/ domingo 1 de noviembre de 2020

¿Qué es el populismo?

Se está volviendo casi una moda calificar de “populistas” a los gobernantes cuya forma de gobierno se desaprueba o se reprueba abiertamente por quien o quienes los califican de ese modo. Sin embargo, hasta donde yo he podido informarme, el “populismo” no forma parte del vocabulario científico-técnico de la ciencia económica o de la política; no es un concepto científicamente elaborado sino una de tantas armas ideológicas creada a raíz de la Segunda Guerra Mundial para frenar el avance de las ideas socialistas entre los trabajadores de la Europa occidental de posguerra.

En efecto, en esos años, los pueblos europeos se debatían en medio de las ruinas, la devastación y el hambre heredados por la guerra, razón por la cual el prestigio de las ideas socialistas crecía por momentos entre ellas. Particular peligro representaba el acelerado crecimiento de los partidos comunistas de Italia y Francia, que los ponía en condiciones de hacerse con el poder por la vía del sufragio universal, un peligro que había que conjurar a como diera lugar. Se dio la súbita reactivación de la llamada “guerra fría”, bautizada así por un periodista norteamericano en aquellos días pero que no nació entonces, sino que venía ya desde las postrimerías de la Primera Guerra Mundial. La lucha fue despiadada y a muerte. Se crearon escuadrones secretos de asesinos, se inventaron y difundieron las más infames calumnias contra la URSS y Stalin y se llegó al extremo de manipular los alimentos (por ejemplo, el abasto de trigo en Italia) para derrotar a los comunistas. Se dejaba morir de hambre a sus partidarios mientras se premiaba con pan a los fieles a la “democracia”. Fue en este ambiente de muerte, hambre y desolación que nació el término “populista” para escarnecer a los socialistas.

Hoy se aplica sin mucha reflexión sobre esto pero con una finalidad parecida: descalificar con un solo golpe a cualquier líder político o gobernante cuya política se aparte, en el grado que sea, de lo que sus críticos consideran el camino correcto y único para todas las naciones del mundo: el del capitalismo o economía de libre empresa. Aunque no lo digan o no lo tengan completamente mentalizado, el hecho es que tiran golpes a izquierda y derecha usando como porra el descalificativo de “populista” para desacreditar cualquier intento por encontrar y poner en práctica una alternativa distinta. Con tal actitud se colocan de lleno, lo sepan o no, en el punto de vista de Francis Fukuyama, el filósofo norteamericano que declaró, a raíz de la derrota del bloque soviético, que más allá del capitalismo está la nada o el caos; que la humanidad, con la economía de mercado, había llegado al fin de su historia.

En consecuencia, defienden la idea de que, cualesquiera que sean los frutos, las calamidades y sufrimientos que la economía de libre empresa acarree a las grandes masas trabajadoras (guerras, pandemias, desigualdad, pobreza, desempleo, hambre, enfermedad, ignorancia, etc.), no queda más camino que resignarse y aprender a vivir en esas condiciones, en ese sistema, puesto que no existe ningún otro posible. Los que se valen del populismo indefinido y sin matices para combatir a los insumisos, aceptan y a veces aconsejan buscar y aplicar reformas que, sin tocar para nada su esencia misma, hagan del capitalismo algo “menos imperfecto”, algo más humano y tolerable para las mayorías. Pero nada más.

Pienso que el error fundamental de este razonamiento no está en que mete en el mismo saco a tirios y troyanos, a izquierdas y derechas (a Bolsonaro junto con Trump, con López Obrador, con Putin y con Maduro, por ejemplo), sino más bien en que hace tabula rasa de las grandes y fundamentales diferencias entre las distintas corrientes que se autodefinen como “de izquierda”. La aplicación indiscriminada del término “populista” impide ver esas diferencias; condena y desecha a todas por igual y a todas las considera “impresentables” en la vida política nacional. Es claro que si aceptamos tal opinión, nos quedamos con el capitalismo como única y definitiva opción, es decir, volvemos al punto de vista del “fin de la historia”, algo absolutamente anticientífico y falso, si puedo expresarme así. Y no solo eso. También caemos en la posición anti socialista a ultranza de las fuerzas reaccionarias que idearon el término en los tiempos más oscuros de la guerra fría.

