/ domingo 12 de mayo de 2024

Exsurge

«He ahí a tu madre»


En un tierno diálogo de la ya muy antigua película «Marcelino pan y vino», el niño, un huerfanito que vive con unos hermanos franciscanos, habla con Jesús crucificado sobre las mamás:

Marcelino: «¿Y cómo son? ¿Qué hacen las madres?»

Jesús: «Dar, Marcelino, siempre dar»

Marcelino: «¿Y qué dan?»

Jesús: «Dan todo, se dan a sí mismas, dan a los hijos sus vidas y la luz de sus ojos, hasta quedar viejas y arrugadas»

Marcelino: «¿Y feas?»

Jesús: «Feas no, Marcelino, las madres nunca son feas».

Marcelino: «¿Y tú quieres mucho a tu madre?»

Jesús: «Con todo mi corazón»

Marcelino: «Y yo a la mía más».


Qué tan grande es la figura de una mamá que hasta el mismo Dios ha querido tener una. María, Madre de Dios, es modelo de maternidad, de amor, de «dar», como le dijo Jesús a Marcelino. Por eso, en este mes —especialmente esta semana— dedicado a nuestras mamás, quisiera dedicar unas líneas de agradecimiento y amor, de misión y retos de la maternidad. De oración.

Pienso en primer lugar en la acogida. Una madre abraza siempre, primero en el seno materno, donde cubre y alimenta a su hijo construyendo el primer hogar. Al nacer, lo recibe con sus brazos y su pecho, protegiéndolo de las amenazas externas del mundo al que acaba de nacer. No hay mayor seguridad que en la intimidad que brinda una mamá. En la más tierna infancia, en lo momentos de la niñez y la adolescencia, cuando se necesita algo, siempre se va corriendo con la mamá, pues ahí se encuentra la respuesta a nuestras necesidades. Y de adultos, cuánto añoramos la cercanía de aquellas que nos dieron la vida. Bien sea porque están en una nueva familia o porque, tristemente, Dios llama a su presencia en la vida eterna a muchas de ellas.

Esta acogida de una mamá perfila toda la vida. Nos da seguridad y, sobre todo, nos modelan nuestras emociones. Aprendemos a amar porque antes hemos sido amados, de manera particular por nuestras madres. Por eso, madres de familia, nunca se cansen de acariciar en el cuerpo y en el alma a quienes han engendrado, porque no necesitamos de ustedes solamente la vida física, sino también la vida emocional. Y junto a eso, la vida espiritual. Qué gran labor de nuestras mamás cuando nos enseñan a rezar, desde a signarnos con la señal de la cruz, hasta el Angelito de la guarda, el Padrenuestro y Avemaría; nos llevan a rosarios y misas, a veces de buena gana y a veces a fuerzas. Pero ahí están. Tanto amor el de una mamá que nos enseña a amar a Dios.

Cuando Jesús estaba en la cruz, en ese momento de inmenso dolor y de entrega, le dijo al discípulo amado: «he ahí a tu madre». A nosotros –discípulos amados de la actualidad– nos lo sigue diciento, «he ahí tu madre». Primero tu mamá biológica: agradécele y cuídala; y si ya falleció: agradécele y ora por ella. Segundo tu mamá espiritual –la Virgen María–: órale y ámala.

En una mamá el corazón no solo le late en su cuerpo, sino que late en cada uno de sus hijos. Gracias madres de familia, ustedes son lo más cercano a la divinidad.


Twitter: @Noesov

«He ahí a tu madre»


En un tierno diálogo de la ya muy antigua película «Marcelino pan y vino», el niño, un huerfanito que vive con unos hermanos franciscanos, habla con Jesús crucificado sobre las mamás:

Marcelino: «¿Y cómo son? ¿Qué hacen las madres?»

Jesús: «Dar, Marcelino, siempre dar»

Marcelino: «¿Y qué dan?»

Jesús: «Dan todo, se dan a sí mismas, dan a los hijos sus vidas y la luz de sus ojos, hasta quedar viejas y arrugadas»

Marcelino: «¿Y feas?»

Jesús: «Feas no, Marcelino, las madres nunca son feas».

Marcelino: «¿Y tú quieres mucho a tu madre?»

Jesús: «Con todo mi corazón»

Marcelino: «Y yo a la mía más».


Qué tan grande es la figura de una mamá que hasta el mismo Dios ha querido tener una. María, Madre de Dios, es modelo de maternidad, de amor, de «dar», como le dijo Jesús a Marcelino. Por eso, en este mes —especialmente esta semana— dedicado a nuestras mamás, quisiera dedicar unas líneas de agradecimiento y amor, de misión y retos de la maternidad. De oración.

Pienso en primer lugar en la acogida. Una madre abraza siempre, primero en el seno materno, donde cubre y alimenta a su hijo construyendo el primer hogar. Al nacer, lo recibe con sus brazos y su pecho, protegiéndolo de las amenazas externas del mundo al que acaba de nacer. No hay mayor seguridad que en la intimidad que brinda una mamá. En la más tierna infancia, en lo momentos de la niñez y la adolescencia, cuando se necesita algo, siempre se va corriendo con la mamá, pues ahí se encuentra la respuesta a nuestras necesidades. Y de adultos, cuánto añoramos la cercanía de aquellas que nos dieron la vida. Bien sea porque están en una nueva familia o porque, tristemente, Dios llama a su presencia en la vida eterna a muchas de ellas.

Esta acogida de una mamá perfila toda la vida. Nos da seguridad y, sobre todo, nos modelan nuestras emociones. Aprendemos a amar porque antes hemos sido amados, de manera particular por nuestras madres. Por eso, madres de familia, nunca se cansen de acariciar en el cuerpo y en el alma a quienes han engendrado, porque no necesitamos de ustedes solamente la vida física, sino también la vida emocional. Y junto a eso, la vida espiritual. Qué gran labor de nuestras mamás cuando nos enseñan a rezar, desde a signarnos con la señal de la cruz, hasta el Angelito de la guarda, el Padrenuestro y Avemaría; nos llevan a rosarios y misas, a veces de buena gana y a veces a fuerzas. Pero ahí están. Tanto amor el de una mamá que nos enseña a amar a Dios.

Cuando Jesús estaba en la cruz, en ese momento de inmenso dolor y de entrega, le dijo al discípulo amado: «he ahí a tu madre». A nosotros –discípulos amados de la actualidad– nos lo sigue diciento, «he ahí tu madre». Primero tu mamá biológica: agradécele y cuídala; y si ya falleció: agradécele y ora por ella. Segundo tu mamá espiritual –la Virgen María–: órale y ámala.

En una mamá el corazón no solo le late en su cuerpo, sino que late en cada uno de sus hijos. Gracias madres de familia, ustedes son lo más cercano a la divinidad.


Twitter: @Noesov

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