/ domingo 28 de abril de 2019

Hojas de papel volando | Elena Garro “…aquí estaré, con mi amor, a solas…”

Fue de carácter fuerte y estruendoso, y siempre peleaba con alguien. Ser así era parte de su naturaleza. Le gustaba decir lo que pensaba y ‘no tenía pelos en la lengua’. Muchos le temían por esto; muchos la admiraron por lo mismo

Elena Garro fue una mujer de su tiempo. Nada de que se adelantó a su circunstancia y mucho menos es de las que se quedaron ‘con la falda hasta el huesito’. Era de armas tomar en su vida. Como eran las mujeres de los cuarenta y cincuenta; como era Frida, como era Lola Olmedo, o "Lupe Marín"… tantas. Eran los tiempos del levantamiento femenino, en la cultura como en lo cotidiano.

Fue de carácter fuerte y estruendoso, y siempre peleaba con alguien. Ser así era parte de su naturaleza. Le gustaba decir lo que pensaba y ‘no tenía pelos en la lengua’. Muchos le temían por esto; muchos la admiraron por lo mismo.

… Despreciaba a los intelectuales, pero ella era una de ellos; también la política, pero muchos de sus amigos eran políticos; repudiaba al PRI al que acusaba de ser una empresa mercantil, pero quería que Carlos Madrazo solucionara la vida nacional desde el PRI… Todo junto.

Estuvo casada con Octavio Paz desde el 24 de mayo de 1937; tuvieron una hija: Helena, la única. Ambas, las dos Elenas, terminaron siendo enemigas del Premio Nobel de Literatura 1990. Elena repudiaba todo lo que fuera Octavio Paz, y no sólo a él o su obra, como a sus amigos y su vida: siempre lo acusó de su desdicha como escritora y como mujer. Él la temía. Se divorciaron en 1959.

Era natural que terminaran fulminándose uno al otro. Ella siempre libre para hacer lo que quería, y fue lo que quería desde el principio de su vida, ya bailarina, actriz, periodista, escritora, poeta, intelectual, viajera incontenible y revolucionaria en favor de los campesinos e indígenas con los que creció y a quienes defendió en la vida y en su obra, aun con sus contradicciones y sus paranoias.

Nació en Puebla el 11 de diciembre de 1916. Fue hija de un español-asturiano que se llamó José Antonio Garro Melendreras y de Esperanza Navarro, originaria de Chihuahua.

Sus primeros años los vivió en el DF: “En la ciudad de México vivían las hermanas de mi madre, a las que siempre respeté. No eran como mi tío Boni, con el que jugaba mientras él me leía a Manrique, a San Juan de la Cruz y a fray Luis de León. Mi tío se reía de mis desmanes, le parecía natural que tirara piedras, prendiera fuego y me escapara al monte”. (Entrevista con Emmanuel Carballo)

En 1926 se trasladaron a Iguala, Guerrero; sus hermanos Deva, Estrella y José Albano; ella muy pequeña aun escuchó que había comenzado la Guerra Cristera, poco sabía de esto, pero en su inconsciente infantil aquello quedó guardado en su memoria y en su obra fundamental, porque ella insistió siempre que la literatura se nutre de la vida-vivida, “lo demás es academia”reprochaba.

Ya en el DF vive como estudiante de Filosofía y Letras en la UNAM y también como actriz en obras clásicas, como bailarina, como coreógrafa y escribe. Era la forma de ser ella misma.

Ya precedida por su obra literaria, publicaba en la Revista Sucesos como en la Revista de América. También en Siempre! Le gustaba disertar sobre hechos que tenían que ver con los movimientos campesinos, agrarios, sociales, indígenas. Su pasado puesto a disposición de su presente. No era buena periodista. Sí una gran escritora que intentaba en el periodismo.

