/ domingo 24 de marzo de 2024

Camila y el infierno (Parte II)

Las campanas de la iglesia adjunta a la escuela elemental franciscana a la que asistía Víctor, sonaron un cuarto para las siete de la mañana. El andar de un motor viejo, lanzó unos rugidos desiguales en el sur del Pueblo y unos cuantos cacharros comenzaban a circular en la vía paralela a la vieja estación del tren. La señora Evans, había tenido un mal sueño y es que las cuentas del mes de octubre venían cargadas de un interés doblado, gracias a que su esposo había olvidado realizar los pagos por haber estado distraído en la temporada final de una estúpida serie de misterio que, de misterio tenía lo que los gremlins tienen de horror.

La mujer abrió los ojos después del repique de las campanas, luego miró el techo y después un reloj del gato Félix posado frente a ella. Giró la cabeza y su esposo dormía como si las tres de la mañana fueran, porque de la boca le escurrían hilos de saliva desembocados en una almohada amarillenta y con manchas de días anteriores. La ventana dejaba entrar unos rayos de sol parecidos a espadas y casi no se podía ver el destrozo de la tarde anterior a lo largo del jardín. En su mente se dibujaron las ideas de levantar a Víctor, meterlo a la ducha, colocarle el uniforme, llevarlo a la escuela y hacer cuentas para pagar ese montón de intereses moratorios. Se paró de la cama, se puso una bata de imitación seda y se dirigió con pereza a la alcoba de Víctor. Conforme avanzó, su olfato percibió un olor extraño, pensó en la boca de la señora Molly lanzando los chismeríos del vecindario. Era un olor sofocante y la madre de Víctor se llevó el antebrazo al rostro. Pensó en problemas de las cañerías, siguió tapándose la nariz y boca hasta que abrió la puerta del cuarto de Víctor. Las bisagras chillaron con vida propia, la señora Evans metió primero la cabeza al cuarto y se sorprendió cuando vio al pequeño Víctor sentado en la cama, mirándole fijamente, con el cabello revuelto y la piel tan pálida como la de un muerto.

–¿Qué pasa Víctor?, ¿por qué no sigues dormido?, falta una hora y media para que entres a la escuela. El chico no contestó y la observó con la mirada de un juez a punto de lanzar sentencia. La mujer se angustió, se acercó a la cama y tocó la frente del pequeño, sintió escalofríos y una temperatura de a lo muchos diez grados centígrados en el niño.

–¿Te sientes mal? –El chico abrió la boca y un sonido gutural salió del fondo de su pecho, luego sonrió con algo parecido a la maldad, pero el amor de madre, solo le permitió a la mujer, ver a un hijo enfermo con un acceso de tos en puerta.

–Estoy bien mami, sólo tengo un poco de frío, abrázame. Dijo con una voz siniestra, ronca, parecida a la de un anciano.

–Sigue acostado, iré a ducharme y en un rato, valoramos si asistes a la escuela o te quedas conmigo a hacer las cuentas de fin de mes. La mujer sintió el olor fétido, observó los zapatos de Víctor para ver si no había pisado las gracias de Camila, pero no vio nada. Los ojos de lo que un día antes fue su hijo lanzaron una mirada rígida, luego un destello purpura y maligno, pero la señora Evans ya se había dado la media vuelta, cerró la puerta y se fue a la ducha.

La mujer se metió al baño, siguió pensando en las deudas y ahora en la salud de su hijo, se colocó la bata de baño, se peinó, observó a su esposo en la misma posición, se puso un vestido blanco, muy transparente para el gusto del señor Evans y regresó a la habitación de Víctor. El chico había retomado un poco el color de su piel, su temperatura fue un poco más aceptable, pero distinta a la de un ser humano. La mujer lo analizó por unos minutos más.

–¿Cómo te sientes para ir a la escuela?

–Ya me siento bien mami, creo que solo tenía frío, pero no me duele nada. Quiero ir a la escuela. Todo está bien. –La mujer sintió alivio y pensó en reparar los empaques de la ventana del cuarto de Víctor, porque quizá, permitían las filtraciones de aire fresco por las noches.

–Está bien mi pequeño, vamos a ducharte y te preparo para llevarte, recuerda que hoy es día de artes y deporte. La mujer le revolvió el cabello. Víctor no sonrió, porque en realidad no era él, pero fingió un gesto y se dejó llevar a la ducha sin ninguna dificultad.

El chorro del agua le caía en los cabellos y un vapor extraño salía de su cabeza, pero se confundía con el vapor del baño caliente. El chico se dejó tallar el cuerpo, pero nunca levantó la mirada demoniaca, su madre intentaba jugar con él como de costumbre, pero al no recibir reacción, pensó que quizá estaba un poco desanimado, porque en ocasiones se levantaba sin ganas de jugar. La ducha duró algunos cinco minutos, la señora Evans cerró las llaves y entre las nubes de vapor, tomó una toalla del pato Donald y lo envolvió como un taco. Lo cargó en sus brazos y juntos se posaron frente al espejo, esto le gustaba al pequeño, porque siempre dibujaba una sonrisa cuando veía su reflejo, pero en esa ocasión, solo fingió un gesto y ella trató de no poner tanta importancia. Apagaron la luz, salieron del baño y en el espejo se quedó el reflejo de un rostro anciano lleno de llagas, cicatrices, con una sonrisa grande y llena de dientes podridos que nadie pudo ver.

