/ miércoles 22 de junio de 2022

Linchamiento: orgía de sangre y atrocidad

El linchamiento que aconteció en Huauchinango, Puebla, como tantos otros que han pasado en suelo mexicano, muestran el exceso de crueldad con la que puede comportarse el ser humano, una vez que se acaban los frenos morales y se hacen a un lado las reglas jurídicas, que terminan en un baño de sangre.

Ante esos acontecimientos que, cada vez se repiten más en nuestro país, cabe preguntarse, ¿a qué se debe la crueldad del ser humano con sus semejantes?, ¿en qué consiste la naturaleza humana?, ¿dónde queda la idea del ser racional?, ¿cómo se administra la justicia en México?, ¿cómo perciben y sienten las personas la presencia del Estado mexicano?, ¿tenemos un Estado fallido en México?

Recuerdo que Gustave Le Bon, en su Psicología de las Masas, menciona que el comportamiento humano bajo la influencia de las aglomeraciones, en un estado de excitación, se da la súbita desaparición de los frenos morales y, a su vez, también se da “la súbita aparición de impulsos primitivos, de infantilismos y tendencias criminales”.

Por un simple rumor esparcido, sin estar sustentado en pruebas, sin escuchar al joven abogado, la multitud le impuso la pena máxima. Tal como afirmó Nietzsche al referirse a cuan accidental es el sentido de la pena: “Pena como declaración de guerra y medida de guerra contra un enemigo de la paz… al que, considerase peligroso para la comunidad (así consideró la multitud a la víctima)… se le combate por los medios que proporciona únicamente la guerra”.

La comunidad se arroga el derecho de derramar sangre, el poder sobre la vida de una persona, “sociedad de sangre”, dijo Foucault, “el poder habla a través de la sangre”, pero refiriéndose a una época que consideró superada en la que el poder soberano tenía el privilegio del derecho de vida y muerte.

Más arriba me preguntaba, ¿cómo perciben y sienten las personas la presencia del Derecho? Por desgracia, en la vida cotidiana, en muchas de las ocasiones las personas perciben al Estado a través de actos de corrupción, pero no de actos de justicia. Han fallado las instituciones en procurar y aplicar la ley, en dar a cada quien lo que le corresponde, en resguardar la seguridad pública de las personas.

La ignorancia, la falta de valores encaminados hacia el respeto de la vida y la integridad de las personas y demás seres vivientes, el abandono en que se encuentran ciertas comunidades, las fallas que ha habido en la educación oficial, también en la religiosa y en la propia familia, han hecho posible que sucedan atrocidades en nuestra sociedad.

Todas las personas e instituciones tenemos la obligación moral de propiciar un ambiente de respeto, de tolerancia, de solidaridad con quienes sufren, de evitar la violencia en todas sus manifestaciones y de hacer realidad el Estado de Derecho.

Un Estado de Derecho, precisamente, trata de evitar que se presenten ese tipo de situaciones, como el linchamiento al que se hizo mención, de ahí que nuestra Constitución, en el artículo 17 establece la prohibición para toda persona de hacerse justicia por sí misma, tampoco debe ejercer violencia por propia mano para reclamar su derecho.

La solución más civilizada ante los problemas que nos aquejan, ante un mundo en el que la violencia se enseñorea de ciertas situaciones, es el imperio del Derecho. Acudir a este tipo de racionalidad es necesario si se quiere vivir en paz y con justicia

El linchamiento que aconteció en Huauchinango, Puebla, como tantos otros que han pasado en suelo mexicano, muestran el exceso de crueldad con la que puede comportarse el ser humano, una vez que se acaban los frenos morales y se hacen a un lado las reglas jurídicas, que terminan en un baño de sangre.

Ante esos acontecimientos que, cada vez se repiten más en nuestro país, cabe preguntarse, ¿a qué se debe la crueldad del ser humano con sus semejantes?, ¿en qué consiste la naturaleza humana?, ¿dónde queda la idea del ser racional?, ¿cómo se administra la justicia en México?, ¿cómo perciben y sienten las personas la presencia del Estado mexicano?, ¿tenemos un Estado fallido en México?

Recuerdo que Gustave Le Bon, en su Psicología de las Masas, menciona que el comportamiento humano bajo la influencia de las aglomeraciones, en un estado de excitación, se da la súbita desaparición de los frenos morales y, a su vez, también se da “la súbita aparición de impulsos primitivos, de infantilismos y tendencias criminales”.

Por un simple rumor esparcido, sin estar sustentado en pruebas, sin escuchar al joven abogado, la multitud le impuso la pena máxima. Tal como afirmó Nietzsche al referirse a cuan accidental es el sentido de la pena: “Pena como declaración de guerra y medida de guerra contra un enemigo de la paz… al que, considerase peligroso para la comunidad (así consideró la multitud a la víctima)… se le combate por los medios que proporciona únicamente la guerra”.

La comunidad se arroga el derecho de derramar sangre, el poder sobre la vida de una persona, “sociedad de sangre”, dijo Foucault, “el poder habla a través de la sangre”, pero refiriéndose a una época que consideró superada en la que el poder soberano tenía el privilegio del derecho de vida y muerte.

Más arriba me preguntaba, ¿cómo perciben y sienten las personas la presencia del Derecho? Por desgracia, en la vida cotidiana, en muchas de las ocasiones las personas perciben al Estado a través de actos de corrupción, pero no de actos de justicia. Han fallado las instituciones en procurar y aplicar la ley, en dar a cada quien lo que le corresponde, en resguardar la seguridad pública de las personas.

La ignorancia, la falta de valores encaminados hacia el respeto de la vida y la integridad de las personas y demás seres vivientes, el abandono en que se encuentran ciertas comunidades, las fallas que ha habido en la educación oficial, también en la religiosa y en la propia familia, han hecho posible que sucedan atrocidades en nuestra sociedad.

Todas las personas e instituciones tenemos la obligación moral de propiciar un ambiente de respeto, de tolerancia, de solidaridad con quienes sufren, de evitar la violencia en todas sus manifestaciones y de hacer realidad el Estado de Derecho.

Un Estado de Derecho, precisamente, trata de evitar que se presenten ese tipo de situaciones, como el linchamiento al que se hizo mención, de ahí que nuestra Constitución, en el artículo 17 establece la prohibición para toda persona de hacerse justicia por sí misma, tampoco debe ejercer violencia por propia mano para reclamar su derecho.

La solución más civilizada ante los problemas que nos aquejan, ante un mundo en el que la violencia se enseñorea de ciertas situaciones, es el imperio del Derecho. Acudir a este tipo de racionalidad es necesario si se quiere vivir en paz y con justicia

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