imagotipo

El sol en perspectiva

  • René Barbier G.

La participación ciudadana

Sin la participación ciudadana en los principales temas y capítulos de la vida orgánica del conjunto social, la democracia en sí, pierde contenido, substancia y razón de ser.

Uno de los ideales fundamentales de la teoría democrática clásica, ha sido el de brindar a los ciudadanos que participan de ella, cada vez un mayor y mejor número de instrumentos y mecanismos institucionales para que tales ciudadanos puedan participar de modo sistemático y creciente en los procesos de la toma de las decisiones de gobierno sobre los asuntos que son de interés general.

Tan es así, que los sistemas democráticos de todos los tiempos, han apoyado su desarrollo y su eficacia política y social, en la existencia y el funcionamiento en las sociedades en las que imperan, de medios y mecanismos institucionales que favorezcan y propicien para los miembros de la comunidad, más y mejores formas de participación ciudadana en la determinación de los asuntos públicos.

Suele decirse en éste sentido, que en tanto sea mayor y más alto el nivel de la participación ciudadana en las decisiones gubernativas sobre los asuntos políticos y sociales de un país o de una comunidad, más democrático será el sistema que los rige y administra.

Ha de entenderse, entonces, que el verdadero significado de la democracia entendida ésta como forma de gobierno y como estilo de vida de una comunidad, depende del papel que la sociedad en su conjunto y de los ciudadanos en lo particular, jueguen y desempeñen en su relación habitual y cotidiana con las agencias de gobierno y con las órganos de autoridad vigentes y legítimos.

Sin la participación ciudadana en los principales temas y capítulos de la vida orgánica del conjunto social, la democracia en sí, pierde contenido, substancia y razón de ser.

Sostenían los precursores del liberalismo clásico del siglo XVIII, (Adam Smith y David Ricardo),que la democracia es un sentimiento y una idea profundamente vinculados a la naturaleza humana y al sentido natural de la inteligencia del hombre por cuánto que su concepto mismo se basa en el entendimiento de la democracia como un bien común; es decir, como un valor universal de la convivencia y como un bien de la cultura de relación, que habilita y capacita a la sociedad para que ésta pueda cumplir, cada vez en mayor y mejor medida, con su función de dignificar y ennoblecer la existencia de los individuos y de los grupos humanos organizados políticamente.

La historia pareciera dar la razón a quienes así piensan, pues, uno de los fenómenos más característicos y propios de nuestra civilización actual, influida poderosamente por la creciente y compleja división del trabajo, es el rápido incremento de los distintos aspectos de la interconexión e interdependencia de los grupos sociales, políticos y económicos, cuyos nexos de interés y de comunicación, se amplían y diversifican constantemente, conforme la participación general en los bienes de la cultura, se extiende a cada vez más amplios sectores de la población.

Las instituciones para regular y organizar la convivencia entre sectores sociales cada vez más interdependientes unos de otros, han de funcionar, en el ámbito de un Estado de Derecho, sobre tres conceptos fundamentales y complementarios de la vida en comunidad; la democracia, la ciudadanía y la participación política.

Se habla de democracia entendiéndose como trato entre iguales para el ejercicio de las oportunidades de vida y para los alcances de la ley.

Se alude a la ciudadanía como la capacidad natural de los individuos y de los grupos para pertenecer y ser reconocidos con la calidad de miembros, con deberes y derechos plenos, en un conjunto social y político.

Y se señala en la función de la participación política, al grado en el que se involucra e interviene el ciudadano,-o la sociedad en su conjunto- en la tarea de señalar directrices, definir rumbos y determinar destinos al ejercicio del quehacer público.

El hecho es que, de la teoría a la práctica, existe una gran distancia. En nuestro caso, ese ideal democrático de la participación ciudadana en los asuntos políticos de nuestra sociedad, ha sido secuestrado por los partidos políticos que han substituido en sus oficios y en sus prácticas, el interés general, por el interés de grupo o de facción y han privado a la institución democrática de la representatividad, de todo significado real.

Pero el papel orgánico de la potestad ciudadana en la función participativa, empieza por el acto electoral, lo mismo en la teoría que en la práctica. Y es así, que también estará en juego, en la próxima elección, el papel que en lo de adelante habrá de corresponder a la voluntad ciudadana en la determinación de nuestros asuntos públicos, más allá de las decisiones exclusivas del poder o de los partidos…todo dependerá de que lo pensemos y lo entendamos así.