/ domingo 14 de abril de 2024

La sortija del mal

El miedo es el defecto perfecto del ser humano. Hablarte de lo desconocido e infundir terror, es algo que disfruto. Es una droga placentera que gozo hasta en lo más hondo de mis huesos. Para mi, es una victoria poder imaginar tus ojos perplejos e inundados de temor y pensar en el temblor de tus quijadas, es un trofeo único.

Esta es una adaptación retorcida de una vieja leyenda del año 1823 y también un pequeño regalo para ti, estimado lector. Disfrútala.

Una noche antes del accidente, sus padres y ella, festejaban el sabor del triunfo. Triunfo inalcanzable cuatro años atrás. Triunfo al que sólo tenía acceso por las noches, cuando cerraba los ojos después de los desvelos frente a los libros y anotaciones de las clases de universidad. Triunfo por fin colgado en la pared de la sala de estar.

Aquella casa lejana a la ciudad y cercana del campo en las orillas de un pueblo llamado Durango, se convertía en el lugar predilecto para estacionarse a vivir una temporada que durase una vida entera, sin ajetreos, sin malos paisajes industriales, sin plagas de automóviles, sin chillidos metálicos de la industria, sin aullidos de ambulancias y sin ningún sonido estremecedor de la ciudad. Cada elemento natural de ese sitio se convertía en el ingrediente esencial para respirar tranquilidad y vivir en perfección, sin embargo, la perfección es imposible en el mundo de los vivos y ese viejo cementerio a espaldas de la casa donde vivían, quebrantaba los requisitos para la perfección de este relato.

Las lapidas, cruces y figuras de mármol, yacían en filas horizontales a lo largo del paisaje observado desde cualquier ventana de la casa. Se dejaban ver en filas indias, unas ya encima de otras, parecían dientes malformados. Algunas ya tenían más de cien años atrás, pero no necesitaban la antigüedad para verse igual de tétricas que las demás, pues todas tenían algo en común; eran la bandera de un ejército de cadáveres habitando bajo la tierra. Por las noches el cementerio generaba más intranquilidad, pues todas las figuras religiosas y cruces se multiplicaban cuando la luz de la luna proyectaba sus sombras, haciéndolas largas y torcidas, como los dedos de un esqueleto de ultratumba. Todas lucían imponentes y daban la impresión de ser cuerpos emergentes de la tierra.

A pesar de la cercanía de ese espantoso cementerio, aquella noche, la familia Balmori disfrutó el triunfo de ella. La felicidad del núcleo manaba desde el corazón y desembocaba en fervientes tragos de alcohol. El color plata proveniente de la luna decoraba el jardín, la planicie y los maizales aledaños la casa de campo. La iluminación de la escena, era reforzada con una lampara led colocada en el pico más alto de la casa, así, junto con la luz de la luna se iluminaba la parrillada de los Balmori.

Ver a Carolina por la mañana recibiendo ante más de dos mil personas su título universitario, era un acto merecedor de festejo. Todos en la reunión del jardín trasero parecían vikingos, chocaban tarros de cerveza, y presumían anécdotas llenas de egolatría, sacaban a la luz los atributos de los antepasados, desnudaban logros del pasado e incluso secretos de familia, secretos que tal vez no debían salir a la luz y quedarse ahí, encerrados en el baúl familiar. Fueron secretos perversos develados por el alcohol de la noche.

─Ha llegado la hora mujer, es hora de que Carolina lo conozca y sepa sus orígenes ─dijo el señor Balmori. Bebió cerveza y le escurrieron dos hilos de espuma por las comisuras de la boca hasta el pecho y se absorbieron en su playera─, anda es hora de que sepa el secreto de la abuela. –La mujer guardó silencio, colocó a un lado de la silla el vaso desechable a medio llenar, inhaló hondo como si tuviese un mareo y llevó ambas manos a la frente. Ella borró la sonrisa del momento. La nana de Carolina, una mujer de raíces indígenas y casi medio siglo de vida, quien vivía en la casa de los Balmori de hace diez años a la fecha, escuchó las declaraciones del padre, abrió los ojos tan grandes como dos baches, quedó asombrada, pero guardó su reserva ante la declaración del señor Balmori y siguió picando el carbón hasta dejarlo color rojo infierno. Trato de mostrar desinterés y se preocupó por lo suyo, la parrillada.