En el desayuno, el imitador de Víctor se comió media taza de cereal y una rebanada de queso. Su madre retomó la angustia, le midió la temperatura con un termómetro de mercurio y el chico llegó a los 36 grados. La mujer guardó un poco de calma, tomó la mochila de su hijo, las llaves de la Ranchera Ford de su esposo, Subió a Víctor en el asiento de copiloto y tomó dirección a la escuela elemental franciscana del Pueblo Norte.

Los rayos del sol lamían la mayor parte del Pueblo, la señora Evans los recibía en su pulcro y sensual vestido, se colocó unas gafas de sol e insertó la llave debajo del volante. La camioneta exhaló un par de veces y en el tercer intentó arrancó como la bestia de ocho cabezas que era. El señor Evans, después de haber perdido algunos litros de saliva en la almohada, salió por la puerta principal en calzoncillos, casi al mismo tiempo de que la mujer había iniciado la marcha y alcanzó a gritar:

–¡Dale combustible a mi bebé!, – la señora Evans lo ignoró y pudo verlo en el retrovisor con las manos en la cintura, parecía más gordo y viejo. Ella lo quería a pesar de tener como esposo a un haragán profesional.

El camino a la escuela, fue silencioso y el olor a putrefacción, era tenue, pero persistía y es que por más que esa cosa trataba de ocultar su identidad, le era imposible apagar ese horrible olor por completo. La señora Evans dobló en la calle 22 y tomó la avenida Trenton. Algunos negocios comenzaban a abrir y el leve bullicio de la gente ya sonaba como una sola voz inentendible. La imitación de Víctor abrió su mochila y observó muy escondido el cuchillo que había guardado la noche anterior. Sintió alegría y cerró el apartado sin decir una sola palabra. Al fondo del camino de la avenida Trenton, adornada con olmos y algunos espectaculares publicitarios de mediano pelo, se alzaba la iglesia católica franciscana y la fachada de la escuela apegada a las reglas de la religión tan preciada en ese lugar, porque en un lugar como el Pueblo Norte, era conveniente perder la fe.

La mujer se estacionó a un costado de la iglesia, la pick up amarillo canario con un par de líneas color café chocolate, destelló como un premio de concurso de los años 80´s. Una nube negra nació del escape. Marilyn Evans bajó del vehículo, caminó al otro extremo y abrió la puerta del copiloto, tomó entre sus brazos a lo que ella creía que era su hijo y lo posó en el concreto, de frente a la puerta principal de la iglesia. El chico descompuso su rostro, pero trató de soportarlo y tomó de la mano a su madre. Caminaron juntos a la fila donde ingresaban todos los pequeños a la escuela.

La mayoría de los enanos, le daban un beso a su madre, otros lanzaban un saludo hasta los coches, algunos se quedaban haciendo rabieta y estirando las ropas de sus padres para no quedarse en la escuela, pero “Víctor” observaba como un adulto, no hacía gestos ni ademanes, ni siquiera alguna mueca. Cuatro franciscanos recibían a los chiquillos, en realidad, tres de ellos, –jóvenes aún–, solo eran de la orden franciscana para recibir el sueldo en la asistencia de apoyo escolar, para tener un techo y para repasarse a las madres jóvenes de buen ver, pero uno de ellos, el más grande, era un viejo proveniente de Italia, dedicado toda su vida a la fe. Era el hermano Bianchi, un hombre de cabello cano, cuerpo fuerte, delgado, cara afilada, dueño de unas gafas de protección lectora y una estatura media. El hermano Bianchi, era un hombre con fuertes estudios en teología y demonología. Era alguien de experiencia, sabía leer a las personas, por ejemplo, sabía y notaba que los otros tres hermanos de apenas unos veinte y dos años, se dejaban llevar aún por el ímpetu sexual de la edad, pero también sabía que eran de buen corazón y que, con los años, llevarían la sotana bien puesta.

Cuando Marilyn Evans se acercó a la puerta de la escuela con el imitador de su hijo, una parvada de pájaros voló espantada a los recovecos del campanario, los cuatro hermanos abrieron los ojos tan grandes como platos, los tres más jóvenes, por el vestido casi transparente que sin malicia llevaba puesto la señora Evans, pero el hermano Bianchi, porque sintió la presencia del mal. El ojo izquierdo del viejo comenzó a temblar involuntariamente y el pequeño “Víctor” de inmediato lo observó con burla. Marilyn no percibió ninguna de las acciones, porque se enfocó en levantar la mochila y entregársela a uno de los tres libidinosos. La mujer lanzó un beso a “Víctor”, pero él y el viejo, se miraban con insistencia, como dos peleadores de boxeo en el encuentro previo antes de la pelea.

–Hola Víctor. –Dijo el hermano Bianchi con una voz ahogada y similar a la de un pontífice envejecido a punto de perderla.

–Hola, ¿cómo te encuentras hoy?, contestó el chico con una voz ronca. –El hermano Bianchi, normalmente le revolvía el cabello a Víctor en señal de aprecio, pero en esa ocasión no lo tocó. El hombre se erizó y se persignó.

