/ sábado 31 de julio de 2021

¿Qué queremos de nuestros hijos?

Para hacerse de algo de dinero vendió a buen precio la vajilla francesa que era patrimonio familiar a un comerciante de Godoy Cruz, el pueblo donde vivía con sus padres y siete hermanos de los cuales era el mayor.

Tenía entonces catorce años y la ambición por viajar a la capital del país lo había “cegado” para cometer el ilícito, en ese momento probablemente aún en categoría de “travesura”.

Sus padres no tardaron mucho tiempo en darse cuenta de que algo no andaba bien con el muchacho. La mirada esquiva lo delataba.

Así que en connivencia con el comisario del pueblo su papá hizo que lo encarcelaran hasta que dijera la verdad. Misma que salió a la luz después de apenas dos noches en el calabozo. Pronto se regresó el dinero y se recuperó la vajilla, pero lo más importante: Antonio aprendería un par de lecciones de por vida: “La mentira tiene patas cortas” y nuestras malas acciones tienen consecuencias.

No sé si de manera intuitiva o intencional, pero su papá entendió algo crucial: Nuestro deber como padres es antes que nada, enseñarle a nuestros hijos a ser hombres “justos”, hombres “de bien”.

Sé que esto suena impopular en una sociedad donde preferimos que logren la estabilidad económica al precio de su integridad; o que obtengan reconocimiento social a costa del desprecio de los demás; o que, como hoy está de moda “sean felices” no importando qué y cómo vivan, e ignorando que este bien no se alcanza si se persigue.

¿Qué queremos de nuestros hijos? Mientras nos enrolamos en la inercia de la vida diaria el tiempo se nos pasa y no alcanzamos a entender que nuestra tarea como padres también tiene tiempo de caducidad, dicen las legislaciones entre dieciocho y veintiún años.

Mi oración de hoy es, para algunos, que “nos caiga el veinte”, para otros Dios nos conceda un tiempo de “gracia”.

Antonio era mi abuelo materno, fue inspector enólogo toda su vida, y su herencia de honradez afectó ya varias generaciones.

Para hacerse de algo de dinero vendió a buen precio la vajilla francesa que era patrimonio familiar a un comerciante de Godoy Cruz, el pueblo donde vivía con sus padres y siete hermanos de los cuales era el mayor.

Tenía entonces catorce años y la ambición por viajar a la capital del país lo había “cegado” para cometer el ilícito, en ese momento probablemente aún en categoría de “travesura”.

Sus padres no tardaron mucho tiempo en darse cuenta de que algo no andaba bien con el muchacho. La mirada esquiva lo delataba.

Así que en connivencia con el comisario del pueblo su papá hizo que lo encarcelaran hasta que dijera la verdad. Misma que salió a la luz después de apenas dos noches en el calabozo. Pronto se regresó el dinero y se recuperó la vajilla, pero lo más importante: Antonio aprendería un par de lecciones de por vida: “La mentira tiene patas cortas” y nuestras malas acciones tienen consecuencias.

No sé si de manera intuitiva o intencional, pero su papá entendió algo crucial: Nuestro deber como padres es antes que nada, enseñarle a nuestros hijos a ser hombres “justos”, hombres “de bien”.

Sé que esto suena impopular en una sociedad donde preferimos que logren la estabilidad económica al precio de su integridad; o que obtengan reconocimiento social a costa del desprecio de los demás; o que, como hoy está de moda “sean felices” no importando qué y cómo vivan, e ignorando que este bien no se alcanza si se persigue.

¿Qué queremos de nuestros hijos? Mientras nos enrolamos en la inercia de la vida diaria el tiempo se nos pasa y no alcanzamos a entender que nuestra tarea como padres también tiene tiempo de caducidad, dicen las legislaciones entre dieciocho y veintiún años.

Mi oración de hoy es, para algunos, que “nos caiga el veinte”, para otros Dios nos conceda un tiempo de “gracia”.

Antonio era mi abuelo materno, fue inspector enólogo toda su vida, y su herencia de honradez afectó ya varias generaciones.