En México está de moda acusar de “populista” al presidente, sugiriendo con ello que es su formación izquierdista la culpable de sus errores. Pero lo cierto es lo contrario: sus errores se deben, precisamente, a su falta de dominio de una doctrina filosófica, económica y política profunda, coherente y sistemática, que lo guíe en todas sus decisiones y actividades de gobierno. Su identificación con el pueblo y sus miserias es semejante a la de un filántropo y a la de la caridad cristiana. Por eso está empeñado en aliviarlas con ayudas directas, rápidas y en efectivo, igual en esencia al socorro del filántropo o a la limosna del cristiano piadoso, sin preocuparse por saber si tal ayuda es suficiente y sostenible o no. Su “populismo” convive con un talante de iluminado por un poder superior, de ahí que se crea la verdad encarnada; “Yo soy la verdad y la vida”, respondió Jesús cuando Pilatos le preguntó: ¿y qué es la verdad?) y que exija obediencia ciega a sus discípulos. Por lo mismo persigue y combate a las masas organizadas y capacitadas para actuar por sí mismas, pues teme, no sin razón, que lleguen a ser un obstáculo serio a sus designios. Carece de una visión materialista y científica de las cosas, y por eso le importan un bledo la ciencia, el arte y la cultura. Por eso también apela, no a la inteligencia de sus seguidores, sino a la fe en él. La inteligencia, por su esencia misma, no puede ser incondicional ni ciega; pero la fe no solo puede, sino que debe serlo.

Pero no toda la izquierda cabe en ese marco. Existe la izquierda abiertamente socialista que mereció ser llamada “populismo” por la reacción europea. Existe todavía y rechaza resueltamente la tesis de Fukuyama. Sostiene que el capitalismo no solo puede mejorarse sino también superarse definitivamente por una organización social superior. Pero también piensa que esas dos fases no son excluyentes sino que forman una unidad necesaria: la segunda nace forzosamente de la primera. Sin embargo, cada una tiene su época, su momento, y no puede ser omitida a voluntad. Para nosotros, para el Movimiento Antorchista Nacional, la hora de México es la hora de las reformas serias y urgentes del sistema; es la hora de emprender una enérgica política de redistribución de la renta nacional para combatir resueltamente la desigualdad, la pobreza y la marginación de las masas trabajadoras.

Se trata de algo que se desprende necesariamente (en el sentido hegeliano de “necesidad”) de la ley fundamental de la economía de libre empresa. Hablo del hecho sencillísimo, pero de muy difícil aceptación por la clase del dinero y de sus defensores ideológicos, de que la mercancía, cualquier tipo de mercancía por compleja que sea, no es otra cosa que un coágulo de dos tipos de trabajo humano, el trabajo muerto acumulado en todas las cosas que emplea el obrero para producir la mercancía, y el trabajo vivo de su cerebro, sus nervios, su esqueleto y sus músculos, que pone en tensión y gasta y desgasta en la producción de esa misma mercancía. No hay nada más en la mercancía. Eso que el capitalista llama valor y que le permite negociar y ganar con su producción, no es más que un coágulo de ambas clases de trabajo.

El trabajo muerto acumulado en los medios de producción, precisamente por estar ya muerto, solo hace lo que el trabajo vivo del obrero le ordena. Gracias a la acción del trabajo vivo, pasa del cuerpo del medio de producción al cuerpo de la mercancía, pero con su mismo valor, porque no puede ya aumentar ni disminuir. Solo el trabajo vivo es capaz de crear valor nuevo, y en tal cantidad, que basta para mantenerlo a él y para dejar un remanente que constituye la ganancia del capital productivo. La sencilla verdad sigue siendo que, a pesar de tantos y tan deslumbrantes avances teóricos y desarrollos matemáticos impresionantes de la economía subjetiva o matemática para refutar y desacreditar esta explicación, la ganancia del capital, que no sabe matemáticas, sigue dependiendo del tiempo, la intensidad y la destreza del trabajo del obrero.

