/ domingo 25 de febrero de 2024

Exsurge

De ayunos


Don Atanasio, hombre de mucha fe y razón, pero poca emoción, enojado por el ayuno que recientemente tuvo que hacer —Doña Sofía, mujer pía y de costumbres, esposa de don Atanasio, lo obligó por las malas, pues no había nada de almorzar el viernes— se preguntaba por el sentido de esta práctica, tan milenaria que algo bueno debía de tener, pero tan difamada por voces que gritan modas y modernidad.

«Día de ayuno, largo como ninguno», sostenía Don Atanasio, que se esmeraba en sus labores cotidianas para no hacer de tripas corazón y desquitarse de la jugada de doña Sofía con el inocente caminante que tuviera enfrente. Aparejó su mula y salió con la bendición de Dios y la de su pía mujer. Hacía lo que dura un rosario y dos credos hasta su milpa, tierra regada no pocas veces con el sudor de su frente. De camino, interrumpió sus rezos porque se encontró al maestro de la escuela, rezando otro tipo de improperios porque se le ponchó su camioneta y sabía mucho de ciencia pero nada de mecánica y crucetas.

Desmontó a Rosenda —que así se llamaba la mula— y la dejó que echara unos bocados de hierba seca, pues lo de los ayunos es para remediar los pecados y ella ninguna conciencia tenía de eso. Con la fuerza de la experiencia que da la vida y la sabiduría de hombre que con sus manos ha trabajado en muchos oficios, en un dos por tres dejó al maestro rumbo a las clases, remediado del mal que le aquejaba.

Siguió en las cuentas de los avemarías que había dejado silbando un que otro canto de esos de la infancia. Trabajó duro hasta el mediodía y, después de un sorbo de agua, que solo purificaba su cuerpo sin dañar su alma, no descansó hasta la bendita hora de la comida. Rosenda sabía el camino de vuelta a la casa. La dejó a su ritmo de paso, mientras él saludaba a los viandantes con una apenas visible mueca, pero siempre con amabilidad y respeto.

No había langosta en la mesa servida por doña Sofía. Tampoco camarones al mojo de ajo. Ni siquiera un pescadito frito de ese que tanto le gusta a Don Atanasio. Pero los garbanzos le supieron a gloria y las migas con miel pura de maguey endulzaron sus amarguras. Satisfecho el estómago y cumplidas sus labores, se dispuso en su silla del diario a dormitar un rato, pues bien sabía que «hay que trabajar para poder holgar». Pero no se olvidó de dar gracias por el alimento… y por el ayuno. Pues descubrió que «no solo de pan vive el hombre», y que el ayuno acompañado de buenas obras y de plegarias a Dios, fortalece el espíritu, refrena las pasiones y nos ayuda a imitar la generosidad de Cristo.

El ayuno sin caridad es dieta, el ayuno que refrena mis egoísmos y ayuda a los demás, es obra agradable a Dios.


Twitter: @Noesov

De ayunos


Don Atanasio, hombre de mucha fe y razón, pero poca emoción, enojado por el ayuno que recientemente tuvo que hacer —Doña Sofía, mujer pía y de costumbres, esposa de don Atanasio, lo obligó por las malas, pues no había nada de almorzar el viernes— se preguntaba por el sentido de esta práctica, tan milenaria que algo bueno debía de tener, pero tan difamada por voces que gritan modas y modernidad.

«Día de ayuno, largo como ninguno», sostenía Don Atanasio, que se esmeraba en sus labores cotidianas para no hacer de tripas corazón y desquitarse de la jugada de doña Sofía con el inocente caminante que tuviera enfrente. Aparejó su mula y salió con la bendición de Dios y la de su pía mujer. Hacía lo que dura un rosario y dos credos hasta su milpa, tierra regada no pocas veces con el sudor de su frente. De camino, interrumpió sus rezos porque se encontró al maestro de la escuela, rezando otro tipo de improperios porque se le ponchó su camioneta y sabía mucho de ciencia pero nada de mecánica y crucetas.

Desmontó a Rosenda —que así se llamaba la mula— y la dejó que echara unos bocados de hierba seca, pues lo de los ayunos es para remediar los pecados y ella ninguna conciencia tenía de eso. Con la fuerza de la experiencia que da la vida y la sabiduría de hombre que con sus manos ha trabajado en muchos oficios, en un dos por tres dejó al maestro rumbo a las clases, remediado del mal que le aquejaba.

Siguió en las cuentas de los avemarías que había dejado silbando un que otro canto de esos de la infancia. Trabajó duro hasta el mediodía y, después de un sorbo de agua, que solo purificaba su cuerpo sin dañar su alma, no descansó hasta la bendita hora de la comida. Rosenda sabía el camino de vuelta a la casa. La dejó a su ritmo de paso, mientras él saludaba a los viandantes con una apenas visible mueca, pero siempre con amabilidad y respeto.

No había langosta en la mesa servida por doña Sofía. Tampoco camarones al mojo de ajo. Ni siquiera un pescadito frito de ese que tanto le gusta a Don Atanasio. Pero los garbanzos le supieron a gloria y las migas con miel pura de maguey endulzaron sus amarguras. Satisfecho el estómago y cumplidas sus labores, se dispuso en su silla del diario a dormitar un rato, pues bien sabía que «hay que trabajar para poder holgar». Pero no se olvidó de dar gracias por el alimento… y por el ayuno. Pues descubrió que «no solo de pan vive el hombre», y que el ayuno acompañado de buenas obras y de plegarias a Dios, fortalece el espíritu, refrena las pasiones y nos ayuda a imitar la generosidad de Cristo.

El ayuno sin caridad es dieta, el ayuno que refrena mis egoísmos y ayuda a los demás, es obra agradable a Dios.


Twitter: @Noesov

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