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El peso de la influencia

  • José Miguel Castro Carrillo

El ser humano es un animal gregario, vivimos en grupo y nos necesitamos unos a otros para obtener comida, darnos seguridad y construir conocimiento. Así, creer que sea posible no recibir influencia de los demás es imaginar lo improbable.

A lo largo de nuestro crecimiento debemos entender nuestro carácter y para ello, construir una personalidad capaz de filtrar los estímulos exteriores recibiendo los buenos, bloqueando los malos y diferenciarlos entre sí.

Las personas, especialmente los niños y los jóvenes, pueden ser influenciados por los demás, porque no poseen madurez para filtrar lo real de lo imaginario. La mente infantil en la gran mayoría de las veces no puede separar el símbolo de lo simbolizado, lo que es normal en los niños. La dificultad es que esta incompetencia emocional a veces se ve reproducida en la vida adulta, cuando no se estructura una personalidad competente y uno se deja influenciar por imágenes destructivas y no por lo que le hace bien.

El problema es que nadie es dueño de una personalidad tan bien estructurada que acepte únicamente influencias positivas rechazando todo lo que no le conviene, que le haga sufrir o perjudique. La búsqueda por este competencia emocional es una de las obsesiones de la psicología. Vivir libre de la tiranía ajena lleva tiempo, depende de la madurez, de cierta dosis de sabiduría.

Es más probable que quien se deja influenciar negativamente todavía no ha aprendido a relacionarse y no ha creado una buena relación consigo mismo. Saber qué es bueno para sí mismo y ser fiel a sus valores y deseos requiera una dosis de madurez que demanda tiempo, estudio, ejemplo, lucidez, amor.

Lo ideal es empezar este entrenamiento desde la infancia, con la construcción del pensamiento lógico y de la inteligencia emocional, que pueden ser enseñados y aprendidos. La dificultad radica en que este entrenamiento depende de los padres que, en la mayoría de las veces, no son expertos en educación y psicología infantil, por lo que muchas veces recordamos hechos ocurridos en la infancia que nos influyeron para siempre.

Ser maduro significa permitir que las influencias, agradables o no, nos ayuden a construir conceptos, conocimientos y percepciones que serán benéficos en la medida que nos ayudan a pensar con propiedad.

Ser maduro significa asumir la autonomía de nuestros sentimientos sin transferir la responsabilidad de las acciones y de una eventual infelicidad. Con la madurez ganamos la oportunidad de ser influenciados positivamente porque aprendemos a leer los textos escritos por la vida, una gran conquista, muy deseada y difícil de ser alcanzada.

Si lo que la persona quiere es ser diferente, muchas veces se enfrentará a su propia influencia, pero dejará de ser importuno cuando acepta el derecho universal a la felicidad y se da cuenta que para ser feliz no es necesario que el otro sea infeliz.

Es el principio de la abundancia, que tiene en la felicidad su mejor aplicación. Puede parecer demasiado poético, sin vínculo con la realidad, pero es una manera de ver el mundo, una filosofía de vida útil para la construcción de relaciones positivas.

Una persona no puede conocerse satisfactoriamente sin utilizar la mirada de terceros. A través de la interacción con otras personas, los seres humanos conseguimos vernos como parte del mundo. Cuando intentamos eliminar totalmente la influencia de los demás, corremos el riesgo de construir un mundo irreal y aislado.

Por eso, muchas veces, es necesario desaprender para aprender y en este permanente movimiento de construcción de la realidad, que no es estática, no hay como no considerar la influencia de los demás. Es menester transformar los estímulos en fuerzas constructivas, únicamente posible con el imperio de la razón y la atención de nuestras emociones.

Sólo así podemos diferenciar lo que nos beneficia, y entonces, podemos dejar la primacía de la influencia de los demás y de nosotros mismos.