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La autoestima de un ser humano tiene su base en la familia donde creció

  • José Damián Rivas Ríos

 

Una familia funciona como una organización abierta donde hay una interacción constante entre cada uno de sus miembros. Y, como es una estructura completa, el comportamiento de sus integrantes tiene bastante influencia en la vida de los demás. Así, la transformación en la conducta de uno de ellos, reditúa alteración en la dinámica de toda la unidad familiar. Claro que no existe la familia perfecta, pues ninguna está libre de conflictos. Sin embargo, en términos de salud mental, hay familias funcionales y familias disfuncionales. Evidentemente ambas tienen problemas, conflictos, pero lo que hace la diferencia entre ellas es la conciencia de fraternidad, el compromiso y la voluntad de modificar lo que no está favoreciendo la unidad y la búsqueda del bien común.

Por eso es tan importante que para generar y fortalecer la autoestima de un ser humano, se debe antes tomar en cuenta cómo fueron sus primeras relaciones, sus primeras vivencias emocionales y, el concepto que se tiene de sí mismo. Comprender a fondo a sus padres que fueron los primeros maestros que lo educaron.

Una familia funcional crea una adecuada autoestima y seguridad entre sus componentes. Una familia disfuncional comienza cuando el comportamiento inadecuado de los padres de familia limita el crecimiento de la individualidad y la capacidad de relacionarse sanamente entre los mismos miembros de la familia. Así, en una familia funcional, se promueve la salud espiritual y emocional de los hijos. En una disfuncional se motiva la culpa, el miedo, la irracionalidad y el desamparo en general.

En toda familia hay reglas. Los padres comúnmente las crean porque son necesarias para una saludable convivencia. En una familia funcional las reglas son congruentes, racionales y se adaptan a las necesidades reales de la familia, modificándose según los cambios que experimentan. En una familia sana, expresan abiertamente las necesidades básicas y los efectos producidos; las diferencias individuales pueden ser aceptadas. Los conflictos son vividos como una desigualdad de opiniones y no amenazan la estabilidad familiar. Tanto los acuerdos como ciertas rivalidades se expresan abiertamente y sin mayores problemas que los perjudique. Los conflictos se aceptan como parte inherente de la vida, permitiendo que se dé en la familia de manera natural.

En una familia funcional los padres trabajan como un equipo con sus hijos. Esto promueve que los hijos se relacionen en términos de afecto y de apoyo mutuo. En dicha familia, sana por supuesto, existe un nivel balanceado entre el proceso de dar y recibir. Es muy importante obsequiar como aceptar dentro del sistema familiar, tanto como cuidar de él. La lealtad hacia la familia es primordial. En una familia saludable cada miembro necesita de su propio espacio, tanto físico como psicológico; esta independencia nutre el auge familiar. Cuando algún miembro tiene un problema, se pide ayuda al sistema y se apoyan de buena voluntad.

Creo que si todas las familias fueran medianamente funcionales, los seres humanos viviríamos en armonía y toleraríamos las diferencias de los demás. Por desgracia un padre ofuscado no sabe brindar amor incondicional ni seguridad a su familia, mucho menos  estabilidad en el manejo de conflictos. Padres que, lejos de ser una figura de apoyo, se convierten en generadores de ansiedad, abuso y falta de congruencia. Personas que crecieron en familias disfuncionales, su autoestima fue lastimada y por ello su relación con el mundo es egocéntrica.

Un padre incomprensivo es el origen de una familia disfuncional, en la cual las reglas se establecen a partir de caprichos irracionales. Las reglas son rígidas y se evita que sus miembros expresen sus sentimientos. En una familia disfuncional no se permite la individualidad de la personalidad, las reglas austeras no admiten la expresión afectiva ni la explicación de las propias necesidades. Los conflictos se perciben como retos a la autoridad y como riesgo de desequilibrio del sistema, por lo que se evita o se reprime. Es más, los conflictos se niegan y la paz se mantiene a expensas del miedo. Con tales actitudes los hijos no aprenden a integrarse naturalmente ni son alentados a forjarse una mayor y mejor personalidad.

El dinero siempre ha sido la principal herramienta para controlar una relación cualquiera. Si ha sido efectiva en la comunicación entre adultos, con mayor razón con un niño o con un adolescente. Muchos padres utilizan el dinero para controlar a sus hijos, aún cuando son adultos y con familia. El dinero puede generar gran dependencia hacia los padres, ya que es utilizado de dos maneras: para castigar al hijo si no hacen lo que ellos ordenan o, para premiar la obediencia y a la vez reforzar su mandato. Cuando el hijo cumple con las expectativas de sus padres, le brindan afecto e interés en la vida, así como apoyo económico. Pero si no lo hacen, sus padres cerrarán la llave del amor, de la comprensión y de la retribución.

Otro matiz del control paterno es el que se da al devaluar a los hijos. Varios padres de carácter coercitivo dominan a sus hijos tratándolos como si fueran un caos, como si no pudieran tener éxito en la vida o como si fueran extraños. La dependencia que generan en sus hijos es emocional; pues les enseñan que ellos no pueden tomar decisiones por sí mismos o bien, que terminarán por fracasar. Otro error de padres represivos es la manipulación. Es más sutil y cubierta que el control directo, pero es igualmente destructiva. En realidad, de manera general, es costumbre tratar de manipular a otros para conseguir lo que deseamos.

En el caso de los padres ante los hijos, es sano reconocer que nuestros descendientes tienen derecho a tomar decisiones cuando éstas no les afecten. Nuestro deber como padres es guiar, orientar, educar, formar, de la mejor manera posible a nuestras familias. Ciertamente que somos humanos y erramos también; pero, la autoestima desde el hogar es fundamental para el futuro de nuestros hijos y, tenemos que empezar a corregir primero nuestros malos actos como padres de familia y, ser el primer ejemplo para su educación.