/ lunes 26 de octubre de 2020

¿Sana distancia o distancia que sana?

Bajo el lema “sana distancia” el sistema en el que vivimos nos ha propuesto la idea de “comprar” lo que viene en el futuro bajo el nombre de “nueva normalidad”.

No sé usted, pero me resisto férreamente a aceptar el tipo de vida que propone como “normal”. En todo caso sería una nueva “anormalidad”. No puedo pensar en aceptar como una nueva normalidad el hecho de que vivamos distanciados, sin poder abrazarnos, sin poder regalarnos una sonrisa, sin poder tocarnos. Dios creó al ser humano con la intrínseca necesidad de comunicarnos amor a través del toque físico. Fuimos diseñados para expresarnos afecto a través de la caricia, del abrazo, de la mano extendida, del beso.

De hecho, la procreación no es posible a menos que exista el mismo. No podemos ver como “normal” algo que va en contra de nuestra esencia. Siete meses de una nueva pandemia no tienen el poder para cambiar miles de años de historia del ser humano sobre el planeta.

Está comprobado científicamente que el neonato necesita sentir los latidos del corazón materno, y que la succión del pecho es lo más adecuado para un crecimiento sano. Está comprobado que los niños que son puestos en guardería a muy temprana son más proclives a desarrollar inseguridad ya que perciben, muchas veces, como rechazo y abandono la falta de cercanía física con sus padres en una edad tan formativa como son de los 0 a los 5 años de edad.

Está comprobado que la carencia de cercanía física en la niñez y adolescencia con los padres, especialmente del mismo sexo, favorecen a forjar hombres y mujeres con problemas de identidad sexual. Está comprobado, que por más años de casados que tengamos, nada reemplaza al cariño físico que un día, bajo el calor de la pasión, hizo que participáramos de la maravilla de la procreación. Está comprobado que los abuelitos viven más y mejor cuando reciben un abrazo.

Este mensaje no es una apología de ir en contra de las normas sanitarias, ni mucho menos. Por supuesto que hay que cumplirlas y ser responsables en cuidarnos todos. Lo que les propongo es ver este tiempo como un tiempo pasajero, transitorio, “contingente”. Cambiar el lema y verlo como un tiempo de oportunidad, de experimentar la “distancia que sana”. Distancia que nos sana de la necedad de habernos sentido seguros con los bienes materiales que poseíamos.

Distancia que nos sana de la apatía de no saber mostrar afecto y darnos cuenta de su importancia ahora que lo necesitamos. Distancia que nos sana de la falta de compasión al prójimo al encontrarnos ahora imposibilitados de orar por un enfermo o visitar a algún interno. Distancia que nos sana de la arrogancia de habernos creído independientes de Dios y ahora buscarlo desesperadamente porque nos damos cuenta que no podemos vivir sin Él.

Bajo el lema “sana distancia” el sistema en el que vivimos nos ha propuesto la idea de “comprar” lo que viene en el futuro bajo el nombre de “nueva normalidad”.

No sé usted, pero me resisto férreamente a aceptar el tipo de vida que propone como “normal”. En todo caso sería una nueva “anormalidad”. No puedo pensar en aceptar como una nueva normalidad el hecho de que vivamos distanciados, sin poder abrazarnos, sin poder regalarnos una sonrisa, sin poder tocarnos. Dios creó al ser humano con la intrínseca necesidad de comunicarnos amor a través del toque físico. Fuimos diseñados para expresarnos afecto a través de la caricia, del abrazo, de la mano extendida, del beso.

De hecho, la procreación no es posible a menos que exista el mismo. No podemos ver como “normal” algo que va en contra de nuestra esencia. Siete meses de una nueva pandemia no tienen el poder para cambiar miles de años de historia del ser humano sobre el planeta.

Está comprobado científicamente que el neonato necesita sentir los latidos del corazón materno, y que la succión del pecho es lo más adecuado para un crecimiento sano. Está comprobado que los niños que son puestos en guardería a muy temprana son más proclives a desarrollar inseguridad ya que perciben, muchas veces, como rechazo y abandono la falta de cercanía física con sus padres en una edad tan formativa como son de los 0 a los 5 años de edad.

Está comprobado que la carencia de cercanía física en la niñez y adolescencia con los padres, especialmente del mismo sexo, favorecen a forjar hombres y mujeres con problemas de identidad sexual. Está comprobado, que por más años de casados que tengamos, nada reemplaza al cariño físico que un día, bajo el calor de la pasión, hizo que participáramos de la maravilla de la procreación. Está comprobado que los abuelitos viven más y mejor cuando reciben un abrazo.

Este mensaje no es una apología de ir en contra de las normas sanitarias, ni mucho menos. Por supuesto que hay que cumplirlas y ser responsables en cuidarnos todos. Lo que les propongo es ver este tiempo como un tiempo pasajero, transitorio, “contingente”. Cambiar el lema y verlo como un tiempo de oportunidad, de experimentar la “distancia que sana”. Distancia que nos sana de la necedad de habernos sentido seguros con los bienes materiales que poseíamos.

Distancia que nos sana de la apatía de no saber mostrar afecto y darnos cuenta de su importancia ahora que lo necesitamos. Distancia que nos sana de la falta de compasión al prójimo al encontrarnos ahora imposibilitados de orar por un enfermo o visitar a algún interno. Distancia que nos sana de la arrogancia de habernos creído independientes de Dios y ahora buscarlo desesperadamente porque nos damos cuenta que no podemos vivir sin Él.