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Tampoco le gustó este premio Nobel de Literatura al rebuscado Sergio Sarmiento

  • Luis Ángel Martínez Diez

Sergio Sarmiento fue uno de los que no quedó nada contento con el Nobel a Bob Dylan el año pasado, al que llama “músico”, nada más, no escritor, ni cantautor, que es una palabra medio fea, ignorando tranquilamente la pila de poemas que escribió, que son como veinte veces por lo menos, las obras completas de Cavafis.

Por cierto, dice Sarmiento que en todo caso tenían que haberle dado el Nobel a Leonard Cohen o a Joaquín Sabina o Serrat, pero no a Dylan, y ahora no al británico/japonés, cuyo nombre no tengo a la mano, que escribió una joya sobre la vida de la aristocracia inglesa y su amplia servidumbre, también muy aristocrática, sobre la que hizo una muy buena serie de televisión Antony Hopkins, de la que me tocaron varios capítulos.

El argumento de Sergio Sarmiento no es de poco peso, ya que opina que el Nobel debe servir para dar a conocer a valores que por diversas razones no tienen oportunidad de ser conocidos, y Dylan y el japonés radicado en Inglaterra ya lo eran. Y la rusa a la que se lo dieron hace dos años, que es más cronista que escritora, de plano tampoco les gustó que se lo dieran.

Se le olvida a Sarmiento que a todo mundo le gusta contar su vida, por más humilde o trágica que sea, y leer sobre otras vidas, que es lo que sucede en todos los autores citados hasta ahorita, y eso es lo que tomaron en cuenta los que otorgan el Premio Nobel de Literatura.

Por ejemplo, volviendo a recordar al Marqués de Vargas Llosa, que ahora anda echando discursos políticos en España, su magnífico libro “La tía Julia y el escribidor”, aunque mete a muchos otros personajes y cosas interesantes, fundamentalmente es la historia de un joven peruano que sueña con ser escritor y con irse a vivir a París y que lo acaba logrando, sin que en sus planes estuviera que en una de sus vacaciones al Perú acabara de candidato a la Presidencia, como sabemos los millones de lectores que lo hemos seguido.

Y en el marco de la novela, sin que el joven que aspiraba a ser escritor tuviera planeado enamorarse a sus 18 años de una monumental tía política que llega de Bolivia de 32 años, a la que se lleva a París con él, y menos que se enamoraría de la prima hermana que deja de 8 años y les cae de 16 a estudiar en París, y será con la que tendrá tres hijos, divorciándose de ella a los 80 años de Mario Vargas Llosa, entrando en pláticas de matrimonio con Isabel Presley.