/ martes 30 de abril de 2019

[Video] Un delito no puede robar los sueños

Trece jóvenes actualmente pagan una condena en el Certmi

El Centro Especializado de Reintegración y Tratamiento para Menores Infractores (Certmi) puede parecer duro, frío por afuera con su carcaza color blanco y las torres de vigilancia que se pueden distinguir desde una larga distancia.

Son muchos los protocolos de seguridad, puertas, guardias y protecciones para mantener el control en el centro, de ahí que uno se puede llegar a sentir intimidado al exterior, sin embargo una vez adentro se instala en una zona tranquila y de armonía.

Al entrar, inmediatamente capta mi atención la cancha de basquetbol, hay siete chicos jugando y observo como van de un lado a otro mientras el subdirector del Certmi, Arturo Jiménez, me platica que las actividades físicas son las favoritas de los jóvenes y ayuda a que el proceso de reintegración sea más fácil.

Arturo Jiménez habla con orgullo de sus muchachos, de los trece jóvenes que actualmente pagan una condena en este lugar, muchos han encontrado su pasión en el deporte, la pintura o la panadería y sonríe al contar con alegría los triunfos de cada uno.

ÉL

De estatura mediana, piel morena y ojos ligeramente rasgados, Héctor Alejandro parece tímido pero tiene muchas cosas que decir y que se agolpan en su cabeza. Lo observo a él y sus compañeros jugar basquetbol, nos presentan y educadamente me tiende la mano para saludarme, me habla de usted, aunque le pido que me tuteé.

Durante la entrevista me percato de que sus palabras son serias, no me da la impresión de que hablo con un menor, sino con un adulto seguro de sus expresiones, pero él asegura que aún piensa como un niño y desea disfrutar el tiempo que le queda de su adolescencia para retomar el camino.

“Todavía no pienso como un adulto, no tengo los pensamientos de un adulto, juego mucho pero me sé comportar, me gusta jugar, me gusta reír, me gusta bailar, me gusta jugar con mis amigos y las personas ya grandes se ven muy diferentes a nosotros”

He escuchado más de una vez, “si cometieron un delito de adulto, que los castiguen como adultos”, pero no es la maldad, ni rencor lo que los llevó a delinquir, fue una vida llena de carencias, de malas compañías o incluso la curiosidad de saber lo que se sentía, pero en sus cabezas nunca tuvo cabida las consecuencias y el conocimiento real de lo que estaban a punto de hacer, de lo que hicieron.

Héctor tenía 14 años, vivía en Gómez Palacio con sus padres y dos hermanos mayores, no tenían problemas, no había violencia, ni carencias, al contrario, él asegura que sus progenitores siempre le dieron todo lo que estaba en sus manos para que saliera adelante.

EL INICIO DEL CALVARIO

Estaba en secundaria cuando comenzó a sentir curiosidad por conocer a otras personas y lugares, con el tiempo se hizo de amigos que le llevaban tres o cuatro años de diferencia y eventualmente le ofrecían alcohol y drogas, por la presión aceptó, aunque en el fondo siempre tuvo miedo de hacerlo.

Uno de esos nuevos amigos era mayor y tenía antecedentes penales, una tarde entre todos comenzaron a planear un robo, se dispararon las ideas. Héctor dudaba, pero el hecho de ver a sus amigos con más dinero y libertad lo orilló a ser parte del delito.

Se decidió por realizar un secuestro, pues su amigo presumía constantemente que ya había cometido robos y les aseguró que nada malo pasaría, aunque en esta ocasión todo salió mal. La persona secuestrada escapó y dio aviso a las autoridades, Héctor sabía que lo buscaban, ya habían capturado a todos los involucrados. En el periódico se publicó la noticia y ante el miedo, se cambió de escuela y domicilio.

“Me dio un miedo tan grande que me temblaban las manos, los labios, los pies, sentí mucho miedo y cambié con mi otro compañero, fue cuando decidí manejar, lo dejé y volví por él después del secuestro, yo no pude entrar con el secuestrado porque me dio mucho miedo”, me platicó Héctor mientras movía ligeramente las manos y clavaba la mirada en el suelo.

Fueron casi ocho meses después cuando luego de estar prófugo, las autoridades dieron con su paradero, el 13 de febrero de 2017 a Héctor le dictaron una sentencia de dos años en el Certmi y fue señalado como coautor del secuestro.