No hace ni una semana que un importante industrial mexicano aconsejaba, en un foro internacional, para salir de la crisis actual causada por la pandemia, aumentar en diez años la edad de jubilación de los trabajadores e implantar la jornada de 11 horas por tres días de trabajo a la semana. Esta propuesta de tan inocente apariencia, le daría a la clase patronal mexicana (si suponemos una población trabajadora de 60 millones de personas y todas con empleo) la friolera de 600 millones de años de trabajo adicionales a los que actualmente recibe de los obreros, así como un total de 66 horas de trabajo a la semana, que se compara muy ventajosamente con las 48 que ahora obtiene con la jornada de ocho horas. ¿No es esta, acaso, una prueba irrefutable de que el exitoso empresario que hizo la propuesta sabe bien que solo el trabajo vivo de los obreros crea riqueza?

Es esta verdad científica la que sirve de apoyo al pensamiento socialista para afirmar que el derecho de las clases trabajadoras a un reparto más equitativo de la renta nacional y a una vida mejor en todos los aspectos, es un derecho incontestable nacido de su papel esencial en el sostén de la economía productora de mercancías. Discrepamos radicalmente de quienes tratan a las masas organizadas y en lucha por sus legítimas demandas como a una horda de molestos pedigüeños, de holgazanes que lo esperan todo de “papá gobierno” en vez de ponerse a trabajar. Lo que esos críticos ignoran o se niegan a aceptar (y ese es su pecado capital) es precisamente la sencilla verdad de que solo el trabajo vivo del obrero y del campesino crea valor nuevo y en cantidad suficiente para mantener a la sociedad entera, ellos incluidos. Por eso los antorchistas estamos inconformes con el uso fácil y poco riguroso del descalificativo de moda, el “populismo”. Pensamos que se hace indispensable, para seguirlo usando sin dolo, que se fije con precisión y rigor una definición unívoca y científica del mismo. Vale.

Se está volviendo casi una moda calificar de “populistas” a los gobernantes cuya forma de gobierno se desaprueba o se reprueba abiertamente por quien o quienes los califican de ese modo. Sin embargo, hasta donde yo he podido informarme, el “populismo” no forma parte del vocabulario científico-técnico de la ciencia económica o de la política; no es un concepto científicamente elaborado sino una de tantas armas ideológicas creada a raíz de la Segunda Guerra Mundial para frenar el avance de las ideas socialistas entre los trabajadores de la Europa occidental de posguerra.

En efecto, en esos años, los pueblos europeos se debatían en medio de las ruinas, la devastación y el hambre heredados por la guerra, razón por la cual el prestigio de las ideas socialistas crecía por momentos entre ellas. Particular peligro representaba el acelerado crecimiento de los partidos comunistas de Italia y Francia, que los ponía en condiciones de hacerse con el poder por la vía del sufragio universal, un peligro que había que conjurar a como diera lugar. Se dio la súbita reactivación de la llamada “guerra fría”, bautizada así por un periodista norteamericano en aquellos días pero que no nació entonces, sino que venía ya desde las postrimerías de la Primera Guerra Mundial. La lucha fue despiadada y a muerte. Se crearon escuadrones secretos de asesinos, se inventaron y difundieron las más infames calumnias contra la URSS y Stalin y se llegó al extremo de manipular los alimentos (por ejemplo, el abasto de trigo en Italia) para derrotar a los comunistas. Se dejaba morir de hambre a sus partidarios mientras se premiaba con pan a los fieles a la “democracia”. Fue en este ambiente de muerte, hambre y desolación que nació el término “populista” para escarnecer a los socialistas.