Los tres hermanos no quitaron los ojos de la señora Evans, mientras que el hermano Bianchi, no perdió de vista al chiquillo que se difuminó en el pasillo conducente a su salón de clases. Cuando los cuatro cruzaron miradas nuevamente, Bianchi tenía la frente bañada en sudor, pues el hombre supo de inmediato que eso no era Víctor y que su misión en la iglesia franciscana por fin había llegado. Dejó a cargo de la puerta a los tres hermanos, que más bien parecían los tres chiflados y caminó a su oficina, sin decir una sola palabra.

“Víctor” cruzó la puerta del salón de clases, algunos compañeros ya se encontraban sentados en primera fila, lanzaban avioncitos de papel y gritaban palabrillas sin sentido. Todos le saludaron con gusto, pero él no respondió el gesto y se sentó en la última silla de la fila izquierda, como nunca solía hacerlo. Los chiquillos lo notaron de mal humor, pero siguieron lanzando los avioncitos a la pizarra.

“Víctor” se quedó como un muerto, con los ojos clavados en la última ventana del salón y una sombra siniestra le cubría el rostro, pasaron algunos segundos, cuando un gorrión se posó en el filo de la ventana y cuando cruzaron mirada, el pobre animal, quiso volar, pero cayó petrificado en el jardín exterior.

Quince minutos pasaron desde su llegada a la escuela elemental franciscana del Pueblo Norte. Un timbre sonó en las lejanías de los patios y el salón por fin estaba a tope de niños. Arriba de la pizarra y a un costado del mapa de América y la fotografía de Cristóbal Colón, había una cruz de madera de unos veinte centímetros y mientras todos sacaban su tarea de los vegetales, ésta giró para dejar a Jesús boca abajo. Nadie se percató del hecho a excepción de “Víctor” quien se encontraba dibujando una sonrisa sin bondad. El discreto olor a putrefacción se disipó con prontitud en el salón. No todos los sintieron, uno o dos se quejaron, otro llamado Marco, se mareó y vomitó, no tanto por el olor, pero si quizá por la presencia maligna. El maestro de arte, era un viejo que años atrás, había sufrido una infección en vías respiratorias, jamás recuperó su olfato al cien por ciento, así que no les dio mucha importancia a las quejas y mandó al pequeño Marco a enfermería e inició la clase.

Los chiquillos sacaron la tarea de los vegetales recortados, todos participaban con entusiasmo, alguno que otro se sentía incómodo por el hedor a animal muerto, pero, a fin de cuentas, participaron en la actividad. “Víctor” ni siquiera abrió su mochila, estaba con las piernas extendidas y los brazos cruzados, parecía un reo en la celda, esperando su hora para salir al desayuno. Jimmy, el cuatro ojos de la clase, notó la figura de Jesús boca abajo.

–Maestro, ¡Jesús está de cabeza! –Exclamó el niño mientras se acomodaba las gruesas gafas. Todos se echaron a reír y el maestro quiso lanzar también una risilla, pero la contuvo, se levantó del escritorio hasta la pizarra, se paró de puntitas y volvió la cruz a su lugar, mientras todos seguían riendo a excepción de “Víctor”.

–Ya, ya… no es de risa, niños. Volvamos a clase. –El maestro, vio la poca interacción de “Víctor” y cometió el error detonante.

–Víctor, es tu turno, ¿cuál es el vegetal más nutritivo que encontraste en tu tarea? –Víctor perdió la mirada en el maestro, exhaló y sin ganas contestó:

–El pito de tu padre, que, por cierto, le dejó de funcionar cuando te estaba concibiendo, hijo de perra. –Fue la voz de una alma vieja, corrompida y llena de odio. Los niños pasaron de las risas a un silencio incomodo. El maestro de artes, no supo que decir, simplemente no hubo una palabra adecuada para contestar a esa agresión hecha por un niño de cinco años.

–Víctor, vamos… eso no está bien, iremos con el hermano Bianchi, debes platicar con él.

–A mí no me interesa ir con ese decrépito, me interesa mejor escuchar tus estupideces o la llamada que estás a punto de recibir, en la que te dirán que tu madre se rompió la cabeza en dos al salir de la ducha. El hombre sintió miedo, cuando vio la mirada perdida de “Víctor” y a los pocos segundos, sonó su móvil, trató de guardar la calma y contestó fuera del salón. En efecto, era la ayudante de su madre, le decía con pánico acerca del accidente al salir de la ducha.

El maestro de arte entró al salón con los ojos llenos de agua, no se los enjugó y caminó al escritorio. De su maletín sacó un crucifijo, lo tomó entre sus manos y una carcajada espantosa aturdió a los veinticinco pequeños encerrados en esa demoníaca escena. “Víctor” se volvió pálido nuevamente, su uniforme se derretía como plástico hirviendo, su cara estaba demacrada igual a la de un anciano, sus ojos se tornaron color purpura y un idioma desconocido salió de su boca

–JAL BA, TADE NOV, DEL BA, LUDE MID. DEM JAL, TADE DEL, DU BA, DISNA MORTI. El cuerpo de Víctor se arrugó como un cadáver y largas uñas salieron de sus dedos, no se desintegró como el de Camila la noche anterior, pero si estaba deformado y lleno llagas. El maestro de arte lanzó un gruñido, se apretó el pecho, cayó con los ojos abiertos, llenos de pánico y búsqueda de fe, un infarto lo había fulminado al ver la terrible escena. Los niños quisieron gritar, pero una fuerza extraña los mantuvo en silencio, poco a poco, todos comenzaron a levitar y a girar en círculos, algo parecido al magnetismo los tenía flotando con los ojos en blanco, inertes, fuera de si, como si estuvieran muertos.

