/ domingo 21 de mayo de 2023

Exsurge

Ora et labora

La tierra está barbechada y don Atanasio, hombre de mucha fe pero poca emoción, espera con ansia el consuelo de las lluvias, la bendición que cae del cielo, como acostumbra a decir. No está con los brazos cruzados, pero no todo depende de él. Trabaja y reza, porque con el esfuerzo humano y la invocación al cielo, grandes cosas se pueden lograr.

Le tiene mucha devoción a San Isidro Labrador, patrón de todos los agricultores, pues desde niño lo llevaban a procesionar por los campos entre cánticos y rezos para pedir por las lluvias. En aquel entonces él se dejaba llevar, pues las tradiciones están para cumplirse. Pero ahora sabe que el trabajo sin la espiritualidad es esclavizante y que la espiritualidad sin trabajo es fanatismo. Por eso sigue poniéndose bajo la intercesión de san Isidro, ese noble hombre que como él trabajó las tierras madrileñas con esfuerzo y con la ayuda de los ángeles, pero también empuña el arado con determinación y fuerza.

Sabe, don Atanasio, que la tierra hay que barbecharla, soportando el peso del esfuerzo y del polvo que hay que tragar, mientras lentamente se va revolteando la tierra. Hay que alimentar a Rosenda, que así se llama su mula, para que briosa jale del arado como parte del tronco que ya pocos utilizan. Hay que trabajar, en fin, de sol a sol, haciendo bien hecho lo que corresponde hacer. Pero eso no basta. Toca pedir ahora a Dios para que nos mande las lluvias. Que se empape la tierra para poderla sembrar y recoger los preciados frutos que nos alimentan en la vida corporal.

Ora et labora, pensaba don Atanasio. Reza y trabaja. Bendita combinación que nos hace afanarnos responsablemente en las cosas de la tierra aspirando a las cosas del cielo. Sabiduría antigua que no sabía él que venía de la Regla de San Benito, pero que religiosamente había observado toda su vida.

La noche ha llegado. Los deberes están cumplidos. Rosenda, bien cenada, descansa. Y don Atanasio con doña Sofía, su mujer, no prueban las delicias del sueño sin antes implorar al cielo la bendición: «oh Dios, de quien depende todo nuestro ser, actividad y vida, concede a nuestros campos la lluvia necesaria, a fin de que, asegurado nuestro sustento diario, podamos, con tranquilidad, buscar los bienes eternos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén».

San Isidro Labrador, ruega por nosotros y concédenos las lluvias.

Twitter: @Noesov

Ora et labora

La tierra está barbechada y don Atanasio, hombre de mucha fe pero poca emoción, espera con ansia el consuelo de las lluvias, la bendición que cae del cielo, como acostumbra a decir. No está con los brazos cruzados, pero no todo depende de él. Trabaja y reza, porque con el esfuerzo humano y la invocación al cielo, grandes cosas se pueden lograr.

Le tiene mucha devoción a San Isidro Labrador, patrón de todos los agricultores, pues desde niño lo llevaban a procesionar por los campos entre cánticos y rezos para pedir por las lluvias. En aquel entonces él se dejaba llevar, pues las tradiciones están para cumplirse. Pero ahora sabe que el trabajo sin la espiritualidad es esclavizante y que la espiritualidad sin trabajo es fanatismo. Por eso sigue poniéndose bajo la intercesión de san Isidro, ese noble hombre que como él trabajó las tierras madrileñas con esfuerzo y con la ayuda de los ángeles, pero también empuña el arado con determinación y fuerza.

Sabe, don Atanasio, que la tierra hay que barbecharla, soportando el peso del esfuerzo y del polvo que hay que tragar, mientras lentamente se va revolteando la tierra. Hay que alimentar a Rosenda, que así se llama su mula, para que briosa jale del arado como parte del tronco que ya pocos utilizan. Hay que trabajar, en fin, de sol a sol, haciendo bien hecho lo que corresponde hacer. Pero eso no basta. Toca pedir ahora a Dios para que nos mande las lluvias. Que se empape la tierra para poderla sembrar y recoger los preciados frutos que nos alimentan en la vida corporal.

Ora et labora, pensaba don Atanasio. Reza y trabaja. Bendita combinación que nos hace afanarnos responsablemente en las cosas de la tierra aspirando a las cosas del cielo. Sabiduría antigua que no sabía él que venía de la Regla de San Benito, pero que religiosamente había observado toda su vida.

La noche ha llegado. Los deberes están cumplidos. Rosenda, bien cenada, descansa. Y don Atanasio con doña Sofía, su mujer, no prueban las delicias del sueño sin antes implorar al cielo la bendición: «oh Dios, de quien depende todo nuestro ser, actividad y vida, concede a nuestros campos la lluvia necesaria, a fin de que, asegurado nuestro sustento diario, podamos, con tranquilidad, buscar los bienes eternos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén».

San Isidro Labrador, ruega por nosotros y concédenos las lluvias.

Twitter: @Noesov

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