Con Octavio Paz tenía que viajar mucho: París, Japón, Berna, Suiza… Eso a ella le gustaba pero le disgustaba. Le gustaba porque conocía otros lugares, modos de vida, y conocía gente puesta en el barco de la intelectualidad: Benjamín Péret, André Breton, Jean Genet, José Blanco, Silvia Ocampo y, sobre todo, a Adolfo Bioy Casares, de quien se enamoró y con quien tuvo una relación profunda.

En 1937, en plena Guerra Civil española, viaja con Paz a Valencia al Congreso Internacional de Escritores Antifascistas para la Defensa de la Cultura. En 1992 escribió: “Yo sin saber cómo ni por qué, iba a un Congreso de intelectuales antifascista, aunque yo no era anti nada, ni intelectual tampoco, sólo era una estudiante y coreógrafa universitaria”. Con todo, ahí conoció a César Vallejo, Pablo Neruda, León Felipe, Miguel Hernández y más.

En 1952 se enferma en Tokio. Paz pide irse a Berna, para atenderla. Se dice que ahí escribe “Los recuerdos del porvenir”, pero ella dice que fue en París. Berna o París, no importa, lo que sí importa es que escribió una de las obras cumbres de la literatura mexicana y mundial.

Lo dice así: “Está hecha con lo que me acuerdo de mi infancia, son los recuerdos de un pueblo donde viví (Iguala=Ixtlán). La escribí muy rápido. Luego se quedó guardada en un cajón. A Octavio le gustaba mucho, pero a mí siempre se me perdía.”

La obra es mayúscula. Ixtlán, el pueblo, relata la historia de lo que ha pasado ahí, cómo pasó, y por qué tanta soledad a fin de cuentas. Los recursos poéticos de la obra y los narrativos hacen que haya una alteración entre el tiempo narrativo y el tiempo histórico.

Todo con un lenguaje poético. Eran los rescoldos de la Revolución mexicana y el inicio del movimiento Cristero (1926-1929). Muertes por fe hubo muchos. Muertes por el Estado también. Pleito inútil. Fracaso de la Revolución. Fracaso del pleito iglesia-Estado. El abandono. La tragedia. El silencio que se escucha en cada muro, en cada tabique, en cada resquicio, en cada alero… Es la voz de los recuerdos, sin porvenir. Se publicó en 1963.

Por entonces Elena estaba en plena producción literaria. Publica mucho: “El árbol”, “La dama boba”. “La semana de colores”. “El día que fuimos perros”. “Nuestras vidas son los ríos”- “La palabra del hombre” y otra obra maestra: “La culpa fue de los tlaxcaltecas” y ya en 1967 “Felipe Ángeles” pieza dramática que resume su obra teatral.

Pero al mismo tiempo que su prestigio como escritora, autora teatral, poeta, periodista (lo menos) era reconocido, también su participación en la política estaba a la vista.

En 1968 se metió en un gran problema. Estaba convencida que los muchachos del 68 estaban siendo manipulados por los intelectuales de la época, hacia la muerte. Y criticó esta actitud. Y supuso que quien podría solucionar el conflicto sería Carlos Madrazo, de quien fue ferviente admiradora.

El 5 de octubre de 1968, un presunto infidente del movimiento estudiantil, Sócrates Amado Campus Lemos, dijo que ella manifestó que el movimiento tomaba cauces populares y era necesario tener un líder de prestigio nacional como el Lic. Carlos Madrazo.

Luego ella dijo que no fue así. Y para aclarar la situación convoca a una rueda de prensa en donde dio nombres de intelectuales presuntamente involucrados en atizar el movimiento estudiantil. Luego acusó a los periodistas de poner lo que quisieron.

Los periódicos del 7 de octubre publicaron que Garro delató a Luis Villoro, José Luis Castañeda, Jesús Silva Herzog, Ricardo Guerra, Rosario Castellanos, Roberto Páramo, Víctor Flores Olea, Francisco López Cámara, Leopoldo Zea, Roberto Escudero, Eduardo Lizalde, Jaime Shelley, Sergio Mondragón, José Luis Cuevas, Leonora Carrington y Carlos Monsiváis: casualmente amigos de Octavio Paz.