Hoy se aplica sin mucha reflexión sobre esto pero con una finalidad parecida: descalificar con un solo golpe a cualquier líder político o gobernante cuya política se aparte, en el grado que sea, de lo que sus críticos consideran el camino correcto y único para todas las naciones del mundo: el del capitalismo o economía de libre empresa. Aunque no lo digan o no lo tengan completamente mentalizado, el hecho es que tiran golpes a izquierda y derecha usando como porra el descalificativo de “populista” para desacreditar cualquier intento por encontrar y poner en práctica una alternativa distinta. Con tal actitud se colocan de lleno, lo sepan o no, en el punto de vista de Francis Fukuyama, el filósofo norteamericano que declaró, a raíz de la derrota del bloque soviético, que más allá del capitalismo está la nada o el caos; que la humanidad, con la economía de mercado, había llegado al fin de su historia.

En consecuencia, defienden la idea de que, cualesquiera que sean los frutos, las calamidades y sufrimientos que la economía de libre empresa acarree a las grandes masas trabajadoras (guerras, pandemias, desigualdad, pobreza, desempleo, hambre, enfermedad, ignorancia, etc.), no queda más camino que resignarse y aprender a vivir en esas condiciones, en ese sistema, puesto que no existe ningún otro posible. Los que se valen del populismo indefinido y sin matices para combatir a los insumisos, aceptan y a veces aconsejan buscar y aplicar reformas que, sin tocar para nada su esencia misma, hagan del capitalismo algo “menos imperfecto”, algo más humano y tolerable para las mayorías. Pero nada más.

Pienso que el error fundamental de este razonamiento no está en que mete en el mismo saco a tirios y troyanos, a izquierdas y derechas (a Bolsonaro junto con Trump, con López Obrador, con Putin y con Maduro, por ejemplo), sino más bien en que hace tabula rasa de las grandes y fundamentales diferencias entre las distintas corrientes que se autodefinen como “de izquierda”. La aplicación indiscriminada del término “populista” impide ver esas diferencias; condena y desecha a todas por igual y a todas las considera “impresentables” en la vida política nacional. Es claro que si aceptamos tal opinión, nos quedamos con el capitalismo como única y definitiva opción, es decir, volvemos al punto de vista del “fin de la historia”, algo absolutamente anticientífico y falso, si puedo expresarme así. Y no solo eso. También caemos en la posición anti socialista a ultranza de las fuerzas reaccionarias que idearon el término en los tiempos más oscuros de la guerra fría.

En México está de moda acusar de “populista” al presidente, sugiriendo con ello que es su formación izquierdista la culpable de sus errores. Pero lo cierto es lo contrario: sus errores se deben, precisamente, a su falta de dominio de una doctrina filosófica, económica y política profunda, coherente y sistemática, que lo guíe en todas sus decisiones y actividades de gobierno. Su identificación con el pueblo y sus miserias es semejante a la de un filántropo y a la de la caridad cristiana. Por eso está empeñado en aliviarlas con ayudas directas, rápidas y en efectivo, igual en esencia al socorro del filántropo o a la limosna del cristiano piadoso, sin preocuparse por saber si tal ayuda es suficiente y sostenible o no. Su “populismo” convive con un talante de iluminado por un poder superior, de ahí que se crea la verdad encarnada; “Yo soy la verdad y la vida”, respondió Jesús cuando Pilatos le preguntó: ¿y qué es la verdad?) y que exija obediencia ciega a sus discípulos. Por lo mismo persigue y combate a las masas organizadas y capacitadas para actuar por sí mismas, pues teme, no sin razón, que lleguen a ser un obstáculo serio a sus designios. Carece de una visión materialista y científica de las cosas, y por eso le importan un bledo la ciencia, el arte y la cultura. Por eso también apela, no a la inteligencia de sus seguidores, sino a la fe en él. La inteligencia, por su esencia misma, no puede ser incondicional ni ciega; pero la fe no solo puede, sino que debe serlo.