─ ¿Crees que eso es necesario?, ─expresó la madre de Carolina abrumada y con un nudo en la garganta. Tomó de nuevo el vaso, lo llenó de cerveza, un ligero temblor gobernó su mano e hizo que la espuma pringara hacia afuera. ─Claro que lo es. Ella es tu descendencia, no tienes por qué ocultárselo. Anda, ve de inmediato o lo hago yo. ─El hombre robusto se paró de la silla y se dirigió tambaleante al interior, dio seis pasos a las escaleras y las trepó como un mandril. Llegó al cuarto matrimonial en donde escondían ese extraño secreto. Carolina lo vio pararse de la silla, sonreía ya con pena ajena, mientras pensaba en su desagrado hacia el alcohol, luego miró el lugar de su padre y contó más de doce latas de cerveza vacías.

Pasaron unos cinco o siete minutos y el hombre apareció de nuevo en el jardín. El humo del carbón hizo un poco siniestro el momento. El viejo anunció su victoriosa llegada con un eructo oloroso a cerveza y barbacoa. La madre de Carolina y la nana, le observaron con cierto desaire y repudio, él, sin reparo, trató de mantener el equilibrio, se subió la bragueta sin importarle ser observado. Tomó aire y después de un último eructo, declaró el secreto que no le correspondía.

─Este anillo ahora es tuyo Carolina. Observa su brillo querida hija. ─El anillo estaba compuesto por siete diamantes, montados en un armazón de oro blanco. La piedra coronada en el centro de la joya, era suficiente para comprarse una mansión en Nueva York y pasarse la vida en cruceros. Brillaba con luz propia, era una joya excepcional, única, aun así, Carolina la observó sin asombro, sus ojos no mostraron codicia y bostezó.

─Gracias papá, pero, ¿qué tiene de asombroso?

─Te lo contaré. Esta pequeña argolla fue de tu tatarabuela. En finales del siglo XIX, ella la compró en un viaje al medio oriente, creo que, en un mercado de Turquía, la adquirió por un precio no muy considerable, podría decirte que fue una ganga, quien hizo la venta no tenía idea de lo que el pelmazo dejaba escapar.

─ ¿De qué hablas?, ─expresó Carolina, dejando de lado el desinterés, abrió los ojos y puso atención mientras espantaba a un par de polillas que le rondaban cerca del cabello.

─ No es una joya común y corriente pequeña, no seas ingenua ─dijo el hombre, mirando a su familia a través del diamante que, chispeaba contra el rostro de Carolina─, guarda un secreto más allá de su brillo. Esta reliquia tiene más de doscientos años en la familia y tiene poderes extraños hija, son atributos ocultos que no muchos creerían y me tomarían como si escucharan mi testimonio. Esto sale de toda ley de la física, es un talismán mágico, ─lo miró con avaricia y mordió su labio inferior─, se dice que el heredero sucesor obtiene el don de la vida ilimitada hasta que decide abandonar el anillo y que, cuando eso sucede, muere, porque el anillo se lleva toda la energía y se la otorga a su nuevo dueño. ¿Sabes?, tu bisabuela fue heredera directa, vivió ciento sesenta años, lucía fresca como una lechuga de supermercado y justo el día que lo dejó en manos de su hija, o sea tu abuela, cayó tiesa por un paro cardiaco fulminante. Tu abuela se deshizo del anillo a los sesenta y pico, y doce horas más tarde, murió en la bañera mientras se enredaba la toalla en la cabeza, un derrame cerebral acabó con ella.

La madre de Carolina escuchaba con recelo, mientras sus manos temblaban como maracas musicales, clavaba sus ojos como flechas indias al corazón de un vaquero y ese corazón era el horizonte en el cementerio. Un viento frío le paralizó el parpadeo, ella miraba con ausencia las sombras del viejo cementerio.

─ Hija, tu madre desde entonces ha guardado ese secreto y quiere romper con esa extraña tradición, no quiere usar el anillo, teme morir y desaparecer del mapa después de entregártelo. Cada aniversario de la muerte de la abuela, hace un ritual de respeto y mantenimiento para que el tiempo no haga su trabajo de corrosión con esta preciosura. ─ Alegó el señor Balmori en tono burlesco y misterioso, acarició los diamantes con su dedo índice, tomó el anillo y lo colocó en el dedo anular de su hija, tomó su mano y siguió parloteando─. Este anillo es fabuloso, es capaz de dar la vida eterna, pero te puede matar en segundos, vaya ironía.

