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Intellego ut credam

  • Pbro. Víctor Manuel Solís

 

2018 el año de la esperanza

 

Aún con el gozo de contemplar «la Palabra de Dios hecha carne» (Jn 1, 14), tenemos la gracia de recibir el año nuevo 2018, y con él, un cúmulo de bendiciones provenientes del Padre que en el Hijo y por gracia del Espíritu Santo plenifica el tiempo. Se abre un horizonte inédito para proseguir reescribiendo la historia de nuestra propia salvación. Muchas cosas importantes y extraordinarias que podemos mencionar, por las que no podemos negar que realmente «el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres» (Sal 126, 3). En gratitud por semejantes dones, les aliento y motivo al inicio del año 2018 a seguir caminando con actitudes de gran esperanza, que reflejen y den testimonio del Credo cristiano que profesamos.

Un nuevo año se abre ante nosotros y ello, es ya signo real de bendición, caminemos pues con un espíritu de certeza de sabernos acompañados por el hijo de Dios, que se encarnó hace más de dos milenios por amor a los hombres y continúa haciéndose presente en medio de nuestras realidades temporales imbuidas de incertidumbre. Indudablemente que en Jesucristo el hombre ha encontrado respuesta a las interrogantes más acuciantes, incluida la muerte.

Los discípulos que hemos conocido a Jesucristo como camino, verdad y vida, no podemos ni debemos caminar en la zozobra de ideologías parcas y efímeras que proliferan en nuestros entornos, y que solo contribuyen a la deforestación espiritual, moral y cultural de nuestra sociedad.

Tales desórdenes, en consecuencia, han engendrado una desesperanza y desencanto que con facilidad se puede percibir. Ante este panorama, los discípulos de Cristo, hemos de mantenernos firmes, fieles, abiertos en un espíritu de solidaridad con los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo» (GS 1).

Será de vital importancia que todo aquello que nos propongamos realizar, esté  cimentado en el espíritu de Jesucristo, fundamento absoluto de toda nuestra acción pastoral, por eso nos preparamos a realizar con renovado entusiasmo a continuar en el camino hacia el Plan Integral de Pastoral de Nuestra, que sin duda alentará el dinamismo de nuestro quehacer pastoral, en el contexto de la Nueva Evangelización. La realidad contemporánea es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo converge en un acrecentado activismo, corremos el tremendo riesgo de quedarnos en el «hacer» y olvidarnos de nuestro «ser».

Somos cristianos y como tales llamados a ser luz y fermento en nuestra historia circundante, tarea nada fácil, pero posible en aquel que todo lo puede y nos ha llamado a prolongar su reino en el devenir de la humanidad y concretamente, como misioneros valientes en estas tierras duranguenses. Que el 2018 sea año de profunda conversión pastoral en nuestra Arquidiócesis.

Uno de los propósitos que podemos implementar o afianzar, a nivel personal, familiar y parroquial, es la oración.

No habrá poder alguno, que destruya los vínculos que los discípulos estrechan con su Padre Dios. En la vida de oración, tomaremos la fuerza necesaria para superar las divisiones, los odios y resentimientos que tanto dañan la salud física y espiritual del ser humano, y lograr así la paz y la unión que tanto anhelamos en nuestros días. Sólo cuando oramos con apertura a la gracia de Dios podremos obtener la generosidad de corazón para recibir la paz de Dios como un regalo y compartirla con nuestro prójimo. Nos acompaña en este camino la Santísima Virgen, primera discípula y misionera, «Estrella de la Nueva evangelización». Ella que ha querido quedarse estampada en la tilma del Tepeyac guíe nuestros pasos misioneros por sendas de concordia y paz; ¡proteja nuestra Patria y conserve nuestra fe!