/ miércoles 30 de agosto de 2023

Así fue el baile en el Panteón de Oriente

Comienza con la historia de un hombre, de apenas 40 años de edad, que murió dejando a su esposa y sus dos hijos; la leyenda escrita por Manuel Lozoya Cigarroa

El Panteón de Oriente, por la naturaleza del lugar, ha sido escenario de múltiples historias, experiencias y anécdotas; y no solo eso, pues también hay muchas leyendas surgidas desde este recinto funerario.

Por ejemplo, la denominada Un baile en el Panteón de Oriente, que comienza con la historia de un hombre, de apenas 40 años de edad, que murió dejando a su esposa y sus dos hijos. La leyenda escrita por Manuel Lozoya Cigarroa, y compartida en uno de sus tantos libros, tuvo lugar en los primeros años del siglo XX, específicamente en 1922.

El historiador, José Alfonso Martínez Barrios, reveló que este tipo de hallazgos se da prácticamente todos los días | Foto: Perla Rodríguez Contreras | El Sol de Durango

Aquel hombre, protagonista de esta leyenda, era definido como una persona de temperamento, alegre, aficionado a las tertulias, muy bailador, amante de los bailes y reuniones sociales.

Claro que con esta personalidad iba a ser extrañado a su muerte, y sí, efectivamente, se sintió mucho su deceso sobre todo en el Barrio de Las Moreras, de donde era un vecino conocido y querido.

“Su padre, su madre, sus hermanos, y hermanas sintieron mucho su muerte. Su esposa que lo adoraba, junto con sus dos niños que dejó huérfanos, lo sintieron mucho también”, se lee en el libro Leyendas, Relatos y Sucedidos del Panteón de Oriente.

La leyenda señala que a los 10 meses que el señor alegre y amante de los bailes murió, su familia se concentró en el Panteón de Oriente, justo frente a su tumba, donde se dio por inaugurado un monumento de cantera con su nombre en letras doradas.

Aquel día era exactamente el 2 de noviembre de 1922. En la visita, en medio de sentimientos encontrados, emociones, lágrimas e incluso resignación, compartieron una comida entre los presentes, seres queridos y amigos.

Eso no fue todo, pues como todo mexicano, la música no pudo faltar, de tal manera que hasta un grupo musical llegó para amenizar aquella tarde en que se recordaba al fallecido.

Al transcurso del tiempo el Panteón de Oriente se ha ataviado de numerosos monumentos funerarios, desde obras de la familia Montoya, hasta obras proyectadas por artistas italianos | Foto: Perla Rodríguez Contreras | El Sol de Durango

“Al son de la música se destaparon botellas de vino con las cuales se brindó por el eterno descanso del difunto, y se roció la tumba fría con chorros de champaña”.

Ya alegres, narra Cigarroa, una hermana del fallecido tomó del brazo a su papá y le pidió bailar en honor a su hermano, precisamente, ya que él era gustoso de bailar. El sol ya se iba ocultando, “…el sol se escondió, la fiesta terminó, y todos volvieron a casa”.

Aquí empieza quizá la trama de la leyenda, pues la hermana del hombre en cuestión expresó haber olvidado su bolsa de mano y su suéter en el Panteón de Oriente. Los dejó colgados sobre la cruz de la tumba.

Era alrededor de las 21:00 horas cuando ella y su hermana volvieron al recinto en busca de recuperar sus pertenencias. Al llegar sintieron raro que a esa hora aun estaba abierto, pero, al tratarse del 2 de noviembre, pues asentaron que al ser un día especial, el horario se había extendido.

Al ser un recinto con entrada libre, resulta de facilidad para que todo tipo de personas ingresen y dejen objetos, y hasta animales muertos | Foto: Perla Rodríguez Contreras | El Sol de Durango

Al entrar lo primero que observaron era que el Panteón de Oriente estaba muy iluminado, y específicamente la tumba de su hermano. ¡Qué extraño no!. A esa hora estaba tocando otro conjunto musical y se veía bailar a tres parejas.

Más extraño resultó que al acercarse, las hermanas reconocieron que las personas que bailaban eran su hermano que había muerto 10 meses atrás, y una prima que también había fallecido.

“Estupefactas y a punto de perder la razón, miraron el espectáculo y reconocieron sin mayor esfuerzo que todos los que andaban bailando eran personas conocidas que hacía tiempo habían muerto”.

Según se narra, ninguna de las jóvenes mujeres podía hablar de lo pasmadas que quedaron, estaban al punto del desmayo. Enseguida advirtieron que llegó un hombre vestido de negro al cual no conocieron, pero que con mucho aplomo les dijo:

“Todos a descansar, este sitio es de reposo eterno y debe respetarse siempre”.