Mientras la madre de “Víctor” hacía depósitos a la deuda externa de los Evans y el padre seguía pensando en si vestirse o seguir en calzoncillos en casa, el hermano Bianchi, se preparaba en su oficina, porque sabía lo que estaba a punto de suceder. Se puso de pie, tomó un libro parecido a la biblia, pero eran textos relacionados a la demonología, tomó una cruz metálica de su cajón, se impregnó el pecho y la frente de agua bendita y caminó en calma al encuentro. El pasillo conducente a los salones, dejó de ser eso y se convirtió en un túnel oscuro, lleno de voces infernales y carcajadas burlándose del hermano Bianchi. El piso se convirtió en un camino de fuego y comenzó a arder, parecía un horno crematorio y en cada paso, Bianchi, sentía quemaduras horribles en los pies, pero su voluntad era más fuerte y avanzó hasta el salón sin ser derrotado por ese engaño mental.

El hermano Bianchi quiso abrir la puerta, pero la manija ardía en un rojo intenso y de una patada logró abrirla. El vidrio central salió volando en más de cien pedazos, todo el salón estaba impregnado de un vapor verde, los chiquillos flotaban en círculo, parecían un carrusel humano de algún circo de horror. El maestro de arte yacía muerto con los ojos en blanco. “Víctor” se encontraba desnudo y lleno de una piel verde y podrida, en medio de ese círculo humano flotante, balbuceaba en extrañas lenguas.

La bestia encarnada en “Víctor” alzó el cuchillo entrelazado en sus manos y uno de los niños, flotó en su dirección. El hermano Bianchi, hizo un gesto de coraje y entró al círculo magnético, un sonido extraño similar al de una nave de ciencia ficción, sonó dentro de su cabeza, abrió el libro de oraciones y estiró la cruz en dirección a esa cosa en forma de niño.

–Señor combate al enemigo de mi cuerpo, mente, alma y espíritu, aleja el dardo del maligno. Ruega por nosotros santa madre de Dios y expulsa a este demonio del cuerpo de Víctor. La bestia lanzó una carcajada y tomó al niño entre sus brazos, luego apuntó el cuchillo a la yugular. El hermano Bianchi, ojeó el libro y encontró un apartado indispensable, pero necesitaba de tres corazones nobles para expulsar a un demonio. Siguió buscando oraciones casi vanas y luchando mentalmente para que “Víctor” no atravesará el cuello del niño. Todo parecía estar perdido, hasta que los tres hermanos franciscanos aparecieron en la puerta del salón. Estaban llenos de terror, los tres temblaban, pero con sincronía alzaron su cruz al frente. Se unieron en oración al hermano Bianchi y la figura anciana parecida a Peter, comenzó a retorcerse como si estuviera envuelta en llamas, soltó el cuchillo y cayó de rodillas, “Víctor” abrió su boca y de ella, salió aquel dedo putrefacto, luego dos, luego tres, por fin una mano entera y luego una maraña de cabellos resecos salieron en forma de vómito para convertirse en la forma original que había penetrado al pobre chico la noche anterior.

El verdadero Víctor quedó tirado en el suelo, los niños cayeron de golpe, esa cosa horrible y purulenta se acercó al hermano Bianchi, le acarició la boca con ese horrible dedo lleno de vellos y comenzó a penetrar en el viejo que intentó luchar, pero no pudo hacerlo y comenzó a tragarse a esa entidad que deseaba poseerlo. Como último recurso, el hermano Bianchi dejó de resistirse, la entidad ya estaba dentro del viejo. Su piel se tornó verduzca, llena de venas azules y a punto de reventar. Sus ojos se hicieron purpúreos, pero con una chispa aún de su esencia. Tomó su cruz del suelo y la levantó con ambas manos más arriba de su cabeza, sin pensarlo, la encajó en su propio corazón. Un rugido espantoso sonó quizá en todo el Pueblo Norte y aquella cosa asquerosa comenzó a convertirse en vapor, se concentró en medio del salón, luego se redujo a una pequeña luz verde y salió disparada por una de las ventanas, como un asteroide filmado en modo de reversa. Los tres hermanos franciscanos quedaron ahí observando, pálidos, dos de ellos vomitaron y uno quedó perplejo, observando la escena, donde se encontraban el hermano Bianchi muerto, con una cruz atravesada en su corazón, con un rostro lleno ira, el maestro de arte con los ojos en blanco apretándose el corazón y los niños volviendo de un desmayo. El sonido de sirenas policiacas resonó en el salón de clases, Víctor y a modo de rumor dijo, ¿dónde está mi perra Camila?

Ahora en el Pueblo Norte, hay un demonio que nació de la tierra y Víctor quizá no pueda recordarlo para contar a su madre lo sucedido la noche anterior. Los tres hermanos franciscanos son los principales sospechosos.