La nana se mostró perpleja y con asombro, sin embargo, escuchó sin mostrar interés para evitar sugestiones y sueños pesados en los que una maldición la perseguiría por meterse en asuntos ajenos. Carolina fingió no prestar atención al suceso, su madre se mantuvo en silencio y con un temblor notorio en las quijadas, la fiesta se había arruinado y todos se marcharon a dormir. El señor Balmori cayéndose de borracho siguió un par de horas el festejo solo en jardín y sin sueño se marchó a la cama. La tarde siguiente después de esa noche de festejo, les esperaba la derrota, derrota de un alto precio y no como el que pagó la tatarabuela por ese anillo.

La luz de esa tarde, –la de la desgracia–, era gris y opaca. La tormenta golpeaba el cristal de la ventana. Carolina se encontraba tendida en una cama de hospital y aunque no podía respirar, podía olfatear su destino, como un sabueso olfatea la caza de su dueño. Los relámpagos iluminaban su rostro pálido y esa cama de metal se convertía en su lecho de muerte. El sonar de un respirador artificial y los llantos de su madre, hacían la música fúnebre para la despedida en el interior del hospital estatal.

Carolina nunca se imaginó ni en el peor de los mundos alternos que la mente puede crear, que el ir por agua mineral y dos pastillas de ibuprofeno para aliviar la resaca de su padre, le convertiría en víctima del tráiler doble remolque conducido por un alcohólico que le reventaría más de la mitad de sus intestinos. Carolina no lo imaginó. Ella no deseaba morir, ella deseaba un nuevo titulo de posgrado.

El señor Balmori lloraba con arrepentimiento y tallaba desesperado sus ojos inyectados de sangre. Arremetía duros golpes en su cabeza, lamentaba no haber ido él a comprar esa estúpida agua mineral. Se arrepentía de la borrachera, de ser un maldito alcohólico, de haberle dado ese billete con intransigencia a Carolina. El señor Balmori se arrepentía de haber nacido.

La madre clavaba sus ojos en el rostro pálido de Carolina. Recordó entre pensamientos vagos la noche anterior y relacionó el anillo con el accidente, pero luego disolvió el recuerdo y siguió viendo a modo de pesadilla el rostro inflamado de su hija. La madre de Carolina estaba ahí en cuerpo, pero su alma no se encontraba en el lugar. Su rostro no dibujaba otra cosa más que sufrimiento y un deseo eterno de dar la vida por Carolina. La chica no podía respirar y alcanzaba a escuchar entre pesadillas las palabras del doctor en turno, diciendo que las esperanzas eran pocas y que en cualquier momento el estallamiento de vísceras se haría crítico para el resto del funcionamiento de su cuerpo. Ella olía la muerte. Sabía que era el final, el sabor a carne cruda que sentía era poco alentador. El llanto del señor Balmori reforzaba esa resignación.

El viejo estaba ahí en el cuarto de hospital, de rodillas, desencajado y cerraba los ojos deseando que la próxima muerte de Carolina fuese una pesadilla, tenía la esperanza de abrirlos y encontrarse volcado en su propio vomito y ver a Carolina limpiando sus mejillas e invitándolo a recostarse y tomar esa agua mineral, pero su respiración impregnada de alcohol le hacía ver la horrible realidad. Tomó la mano de Carolina, era tibia ya casi sin vida y observó el anillo.

Al verlo sintió un inexplicable alivio. Sus ojos se iluminaron como hogueras en pleno ardor y una sonrisa de esperanza se le dibujó de orilla a orilla. Apretó la mano de su hija e imploró con devoción a aquella entidad dueña del poder de ese anillo, que le brindara de nuevo vida a su hija, hizo oración y puso en ofrenda su propia vida. El señor Balmori permaneció orando con su mente centrada en pedir por su hija, pero todo fue en vano porque sus plegarias pasaron a ser tan sólo una esperanza vacía, cuando el respirador artificial y el electrocardiógrafo se apagaron luego de la muerte de Carolina. La mano ahora se volvió fría como un hielo. Nadie le quitó el anillo.

