/ viernes 17 de julio de 2020

¿Nueva normalidad o nueva realidad?

Muchos sociólogos y filósofos contemporáneos debaten acerca de cómo deberíamos denominar a este tiempo. A decir verdad no importa mucho qué nombre le pondremos. Lo cierto es que ya llegó y está entre nosotros.

Muchos dicen que vino para quedarse, otros que va a pasar. ¿Cómo será? No lo sabemos. No lo podemos controlar. Pero sí podemos tomar algunas resoluciones para enfrentarlo. Te comparto las que yo he tomado por si decides abrazarlas:

En primer lugar, no voy a permitir que nada me robe la alegría. La alegría que proviene de haber sido alcanzado por Dios y recibido el perdón de mis pecados. Eso se llama “el gozo de la salvación” ¡y no hay pandemia que te lo pueda quitar! El gozo del Señor es la fuerza del creyente, un poder increíble. Si no lo conoces, si no lo tienes, puedes recibirlo, está más cerca de ti de lo que te imaginas: ¡a tan sólo cuarenta centímetros! Lo que tu rodilla del suelo. Sólo cree en Jesucristo, arrepiéntete de tus pecados e invítalo a ser tu Señor y Salvador.

En segundo lugar, no voy a permitir que nadie me robe el derecho de educar a mis hijos. “A mis hijos los educo yo”, es el lema de una campaña de padres de familia que nació en el Perú. Bien haríamos en adoptarla en nuestro país, antes que sea demasiado tarde. El Estado no tiene facultad para imponernos los contenidos con que nuestros hijos serán educados. Esa es nuestra responsabilidad. No permitamos que esta pandemia sea el distractor perfecto para que se meta la ideología de género en nuestros hogares.

En tercer lugar, no voy a permitir que nada ni nadie me robe la esperanza. La esperanza de un mañana mejor. La esperanza de que vale la pena traer hijos al mundo. Ya sé que todo está cada vez peor. Ya sé que los problemas económicos serán cada vez mayores. ¡Pero no puedo bajar los brazos! Imagínese qué van a pensar nuestros hijos, ¡ver a sus padres rendirse frente a un virus microscópico! ¡Lo vamos a vencer! La historia nos enseña que no hay crisis que no se haya superado, por difícil y larga que haya sido. La Biblia, nos asegura que al final triunfa la justicia, así es, ¡ganan los buenos!

No te resignes a aceptar este tiempo con una actitud pasiva, sin criterio y con escepticismo. Es hora de que nos pongamos de pie y le digamos a la “nueva normalidad” o la “nueva realidad” (ya no sé cómo decirle) que no tiene el poder para definirnos. En Cristo hemos sido hechos libres y esa es la verdad que nos define. Yo ya he tomado algunas resoluciones, ¿y tú?

Muchos sociólogos y filósofos contemporáneos debaten acerca de cómo deberíamos denominar a este tiempo. A decir verdad no importa mucho qué nombre le pondremos. Lo cierto es que ya llegó y está entre nosotros.

Muchos dicen que vino para quedarse, otros que va a pasar. ¿Cómo será? No lo sabemos. No lo podemos controlar. Pero sí podemos tomar algunas resoluciones para enfrentarlo. Te comparto las que yo he tomado por si decides abrazarlas:

En primer lugar, no voy a permitir que nada me robe la alegría. La alegría que proviene de haber sido alcanzado por Dios y recibido el perdón de mis pecados. Eso se llama “el gozo de la salvación” ¡y no hay pandemia que te lo pueda quitar! El gozo del Señor es la fuerza del creyente, un poder increíble. Si no lo conoces, si no lo tienes, puedes recibirlo, está más cerca de ti de lo que te imaginas: ¡a tan sólo cuarenta centímetros! Lo que tu rodilla del suelo. Sólo cree en Jesucristo, arrepiéntete de tus pecados e invítalo a ser tu Señor y Salvador.

En segundo lugar, no voy a permitir que nadie me robe el derecho de educar a mis hijos. “A mis hijos los educo yo”, es el lema de una campaña de padres de familia que nació en el Perú. Bien haríamos en adoptarla en nuestro país, antes que sea demasiado tarde. El Estado no tiene facultad para imponernos los contenidos con que nuestros hijos serán educados. Esa es nuestra responsabilidad. No permitamos que esta pandemia sea el distractor perfecto para que se meta la ideología de género en nuestros hogares.

En tercer lugar, no voy a permitir que nada ni nadie me robe la esperanza. La esperanza de un mañana mejor. La esperanza de que vale la pena traer hijos al mundo. Ya sé que todo está cada vez peor. Ya sé que los problemas económicos serán cada vez mayores. ¡Pero no puedo bajar los brazos! Imagínese qué van a pensar nuestros hijos, ¡ver a sus padres rendirse frente a un virus microscópico! ¡Lo vamos a vencer! La historia nos enseña que no hay crisis que no se haya superado, por difícil y larga que haya sido. La Biblia, nos asegura que al final triunfa la justicia, así es, ¡ganan los buenos!

No te resignes a aceptar este tiempo con una actitud pasiva, sin criterio y con escepticismo. Es hora de que nos pongamos de pie y le digamos a la “nueva normalidad” o la “nueva realidad” (ya no sé cómo decirle) que no tiene el poder para definirnos. En Cristo hemos sido hechos libres y esa es la verdad que nos define. Yo ya he tomado algunas resoluciones, ¿y tú?