su aspecto de estudiante. En su carrera para salvar el pellejo fue cuando se le cayó la bolsa de cigarros que ya no se detuvo a recogerla.

Fue hasta ese momento cuando también supimos que horas antes se había suscitado un violento enfrentamiento entre granaderos y estudiantes politécnicos que pretendían llegar al Zócalo para hacer pública su protesta por la agresión policíaca que días antes había sufrido la comunidad académica de la Vocacional 5 del Politécnico que se encontraba y aún se encuentra en la Ciudadela.

A raíz de ese violento enfrentamiento, según Loredo, se hablaba de varios jóvenes manifestantes heridos, detenidos y hasta de una estudiante de la Universidad Iberoamericana muerta. Su narración nos indignó y preocupó a todos, deseando que sobre todo lo de la muchacha muerta no fuese cierto. Lo demás tenía solución, pero la muerte no. Con las revelaciones de Loredo se comenzó a gestar el 68 mexicano.


* Profesor e investigador de carrera en la UNAM. Email: elpozoleunam@hotmail.com

Del 68 a la 4ª.T, vista en primera persona, la primera piedra de la transición (Parte 3 de 30)

El triunfo que la izquierda registró el primero de julio del 2018 en las urnas no se obtuvo de la noche a la mañana o por generación espontánea. Tampoco fue el resultado únicamente del trabajo político de AMLO y MORENA por muy arduo y consistente que este haya sido desde que en 1988, en su natal Macausana, Tabasco, abandonara las filas del priismo y un año después, en mayo de 1989, se convirtiera en uno de los fundadores del Partido de la Revolución Democrática (PRD) que fue cuando precisamente yo lo vi por primera vez, aunque fue hasta años después cuando lo traté personalmente.

Muy por el contrario, la victoria de Andrés Manuel y MORENA fue el resultado de un largo y sinuoso proceso de ascenso, descenso y consolidación de la izquierda mexicana cuyo punto de arranque o inflexión fue precisamente el Movimiento Estudiantil de 1968 y al que ahora le dedicaré varias partes de esta serie.

Por eso, la noche del domingo primero de julio, una vez más me quedaba perfectamente claro que gran parte de la victoria que ahora Andrés Manuel López Obrador estaba celebrando correspondía a la generación a la que orgullosamente pertenezco, a la de 1968, por ser ésta la que quiérase o no sembró la semilla con la que se empezó a gestar este largo y difícil proceso de democratización de la vida pública nacional y que medio siglo después al fin daba el fruto tan largamente esperado, coincidiendo precisamente con la serie de eventos conmemorativos del 50 aniversario del Movimiento Estudiantil-Popular de 1968 como un justo y merecido homenaje a nuestros compañeros muertos en aquel entonces y aún después como nuestro inolvidable Raúl Álvarez Garín, o la Tita Avendaño, o Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca y muchos otros que ya se nos adelantaron en ese viaje sin retorno.

Tras esta reflexión consideré que muy bien valía la pena ir al lugar exacto en donde justamente medio siglo antes un grupo de románticos preparatorianos de la UNAM, entre goyas universitarias y las llamas que estaban consumiendo un camión urbano frente a la antigua Librería Porrúa gritamos las primeras las consignas demandando justicia y democracia para México que días después también se escucharían en las aulas, explanadas, plazas y calles de la gran urbe. Coreando esas consignas, esa noche, en el viejo Barrio universitario de mí siempre tan querida Universidad Nacional Autónoma de México que me ha dado todo, se iniciaba el Movimiento Estudiantil de 1968 en México.

La primera piedra para la construcción de la transición democrática en México se puso en 1968 y la colocamos los estudiantes de aquel entonces en el viejo Barrio universitario. Por eso, la noche del primero de julio de 2018, inmediatamente después de haber escuchado en el Zócalo el discurso de Andrés Manuel, le pedí a René, mi hijo que me acompañara al ex Colegio de San Ildefonso, ubicado justamente a tres cuadras de distancia del Zócalo, en donde en la década de los sesenta estuvieron albergadas dos de las nueve planteles de la Escuela Nacional Preparatoria de la UNAM, esto es, la 1 y la 3, y donde a su vez la noche del viernes 26 de julio de 1968 se inició este largo y difícil peregrinar que por lo menos en una de sus fases culminó precisamente este primero de julio con el arribo de la izquierda al poder.

Una vez que ya estuvimos en la calle, justamente enfrente de la puerta principal de la que fue mi Preparatoria, de inmediato comenzaron a fluir sobre mi cabeza un sinfín de recuerdos sobre todo de aquel viernes 26 de julio, el día en que por una mera casualidad me metí a un terreno del que medio siglo después aún no he salido ni pienso abandonar el resto de mi vida y que no ha sido otra cosa más que la lucha por la democratización de la vida pública nacional.