A pesar de estar muerta, ella se dio cuenta de lo ocurrido, pudo escuchar como las maquinas conectadas a su cuerpo colapsaron, los gritos de su madre y también los reclamos del señor Balmori a la vida y al anillo. Carolina no sintió miedo, no sintió desesperación. Cayó en un sueño profundo, su visión se tornó azul, muy similar a la vista de un buzo en el mar caribe, con claridad pudo ver como su alma se despegó del cadáver, pudo ver también el desmayo de su madre y cómo era auxiliada con un tanque de oxígeno e inyectada con un poco de adrenalina para restablecer su conciencia. Todo se le hizo difuso y se perdió en un canto celestial acompañado de oraciones, llantos y condolencias. Lo último que pudo escuchar fueron las oraciones de un sacerdote deseándole éxito en la morada eterna.

Carolina se perdió por un momento en los lagos de la muerte y la no existencia, pero volvió a tomar conciencia cuando cayó algo de tierra en su frente. Sintió olor a humedad y musgo. El sabor a sangre fresca asociado al hospital ya era seco, apretó los labios y estaban llenos de costras. Entreabrió los ojos y con sueño pesado notó estar atrapada dentro de algo parecido a un portaequipaje. Carolina no veía nada y sintió tela aterciopelada al rededor, quiso estirar sus manos, pero el espacio apenas la dejó moverlos a veinte grados, el espacio tan reducido y oscuro le hizo sentir claustrofobia, golpeó un par de veces y un sonido seco de madera la sofocó, Carolina comenzó a gritar, golpeaba tan fuerte que sus nudillos comenzaron a sangrar, luego se rasguñó el rostro sin piedad. Carolina había recobrado vida después de su entierro.

Su rostro estaba bañado en sangre y sudor, ella dejó de luchar y trató de pensar en una solución, luego, comenzó a escuchar golpes encima de ella, eran metálicos y alargados como si alguien estuviera excavando. El sonido cada vez era más cercano y en cierto modo, ella sintió algo similar al alivio. Unos rayos de luz le iluminaron el rostro cuando un objeto metálico quebró la tapa del ataúd, luego una silueta se dibujó por encima de ella. Era su nana con una linterna de alta potencia y una pala en su mano izquierda. La nana abrió por completo el ataúd y dejó la pala a un lado de las lapidas, sacó un cuchillo de su delantal, tomó la mano de Carolina y con una sonrisa malvada se dispuso a arrancar el anillo del dedo de Carolina. La nana necesitaba ser la nueva heredera de tan preciada joya.

Carolina parecía estar muerta aún, pero sentía un miedo inmenso que la tenía paralizada. La nana sin perder tiempo cortó el dedo de un solo tajo. Carolina pegó un alarido que fulminó el corazón de la codiciosa mujer y quedó tendida sobre la tumba profanada con un rostro pálido y lleno de horror.

Carolina se levantó de la tumba aún con el dedo colgando de un trozo de carne. Ella caminó tambaleante dejando un hilo de sangre a su paso. Las piedras del cementerio le pinchaban peor que agujas en los pies, pero ella no tenía tiempo de pensar en el dolor. Un Búho miraba con indiferencia a Carolina caminando en medio del cementerio con el vestido desgarrado y lleno de sangre. Ella luego se percató de que su dedo se regeneraba conforme avanzaba. Los diamantes del anillo lanzaban un destello verde y mágico. Ella siguió caminando cada vez con más vitalidad hasta llegar al jardín trasero de su casa, abrió la puerta y entró.

Su padre estaba tendido de borracho en la sala, Carolina sintió el deseo de quebrarle el cuello, no lo pensó demasiado y lo hizo con sus propias manos. El viejo Balmori quedó tirado en el sofá con los ojos abiertos, la cabeza colgando y oliendo a Vodka. Carolina ya no tenía herida en su dedo y sus órganos volvían a funcionar de maravilla. Ella por fin creyó en los poderes de esa joya. El anillo volvió a destellar y ella sintió una fuerza extraña dentro de su ser. Dibujó una sonrisa perversa y llena de maldad. Subió las escaleras en silencio para platicar muy de cerca con su madre.