Las campanas de la iglesia adjunta a la escuela elemental franciscana a la que asistía Víctor, sonaron un cuarto para las siete de la mañana. El andar de un motor viejo, lanzó unos rugidos desiguales en el sur del Pueblo y unos cuantos cacharros comenzaban a circular en la vía paralela a la vieja estación del tren. La señora Evans, había tenido un mal sueño y es que las cuentas del mes de octubre venían cargadas de un interés doblado, gracias a que su esposo había olvidado realizar los pagos por haber estado distraído en la temporada final de una estúpida serie de misterio que, de misterio tenía lo que los gremlins tienen de horror.

La mujer abrió los ojos después del repique de las campanas, luego miró el techo y después un reloj del gato Félix posado frente a ella. Giró la cabeza y su esposo dormía como si las tres de la mañana fueran, porque de la boca le escurrían hilos de saliva desembocados en una almohada amarillenta y con manchas de días anteriores. La ventana dejaba entrar unos rayos de sol parecidos a espadas y casi no se podía ver el destrozo de la tarde anterior a lo largo del jardín. En su mente se dibujaron las ideas de levantar a Víctor, meterlo a la ducha, colocarle el uniforme, llevarlo a la escuela y hacer cuentas para pagar ese montón de intereses moratorios. Se paró de la cama, se puso una bata de imitación seda y se dirigió con pereza a la alcoba de Víctor. Conforme avanzó, su olfato percibió un olor extraño, pensó en la boca de la señora Molly lanzando los chismeríos del vecindario. Era un olor sofocante y la madre de Víctor se llevó el antebrazo al rostro. Pensó en problemas de las cañerías, siguió tapándose la nariz y boca hasta que abrió la puerta del cuarto de Víctor. Las bisagras chillaron con vida propia, la señora Evans metió primero la cabeza al cuarto y se sorprendió cuando vio al pequeño Víctor sentado en la cama, mirándole fijamente, con el cabello revuelto y la piel tan pálida como la de un muerto.

–¿Qué pasa Víctor?, ¿por qué no sigues dormido?, falta una hora y media para que entres a la escuela. El chico no contestó y la observó con la mirada de un juez a punto de lanzar sentencia. La mujer se angustió, se acercó a la cama y tocó la frente del pequeño, sintió escalofríos y una temperatura de a lo muchos diez grados centígrados en el niño.

–¿Te sientes mal? –El chico abrió la boca y un sonido gutural salió del fondo de su pecho, luego sonrió con algo parecido a la maldad, pero el amor de madre, solo le permitió a la mujer, ver a un hijo enfermo con un acceso de tos en puerta.

–Estoy bien mami, sólo tengo un poco de frío, abrázame. Dijo con una voz siniestra, ronca, parecida a la de un anciano.

–Sigue acostado, iré a ducharme y en un rato, valoramos si asistes a la escuela o te quedas conmigo a hacer las cuentas de fin de mes. La mujer sintió el olor fétido, observó los zapatos de Víctor para ver si no había pisado las gracias de Camila, pero no vio nada. Los ojos de lo que un día antes fue su hijo lanzaron una mirada rígida, luego un destello purpura y maligno, pero la señora Evans ya se había dado la media vuelta, cerró la puerta y se fue a la ducha.

La mujer se metió al baño, siguió pensando en las deudas y ahora en la salud de su hijo, se colocó la bata de baño, se peinó, observó a su esposo en la misma posición, se puso un vestido blanco, muy transparente para el gusto del señor Evans y regresó a la habitación de Víctor. El chico había retomado un poco el color de su piel, su temperatura fue un poco más aceptable, pero distinta a la de un ser humano. La mujer lo analizó por unos minutos más.

–¿Cómo te sientes para ir a la escuela?

–Ya me siento bien mami, creo que solo tenía frío, pero no me duele nada. Quiero ir a la escuela. Todo está bien. –La mujer sintió alivio y pensó en reparar los empaques de la ventana del cuarto de Víctor, porque quizá, permitían las filtraciones de aire fresco por las noches.

–Está bien mi pequeño, vamos a ducharte y te preparo para llevarte, recuerda que hoy es día de artes y deporte. La mujer le revolvió el cabello. Víctor no sonrió, porque en realidad no era él, pero fingió un gesto y se dejó llevar a la ducha sin ninguna dificultad.

El chorro del agua le caía en los cabellos y un vapor extraño salía de su cabeza, pero se confundía con el vapor del baño caliente. El chico se dejó tallar el cuerpo, pero nunca levantó la mirada demoniaca, su madre intentaba jugar con él como de costumbre, pero al no recibir reacción, pensó que quizá estaba un poco desanimado, porque en ocasiones se levantaba sin ganas de jugar. La ducha duró algunos cinco minutos, la señora Evans cerró las llaves y entre las nubes de vapor, tomó una toalla del pato Donald y lo envolvió como un taco. Lo cargó en sus brazos y juntos se posaron frente al espejo, esto le gustaba al pequeño, porque siempre dibujaba una sonrisa cuando veía su reflejo, pero en esa ocasión, solo fingió un gesto y ella trató de no poner tanta importancia. Apagaron la luz, salieron del baño y en el espejo se quedó el reflejo de un rostro anciano lleno de llagas, cicatrices, con una sonrisa grande y llena de dientes podridos que nadie pudo ver.