Le pregunto si recuerda cómo era cuando ingresó al centro, sus emociones y actitud; le hago volver un poco al pasado, cuando aún dolía y la incertidumbre no le permitía avanzar ni visualizar su futuro.

“Cuando entré tenía miedo, era muy temeroso, callado, no decía nada, no quería jugar, me deprimía mucho por la situación de no estar afuera con mi familia, era de estar sentado en un lugar en el piso apartado de ellos, pensando en lo que hice, en lo que iba a pasar conmigo”, expresó con notable sentimiento en sus palabras.

Reconoce que imaginaba lo peor, no ver a su familia por largo tiempo y pasar momentos difíciles, pero ha logrado adaptarse e incluso asegura que el Certmi para él es un colegio, una escuela donde ha aprendido muchísimas cosas que jamás pasaron por su mente hacer.

“Este lugar que es el Certmi, fortalece los sueños de todos, ayuda a saber todo lo que no sabías, a mi me enseñaron a jugar basquetbol, fútbol no sabía mucho, aprendí a jugar ajedrez, damas chinas, aprendí a hacer pan, a pintar con óleo y agua, la pirografía a cuadros, a dibujar, ni sabía dibujar me enseñaron los pasos para hacer un rostro, no sabía nada de eso pero este lugar sí te ayuda a avanzar, a prepararte para afuera, para tener muchas opciones de cuáles seguir y cuáles no seguir”.

UN NIÑO QUE SUEÑA

El delito que cometió lo envío a una prisión, pero no le robó los sueños que desde chico construyó, estudiar la universidad y ser un profesionista del que su familia estuviera orgullosa.

“Quería ser licenciado, en ese tiempo no sabía nada pero siempre que me preguntaban yo decía que quería ser licenciado ¿y qué licenciado?, pues el que trae el traje, he pensado en soldadura, maderería, mecánica o aparatos eléctricos, he pensado en unos de esos. Sí sueño con llegar a la universidad, sí es mi meta terminar la universidad”, expresó con una sonrisa.

Su familia lo extraña, sienten un vacío por no estar con él pero se encuentran tranquilos al saber que donde está, tiene estudios, comida y seguridad. Héctor me comparte que ellos más de una vez le han dicho que esto lo fortalecerá, le servirá de aprendizaje para no cometer los mismos errores y él, está consciente que un paso en falso lo llevaría a pagar consecuencias más graves.

Ve a futuro, está decidido a continuar con sus estudios pero también desea jugar en algún torneo de basquetbol y convertir el deporte en un hobbie. Aunque es originario de Gómez Palacio es probable que él y su familia se muden a la capital para continuar con los sueños que entre todos tienen.

Héctor no quiere que su historia se repita, que otro joven de su edad se envuelva en el mundo oscuro de la delincuencia por la necesidad, presión social o curiosidad y les expresa a todos ellos que disfruten de su vida, su familia y amigos, si desean obtener algo lo hagan por el camino correcto y con la conciencia tranquila.

“Una estabilidad se da conforme como la quieras, como te la des o como te la den, si no tienes dinero es más fácil trabajar que irse por los malos pasos, porque en los malos pasos consigues dinero rápido, pero las consecuencias llegan muy rápido y en el dinero honrado estás tranquilo con tu familia y no llegan consecuencias como encarcelamientos o la muerte, esas personas que tienen mucha energía, mucha curiosidad por conocer más, yo les diría que tranquilos, jugar, divertirnos pero hasta cierto punto porque hay muchas consecuencias que se van a dar y divertirse no tiene nada de malo pero que siempre se haga sanamente”.

Actualmente en el Certmi hay 13 jóvenes quienes cumplen una condena, dos de ellos son de Gómez Palacio, el resto de municipios como Tlahualilo, Nuevo Ideal, Lerdo, Torreón, El Oro y siete de la capital. Fueron acusados por cometer distintos delitos como violación, secuestro, homicidio, robo con violencia y trata de personas.

Para lograr su reinserción social, además de las actividades físicas, toman terapia psicológica, tienen taller de panadería, pintura, música, yoga, rap, además de que grupos religiosos los visitan cada fin de semana para platicarles de su fe, los chicos también han creado un pequeño huerto dentro del Certmi.

El pan que hacen se envía a diferentes lugares para ser vendido y las ganancias van directamente a una cuenta a su nombre, el cual pueden utilizar cuando gusten o guardarlo para cuando salgan del Certmi, pues aunque sus familias los visitan constantemente, sólo el 10 por ciento de ellos los apoyan económicamente.