El miedo es el defecto perfecto del ser humano. Hablarte de lo desconocido e infundir terror, es algo que disfruto. Es una droga placentera que gozo hasta en lo más hondo de mis huesos. Para mi, es una victoria poder imaginar tus ojos perplejos e inundados de temor y pensar en el temblor de tus quijadas, es un trofeo único.

Esta es una adaptación retorcida de una vieja leyenda del año 1823 y también un pequeño regalo para ti, estimado lector. Disfrútala.

Una noche antes del accidente, sus padres y ella, festejaban el sabor del triunfo. Triunfo inalcanzable cuatro años atrás. Triunfo al que sólo tenía acceso por las noches, cuando cerraba los ojos después de los desvelos frente a los libros y anotaciones de las clases de universidad. Triunfo por fin colgado en la pared de la sala de estar.

Aquella casa lejana a la ciudad y cercana del campo en las orillas de un pueblo llamado Durango, se convertía en el lugar predilecto para estacionarse a vivir una temporada que durase una vida entera, sin ajetreos, sin malos paisajes industriales, sin plagas de automóviles, sin chillidos metálicos de la industria, sin aullidos de ambulancias y sin ningún sonido estremecedor de la ciudad. Cada elemento natural de ese sitio se convertía en el ingrediente esencial para respirar tranquilidad y vivir en perfección, sin embargo, la perfección es imposible en el mundo de los vivos y ese viejo cementerio a espaldas de la casa donde vivían, quebrantaba los requisitos para la perfección de este relato.

Las lapidas, cruces y figuras de mármol, yacían en filas horizontales a lo largo del paisaje observado desde cualquier ventana de la casa. Se dejaban ver en filas indias, unas ya encima de otras, parecían dientes malformados. Algunas ya tenían más de cien años atrás, pero no necesitaban la antigüedad para verse igual de tétricas que las demás, pues todas tenían algo en común; eran la bandera de un ejército de cadáveres habitando bajo la tierra. Por las noches el cementerio generaba más intranquilidad, pues todas las figuras religiosas y cruces se multiplicaban cuando la luz de la luna proyectaba sus sombras, haciéndolas largas y torcidas, como los dedos de un esqueleto de ultratumba. Todas lucían imponentes y daban la impresión de ser cuerpos emergentes de la tierra.

A pesar de la cercanía de ese espantoso cementerio, aquella noche, la familia Balmori disfrutó el triunfo de ella. La felicidad del núcleo manaba desde el corazón y desembocaba en fervientes tragos de alcohol. El color plata proveniente de la luna decoraba el jardín, la planicie y los maizales aledaños la casa de campo. La iluminación de la escena, era reforzada con una lampara led colocada en el pico más alto de la casa, así, junto con la luz de la luna se iluminaba la parrillada de los Balmori.

Ver a Carolina por la mañana recibiendo ante más de dos mil personas su título universitario, era un acto merecedor de festejo. Todos en la reunión del jardín trasero parecían vikingos, chocaban tarros de cerveza, y presumían anécdotas llenas de egolatría, sacaban a la luz los atributos de los antepasados, desnudaban logros del pasado e incluso secretos de familia, secretos que tal vez no debían salir a la luz y quedarse ahí, encerrados en el baúl familiar. Fueron secretos perversos develados por el alcohol de la noche.

─Ha llegado la hora mujer, es hora de que Carolina lo conozca y sepa sus orígenes ─dijo el señor Balmori. Bebió cerveza y le escurrieron dos hilos de espuma por las comisuras de la boca hasta el pecho y se absorbieron en su playera─, anda es hora de que sepa el secreto de la abuela. –La mujer guardó silencio, colocó a un lado de la silla el vaso desechable a medio llenar, inhaló hondo como si tuviese un mareo y llevó ambas manos a la frente. Ella borró la sonrisa del momento. La nana de Carolina, una mujer de raíces indígenas y casi medio siglo de vida, quien vivía en la casa de los Balmori de hace diez años a la fecha, escuchó las declaraciones del padre, abrió los ojos tan grandes como dos baches, quedó asombrada, pero guardó su reserva ante la declaración del señor Balmori y siguió picando el carbón hasta dejarlo color rojo infierno. Trato de mostrar desinterés y se preocupó por lo suyo, la parrillada.