En el desayuno, el imitador de Víctor se comió media taza de cereal y una rebanada de queso. Su madre retomó la angustia, le midió la temperatura con un termómetro de mercurio y el chico llegó a los 36 grados. La mujer guardó un poco de calma, tomó la mochila de su hijo, las llaves de la Ranchera Ford de su esposo, Subió a Víctor en el asiento de copiloto y tomó dirección a la escuela elemental franciscana del Pueblo Norte.

Los rayos del sol lamían la mayor parte del Pueblo, la señora Evans los recibía en su pulcro y sensual vestido, se colocó unas gafas de sol e insertó la llave debajo del volante. La camioneta exhaló un par de veces y en el tercer intentó arrancó como la bestia de ocho cabezas que era. El señor Evans, después de haber perdido algunos litros de saliva en la almohada, salió por la puerta principal en calzoncillos, casi al mismo tiempo de que la mujer había iniciado la marcha y alcanzó a gritar:

–¡Dale combustible a mi bebé!, – la señora Evans lo ignoró y pudo verlo en el retrovisor con las manos en la cintura, parecía más gordo y viejo. Ella lo quería a pesar de tener como esposo a un haragán profesional.

El camino a la escuela, fue silencioso y el olor a putrefacción, era tenue, pero persistía y es que por más que esa cosa trataba de ocultar su identidad, le era imposible apagar ese horrible olor por completo. La señora Evans dobló en la calle 22 y tomó la avenida Trenton. Algunos negocios comenzaban a abrir y el leve bullicio de la gente ya sonaba como una sola voz inentendible. La imitación de Víctor abrió su mochila y observó muy escondido el cuchillo que había guardado la noche anterior. Sintió alegría y cerró el apartado sin decir una sola palabra. Al fondo del camino de la avenida Trenton, adornada con olmos y algunos espectaculares publicitarios de mediano pelo, se alzaba la iglesia católica franciscana y la fachada de la escuela apegada a las reglas de la religión tan preciada en ese lugar, porque en un lugar como el Pueblo Norte, era conveniente perder la fe.

La mujer se estacionó a un costado de la iglesia, la pick up amarillo canario con un par de líneas color café chocolate, destelló como un premio de concurso de los años 80´s. Una nube negra nació del escape. Marilyn Evans bajó del vehículo, caminó al otro extremo y abrió la puerta del copiloto, tomó entre sus brazos a lo que ella creía que era su hijo y lo posó en el concreto, de frente a la puerta principal de la iglesia. El chico descompuso su rostro, pero trató de soportarlo y tomó de la mano a su madre. Caminaron juntos a la fila donde ingresaban todos los pequeños a la escuela.

La mayoría de los enanos, le daban un beso a su madre, otros lanzaban un saludo hasta los coches, algunos se quedaban haciendo rabieta y estirando las ropas de sus padres para no quedarse en la escuela, pero “Víctor” observaba como un adulto, no hacía gestos ni ademanes, ni siquiera alguna mueca. Cuatro franciscanos recibían a los chiquillos, en realidad, tres de ellos, –jóvenes aún–, solo eran de la orden franciscana para recibir el sueldo en la asistencia de apoyo escolar, para tener un techo y para repasarse a las madres jóvenes de buen ver, pero uno de ellos, el más grande, era un viejo proveniente de Italia, dedicado toda su vida a la fe. Era el hermano Bianchi, un hombre de cabello cano, cuerpo fuerte, delgado, cara afilada, dueño de unas gafas de protección lectora y una estatura media. El hermano Bianchi, era un hombre con fuertes estudios en teología y demonología. Era alguien de experiencia, sabía leer a las personas, por ejemplo, sabía y notaba que los otros tres hermanos de apenas unos veinte y dos años, se dejaban llevar aún por el ímpetu sexual de la edad, pero también sabía que eran de buen corazón y que, con los años, llevarían la sotana bien puesta.

Cuando Marilyn Evans se acercó a la puerta de la escuela con el imitador de su hijo, una parvada de pájaros voló espantada a los recovecos del campanario, los cuatro hermanos abrieron los ojos tan grandes como platos, los tres más jóvenes, por el vestido casi transparente que sin malicia llevaba puesto la señora Evans, pero el hermano Bianchi, porque sintió la presencia del mal. El ojo izquierdo del viejo comenzó a temblar involuntariamente y el pequeño “Víctor” de inmediato lo observó con burla. Marilyn no percibió ninguna de las acciones, porque se enfocó en levantar la mochila y entregársela a uno de los tres libidinosos. La mujer lanzó un beso a “Víctor”, pero él y el viejo, se miraban con insistencia, como dos peleadores de boxeo en el encuentro previo antes de la pelea.

–Hola Víctor. –Dijo el hermano Bianchi con una voz ahogada y similar a la de un pontífice envejecido a punto de perderla.

–Hola, ¿cómo te encuentras hoy?, contestó el chico con una voz ronca. –El hermano Bianchi, normalmente le revolvía el cabello a Víctor en señal de aprecio, pero en esa ocasión no lo tocó. El hombre se erizó y se persignó.