El Centro Especializado de Reintegración y Tratamiento para Menores Infractores (Certmi) puede parecer duro, frío por afuera con su carcaza color blanco y las torres de vigilancia que se pueden distinguir desde una larga distancia.

Son muchos los protocolos de seguridad, puertas, guardias y protecciones para mantener el control en el centro, de ahí que uno se puede llegar a sentir intimidado al exterior, sin embargo una vez adentro se instala en una zona tranquila y de armonía.

Al entrar, inmediatamente capta mi atención la cancha de basquetbol, hay siete chicos jugando y observo como van de un lado a otro mientras el subdirector del Certmi, Arturo Jiménez, me platica que las actividades físicas son las favoritas de los jóvenes y ayuda a que el proceso de reintegración sea más fácil.

Arturo Jiménez habla con orgullo de sus muchachos, de los trece jóvenes que actualmente pagan una condena en este lugar, muchos han encontrado su pasión en el deporte, la pintura o la panadería y sonríe al contar con alegría los triunfos de cada uno.

ÉL

De estatura mediana, piel morena y ojos ligeramente rasgados, Héctor Alejandro parece tímido pero tiene muchas cosas que decir y que se agolpan en su cabeza. Lo observo a él y sus compañeros jugar basquetbol, nos presentan y educadamente me tiende la mano para saludarme, me habla de usted, aunque le pido que me tuteé.

Durante la entrevista me percato de que sus palabras son serias, no me da la impresión de que hablo con un menor, sino con un adulto seguro de sus expresiones, pero él asegura que aún piensa como un niño y desea disfrutar el tiempo que le queda de su adolescencia para retomar el camino.

“Todavía no pienso como un adulto, no tengo los pensamientos de un adulto, juego mucho pero me sé comportar, me gusta jugar, me gusta reír, me gusta bailar, me gusta jugar con mis amigos y las personas ya grandes se ven muy diferentes a nosotros”

He escuchado más de una vez, “si cometieron un delito de adulto, que los castiguen como adultos”, pero no es la maldad, ni rencor lo que los llevó a delinquir, fue una vida llena de carencias, de malas compañías o incluso la curiosidad de saber lo que se sentía, pero en sus cabezas nunca tuvo cabida las consecuencias y el conocimiento real de lo que estaban a punto de hacer, de lo que hicieron.

Héctor tenía 14 años, vivía en Gómez Palacio con sus padres y dos hermanos mayores, no tenían problemas, no había violencia, ni carencias, al contrario, él asegura que sus progenitores siempre le dieron todo lo que estaba en sus manos para que saliera adelante.

EL INICIO DEL CALVARIO

Estaba en secundaria cuando comenzó a sentir curiosidad por conocer a otras personas y lugares, con el tiempo se hizo de amigos que le llevaban tres o cuatro años de diferencia y eventualmente le ofrecían alcohol y drogas, por la presión aceptó, aunque en el fondo siempre tuvo miedo de hacerlo.

Uno de esos nuevos amigos era mayor y tenía antecedentes penales, una tarde entre todos comenzaron a planear un robo, se dispararon las ideas. Héctor dudaba, pero el hecho de ver a sus amigos con más dinero y libertad lo orilló a ser parte del delito.

Se decidió por realizar un secuestro, pues su amigo presumía constantemente que ya había cometido robos y les aseguró que nada malo pasaría, aunque en esta ocasión todo salió mal. La persona secuestrada escapó y dio aviso a las autoridades, Héctor sabía que lo buscaban, ya habían capturado a todos los involucrados. En el periódico se publicó la noticia y ante el miedo, se cambió de escuela y domicilio.

“Me dio un miedo tan grande que me temblaban las manos, los labios, los pies, sentí mucho miedo y cambié con mi otro compañero, fue cuando decidí manejar, lo dejé y volví por él después del secuestro, yo no pude entrar con el secuestrado porque me dio mucho miedo”, me platicó Héctor mientras movía ligeramente las manos y clavaba la mirada en el suelo.

Fueron casi ocho meses después cuando luego de estar prófugo, las autoridades dieron con su paradero, el 13 de febrero de 2017 a Héctor le dictaron una sentencia de dos años en el Certmi y fue señalado como coautor del secuestro.

Le pregunto si recuerda cómo era cuando ingresó al centro, sus emociones y actitud; le hago volver un poco al pasado, cuando aún dolía y la incertidumbre no le permitía avanzar ni visualizar su futuro.