─ ¿Crees que eso es necesario?, ─expresó la madre de Carolina abrumada y con un nudo en la garganta. Tomó de nuevo el vaso, lo llenó de cerveza, un ligero temblor gobernó su mano e hizo que la espuma pringara hacia afuera. ─Claro que lo es. Ella es tu descendencia, no tienes por qué ocultárselo. Anda, ve de inmediato o lo hago yo. ─El hombre robusto se paró de la silla y se dirigió tambaleante al interior, dio seis pasos a las escaleras y las trepó como un mandril. Llegó al cuarto matrimonial en donde escondían ese extraño secreto. Carolina lo vio pararse de la silla, sonreía ya con pena ajena, mientras pensaba en su desagrado hacia el alcohol, luego miró el lugar de su padre y contó más de doce latas de cerveza vacías.

Pasaron unos cinco o siete minutos y el hombre apareció de nuevo en el jardín. El humo del carbón hizo un poco siniestro el momento. El viejo anunció su victoriosa llegada con un eructo oloroso a cerveza y barbacoa. La madre de Carolina y la nana, le observaron con cierto desaire y repudio, él, sin reparo, trató de mantener el equilibrio, se subió la bragueta sin importarle ser observado. Tomó aire y después de un último eructo, declaró el secreto que no le correspondía.

─Este anillo ahora es tuyo Carolina. Observa su brillo querida hija. ─El anillo estaba compuesto por siete diamantes, montados en un armazón de oro blanco. La piedra coronada en el centro de la joya, era suficiente para comprarse una mansión en Nueva York y pasarse la vida en cruceros. Brillaba con luz propia, era una joya excepcional, única, aun así, Carolina la observó sin asombro, sus ojos no mostraron codicia y bostezó.

─Gracias papá, pero, ¿qué tiene de asombroso?

─Te lo contaré. Esta pequeña argolla fue de tu tatarabuela. En finales del siglo XIX, ella la compró en un viaje al medio oriente, creo que, en un mercado de Turquía, la adquirió por un precio no muy considerable, podría decirte que fue una ganga, quien hizo la venta no tenía idea de lo que el pelmazo dejaba escapar.

─ ¿De qué hablas?, ─expresó Carolina, dejando de lado el desinterés, abrió los ojos y puso atención mientras espantaba a un par de polillas que le rondaban cerca del cabello.

─ No es una joya común y corriente pequeña, no seas ingenua ─dijo el hombre, mirando a su familia a través del diamante que, chispeaba contra el rostro de Carolina─, guarda un secreto más allá de su brillo. Esta reliquia tiene más de doscientos años en la familia y tiene poderes extraños hija, son atributos ocultos que no muchos creerían y me tomarían como si escucharan mi testimonio. Esto sale de toda ley de la física, es un talismán mágico, ─lo miró con avaricia y mordió su labio inferior─, se dice que el heredero sucesor obtiene el don de la vida ilimitada hasta que decide abandonar el anillo y que, cuando eso sucede, muere, porque el anillo se lleva toda la energía y se la otorga a su nuevo dueño. ¿Sabes?, tu bisabuela fue heredera directa, vivió ciento sesenta años, lucía fresca como una lechuga de supermercado y justo el día que lo dejó en manos de su hija, o sea tu abuela, cayó tiesa por un paro cardiaco fulminante. Tu abuela se deshizo del anillo a los sesenta y pico, y doce horas más tarde, murió en la bañera mientras se enredaba la toalla en la cabeza, un derrame cerebral acabó con ella.

La madre de Carolina escuchaba con recelo, mientras sus manos temblaban como maracas musicales, clavaba sus ojos como flechas indias al corazón de un vaquero y ese corazón era el horizonte en el cementerio. Un viento frío le paralizó el parpadeo, ella miraba con ausencia las sombras del viejo cementerio.

─ Hija, tu madre desde entonces ha guardado ese secreto y quiere romper con esa extraña tradición, no quiere usar el anillo, teme morir y desaparecer del mapa después de entregártelo. Cada aniversario de la muerte de la abuela, hace un ritual de respeto y mantenimiento para que el tiempo no haga su trabajo de corrosión con esta preciosura. ─ Alegó el señor Balmori en tono burlesco y misterioso, acarició los diamantes con su dedo índice, tomó el anillo y lo colocó en el dedo anular de su hija, tomó su mano y siguió parloteando─. Este anillo es fabuloso, es capaz de dar la vida eterna, pero te puede matar en segundos, vaya ironía.