En ese momento las hermanas cayeron desmayadas, para más tarde despertar ya en una cama de hospital. Cabe hacer mención que una de ellas perdió la razón y no la recuperó nunca, la otra murió meses después y fue la que platicó lo que habían presenciado aquella noche fatal.

El Panteón de Oriente, por la naturaleza del lugar, ha sido escenario de múltiples historias, experiencias y anécdotas; y no solo eso, pues también hay muchas leyendas surgidas desde este recinto funerario.

Por ejemplo, la denominada Un baile en el Panteón de Oriente, que comienza con la historia de un hombre, de apenas 40 años de edad, que murió dejando a su esposa y sus dos hijos. La leyenda escrita por Manuel Lozoya Cigarroa, y compartida en uno de sus tantos libros, tuvo lugar en los primeros años del siglo XX, específicamente en 1922.

El historiador, José Alfonso Martínez Barrios, reveló que este tipo de hallazgos se da prácticamente todos los días | Foto: Perla Rodríguez Contreras | El Sol de Durango

Aquel hombre, protagonista de esta leyenda, era definido como una persona de temperamento, alegre, aficionado a las tertulias, muy bailador, amante de los bailes y reuniones sociales.

Claro que con esta personalidad iba a ser extrañado a su muerte, y sí, efectivamente, se sintió mucho su deceso sobre todo en el Barrio de Las Moreras, de donde era un vecino conocido y querido.

“Su padre, su madre, sus hermanos, y hermanas sintieron mucho su muerte. Su esposa que lo adoraba, junto con sus dos niños que dejó huérfanos, lo sintieron mucho también”, se lee en el libro Leyendas, Relatos y Sucedidos del Panteón de Oriente.

La leyenda señala que a los 10 meses que el señor alegre y amante de los bailes murió, su familia se concentró en el Panteón de Oriente, justo frente a su tumba, donde se dio por inaugurado un monumento de cantera con su nombre en letras doradas.

Aquel día era exactamente el 2 de noviembre de 1922. En la visita, en medio de sentimientos encontrados, emociones, lágrimas e incluso resignación, compartieron una comida entre los presentes, seres queridos y amigos.

Eso no fue todo, pues como todo mexicano, la música no pudo faltar, de tal manera que hasta un grupo musical llegó para amenizar aquella tarde en que se recordaba al fallecido.

Al transcurso del tiempo el Panteón de Oriente se ha ataviado de numerosos monumentos funerarios, desde obras de la familia Montoya, hasta obras proyectadas por artistas italianos | Foto: Perla Rodríguez Contreras | El Sol de Durango

“Al son de la música se destaparon botellas de vino con las cuales se brindó por el eterno descanso del difunto, y se roció la tumba fría con chorros de champaña”.

Ya alegres, narra Cigarroa, una hermana del fallecido tomó del brazo a su papá y le pidió bailar en honor a su hermano, precisamente, ya que él era gustoso de bailar. El sol ya se iba ocultando, “…el sol se escondió, la fiesta terminó, y todos volvieron a casa”.

Aquí empieza quizá la trama de la leyenda, pues la hermana del hombre en cuestión expresó haber olvidado su bolsa de mano y su suéter en el Panteón de Oriente. Los dejó colgados sobre la cruz de la tumba.

Era alrededor de las 21:00 horas cuando ella y su hermana volvieron al recinto en busca de recuperar sus pertenencias. Al llegar sintieron raro que a esa hora aun estaba abierto, pero, al tratarse del 2 de noviembre, pues asentaron que al ser un día especial, el horario se había extendido.

Al ser un recinto con entrada libre, resulta de facilidad para que todo tipo de personas ingresen y dejen objetos, y hasta animales muertos | Foto: Perla Rodríguez Contreras | El Sol de Durango

Al entrar lo primero que observaron era que el Panteón de Oriente estaba muy iluminado, y específicamente la tumba de su hermano. ¡Qué extraño no!. A esa hora estaba tocando otro conjunto musical y se veía bailar a tres parejas.

Más extraño resultó que al acercarse, las hermanas reconocieron que las personas que bailaban eran su hermano que había muerto 10 meses atrás, y una prima que también había fallecido.

“Estupefactas y a punto de perder la razón, miraron el espectáculo y reconocieron sin mayor esfuerzo que todos los que andaban bailando eran personas conocidas que hacía tiempo habían muerto”.

Según se narra, ninguna de las jóvenes mujeres podía hablar de lo pasmadas que quedaron, estaban al punto del desmayo. Enseguida advirtieron que llegó un hombre vestido de negro al cual no conocieron, pero que con mucho aplomo les dijo:

“Todos a descansar, este sitio es de reposo eterno y debe respetarse siempre”.

En ese momento las hermanas cayeron desmayadas, para más tarde despertar ya en una cama de hospital. Cabe hacer mención que una de ellas perdió la razón y no la recuperó nunca, la otra murió meses después y fue la que platicó lo que habían presenciado aquella noche fatal.

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