De esta forma, la noche del domingo primero o, mejor dicho, la madrugada del lunes 2 de julio, mi memoria comenzó a trabajar por la ruta de los recuerdos tratando de construir como si fuese un rompe cabezas todo lo que desde entonces y hasta ahora he hecho, visto y oído para la construcción democrática de este país.

De esta manera, mi memoria comenzó a proyectar en la pantalla la película que se inició precisamente aquella hermosa noche del viernes 26 de julio de 1968. Aquel día en que no hacía frío ni calor ni tampoco llovía, no obstante encontrarnos en tiempo de lluvias.

Por lo menos hasta las ocho de la noche, en la Preparatoria 3 de La UNAM (en donde desde los primeros días del mes febrero de ese año yo cursaba el primer año del bachillerato, luego de haber pasado el difícil examen de admisión que cada año se hace en la UNAM) no había ocurrido absolutamente nada extraordinario.

Así, en esta mi Preparatoria en donde el Presidente de la Sociedad de Alumnos era un priista, el grueso de la comunidad estudiantil ignoraba totalmente que tanto la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos (FNET) como la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED), brazo político estudiantil del otrora Partido Comunista Mexicano (PCM), esa tarde habían convocado a sendas manifestaciones callejeras, cada uno por su lado y con objetivos diferentes.

En el mismo tenor, nadie estaba enterado de que esa tarde, en las calles de Palma y Madero, una zona relativamente lejana de nuestro plantel, una marcha de estudiantes politécnicos, conjuntamente con integrantes de la CNED, que se dirigía al Zócalo, una vez más ---como en muchas otras ocasiones ya había ocurrido en el transcurso de la década de los sesenta--- había sido interceptada y violentamente reprimida por los granaderos y miembros de la Dirección Federal de Seguridad.

Ese día y como todos los viernes, los alumnos del Grupo 413 de la Preparatoria en el que yo había quedado inscrito como alumno de la UNAM, conformado por hombres y mujeres de diferentes partes del país, esperábamos impacientes la que sería la última hora clase de la semana, esto es, la de matemáticas (algebra) que nos impartía un profesor de nombre Alberto “N” quien al parecer provenía de la milicia.

Se trataba de un profesor muy serio, responsable, capaz y disciplinado que nunca faltaba a clase. Sin embargo, ese día ya era muy tarde y aún no se hacía presente en el salón. En cambio, quien que sí llegó al aula, aunque mucho más tarde de lo que diariamente lo hacía, fue un compañero del grupo de nombre Facundo Loredo, quien durante la mañana trabajaba en una fábrica de cigarros que se localizaba en el municipio de Naucalpan, Estado de México y por la tarde-noche estudiaba en la Preparatoria. Diariamente Loredo llegaba con una bolsa de hule llena de cigarros, mismo que repartía entre los fumadores del grupo, entre los cuales en ese entonces me encontraba yo. Por eso todos los días esperábamos con ansia su llegada.

Sin embargo, en esta ocasión Loredo no traía la acostumbrada bolsa de cigarros para los fumadores del grupo. En cambio venía muy agitado y azorado como si hubiese visto al mismo diablo u otro personaje de la misma naturaleza. De inmediato lo increpamos para que nos dijera qué le había pasado y por qué traía esa cara de terror.

Ya un poco más tranquilo Loredo nos confesó que unos momentos antes, al atravesar el Zócalo, como diario lo hacía, se lo encontró lleno de patrullas, ambulancias, granaderos y policías vestidos de civil, quienes al verlo ahí lo habían correteado para agredirlo por su aspecto de estudiante. En su carrera para salvar el pellejo fue cuando se le cayó la bolsa de cigarros que ya no se detuvo a recogerla.

Fue hasta ese momento cuando también supimos que horas antes se había suscitado un violento enfrentamiento entre granaderos y estudiantes politécnicos que pretendían llegar al Zócalo para hacer pública su protesta por la agresión policíaca que días antes había sufrido la comunidad académica de la Vocacional 5 del Politécnico que se encontraba y aún se encuentra en la Ciudadela.

A raíz de ese violento enfrentamiento, según Loredo, se hablaba de varios jóvenes manifestantes heridos, detenidos y hasta de una estudiante de la Universidad Iberoamericana muerta. Su narración nos indignó y preocupó a todos, deseando que sobre todo lo de la muchacha muerta no fuese cierto. Lo demás tenía solución, pero la muerte no. Con las revelaciones de Loredo se comenzó a gestar el 68 mexicano.


* Profesor e investigador de carrera en la UNAM. Email: elpozoleunam@hotmail.com

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