La escritora se metió en un berenjenal. Se echó a la intelectualidad mexicana encima. Y nada pudo hacer. El desprestigio la siguió hasta el exilio, que comenzó en 1972 cuando tuvo que viajar a Nueva York para atender a Helena, que padecía cáncer. Intentó quedarse en Estados Unidos pero le niegan el asilo político porque hubo una presunta denuncia de la escritora del asesino del presidente Kennedy en México. Así que viajan a Madrid y finalmente se refugian en París.

En adelante un viacrucis. Dice que vive en la precariedad. Que apenas pueden sobrevivir. De todos modos la obra sigue: “Andamos huyendo, Lola”. “La primera vez que me vi”. “La dama y la turquesa” y “Testimonios de Mariana”. Muchas más de excelencia. Pero también la decadencia…

En 1991 regresa a México. Todavía con miedos históricos. Pero es bien recibida. Es aplaudida. Muchos estudiantes hacen tesis sobre su obra. Se discute. Se analiza. Se felicita. Es otro momento. Pero también ella es otra… Cree que todo mundo la persigue y que todo mundo podría agredirla. No fue así, pero ella estaba en eso.

Intolerante. Gruñona. Siempre molesta con algo. Ella y su hija se refugian en Cuernavaca, en la casa de su hermana Deva ya muerta. Se siente abandonada y triste. Su hija igual. Las dos Elenas, siempre las mismas.

Pero se da el caso de que Elena Garro, con todas sus contradicciones y paranoias; con todo y su mal carácter y sus odios profundoso sus arranques de ‘diva’ literaria, sí fue una grande-enorme-inmensa escritora, que aportó a las letras mexicanas obras para enorme orgullo mexicano…

Murió a los 81 años de edad. El 23 de agosto de 1998, en Cuernavaca. Sus gatos quedaron solos.

Aquí estaré con mi amor a solas como recuerdo del porvenir por los siglos de los siglos.”…


jhsantiago@prodigy.net.mx

Elena Garro fue una mujer de su tiempo. Nada de que se adelantó a su circunstancia y mucho menos es de las que se quedaron ‘con la falda hasta el huesito’. Era de armas tomar en su vida. Como eran las mujeres de los cuarenta y cincuenta; como era Frida, como era Lola Olmedo, o "Lupe Marín"… tantas. Eran los tiempos del levantamiento femenino, en la cultura como en lo cotidiano.

Fue de carácter fuerte y estruendoso, y siempre peleaba con alguien. Ser así era parte de su naturaleza. Le gustaba decir lo que pensaba y ‘no tenía pelos en la lengua’. Muchos le temían por esto; muchos la admiraron por lo mismo.

… Despreciaba a los intelectuales, pero ella era una de ellos; también la política, pero muchos de sus amigos eran políticos; repudiaba al PRI al que acusaba de ser una empresa mercantil, pero quería que Carlos Madrazo solucionara la vida nacional desde el PRI… Todo junto.

Estuvo casada con Octavio Paz desde el 24 de mayo de 1937; tuvieron una hija: Helena, la única. Ambas, las dos Elenas, terminaron siendo enemigas del Premio Nobel de Literatura 1990. Elena repudiaba todo lo que fuera Octavio Paz, y no sólo a él o su obra, como a sus amigos y su vida: siempre lo acusó de su desdicha como escritora y como mujer. Él la temía. Se divorciaron en 1959.

Era natural que terminaran fulminándose uno al otro. Ella siempre libre para hacer lo que quería, y fue lo que quería desde el principio de su vida, ya bailarina, actriz, periodista, escritora, poeta, intelectual, viajera incontenible y revolucionaria en favor de los campesinos e indígenas con los que creció y a quienes defendió en la vida y en su obra, aun con sus contradicciones y sus paranoias.