Los tres hermanos no quitaron los ojos de la señora Evans, mientras que el hermano Bianchi, no perdió de vista al chiquillo que se difuminó en el pasillo conducente a su salón de clases. Cuando los cuatro cruzaron miradas nuevamente, Bianchi tenía la frente bañada en sudor, pues el hombre supo de inmediato que eso no era Víctor y que su misión en la iglesia franciscana por fin había llegado. Dejó a cargo de la puerta a los tres hermanos, que más bien parecían los tres chiflados y caminó a su oficina, sin decir una sola palabra.

“Víctor” cruzó la puerta del salón de clases, algunos compañeros ya se encontraban sentados en primera fila, lanzaban avioncitos de papel y gritaban palabrillas sin sentido. Todos le saludaron con gusto, pero él no respondió el gesto y se sentó en la última silla de la fila izquierda, como nunca solía hacerlo. Los chiquillos lo notaron de mal humor, pero siguieron lanzando los avioncitos a la pizarra.

“Víctor” se quedó como un muerto, con los ojos clavados en la última ventana del salón y una sombra siniestra le cubría el rostro, pasaron algunos segundos, cuando un gorrión se posó en el filo de la ventana y cuando cruzaron mirada, el pobre animal, quiso volar, pero cayó petrificado en el jardín exterior.

Quince minutos pasaron desde su llegada a la escuela elemental franciscana del Pueblo Norte. Un timbre sonó en las lejanías de los patios y el salón por fin estaba a tope de niños. Arriba de la pizarra y a un costado del mapa de América y la fotografía de Cristóbal Colón, había una cruz de madera de unos veinte centímetros y mientras todos sacaban su tarea de los vegetales, ésta giró para dejar a Jesús boca abajo. Nadie se percató del hecho a excepción de “Víctor” quien se encontraba dibujando una sonrisa sin bondad. El discreto olor a putrefacción se disipó con prontitud en el salón. No todos los sintieron, uno o dos se quejaron, otro llamado Marco, se mareó y vomitó, no tanto por el olor, pero si quizá por la presencia maligna. El maestro de arte, era un viejo que años atrás, había sufrido una infección en vías respiratorias, jamás recuperó su olfato al cien por ciento, así que no les dio mucha importancia a las quejas y mandó al pequeño Marco a enfermería e inició la clase.

Los chiquillos sacaron la tarea de los vegetales recortados, todos participaban con entusiasmo, alguno que otro se sentía incómodo por el hedor a animal muerto, pero, a fin de cuentas, participaron en la actividad. “Víctor” ni siquiera abrió su mochila, estaba con las piernas extendidas y los brazos cruzados, parecía un reo en la celda, esperando su hora para salir al desayuno. Jimmy, el cuatro ojos de la clase, notó la figura de Jesús boca abajo.

–Maestro, ¡Jesús está de cabeza! –Exclamó el niño mientras se acomodaba las gruesas gafas. Todos se echaron a reír y el maestro quiso lanzar también una risilla, pero la contuvo, se levantó del escritorio hasta la pizarra, se paró de puntitas y volvió la cruz a su lugar, mientras todos seguían riendo a excepción de “Víctor”.

–Ya, ya… no es de risa, niños. Volvamos a clase. –El maestro, vio la poca interacción de “Víctor” y cometió el error detonante.

–Víctor, es tu turno, ¿cuál es el vegetal más nutritivo que encontraste en tu tarea? –Víctor perdió la mirada en el maestro, exhaló y sin ganas contestó:

–El pito de tu padre, que, por cierto, le dejó de funcionar cuando te estaba concibiendo, hijo de perra. –Fue la voz de una alma vieja, corrompida y llena de odio. Los niños pasaron de las risas a un silencio incomodo. El maestro de artes, no supo que decir, simplemente no hubo una palabra adecuada para contestar a esa agresión hecha por un niño de cinco años.

–Víctor, vamos… eso no está bien, iremos con el hermano Bianchi, debes platicar con él.

–A mí no me interesa ir con ese decrépito, me interesa mejor escuchar tus estupideces o la llamada que estás a punto de recibir, en la que te dirán que tu madre se rompió la cabeza en dos al salir de la ducha. El hombre sintió miedo, cuando vio la mirada perdida de “Víctor” y a los pocos segundos, sonó su móvil, trató de guardar la calma y contestó fuera del salón. En efecto, era la ayudante de su madre, le decía con pánico acerca del accidente al salir de la ducha.

El maestro de arte entró al salón con los ojos llenos de agua, no se los enjugó y caminó al escritorio. De su maletín sacó un crucifijo, lo tomó entre sus manos y una carcajada espantosa aturdió a los veinticinco pequeños encerrados en esa demoníaca escena. “Víctor” se volvió pálido nuevamente, su uniforme se derretía como plástico hirviendo, su cara estaba demacrada igual a la de un anciano, sus ojos se tornaron color purpura y un idioma desconocido salió de su boca

–JAL BA, TADE NOV, DEL BA, LUDE MID. DEM JAL, TADE DEL, DU BA, DISNA MORTI. El cuerpo de Víctor se arrugó como un cadáver y largas uñas salieron de sus dedos, no se desintegró como el de Camila la noche anterior, pero si estaba deformado y lleno llagas. El maestro de arte lanzó un gruñido, se apretó el pecho, cayó con los ojos abiertos, llenos de pánico y búsqueda de fe, un infarto lo había fulminado al ver la terrible escena. Los niños quisieron gritar, pero una fuerza extraña los mantuvo en silencio, poco a poco, todos comenzaron a levitar y a girar en círculos, algo parecido al magnetismo los tenía flotando con los ojos en blanco, inertes, fuera de si, como si estuvieran muertos.