Pero no toda la izquierda cabe en ese marco. Existe la izquierda abiertamente socialista que mereció ser llamada “populismo” por la reacción europea. Existe todavía y rechaza resueltamente la tesis de Fukuyama. Sostiene que el capitalismo no solo puede mejorarse sino también superarse definitivamente por una organización social superior. Pero también piensa que esas dos fases no son excluyentes sino que forman una unidad necesaria: la segunda nace forzosamente de la primera. Sin embargo, cada una tiene su época, su momento, y no puede ser omitida a voluntad. Para nosotros, para el Movimiento Antorchista Nacional, la hora de México es la hora de las reformas serias y urgentes del sistema; es la hora de emprender una enérgica política de redistribución de la renta nacional para combatir resueltamente la desigualdad, la pobreza y la marginación de las masas trabajadoras.

Se trata de algo que se desprende necesariamente (en el sentido hegeliano de “necesidad”) de la ley fundamental de la economía de libre empresa. Hablo del hecho sencillísimo, pero de muy difícil aceptación por la clase del dinero y de sus defensores ideológicos, de que la mercancía, cualquier tipo de mercancía por compleja que sea, no es otra cosa que un coágulo de dos tipos de trabajo humano, el trabajo muerto acumulado en todas las cosas que emplea el obrero para producir la mercancía, y el trabajo vivo de su cerebro, sus nervios, su esqueleto y sus músculos, que pone en tensión y gasta y desgasta en la producción de esa misma mercancía. No hay nada más en la mercancía. Eso que el capitalista llama valor y que le permite negociar y ganar con su producción, no es más que un coágulo de ambas clases de trabajo.

El trabajo muerto acumulado en los medios de producción, precisamente por estar ya muerto, solo hace lo que el trabajo vivo del obrero le ordena. Gracias a la acción del trabajo vivo, pasa del cuerpo del medio de producción al cuerpo de la mercancía, pero con su mismo valor, porque no puede ya aumentar ni disminuir. Solo el trabajo vivo es capaz de crear valor nuevo, y en tal cantidad, que basta para mantenerlo a él y para dejar un remanente que constituye la ganancia del capital productivo. La sencilla verdad sigue siendo que, a pesar de tantos y tan deslumbrantes avances teóricos y desarrollos matemáticos impresionantes de la economía subjetiva o matemática para refutar y desacreditar esta explicación, la ganancia del capital, que no sabe matemáticas, sigue dependiendo del tiempo, la intensidad y la destreza del trabajo del obrero.

No hace ni una semana que un importante industrial mexicano aconsejaba, en un foro internacional, para salir de la crisis actual causada por la pandemia, aumentar en diez años la edad de jubilación de los trabajadores e implantar la jornada de 11 horas por tres días de trabajo a la semana. Esta propuesta de tan inocente apariencia, le daría a la clase patronal mexicana (si suponemos una población trabajadora de 60 millones de personas y todas con empleo) la friolera de 600 millones de años de trabajo adicionales a los que actualmente recibe de los obreros, así como un total de 66 horas de trabajo a la semana, que se compara muy ventajosamente con las 48 que ahora obtiene con la jornada de ocho horas. ¿No es esta, acaso, una prueba irrefutable de que el exitoso empresario que hizo la propuesta sabe bien que solo el trabajo vivo de los obreros crea riqueza?

Es esta verdad científica la que sirve de apoyo al pensamiento socialista para afirmar que el derecho de las clases trabajadoras a un reparto más equitativo de la renta nacional y a una vida mejor en todos los aspectos, es un derecho incontestable nacido de su papel esencial en el sostén de la economía productora de mercancías. Discrepamos radicalmente de quienes tratan a las masas organizadas y en lucha por sus legítimas demandas como a una horda de molestos pedigüeños, de holgazanes que lo esperan todo de “papá gobierno” en vez de ponerse a trabajar. Lo que esos críticos ignoran o se niegan a aceptar (y ese es su pecado capital) es precisamente la sencilla verdad de que solo el trabajo vivo del obrero y del campesino crea valor nuevo y en cantidad suficiente para mantener a la sociedad entera, ellos incluidos. Por eso los antorchistas estamos inconformes con el uso fácil y poco riguroso del descalificativo de moda, el “populismo”. Pensamos que se hace indispensable, para seguirlo usando sin dolo, que se fije con precisión y rigor una definición unívoca y científica del mismo. Vale.