Nació en Puebla el 11 de diciembre de 1916. Fue hija de un español-asturiano que se llamó José Antonio Garro Melendreras y de Esperanza Navarro, originaria de Chihuahua.

Sus primeros años los vivió en el DF: “En la ciudad de México vivían las hermanas de mi madre, a las que siempre respeté. No eran como mi tío Boni, con el que jugaba mientras él me leía a Manrique, a San Juan de la Cruz y a fray Luis de León. Mi tío se reía de mis desmanes, le parecía natural que tirara piedras, prendiera fuego y me escapara al monte”. (Entrevista con Emmanuel Carballo)

En 1926 se trasladaron a Iguala, Guerrero; sus hermanos Deva, Estrella y José Albano; ella muy pequeña aun escuchó que había comenzado la Guerra Cristera, poco sabía de esto, pero en su inconsciente infantil aquello quedó guardado en su memoria y en su obra fundamental, porque ella insistió siempre que la literatura se nutre de la vida-vivida, “lo demás es academia”reprochaba.

Ya en el DF vive como estudiante de Filosofía y Letras en la UNAM y también como actriz en obras clásicas, como bailarina, como coreógrafa y escribe. Era la forma de ser ella misma.

Ya precedida por su obra literaria, publicaba en la Revista Sucesos como en la Revista de América. También en Siempre! Le gustaba disertar sobre hechos que tenían que ver con los movimientos campesinos, agrarios, sociales, indígenas. Su pasado puesto a disposición de su presente. No era buena periodista. Sí una gran escritora que intentaba en el periodismo.

Con Octavio Paz tenía que viajar mucho: París, Japón, Berna, Suiza… Eso a ella le gustaba pero le disgustaba. Le gustaba porque conocía otros lugares, modos de vida, y conocía gente puesta en el barco de la intelectualidad: Benjamín Péret, André Breton, Jean Genet, José Blanco, Silvia Ocampo y, sobre todo, a Adolfo Bioy Casares, de quien se enamoró y con quien tuvo una relación profunda.

En 1937, en plena Guerra Civil española, viaja con Paz a Valencia al Congreso Internacional de Escritores Antifascistas para la Defensa de la Cultura. En 1992 escribió: “Yo sin saber cómo ni por qué, iba a un Congreso de intelectuales antifascista, aunque yo no era anti nada, ni intelectual tampoco, sólo era una estudiante y coreógrafa universitaria”. Con todo, ahí conoció a César Vallejo, Pablo Neruda, León Felipe, Miguel Hernández y más.

En 1952 se enferma en Tokio. Paz pide irse a Berna, para atenderla. Se dice que ahí escribe “Los recuerdos del porvenir”, pero ella dice que fue en París. Berna o París, no importa, lo que sí importa es que escribió una de las obras cumbres de la literatura mexicana y mundial.

Lo dice así: “Está hecha con lo que me acuerdo de mi infancia, son los recuerdos de un pueblo donde viví (Iguala=Ixtlán). La escribí muy rápido. Luego se quedó guardada en un cajón. A Octavio le gustaba mucho, pero a mí siempre se me perdía.”

La obra es mayúscula. Ixtlán, el pueblo, relata la historia de lo que ha pasado ahí, cómo pasó, y por qué tanta soledad a fin de cuentas. Los recursos poéticos de la obra y los narrativos hacen que haya una alteración entre el tiempo narrativo y el tiempo histórico.

Todo con un lenguaje poético. Eran los rescoldos de la Revolución mexicana y el inicio del movimiento Cristero (1926-1929). Muertes por fe hubo muchos. Muertes por el Estado también. Pleito inútil. Fracaso de la Revolución. Fracaso del pleito iglesia-Estado. El abandono. La tragedia. El silencio que se escucha en cada muro, en cada tabique, en cada resquicio, en cada alero… Es la voz de los recuerdos, sin porvenir. Se publicó en 1963.