La nana se mostró perpleja y con asombro, sin embargo, escuchó sin mostrar interés para evitar sugestiones y sueños pesados en los que una maldición la perseguiría por meterse en asuntos ajenos. Carolina fingió no prestar atención al suceso, su madre se mantuvo en silencio y con un temblor notorio en las quijadas, la fiesta se había arruinado y todos se marcharon a dormir. El señor Balmori cayéndose de borracho siguió un par de horas el festejo solo en jardín y sin sueño se marchó a la cama. La tarde siguiente después de esa noche de festejo, les esperaba la derrota, derrota de un alto precio y no como el que pagó la tatarabuela por ese anillo.

La luz de esa tarde, –la de la desgracia–, era gris y opaca. La tormenta golpeaba el cristal de la ventana. Carolina se encontraba tendida en una cama de hospital y aunque no podía respirar, podía olfatear su destino, como un sabueso olfatea la caza de su dueño. Los relámpagos iluminaban su rostro pálido y esa cama de metal se convertía en su lecho de muerte. El sonar de un respirador artificial y los llantos de su madre, hacían la música fúnebre para la despedida en el interior del hospital estatal.

Carolina nunca se imaginó ni en el peor de los mundos alternos que la mente puede crear, que el ir por agua mineral y dos pastillas de ibuprofeno para aliviar la resaca de su padre, le convertiría en víctima del tráiler doble remolque conducido por un alcohólico que le reventaría más de la mitad de sus intestinos. Carolina no lo imaginó. Ella no deseaba morir, ella deseaba un nuevo titulo de posgrado.

El señor Balmori lloraba con arrepentimiento y tallaba desesperado sus ojos inyectados de sangre. Arremetía duros golpes en su cabeza, lamentaba no haber ido él a comprar esa estúpida agua mineral. Se arrepentía de la borrachera, de ser un maldito alcohólico, de haberle dado ese billete con intransigencia a Carolina. El señor Balmori se arrepentía de haber nacido.

La madre clavaba sus ojos en el rostro pálido de Carolina. Recordó entre pensamientos vagos la noche anterior y relacionó el anillo con el accidente, pero luego disolvió el recuerdo y siguió viendo a modo de pesadilla el rostro inflamado de su hija. La madre de Carolina estaba ahí en cuerpo, pero su alma no se encontraba en el lugar. Su rostro no dibujaba otra cosa más que sufrimiento y un deseo eterno de dar la vida por Carolina. La chica no podía respirar y alcanzaba a escuchar entre pesadillas las palabras del doctor en turno, diciendo que las esperanzas eran pocas y que en cualquier momento el estallamiento de vísceras se haría crítico para el resto del funcionamiento de su cuerpo. Ella olía la muerte. Sabía que era el final, el sabor a carne cruda que sentía era poco alentador. El llanto del señor Balmori reforzaba esa resignación.

El viejo estaba ahí en el cuarto de hospital, de rodillas, desencajado y cerraba los ojos deseando que la próxima muerte de Carolina fuese una pesadilla, tenía la esperanza de abrirlos y encontrarse volcado en su propio vomito y ver a Carolina limpiando sus mejillas e invitándolo a recostarse y tomar esa agua mineral, pero su respiración impregnada de alcohol le hacía ver la horrible realidad. Tomó la mano de Carolina, era tibia ya casi sin vida y observó el anillo.

Al verlo sintió un inexplicable alivio. Sus ojos se iluminaron como hogueras en pleno ardor y una sonrisa de esperanza se le dibujó de orilla a orilla. Apretó la mano de su hija e imploró con devoción a aquella entidad dueña del poder de ese anillo, que le brindara de nuevo vida a su hija, hizo oración y puso en ofrenda su propia vida. El señor Balmori permaneció orando con su mente centrada en pedir por su hija, pero todo fue en vano porque sus plegarias pasaron a ser tan sólo una esperanza vacía, cuando el respirador artificial y el electrocardiógrafo se apagaron luego de la muerte de Carolina. La mano ahora se volvió fría como un hielo. Nadie le quitó el anillo.

