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Nada sienta mejor al cuerpo que el crecimiento del espíritu

  • José Damián Rivas Ríos

 

No siempre es suficiente con ser perdonado por alguien; cuántas veces necesitamos perdonarnos a nosotros mismos. Importa más lo que pensamos de sí mismos, que lo que otros crean de nosotros.

 

Vivir para dar, caminar para encontrar, sonreír para alegrar, tener para compartir, repartir para aliviar, esperar para abrazar; son las mejores actitudes que nos iluminan y podemos evidenciar para tener una indudable y productiva aventura como seres humanos.

Vivimos en una escuela informal de tiempo completo que se llama vida. En ella tenemos la oportunidad de aprender para saber vivir. No hay nada en la vida que no contenga sus lecciones de aprendizaje; si estamos vivos siempre tendremos algo que hacer, todo es cuestión de interés, voluntad, disposición.

Tenemos las herramientas y los recursos necesarios y, lo que realicemos con ellos es nuestra responsabilidad. La decisión es nuestra. Las respuestas a las interrogantes de la vida están en nuestro interior, todo lo que debemos hacer es razonar, escuchar y confiar en nosotros mismos.

Muchas veces tomamos a la ligera, desatentos, a las personas que más nos importan cuando, cada vez que haya la oportunidad debida, debemos decirles y demostrarles que en verdad las amamos; pues pensemos que nunca estamos seguros de nuestra existencia humana y sabrá Dios si nos volveremos a ver o no.

Entendamos que las circunstancias y el ambiente que nos rodea tiene influencia sobre nosotros positiva o negativamente; sin embargo, nosotros somos los únicos responsables de lo que hacemos con nuestra vida, siendo necesario vivir y convivir lo mejor posible. No debemos compararnos con los demás, a menos que queramos imitarlos para ofrecer una imagen más humana.

Aprendamos que la paciencia requiere de mucha práctica y que es una de las grandes virtudes que nos debe de asistir. Así mismo, cuantas veces de las personas que menos esperamos recibimos el apoyo, la comprensión, el beneficio, en momentos difíciles que en la mayoría de las ocasiones no esperamos. Y, claro, es justo y necesario ser agradecidos. El hecho de que como personas maduremos emocionalmente, tiene más que ver con lo que hemos aprendido de la experiencia, que con los años que hemos vivido.

Aceptemos nuestras derrotas con la cabeza erguida y la mirada al frente; con la gracia de un niño y no con la tristeza de un adulto. Construyamos hoy nuestro camino por el que podamos seguir adelante, porque el terreno de mañana es incierto para proyectos y, el futuro que se vislumbra no parece muy favorable.

Aceptemos que personas buenas, por alguna circunstancia, a veces ajena a su voluntad, puedan lastimarnos; es entonces cuando, echando mano de nuestra calidad humana, debemos perdonarlas. Aprendamos que hablando, aclarando con justicia lo que es verdad, podemos aliviar dolores del alma y no afectar una confianza que se llevó años en construirla. No hagamos cosas indebidas de las cuales nos arrepintamos después.

Debemos saber que aunque a veces algo no sale como deseábamos; aunque la vida nos arrugue y nos pisotee, seguimos siendo tan valiosos como siempre lo hemos sido. Lo que debemos preguntarnos es cuánto valemos en realidad y no lo golpeado que estamos en un momento determinado. Las personas que hacen la diferencia en nuestras vidas no son las que tienen mayores posibilidades, con dinero o con cargos importantes; sino aquellas sencillas, modestas, que saben lo que es vivir con dificultad y, nos cuidan, se preocupan por nosotros con buena voluntad y de diferentes maneras.

Es bueno admirar a los que han triunfado, pero no rendirles culto como si fueran personas distintas a nosotros. También nosotros podemos obtener victorias como ellos. Creyeron que podían obtener lo mejor y lo lograron. Las actitudes de personalidades triunfadoras son positivas, confiaron en que el éxito es posible y ganaron. Esas precisamente son las tendencias que debemos tomar para que siempre nos vaya bien.

Muchas veces somos curiosos, queremos saber de cosas que ni nos dan respeto ni nos traen nada bueno. Otras veces reaccionamos movidos por el impulso, en momentos de rabia y, después, tardíamente nos arrepentimos. La naturaleza no nos engaña nunca; somos siempre nosotros los que nos engañamos. A veces pensamos que todo el camino está pavimentado y, vaya situación que se nos viene cuando tenemos que enfrentar senderos maltrechos.

Uno crece cuando asimila su pasado, construyendo el presente y proyectando lo que puede ser el porvenir. Crece cuando se supera, se valora, se sabe dar frutos. Uno crece cuando abre camino, deja huellas, absorbe experiencias y siembra raíces. Uno crece cuando se impone metas sin importar comentarios; cuando cumple con su deber sin consentir otros intereses.

Uno crece cuando es fuerte por carácter, sostenido por formación, sensible por temperamento y humano por nacimiento. Uno crece cuando enfrenta el invierno aunque pierda las hojas; cuando recoge flores aunque tengan espinas.

Se triunfa y se sigue adelante cuando marcamos el camino aunque se levante el polvo.