/ martes 2 de julio de 2019

Tip... tip...

Vaya de anécdota:

En aquel tiempo era diputado local Rómulo Nava, ya fallecido y Rubén Hernández Higuera, diputado federal, vivito y coleando en su ejido Los Bancos.

Los dos eran destacados cenecistas y en alguna vez que departían en las oficinas de Rubén, Rómulo lo invitó:

— Vamos a Villa Unión, diputado, allá hay mucho chile:

— Vamos pa’ darle una enchilada.

— El saltense meditó y repuso, primero vamos a El Salto, allá hay muchos pinos.

A través del tiempo el Congreso de la Unión ha aportado gobernadores a Durango y es posible que aporte para el 2022: ya sea José Ramón Enríquez, ya sea Gonzalo Yáñez o también ¿por qué no?, la doctora Margarita Valdez.

Hasta donde la memoria alcanza, la primera aportación del Congreso fue el senador Francisco González de la Vega e Iriarte, por cierto, uno de los mejores, si no el mejor gobernador de Durango.

Tenía una excelente relación con el entonces presidente Adolfo López Mateos, gracias a la cual le concedió muchas obras, entre otras: la Ciudad Industrial de Gómez Palacio, la carretera a Mazatlán, la Universidad Juárez y muchas otras que sería imposible enumerar.

González de la Vega no terminó su administración porque lo nombró jefe del entonces Departamento de Turismo, que ahora ya es Secretaría.

González de la Vega se dio el lujo de escoger sucesor, en el siempre bien recordado Rafael Hernández Piedra.

Le siguió otro senador, Enrique Dupré Ceniceros, a quien la arbitrariedad gubernamental lo truncó como mandatario.

El entonces presidente Díaz Ordaz lo destituyó y el mismo presidente nombró sustituto a un diputado federal, Ángel Rodríguez Solórzano.

De Rodríguez Solórzano vaya esta anécdota, en ese tiempo para registrarse como diputado federal, era necesario contar con la adhesión de 30 mil ciudadanos con su firma.

Días antes del registro, algunos amigos de Rodríguez Solórzano, que entonces era rector, le preguntaron:

— Que cuántas firmas tenía. Y contestó.

— Sólo tengo dos.

— Sus amigos se tiraron a conseguir las 30 mil firmas, curiosamente muchas parecidas y con la misma pluma, se las llevaron y le dijeron:

— ¿Cómo pensaba usted registrarse con dos firmas, maestro?

— Y contestó Rodríguez Solórzano, es que estas firmas son; una del presidente y otra del candidato.

El lunes fue Día del Ingeniero, nada que ver con aquellos tiempos en que se celebraba a la Sociedad Mexicana de Ingenieros con técnicos de todos los colores y todos los sabores.

Fue la época de Francisco Javier Salas, presidente fundador, Ernesto Reséndiz, que le siguió y luego Héctor Vela, que llegaron a organizar desayunos hasta con mil comensales, pagando cada quien su platillo.

Y la verdad no sé si todavía existe esa sociedad de ingenieros.

Vaya de anécdota:

En aquel tiempo era diputado local Rómulo Nava, ya fallecido y Rubén Hernández Higuera, diputado federal, vivito y coleando en su ejido Los Bancos.

Los dos eran destacados cenecistas y en alguna vez que departían en las oficinas de Rubén, Rómulo lo invitó:

— Vamos a Villa Unión, diputado, allá hay mucho chile:

— Vamos pa’ darle una enchilada.

— El saltense meditó y repuso, primero vamos a El Salto, allá hay muchos pinos.

A través del tiempo el Congreso de la Unión ha aportado gobernadores a Durango y es posible que aporte para el 2022: ya sea José Ramón Enríquez, ya sea Gonzalo Yáñez o también ¿por qué no?, la doctora Margarita Valdez.

Hasta donde la memoria alcanza, la primera aportación del Congreso fue el senador Francisco González de la Vega e Iriarte, por cierto, uno de los mejores, si no el mejor gobernador de Durango.

Tenía una excelente relación con el entonces presidente Adolfo López Mateos, gracias a la cual le concedió muchas obras, entre otras: la Ciudad Industrial de Gómez Palacio, la carretera a Mazatlán, la Universidad Juárez y muchas otras que sería imposible enumerar.

González de la Vega no terminó su administración porque lo nombró jefe del entonces Departamento de Turismo, que ahora ya es Secretaría.

González de la Vega se dio el lujo de escoger sucesor, en el siempre bien recordado Rafael Hernández Piedra.

Le siguió otro senador, Enrique Dupré Ceniceros, a quien la arbitrariedad gubernamental lo truncó como mandatario.

El entonces presidente Díaz Ordaz lo destituyó y el mismo presidente nombró sustituto a un diputado federal, Ángel Rodríguez Solórzano.

De Rodríguez Solórzano vaya esta anécdota, en ese tiempo para registrarse como diputado federal, era necesario contar con la adhesión de 30 mil ciudadanos con su firma.

Días antes del registro, algunos amigos de Rodríguez Solórzano, que entonces era rector, le preguntaron:

— Que cuántas firmas tenía. Y contestó.

— Sólo tengo dos.

— Sus amigos se tiraron a conseguir las 30 mil firmas, curiosamente muchas parecidas y con la misma pluma, se las llevaron y le dijeron:

— ¿Cómo pensaba usted registrarse con dos firmas, maestro?

— Y contestó Rodríguez Solórzano, es que estas firmas son; una del presidente y otra del candidato.

El lunes fue Día del Ingeniero, nada que ver con aquellos tiempos en que se celebraba a la Sociedad Mexicana de Ingenieros con técnicos de todos los colores y todos los sabores.

Fue la época de Francisco Javier Salas, presidente fundador, Ernesto Reséndiz, que le siguió y luego Héctor Vela, que llegaron a organizar desayunos hasta con mil comensales, pagando cada quien su platillo.

Y la verdad no sé si todavía existe esa sociedad de ingenieros.

martes 15 de octubre de 2019

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