A pesar de estar muerta, ella se dio cuenta de lo ocurrido, pudo escuchar como las maquinas conectadas a su cuerpo colapsaron, los gritos de su madre y también los reclamos del señor Balmori a la vida y al anillo. Carolina no sintió miedo, no sintió desesperación. Cayó en un sueño profundo, su visión se tornó azul, muy similar a la vista de un buzo en el mar caribe, con claridad pudo ver como su alma se despegó del cadáver, pudo ver también el desmayo de su madre y cómo era auxiliada con un tanque de oxígeno e inyectada con un poco de adrenalina para restablecer su conciencia. Todo se le hizo difuso y se perdió en un canto celestial acompañado de oraciones, llantos y condolencias. Lo último que pudo escuchar fueron las oraciones de un sacerdote deseándole éxito en la morada eterna.

Carolina se perdió por un momento en los lagos de la muerte y la no existencia, pero volvió a tomar conciencia cuando cayó algo de tierra en su frente. Sintió olor a humedad y musgo. El sabor a sangre fresca asociado al hospital ya era seco, apretó los labios y estaban llenos de costras. Entreabrió los ojos y con sueño pesado notó estar atrapada dentro de algo parecido a un portaequipaje. Carolina no veía nada y sintió tela aterciopelada al rededor, quiso estirar sus manos, pero el espacio apenas la dejó moverlos a veinte grados, el espacio tan reducido y oscuro le hizo sentir claustrofobia, golpeó un par de veces y un sonido seco de madera la sofocó, Carolina comenzó a gritar, golpeaba tan fuerte que sus nudillos comenzaron a sangrar, luego se rasguñó el rostro sin piedad. Carolina había recobrado vida después de su entierro.

Su rostro estaba bañado en sangre y sudor, ella dejó de luchar y trató de pensar en una solución, luego, comenzó a escuchar golpes encima de ella, eran metálicos y alargados como si alguien estuviera excavando. El sonido cada vez era más cercano y en cierto modo, ella sintió algo similar al alivio. Unos rayos de luz le iluminaron el rostro cuando un objeto metálico quebró la tapa del ataúd, luego una silueta se dibujó por encima de ella. Era su nana con una linterna de alta potencia y una pala en su mano izquierda. La nana abrió por completo el ataúd y dejó la pala a un lado de las lapidas, sacó un cuchillo de su delantal, tomó la mano de Carolina y con una sonrisa malvada se dispuso a arrancar el anillo del dedo de Carolina. La nana necesitaba ser la nueva heredera de tan preciada joya.

Carolina parecía estar muerta aún, pero sentía un miedo inmenso que la tenía paralizada. La nana sin perder tiempo cortó el dedo de un solo tajo. Carolina pegó un alarido que fulminó el corazón de la codiciosa mujer y quedó tendida sobre la tumba profanada con un rostro pálido y lleno de horror.

Carolina se levantó de la tumba aún con el dedo colgando de un trozo de carne. Ella caminó tambaleante dejando un hilo de sangre a su paso. Las piedras del cementerio le pinchaban peor que agujas en los pies, pero ella no tenía tiempo de pensar en el dolor. Un Búho miraba con indiferencia a Carolina caminando en medio del cementerio con el vestido desgarrado y lleno de sangre. Ella luego se percató de que su dedo se regeneraba conforme avanzaba. Los diamantes del anillo lanzaban un destello verde y mágico. Ella siguió caminando cada vez con más vitalidad hasta llegar al jardín trasero de su casa, abrió la puerta y entró.

Su padre estaba tendido de borracho en la sala, Carolina sintió el deseo de quebrarle el cuello, no lo pensó demasiado y lo hizo con sus propias manos. El viejo Balmori quedó tirado en el sofá con los ojos abiertos, la cabeza colgando y oliendo a Vodka. Carolina ya no tenía herida en su dedo y sus órganos volvían a funcionar de maravilla. Ella por fin creyó en los poderes de esa joya. El anillo volvió a destellar y ella sintió una fuerza extraña dentro de su ser. Dibujó una sonrisa perversa y llena de maldad. Subió las escaleras en silencio para platicar muy de cerca con su madre.

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