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Periodismo sin garantías y erosión de la democracia

  • Edgar Alan Arroyo Cisneros

 

 

“La libertad significa responsabilidad”.- George Bernard Shaw

 

El lamentable deceso del periodista Javier Valdez, ganador del Premio Internacional de Libertad de Expresión, es una más de las señales -ya no llamadas de atención- en torno a la descomposición del sistema de garantías de una profesión que no sólo es medular en la construcción de la información, la comunicación y la veracidad sino del Estado constitucional y democrático de Derecho por entero.

No puede haber democracia sin un periodismo auténtico, autónomo, objetivo, crítico y protegido del acecho de los poderes fácticos, grupos de presión e interés. Dicho en otros términos: el periodismo es una precondición de la democracia, una de sus condiciones de posibilidad y una circunstancia sine qua non.

Como ha documentado la importante organización no gubernamental de la sociedad civil global Reporteros Sin Fronteras, México sigue siendo el país más mortífero para los periodistas en toda Latinoamérica; incluso, revela un dato escalofriante: después de Siria y Afganistán, nuestro país es el más peligroso a nivel internacional.

Ya no hablamos únicamente de censura, intimidación, acoso o ausencia de publicidad gubernamental -de la que varios medios reciben importantes ingresos-, sino de una posible pérdida de la vida y de la libertad. Literalmente, muchos periodistas inician su jornada pero no saben si la habrán de terminar.

Y es que la libertad de prensa e información, como es de inferirse, está más que en riesgo, y cuando ello sucede, además de reporteros, fotógrafos, redactores, periodistas y medios de comunicación en general, quienes perdemos somos los ciudadanos, por la imposibilidad de contar con un periodismo salvaguardado de sus múltiples amenazas en todos los sentidos.

Inseguridad y corrupción son dos de los principales cánceres sociales que aquejan a los mexicanos, como si se tratara de un círculo vicioso, según lo han constatado ejercicios demoscópicos serios.

En su conjunto, contribuyen al desencanto de la población con la democracia, a la poca satisfacción que se tiene con la misma, a minar cada vez más la visión de sus potencialidades y beneficios. Y por supuesto: el periodismo se ve sumamente afectado por la suma de ambas cuestiones.

La libertad de expresión es una clave para el óptimo funcionamiento de los sistemas políticos contemporáneos. Además de fungir como una barrera de contención a la comunicación política hegemónica, brinda escenarios y alternativas posibles para la formación de una segunda opinión por parte de sus destinatarios. De esta suerte, cuando la voz de los periodistas es acallada, un pilar esencial de la vida colectiva se desploma.

Lejos de observar que el periodismo genuino es absolutamente positivo para todos, la clase político piensa lo contrario y ve únicamente por sus propios intereses, relegando a un papel secundario la construcción de la información. La agenda mediática parece ser sólo la de los emporios poderosos pero no la de los reporteros de a pie que ponen todo de sí por la paz, la justicia y la libertad.

El periodismo, a su vez, es en sus múltiples vertientes, principiando por el periodismo de investigación, preconcibe a las sociedades modernas como su eje de acción. Si la crítica, la denuncia y la verdad en torno a los gobiernos y a los poderes fácticos se ven silenciadas, la calidad democrática se ve indefectiblemente erosionada.

No olvidemos que de acuerdo con Leonardo Morlino, el respeto pleno de los derechos que pueden ampliarse en la realización de las libertades es una de las dimensiones de variación de la democracia de calidad con respecto al procedimiento, de la misma manera que la progresiva ampliación de la igualdad política, social y económica, el respeto a la ley y la capacidad de respuesta que genera satisfacción de los ciudadanos y la sociedad civil en general. ¿Alguien en su sano juicio pudiera decir que lo anterior se cumple al 100% en México?

Urge entonces diseñar y aplicar estrategias y políticas públicas para proteger a los periodistas como es debido, haciendo extensiva dicha protección a sus familias y centros de trabajo. Así como requerimos de periodistas comprometidos con la democracia, necesitamos también de políticos y gobernantes que cumplan con sus deberes constitucionales, empezando por el mismo presidente de la República.

En definitiva, vivimos tiempos negros para la libertad de expresión, paradójicamente una de las conquistas de la historia mundial reciente. Sin libertad de expresión, el resto de las libertades públicas se difumina y brilla por su ausencia. Y ya sin libertades, no tenemos nada. Las libertades prefiguran un circuito virtuoso donde todas son igual de importantes, donde el desmoronamiento de una trae consigo la caída de la otra. Ojalá que esto cambie por fin en el corto plazo.