“Cuando entré tenía miedo, era muy temeroso, callado, no decía nada, no quería jugar, me deprimía mucho por la situación de no estar afuera con mi familia, era de estar sentado en un lugar en el piso apartado de ellos, pensando en lo que hice, en lo que iba a pasar conmigo”, expresó con notable sentimiento en sus palabras.

Reconoce que imaginaba lo peor, no ver a su familia por largo tiempo y pasar momentos difíciles, pero ha logrado adaptarse e incluso asegura que el Certmi para él es un colegio, una escuela donde ha aprendido muchísimas cosas que jamás pasaron por su mente hacer.

“Este lugar que es el Certmi, fortalece los sueños de todos, ayuda a saber todo lo que no sabías, a mi me enseñaron a jugar basquetbol, fútbol no sabía mucho, aprendí a jugar ajedrez, damas chinas, aprendí a hacer pan, a pintar con óleo y agua, la pirografía a cuadros, a dibujar, ni sabía dibujar me enseñaron los pasos para hacer un rostro, no sabía nada de eso pero este lugar sí te ayuda a avanzar, a prepararte para afuera, para tener muchas opciones de cuáles seguir y cuáles no seguir”.

UN NIÑO QUE SUEÑA

El delito que cometió lo envío a una prisión, pero no le robó los sueños que desde chico construyó, estudiar la universidad y ser un profesionista del que su familia estuviera orgullosa.

“Quería ser licenciado, en ese tiempo no sabía nada pero siempre que me preguntaban yo decía que quería ser licenciado ¿y qué licenciado?, pues el que trae el traje, he pensado en soldadura, maderería, mecánica o aparatos eléctricos, he pensado en unos de esos. Sí sueño con llegar a la universidad, sí es mi meta terminar la universidad”, expresó con una sonrisa.

Su familia lo extraña, sienten un vacío por no estar con él pero se encuentran tranquilos al saber que donde está, tiene estudios, comida y seguridad. Héctor me comparte que ellos más de una vez le han dicho que esto lo fortalecerá, le servirá de aprendizaje para no cometer los mismos errores y él, está consciente que un paso en falso lo llevaría a pagar consecuencias más graves.

Ve a futuro, está decidido a continuar con sus estudios pero también desea jugar en algún torneo de basquetbol y convertir el deporte en un hobbie. Aunque es originario de Gómez Palacio es probable que él y su familia se muden a la capital para continuar con los sueños que entre todos tienen.

Héctor no quiere que su historia se repita, que otro joven de su edad se envuelva en el mundo oscuro de la delincuencia por la necesidad, presión social o curiosidad y les expresa a todos ellos que disfruten de su vida, su familia y amigos, si desean obtener algo lo hagan por el camino correcto y con la conciencia tranquila.

“Una estabilidad se da conforme como la quieras, como te la des o como te la den, si no tienes dinero es más fácil trabajar que irse por los malos pasos, porque en los malos pasos consigues dinero rápido, pero las consecuencias llegan muy rápido y en el dinero honrado estás tranquilo con tu familia y no llegan consecuencias como encarcelamientos o la muerte, esas personas que tienen mucha energía, mucha curiosidad por conocer más, yo les diría que tranquilos, jugar, divertirnos pero hasta cierto punto porque hay muchas consecuencias que se van a dar y divertirse no tiene nada de malo pero que siempre se haga sanamente”.

Actualmente en el Certmi hay 13 jóvenes quienes cumplen una condena, dos de ellos son de Gómez Palacio, el resto de municipios como Tlahualilo, Nuevo Ideal, Lerdo, Torreón, El Oro y siete de la capital. Fueron acusados por cometer distintos delitos como violación, secuestro, homicidio, robo con violencia y trata de personas.

Para lograr su reinserción social, además de las actividades físicas, toman terapia psicológica, tienen taller de panadería, pintura, música, yoga, rap, además de que grupos religiosos los visitan cada fin de semana para platicarles de su fe, los chicos también han creado un pequeño huerto dentro del Certmi.

El pan que hacen se envía a diferentes lugares para ser vendido y las ganancias van directamente a una cuenta a su nombre, el cual pueden utilizar cuando gusten o guardarlo para cuando salgan del Certmi, pues aunque sus familias los visitan constantemente, sólo el 10 por ciento de ellos los apoyan económicamente.

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