Mientras la madre de “Víctor” hacía depósitos a la deuda externa de los Evans y el padre seguía pensando en si vestirse o seguir en calzoncillos en casa, el hermano Bianchi, se preparaba en su oficina, porque sabía lo que estaba a punto de suceder. Se puso de pie, tomó un libro parecido a la biblia, pero eran textos relacionados a la demonología, tomó una cruz metálica de su cajón, se impregnó el pecho y la frente de agua bendita y caminó en calma al encuentro. El pasillo conducente a los salones, dejó de ser eso y se convirtió en un túnel oscuro, lleno de voces infernales y carcajadas burlándose del hermano Bianchi. El piso se convirtió en un camino de fuego y comenzó a arder, parecía un horno crematorio y en cada paso, Bianchi, sentía quemaduras horribles en los pies, pero su voluntad era más fuerte y avanzó hasta el salón sin ser derrotado por ese engaño mental.

El hermano Bianchi quiso abrir la puerta, pero la manija ardía en un rojo intenso y de una patada logró abrirla. El vidrio central salió volando en más de cien pedazos, todo el salón estaba impregnado de un vapor verde, los chiquillos flotaban en círculo, parecían un carrusel humano de algún circo de horror. El maestro de arte yacía muerto con los ojos en blanco. “Víctor” se encontraba desnudo y lleno de una piel verde y podrida, en medio de ese círculo humano flotante, balbuceaba en extrañas lenguas.

La bestia encarnada en “Víctor” alzó el cuchillo entrelazado en sus manos y uno de los niños, flotó en su dirección. El hermano Bianchi, hizo un gesto de coraje y entró al círculo magnético, un sonido extraño similar al de una nave de ciencia ficción, sonó dentro de su cabeza, abrió el libro de oraciones y estiró la cruz en dirección a esa cosa en forma de niño.

–Señor combate al enemigo de mi cuerpo, mente, alma y espíritu, aleja el dardo del maligno. Ruega por nosotros santa madre de Dios y expulsa a este demonio del cuerpo de Víctor. La bestia lanzó una carcajada y tomó al niño entre sus brazos, luego apuntó el cuchillo a la yugular. El hermano Bianchi, ojeó el libro y encontró un apartado indispensable, pero necesitaba de tres corazones nobles para expulsar a un demonio. Siguió buscando oraciones casi vanas y luchando mentalmente para que “Víctor” no atravesará el cuello del niño. Todo parecía estar perdido, hasta que los tres hermanos franciscanos aparecieron en la puerta del salón. Estaban llenos de terror, los tres temblaban, pero con sincronía alzaron su cruz al frente. Se unieron en oración al hermano Bianchi y la figura anciana parecida a Peter, comenzó a retorcerse como si estuviera envuelta en llamas, soltó el cuchillo y cayó de rodillas, “Víctor” abrió su boca y de ella, salió aquel dedo putrefacto, luego dos, luego tres, por fin una mano entera y luego una maraña de cabellos resecos salieron en forma de vómito para convertirse en la forma original que había penetrado al pobre chico la noche anterior.

El verdadero Víctor quedó tirado en el suelo, los niños cayeron de golpe, esa cosa horrible y purulenta se acercó al hermano Bianchi, le acarició la boca con ese horrible dedo lleno de vellos y comenzó a penetrar en el viejo que intentó luchar, pero no pudo hacerlo y comenzó a tragarse a esa entidad que deseaba poseerlo. Como último recurso, el hermano Bianchi dejó de resistirse, la entidad ya estaba dentro del viejo. Su piel se tornó verduzca, llena de venas azules y a punto de reventar. Sus ojos se hicieron purpúreos, pero con una chispa aún de su esencia. Tomó su cruz del suelo y la levantó con ambas manos más arriba de su cabeza, sin pensarlo, la encajó en su propio corazón. Un rugido espantoso sonó quizá en todo el Pueblo Norte y aquella cosa asquerosa comenzó a convertirse en vapor, se concentró en medio del salón, luego se redujo a una pequeña luz verde y salió disparada por una de las ventanas, como un asteroide filmado en modo de reversa. Los tres hermanos franciscanos quedaron ahí observando, pálidos, dos de ellos vomitaron y uno quedó perplejo, observando la escena, donde se encontraban el hermano Bianchi muerto, con una cruz atravesada en su corazón, con un rostro lleno ira, el maestro de arte con los ojos en blanco apretándose el corazón y los niños volviendo de un desmayo. El sonido de sirenas policiacas resonó en el salón de clases, Víctor y a modo de rumor dijo, ¿dónde está mi perra Camila?

Ahora en el Pueblo Norte, hay un demonio que nació de la tierra y Víctor quizá no pueda recordarlo para contar a su madre lo sucedido la noche anterior. Los tres hermanos franciscanos son los principales sospechosos.

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