Por entonces Elena estaba en plena producción literaria. Publica mucho: “El árbol”, “La dama boba”. “La semana de colores”. “El día que fuimos perros”. “Nuestras vidas son los ríos”- “La palabra del hombre” y otra obra maestra: “La culpa fue de los tlaxcaltecas” y ya en 1967 “Felipe Ángeles” pieza dramática que resume su obra teatral.

Pero al mismo tiempo que su prestigio como escritora, autora teatral, poeta, periodista (lo menos) era reconocido, también su participación en la política estaba a la vista.

En 1968 se metió en un gran problema. Estaba convencida que los muchachos del 68 estaban siendo manipulados por los intelectuales de la época, hacia la muerte. Y criticó esta actitud. Y supuso que quien podría solucionar el conflicto sería Carlos Madrazo, de quien fue ferviente admiradora.

El 5 de octubre de 1968, un presunto infidente del movimiento estudiantil, Sócrates Amado Campus Lemos, dijo que ella manifestó que el movimiento tomaba cauces populares y era necesario tener un líder de prestigio nacional como el Lic. Carlos Madrazo.

Luego ella dijo que no fue así. Y para aclarar la situación convoca a una rueda de prensa en donde dio nombres de intelectuales presuntamente involucrados en atizar el movimiento estudiantil. Luego acusó a los periodistas de poner lo que quisieron.

Los periódicos del 7 de octubre publicaron que Garro delató a Luis Villoro, José Luis Castañeda, Jesús Silva Herzog, Ricardo Guerra, Rosario Castellanos, Roberto Páramo, Víctor Flores Olea, Francisco López Cámara, Leopoldo Zea, Roberto Escudero, Eduardo Lizalde, Jaime Shelley, Sergio Mondragón, José Luis Cuevas, Leonora Carrington y Carlos Monsiváis: casualmente amigos de Octavio Paz.

La escritora se metió en un berenjenal. Se echó a la intelectualidad mexicana encima. Y nada pudo hacer. El desprestigio la siguió hasta el exilio, que comenzó en 1972 cuando tuvo que viajar a Nueva York para atender a Helena, que padecía cáncer. Intentó quedarse en Estados Unidos pero le niegan el asilo político porque hubo una presunta denuncia de la escritora del asesino del presidente Kennedy en México. Así que viajan a Madrid y finalmente se refugian en París.

En adelante un viacrucis. Dice que vive en la precariedad. Que apenas pueden sobrevivir. De todos modos la obra sigue: “Andamos huyendo, Lola”. “La primera vez que me vi”. “La dama y la turquesa” y “Testimonios de Mariana”. Muchas más de excelencia. Pero también la decadencia…

En 1991 regresa a México. Todavía con miedos históricos. Pero es bien recibida. Es aplaudida. Muchos estudiantes hacen tesis sobre su obra. Se discute. Se analiza. Se felicita. Es otro momento. Pero también ella es otra… Cree que todo mundo la persigue y que todo mundo podría agredirla. No fue así, pero ella estaba en eso.

Intolerante. Gruñona. Siempre molesta con algo. Ella y su hija se refugian en Cuernavaca, en la casa de su hermana Deva ya muerta. Se siente abandonada y triste. Su hija igual. Las dos Elenas, siempre las mismas.

Pero se da el caso de que Elena Garro, con todas sus contradicciones y paranoias; con todo y su mal carácter y sus odios profundoso sus arranques de ‘diva’ literaria, sí fue una grande-enorme-inmensa escritora, que aportó a las letras mexicanas obras para enorme orgullo mexicano…

Murió a los 81 años de edad. El 23 de agosto de 1998, en Cuernavaca. Sus gatos quedaron solos.

Aquí estaré con mi amor a solas como recuerdo del porvenir por los siglos de los siglos.”…


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